Wednesday, September 07, 2016

IBS rock n roll

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Mauro contenía las ganas de cagar, apretando duro los esfínteres del culo. “ay cristo!” gritaba retorciéndose, sujetado a la silla. recuerdos de su abuela venían a su cabeza, la culpable de su fiero catolicismo y, en parte, de su pobre alimentación y del casual e inocente alcoholismo. la abuela se trasformaba en la boca del doctor Escalante que decía una y otra vez “no hay nada que hacer, Mauro, estás perdido”. Se movían esos labios ordinarios frente a unos dientes perfectamente blancos y derechos, la esposa del doctor se dedicaba a dar sonrisas de Hollywood. Los dientes, los labios y las malas noticias se repetían en la cabeza de Mauro hasta que explotaba, haciendo pedazos la esperanza, la idea de que a lo mejor el resto de su vida sufriría de ataques del/al intestino. no importaba que cuidara la dieta, tomara agua o sufriera ocasionales sobredosis de fibra, el sistema digestivo seguía sin trabajar. “es algo psíquico” le decía la sirvienta con cigarrillo en boca y los ojos entrecerrados, convertida en una morena y rechoncha clint eastwood, mientras Mauro recorría el internet en búsqueda de una cura, sentando en la mesa de su cocina. Miamar, la sirvienta, guisaba, “está en tu mente, Mauro” decía la experimentada mujer y, como todas las tardes, como bajo un trance, repetía los datos “México es el número uno...” y “la ciudad de México es la líder mundial en malestar intestinal”. Mauro recibía otra vez la información con el gesto pasando de molestia a desesperanza, todo estaba perdido y la vida estaba arruinada. “algo psíquico” reflexionaba Mauro viendo el techo de su cuarto, pensando en el estrés tremendo que le daba todo, siempre preocupado, con los nervios de punta de 12 am a 11 59 pm y de repente, de la nada, porque sí, la tripa se estrujaba y anunciaba la llegada de algo en extremo desagradable. “hora de ir al baño, mauro” decía el malestar abajo del estómago, “el poder de cristo te obliga” y allá iba Mauro, miserable como perro con mala actitud, a sacar el producto de su intestino irritado, a expulsar sin remedio la inútil conclusión de horas de estudio en nutrición, insulsa resistencia ante un poder indiscutiblemente superior. “no hay nada que hacer” decía llorando, agarrando porcelana, apretando los dientes y, con el cuello marcado extraordinariamente por venas, expulsaba, con la cara hacia el viejo foco colgado del techo invadido por humedad, el desperdicio sin procesar.

Pasó el tiempo y Mauro, ya plenamente resignado, sabiéndose perdido, tomó la guitarra acústica que le había heredado su tío hippie que explotó en mil pedazos una vez que intentaba probar que la ciencia no existía, y cantó y tocó con amargura absoluta el rock del IBS, música para el gran final de la digestión fallida. “pfff pfff pffffff pffff” se oía por la casa y tocaba pintando del café más oscuro, sus pobres y deshechos calzones.  

Tuesday, July 05, 2016

Cachetitos BBQ

63

Yo ya no creía en el amor. pensé que viviría y moría solo como el sucio inadaptado que siempre he sido. del trabajo a la casa y de regreso, así todos los días. moría la muerte lenta en perpetua soledad, incapaz de hacer algo al respecto. con el brazo jodido y los genitales en ruinas, contemplaba con desprecio a la gente mucho más fea y tonta que yo darse besos día y noche. una verdadera tragedia y, resignado, suponía que así seguirían las cosas... hasta que un día aparentemente ordinario, los muchachos de la oficina, quienes normalmente no me dirigían la palabra, me invitaron a aprovechar la promoción de ese día en uno de los miles de restaurantes gringos de la zona. "qué más da" les respondí con los ojos hinchados y la voz entrecortada, con antojo de confirmar mis sospechas sobre la crueldad de la cochina humanidad. Para mi sorpresa, a las 6 en punto, ahí estaban los compañeros de oficina, bebiendo, diciendo tonterías, entregando insulsa repetitiva comedia, el mismo chiste una y otra y otra y otra... La promoción del día eran costillitas BBQ. "Qué rico" dije sinceramente a la mesera que me veía con total indiferencia. tenía años que no comía costillitas y le entré con furia. la carne, huesos, salsa y elote volaron por todo el lugar y, en un parpadeo, acabé bañado en salsa BBQ. pintando de rojo con los ojos cerrados, en éxtasis, sintiendo plenitud pura emerger de mi centro, suspiré ruidosamente al abrir poco a poco mis ojos, sintiendo como si despertara de increíble sueño, cariñosamente depositado en la realidad. ya de regreso por completo vi, a unas mesas frente a mí, a una gordita preciosa viéndome, sonriendo con ternura, con sus cachetitos cubiertos en BBQ. nos quedamos viendo unos segundos, rodeados de gente que bien podría no haber estado ahí. me convencí a mí mismo de intentarlo una vez más, pero antes de que pudiera ir a hablarle, se fue. por suerte, ella era tan fanática de las promociones como yo y nos reencontramos días después en otro restaurante, aprovechando la promoción de cerveza. empezamos a hablar mientras esperábamos a que se desocupara el baño. hablamos toda esa tarde y la siguiente y nos dimos cuenta que éramos más que almas gemelas, teníamos tantas cosas en común que hasta sospechamos éramos objetos de una broma pesada, pero decidimos al final que no importaba porque hasta nos parecíamos físicamente, justo lo que buscábamos. a ella como a mí le gustaba comer, beber y echarse. estábamos hechos el uno para el otro. así, corrió el tiempo, en absoluta armonía, sin peleas ni disgustos, vivimos cinco años de noviazgo, yendo a promociones, perdidos en la pereza, bajando por la felicidad automática, semi conscientes y absolutamente ordinarios. un día nos casamos porque su mamá no dejaba de joder, tuvimos un niño, luego otro y todo se fue a la mierda. ella se volvió un monstruo de ruido y ansia. pedía y pedía sin saber que quería. yo me amargaba cada vez más, cansado de todo. gracias a dios, llevándose a los malcriados pozos sin fondo, me dejó por otro. para celebrar fui por costillas, esa vez comí con mucho cuidado y con mil toallitas húmedas a la mano.

Buenos Días, Licenciado

62

El licenciado me mandó llamar. "Archundia" me dijo sin aprenderse todavía mi nombre, "buenos días, licenciado" yo le dije nervioso. la oficina del licenciado era siempre escenario de regaño y humillación, nunca, pero nunca de los nuncas de halago o felicitación, ahí no existían las buenas noticias. "Archundia" volvió a decir con las manos juntas sobre el escritorio, elevando la vista para dejarla caer sobre mí y sentí esas pupilas súper negras, como potentes dedos alrededor de mi frágil cuello. Me vio fijamente, en silencio, lo que pareció un millón de años hasta que de repente se separaron esos marchitos labios color gris y dijo "ha llegado a mi atención..." hizo una cara de absoluto asco y apretó la mirada "que no se cambia usted de ropa". yo esperaba a que llegara este momento desde hace meses que fui a la tienda departamental a comprar ropa nueva para el trabajo. odio ir de compras y, queriendo acabar la antes posible, con el primer pantalón, camisa y saco que me quedaban particularmente coquetos, se me ocurrió la idea de comprar cinco iguales de todos. "genial" dije riendo como idiota mientras pagaba, me parecía muy chistoso que la gente de la oficina pensara que me visto igual todos los días, no podía esperar a que alguien dijera algo. ahora, de regreso frente al licenciado, "pero..." fue todo lo que pude decir, decepcionado de que la culminación de mi chiste no era para nada como me la imaginé y antes de que pudiera explicar, el patrón, con la cara tan roja que jodía con la teoría del color que me enseñaron en el kinder y tan llena de venas que por lo menos me llevé de todo ese funesto asunto una lección en anatomía, señaló la puerta con su decrépito dedo maloliente y gritó "está despido... lo quiero fuera... ahora ¡ahora! ¡ahora! ¡ahora!" y así continuó mientras yo, con cara de sorpresa, retrocedí lentamente, saliendo de la oficina. "buenos días, licenciado" dije al cerrar la puerta.

Saturday, May 14, 2016

Ombligo

61

a marcelino desde chiquito lo conocían como ombligo porque era un bueno para nada. se la pasaba en su casa, tirado en un sillón, viendo el techo. "un filosofo" dirán los que se han echado, pero no, éste no era el caso. ombligo no más ahí estaba, menos que un animal, con el proceso mental totalmente suspendido. un desperdicio de vida, un despilfarro de c.h.o.n.p.z. eso era ombligo.

un día, su madre lo llevó con un psiquiatra, el doctor en psiquiatría escalante. el doctor lo vio confundido "pero..." dijo al tener los resultados de los exámenes frente a él, todo estaba fisiológicamente bien. pasaba sus ojos de los papeles arrugados en sus manos a ombligo quien con gesto ausente sólo dejaba el tiempo correr, ahí sentando, viendo la nada, iluminado por la luz de las tres de la tarde, un martes, en la ciudad de méxico. el doctor era un pensador original y se le ocurrió, por qué no? que hay que perder? experimentar con ombligo. le dio la espalda a la señora cansada de todo y al joven desperdicio, necesitaba un segundo. el doctor hacía el cálculo del peligro, la recompensa y la posibilidad de impunidad. "bien" dijo, al concluir que saldría libre de cualquier responsabilidad. se dio la vuelta, emocionado, vio a la madre e hijo, le pegó a la mesa "vengan conmigo..." y, una vez de pie, los vio con desprecio "claro, si la amabilidad les alcanza" el doctor era un pesado, pero lo hacía bien y tenía la cara y el modo para salirse con la suya.

el doctor escalante, graduado de la universidad autónoma de méxico, no creía en echarse para atrás, creía que una vez tomada la decisión tenía que llevarse hasta la última consecuencia. un segundo. ¿por qué es importante que era graduado de la unam? nadie sabe, tal vez sea importante más adelante. como sea, sigamos por el respeto que les tengo. el doctor escalante, mientras amarraba a ombligo a una maquina que él mismo había construido, se vio mentalmente trasladado al pasado, cuando era un estudiante de medicina en ciudad universitaria. estaba sentando en un área verde, dejándose acariciar por el sol, con una cerveza en una mano y un porro impecablemente rolado en la otra, en la facultad de filosofía y letras, donde iba a drogarse todos los viernes. la vida no se podía poner mejor o eso creía y con esa creencia, el sol de la alegría fue eclipsado por una idea; no importará qué, todo acabaría, el tiempo, la entropia, segundo a segundo y, lo peor, la burla infinita de tener siempre ahí, a la vista, la salida de emergencia llamada resignación, salida inaceptable, que se resignen los cobardes. arturo escalante levantó la frente, apretó los labios, listo para la lucha absurda contra el enemigo número uno de la humanidad desde que ese primer chango se vio en un charco de agua, dijo con una mueca de orgullo intelectual "oye..." y, luego, cuando las piezas cayeron en su lugar y el recuerdo y la noción del futuro pintaron la imagen completa, concluyó "ay mierda". así, el doctor en potencia escalante volteó hacia abajo, vio a sus pies ser tocados por el agua negra de la locura, vio el bote de su vida hacer agua, inundarse rápidamente del asqueroso liquido de desequilibrio mental. en nada le llegó a la cintura y antes de quedar totalmente sumergido, se levantó, con el reactor del cerebro amenazando seriamente con un cheronobyl mental y fue a refugiarse en los libros, "socorro, ciencia" repetía una y otra vez. sin descanso, se dedicó a inventar algo que detuviera la marcha funesta del tiempo, incauto de que tomaba la ruta lenta pero segura hacia la demencia total. ahora, de regreso en el presente, o el pasado inmediato, o lo que sea, amarraba a ombligo a esa maquina resultado, en parte, de ese día en la facultad de filosofía y letras.

ombligo estaba listo, el doctor prendió la maquina. se escuchó un ruido, algo como "piii! piii!! pii!! piiiiiii!". escalante y la madre lo veían de cerca. completo silencio y, de repente, se escuchó un pedo de cinco segundos, y antes de que alguien supiera que estaba pasando, el cerebro de ombligo explotó en mil pedazos. la madre permaneció inexpresiva, parpadeó una cuantas veces, luego tomó su bolso y salió del laboratorio. la idea de la muerte de su inútil hijo fue creciendo y terminó de formarse una vez en la calle. un sonrisa gigante se formó en el demacrado rostro, una rica sensación de libertad y frescura de renovación brotaron de su corazón y allá fue la señora, corriendo todo lo que sus piernas rechonchas llenas de varices le permitían, sin detenerse, sin mirar atrás, lista para volver a empezar. el doctor retrocedió unos pasos, con tics yendo y viniendo por su cara, llegó a y cayó en una silla, con las pupilas moviéndose fuera de control, limpió el sudor de su frente con un pañuelo que se había robado el otro día. trataba de entender y lo logró al voltear al basurero lleno de hamsters descerebrados, "oh... claro" y miró el cadáver de ombligo con los ojos abiertos y sangre saliendo de todos los orificios de su cabeza. "...por supuesto" susurró de regreso en la facultad. pero ahora la memoria era diferente, más completa, alguien estaba ahí con él, alguien que odiaba, pero provocaba en él seria lujuria. una muchacha le hablaba sin parar, salía de ella la voz más molesta posible, hablaba sobre sus problemas con los muchachos. el futuro doctor escalante, asombrado y en dolor, miraba detenidamente a la boca moviéndose muy rápido. se preguntaba como algo tan sensual era capaz de producir algo tan molesto. no podía más; se agarró la cabeza, se tapó las orejas y, con cara de horror, mirando el pasto café, gritando en los adentros "basta! basta por favor, que ya no puedo más!" se retorcía, maldiciéndolo todo. la mujer seguía sin detenerse ni para respirar "creo corté con mi novio hoy" decía, "por qué a mí nadie me quiere" chillaba. el joven escalante deseó que se acabara todo, que alguien desconectara el cable de este mundo y, con la cordura en ruinas, se fue a su bocho. una vez tras el volante de su viejo carro alemán, se dejó llevar por la amargura hasta estar cubierto por completo. dijo "ok" y aceptó que no había remedio, si no puedes contra ellos... y se fue a diseñar una maquina que se encargara de la cabeza porque la mente era la culpable de todo y, porque hay que saber contra quien se lucha, la psiquiatría era en lo que se especializaría. de regreso en el presente o lo más cerca que se puede estar a él, el doctor, con las memorias reprimidas de su descenso a la locura de vuelta, río un rato, quitó a ombligo sin cuidado alguno de su maquina, la prendió, suspiró, se subió en ella, piiii's, se tronó un pedo y, antes de que el celebro le explotara en mil pedazos, lo entendió todo, se supo enfermo, se diagnosticó el mal, supo que medicina tomar y se acordó de lo que había hecho. tuvo oportunidad de arrepentirse antes que su cabeza se llenara de papilla cerebral.

A LA CARLY RAE Y A LA JAVIERA

Wednesday, March 30, 2016

120 días de pompdoma (parte 3)

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un buen día, hace muchos años, pompitas alonzo, futuro escritor de cuentos cortos y actual coleccionista incansable de efímero porno gonzo, veía sus nalguitas apretadas en unos jeans, se las veía con una mezcla de terror y tristeza explotando en su bello juvenil rostro. no podía apartar sus enormes ojos castaños de su trasero ahí en el espejo de cuerpo completo, en el cuarto sin ventanas en el sótano de su abuela. la noche anterior, la maniática anciana se escabulló al cuarto de pompitas; no iba a permitir que la avergonzara con los atuendos, según ella, indecentes del pudoroso adolescente. fue como ninja especialmente sigiloso hasta la maleta del jovenzuelo, la tomó con trabajo, maldiciendo como gitana imprudente, y la llevó al jardín de buen tamaño, cubierta por el telón de la oscuridad, bajo el manto estelar. bañó la maleta en gasolina, chiflando una tonada de su niñez, dejándose llevar por completo, montada en el delirio y, sin pensarlo dos veces siquiera porque así era ella, le prendió fuego, destruyendo la colección de primavera y otoño de su pobre nieto que no sabía en que se había metido. las llamas se elevaron, reflejadas en las pupilas de la vieja desquiciada. a la mañana siguiente, pompitas descubrió el crimen de su abuela. "pero... por qué" buscó un poco de sentido, llorando amargamente. su abuelita se burló de él, con un cigarrillo entre los dientes falsos de marfil, con el diario de ultra derecha arrugado en las manos, "marica" le dijo y señaló el monte de ceniza sobre el verde muy cuidado pasto. una lágrima salió volando y le pegó a ruperto el perro justo en su peluda frente "dios te bendiga, a. m." pensó el animal moviendo su cola y sacando la lengua. "y ahora que voy a ponerme?!" preguntó gritando el joven alonzo con moco saliendo por la primorosa y chata nariz. la abuela apuntó sus dos revólveres de odio hacia el hijo de su hijo, no acostumbrada a que le levanten la voz, y disparó sin misericordia "idiota bueno para nada" y "mira dentro del closet, retrasado gordo maricón" y así fue como pompitas llegó a ver detenidamente su culo en esos jeans pasados de moda varías tallas más chicos. "cristo jesús" susurró al recordar que tenía que ir a la escuela, temiendo la crueldad de los todavía desconocidos compañeros de preparatoria. "ahora qué será de mí?" se preguntó en el autobús de la ciudad, viendo al bosque poco a poco quedarse atrás, revelando el brillante mar, esa mañana fresca de verano.

"me llamó ante merídiem alonzo pedroza" dijo pompitas frente al salón lleno de muchachas guapas y jóvenes simpáticos, colorado por el temor de ser objeto de burla, pero, para su sorpresa, nadie le ponía atención, a nadie le importaba. todos sus compañeros eran unos marihuanos y estaban distraídos por los efectos de la hierba. de repente se oían risas o salía uno hacia la enfermería por eso del mal viaje, pero fuera de eso, los jovencitos se dedicaban a esperar y estar callados, ocupados con lo suyo. "lo que sea, vete a sentar" dijo la sensual maestra cansada de todo, "ahora, muchachos, saquen sus libros" dijo la bella profesora, sentada detrás de su escritorio, viendo por la ventana, ansiando un porro. en la escuela de ese pueblo, los maestros que no eran de arte o deportes, sólo mantenían el orden, los alumnos se ponían a leer y en sus casas hacían reportes. si los reportes estaban bien pasaban al siguiente año, si estaban mal reprobaban y a repetir el curso. así era. el libro en turno era el hombre que sólo cruzaba las calles corriendo y nuestro amigo y fuente confiable de increíble ficción, pompitas alonzo, no podría estar más feliz. al enterarse de como funcionaban las cosas iba a hacer berrinche, pero rápido se dio cuenta que ese era mucho mejor sistema que el de donde venía. así, el futuro autor aprendió a amar la lectura. si no hubiera sido por ese semestre en el pueblo en el bosque junto al mar, pompitas seguro sería algo estúpido como doctor o ingeniero, qué suerte la suya. en fin. pompitas leyó contento el resto de la clase, con sus nalguitas ya olvidadas. sonó el agudo timbre, era la hora del lunch. pompitas comió solo. como no era marihuano no tenía amigos y así siguió esos primeros meses, sintiendo el duro azote de la soledad. de vez en cuando le ofrecían un poco de porro, pero a.m. cerraba los ojos, movía de un lado a otro la palma de su rechoncha intacta mano y decía, escondiendo su miedo a lo desconocido, que él era sano y que le chocaba alterar la conciencia aunque a sus 15 años sólo la había alterado con azúcar. así, pompitas, vestido con su ropa incómoda apretada, iba por ahí sin un amigo en este mundo. se dedicaba, todos los días después de la escuela, a encerrarse en su cuarto sin ventanas a masturbarse, leer y perder el tiempo en la computadora. se hacia de noche y se hacía de día y la cordura amenazaba con irse porque, como la ecuación dicta: si uno no se expresa con confianza de vez en cuando + brutal aburrimiento = la locura aparece y empieza a joder con la cabeza. pompitas estaba en problemas. por suerte, el un-día-nada-reconocido-escritor no se iba a quedar con los brazos cruzados mientras se le echaba a perder la mente, no, no. una noche, sobre la cresta del aburrimiento, tirado en la cama, viendo el techo, con la incontrolable necesidad de exteriorizar la basura interna acumulada, resolvió por lo menos uno de sus problemas; pompitas alonzo, acabando con su aburrimiento, escribió su primer cuento corto.

de regreso en el presente, pompitas, cansado y con ganas de cerveza, iba a toda velocidad hacia rehabilitación. lupita lo había inscrito en un famoso programa donde psicólogos muy capaces le arrancarían las ganas de morir. ahora que era un éxito no podía autodestruirse a gusto, tenía que resolver su mierda o todo se iría a la basura.

CONTINUARÁ...

Friday, January 29, 2016

Polvo De Papita

59

román, todas las noches, soñaba que bailaba con su esposa muerta. bailaban en un salón bajo un candelabro, bailaban flotando y las risas y el brillo lo penetraban como a virgen enamorada. román soñaba que paseaba por Viena, agarrado de la mano con la mujer que hacía a su corazón saltarse un latido; su sonrisa, su modos, su manera de comer, de dormir, ¡ay!, y la felicidad se esparcía  hasta el último sótano, hasta la azotea entre nubes del edificio que era el espíritu de román. despertaba por los sonidos de la calle y, acostumbrado a que era imposible acostumbrarse a la diaria ruptura de corazón, suspiraba, acariciaba el lado vacío y se levantaba porque qué más daba.

iba y despertaba a su hijo ñoño. el hijo se ponía sus lentes y, viendo el reflejo de la parte de arriba de su cabeza, parado frente al lavabo, sintiendo la frialdad del mosaico, se cepillaba los dientes y el cabello. llegaba a sentarse a la mesa de desayuno silenciosa y por siempre fúnebre, y comía sus huevos con jamón, tomaba su jugo de naranja viendo a su padre roto. se preguntaba, viéndolo con curiosidad, sobre las decisiones, el pasado, del señor con el que vivía contemplando la nada con su perpetuo gesto de absoluta tristeza. se iba a la escuela a esperar quieto y callado. iba a práctica de lucha grecorromana donde era lanzado de aquí a allá, azotando el suelo, hasta acabar tendido, sintiendo cada molécula torturada, transfiriendo el dolor de adentro al de afuera. el azote del alma es peor que el azote del cuerpo. se paraba, cojeaba hacia el equipo congregado, juntaba la mano con las del resto de sus compañeros y gritaba "viva la lucha!". regresaba a su casa a comer en silencio, a ver la tele sin poner atención e irse a su dormir para repetir el día siguiente la aparentemente eterna rutina.

román gutierrez era ingeniero en alimentos y creó el polvo de papita más exitoso de la historia. los gorditos del mundo nunca se cansaban de su sabor y, en nada, remplazó a la sal como la opción obvia. la compañía de papitas le dio dos cheques pegados con yurex para cubrir la cantidad de 0's y, como a román nunca le gustó hacer nada más que estar con su mujer, dejó de ir a trabajar. unos meses de estar moviéndose como madero en una marea de sabanas, fuera del oscuro túnel de depresión paralizante, se paró a distraerse. paseando por la calle, encontró el lugar del canto. entró atraído por la voces y desde entonces ahí se quedó, llenando sus días cantando, llorando, queriendo morir, con el alma irreparablemente desgarrada. cantaba entre desconocidos todos los días, especialmente los martes de miseria, hasta que cerraban. al principio iba solo, pero al tropezarse con la mochila de su hijo y abrirse la cabeza, se le ocurrió invitarlo, justo lo que el niño necesitaba.

el lugar del canto empezó, hace mucho, cuando uno muy emprendedor compró una iglesia, echó todo lo religioso a la basura, puso buen sistema de sonido, contrató a varios aptos dj's y, conocedor de la relación pública y la publicidad, volvió a su negocio la actividad favorita de todo con dinero unos buenos 4 años hasta que pasó de moda y se empezó a llenar de puro raro. la gente que iba, por 5 pesos, se sentaba a cantar el rato que quisiera, en viejas bancas de madera y, con ayuda, si era necesario, de un cuadernillo con las letras, cantaba su corazón contento o hasta lo que la garganta diera. ahí, román y su hijo picaban su mal como llaga en paladar, como par de drogadictos en edificio abandonado, llegaban sabiendo todas las canciones en rotación y así pasaban su vida exprimiendo el barro tenaz de la tristeza con los dedos del canto.

pasó el tiempo y román, ya viejo, después de muchos años, solo, con el hijo quien sabe donde, sentando, mirando hacia el frente, esperaba a que empezara la siguiente canción. solemne, llegó el dj cargando una caja enorme con discos. román se acomodó, aclaró la garganta, unos segundos de silencio absoluto y empezó una canción que no estaba en el programa, una canción que román reconoció de inmediato. no la había escuchado desde ese viaje a europa y ahora provenía de todos lados. la sorpresa, lentamente, lo fue poniendo de pie y se le hizo un nudo en la garganta, se le llenaron los ojos de lágrimas, puso el puño en la boca trémula cuando, de las excelentes bocinas, salió una voz dorada y veintisiete ángeles del más allá. román, tambaleándose, abandonado unos segundos por el equilibrio, se tardó dos palabras en alcanzar y unirse al canto. cantaba y su voz aumentaba de volumen, con cada nota la mente se le iba llenando de recuerdos de ella. acercándose al final, se acordó de esa su parte favorita y, antes de que empezara otro pensamiento, la escuchó como si estuviera cantando junto a él. sintió su mano agarra la suya, sintió su calor cubrirlo todo. como uno en la primera regadera después de estar perdido en el desierto, se sintió román y el espíritu apareció como recién llegando de la lavandería espiritual. cantaron juntos ese día y el siguiente y así hasta que el cuerpo se detuvo.

OBVIO INSPIRADO POR TAKE THIS WALTZ DE LEONARD COHEN

Monday, January 11, 2016

10! años de locura y emoción!

Hola,

10 años...

cristo jesús, no sé que decir. cuantos años, cuantos cuentos.

una década de m.u.n... madre.

un súper beso y abrazo a todos los que leen o han leído y por qué no a los que leerán en el futuro.

seguiré escribiendo hasta que mis dedos de anciano enfermo no puedan y mi cerebro infectado por senilidad y una vida de abuso no me permita darle click en publicar.

espero cosas grandes próximamente, tal vez ahora sí publicar en el mundo real, tal vez no, qué importa. muerdemeunanalga es para siempre.

sigan leyendo, pasándola bien y perdonando el ocasional typo.

otro beso y otro abrazo,

atte.

A.M. "pompitas" Alonzo

Tuesday, December 08, 2015

Paella y Paranoia

58

I

Josefina, tierna y linda, se subió a su motocicleta y se fue a toda velocidad con lágrimas saliendo disparadas hacia atrás, hacia el pasado, hacia la nada.

era cocinera y le quedaba una paella, pero divina. como talentosa que era, no le costó encontrar trabajo en la cocina de un restaurante en una playa perdida en algún lado. playa que permanecía dormida hasta que era despertada por el ruido de las caravanas infinitas de turistas. mientras tanto, en los meses de silencio, en las mañanas de inspiración, josefina salía de su diminuto cuarto, se desperezaba y caminaba a la frontera entre la sombra y el sol, cerraba sus ojitos primorosos castaños y escuchaba las olas chocar, dejando entrar la brisa, invadida por el sentimiento. se quedaba ahí unos segundos hasta que abría los ojos ahora libres de sueño ahora llenos de determinación, tenía trabajo que hacer.

se ponía sus delantal, juntaba sus instrumentos e ingredientes, y se dedicaba enajenada a perfeccionar su receta para la mejor paella de la historia. cocinaba con mucho ahínco, con movimientos ágiles y expertos, con los dientes apretados, los ojos muy abiertos y la mente completa ocupada con la tarea. se corría la voz por los aldeanos de los fuegos artificiales de arroz, mariscos, vegetales, pollo y especias que ocurrían en la cocina y la gente se congregaba para verla trabajar; la maestra de la primaria llevaba a los niños cuando tocaba la lección sobre esfuerzo, técnica y sacrificio. después de unos minutos de arduo guiso, la genio en paella salía a fumar a la terraza la mejor marijuana de toda la región, era su manera de recordar los sueños.

josefina no se detenía ni dormida. en las noches, desparramada en su sorprendentemente cómodo catre, trabajaba en desenterrar un secreto más hacia la paella perfecta. pero el avance se quedaba en los sueños, desapareciendo al alba; el gallo gritaba y el progreso era perdido. por eso fumaba para recordar, fumaba hasta que, convertida en pequeña dulce chinita, brotaba de su inconsciente el descubrimiento onírico de la noche anterior. con toque tras toque esa nueva idea brotaba, anunciada con una sonrisa sutil de pasajero triunfo. escupía el porro que cachaba con la boca samuel, un muchacho que cantaba muy bonito acompañado por su sintetizador en el comedor del restaurante, y allá iba, de regreso a la cocina, empujando a los niños, a la maestra y a todo quien se pusiera en su camino.

II

la dueña del restaurante se llamaba martha; una señora grande, gorda, con cabello esponjado chino, que disfrutaba más de la cuenta del buen whiskey. la mayoría de los días uno la podía encontrar sentada en la quietud del comedor vacío de su restaurante, con un vaso en la mano, la vista húmeda clavada en el horizonte y la mente apuntada hacia afríca, había perdido a su marido francés en la revolución de Algeria, se había quedado atorada en el pasado y, para aguantar el dolor, se pasaba las tardes tomando. a doña martha normalmente le importaba poco su negocio; si no fuera por josefina y un montón de sudamericanos, el restaurante se hubiera venido abajo hace mucho.

había estos otros inusuales días en los que a doña martha se le ocurría revisar sus asuntos. éstos se anunciaban con el estruendo de vaso explotando contra pared y seguían con la ruidosa marcha borracha hacia la cocina. josefina y los sudamericanos lo llamaban la marea martha y, preparados, ejecutaban una coreografía muy ensañada. la llevaban, fingiendo un tour, paso a paso fuera de la cocina, de regreso al bar donde la dejaban distraída con la tele y el whiskey. la marea acababa con gritos en francés, señal para poner un colchón detrás de ella, y con el derrumbe final se marcaba como completa la pesadilla. un sudamericano tomaba el colchón y la arrastraba hacia una bodega donde ahí era dejada, entre latas de salsa y vegetales frescos, a dormir la borrachera. el equipo del restaurante suspiraba de alivio y seguían con su rutina ganadora, trabajando en sintonía envidiable hacia un futuro deslumbrante.

el tiempo galopaba furioso, ciego y raudo, perdido en la vorágine, con destino sin remedio hacia la infinita negrura del fin de todo. josefina estaba cada vez más cerca de la ambicionada perfección. había pasado casi toda una temporada baja desde que llegó al restaurante de doña martha y una tarde, cerca de periodo vacacional, daba los últimos toques a una paella muy parecida a lo que dictaban los sueños. acabó y la gente se congregó alrededor del caldero, todos con platos en mano, listos, ya llorando por la ricura, intercambiando ruidos de alegría. se repartió la paella, comieron, felicitando a josefina, quien ruborizada, hacia reverencias y daba las gracias con las palmas pegadas. y uno pensaría con el corazón hinchado de sólo los mejores sentimientos, que los tiempos de verbena durarían para siempre, pero no, el festín fue interrumpido por el sonido de un vaso haciéndose pedazos. todos en la cocina, con cara de espanto, voltearon hacia el comedor. una marea martha estaba por empezar, todos a sus puestos. llegó la señora martha, le enseñaron el bote de basura, le enseñaron la colección de estampitas de mauricio, le propusieron revisar el bar y, ansiosos por regresar al angelical platillo, se apuraron a dejar a la patrona en la barra. lo lograron en tiempo récord, se dieron cinco, entonado la canción de la victoria, y, sonrientes, regresaron a la cocina, sin darse cuenta de que, ahora con resistencia sobrehumana al alcohol, doña martha ponía atención a lo que pasaba en la tele; un maratón del programa sobre restaurantes al borde de la quiebra rescatados por un chef rudo, pero con corazón de oro.

horas de las lagrimas y gritos de tanto triste perdedor implantaron una idea en la cabeza trastornada de doña martha. enferma en paranoia, se dijo, mientras se servía y se tomaba de un trago su último whiskey, que no iba a permitir que la arruinaran, iba a hacer todo lo que estaba en su poder para salvar de la catástrofe imaginaria a la única cosa que le había dejado su finado marido. la idea paranoica brilló entre las tinieblas de la bebida y tomó control de la descontrolada mujer. doña martha, viniéndose abajo, desesperada, decidida a no olvidar, se le ocurrió mandar un mensaje a la mañana después. revolcándose en el colchón, rompió el vaso y, con un pedazo de vidrio, siendo arrastrada hacia la bodega, cortó una vena, un chorro de sangre voló por el aire y "no a la ruina" fue escrito con rojo carmesí en el bonito, pero ya viejo, vestido parisino. el sudamericano encargado del arrastre lo presenció todo sin saber qué hacer, absolutamente desconcertado, finalmente atribuyéndole el extraño acto a los misterios de la borrachera. la llevó a la bodega, la vendó y, sin darle mayor importancia a lo que acababa de pasar, se fue a jugar fútbol con sus compañeros sin patria. doña martha se quedó echada en la oscuridad húmeda de la bodega, cantando ruidosamente "naaaaaadaaaa maaaaaaas esoooooo sooooomooooos naaaaaaadaaaa maaaaaas" hasta que se quedó dormida.


III

doña martha desapareció y regresó de rehabilitación un mes después. un grupo de psicólogos muy capaces arrancaron de su alma las ganas de morir. llegó en forma, con dureza en el rostro y obsesionada enfermizamente con una idea. tiró sus maletas y fue directo a la cocina. el alcoholismo estaba curado, pero la paranoia corría desenfrenada por su mente. "oye tú" le dijo a Josefina quien agregaba un poco de azafrán para terminar su obra maestra. la ricura salió por la ventana, fue amplificada por la brisa y el aroma de aquella paella volvió locos a los perros y la gente de la aldea se quedó inmóvil con los ojos cerrados y la nariz hacia el cielo, oliendo, pero duro, pareciera que el lugar había caído bajo un hechizo. en la cocina, josefina, sonriente, se enderezó y volteó a ver a doña martha apenas reconociéndola, el viento movió cabello y vestidos, unos segundos en pausa. poco a poco, a josefina, al ver la antipatía en forma de su jefa, el gesto le fue cambiando hasta que su linda cara la declaraba absolutamente horrorizada. algo no andaba bien.

llegó el mes de junio y la aldea, como monstruo marítimo enfurecido en busca de venganza playera, despertó abruptamente con un escándalo ensordecedor del bajo potente del éxito del verano y los claxóns y los gritos de desesperados ansiosos de deleite, emocionados vacacionistas listos para pasarla bien. las calles y los hoteles reventaban, la playa y restaurantes se desbordaban. el ruido llegó hasta josefina y doña martha quienes seguían paradas, inmóviles, una como quien reconoce la eventual tragedia y vive un último segundo sin ella y la otra como boxeador un tanto lento que manda la orden al puño de un poco de knock out. doña martha, cegada en paranoia, efectuaba justicia, señalando a josefina como única responsable de su ruina. josefina, ya maldiciendo su suerte, sabía que los ratos de alegría habían encontrado su fin. la señora se acercó a la estufa, mirando con pequeñas calaveras en las pupilas, pasando su lengua por sus todavía sensuales labios y se quedó parada en silencio, viendo con mirada asesina a la inocente josefina.

"yo sé lo que estás haciendo" dijo doña marta con los dientes apretados, con ojos de demente, viendo como quien está a punto de culminar ansiada venganza, a la joven sin culpa alguna, víctima de desequilibrio mental ajeno. " uhh... cómo?" fue todo lo que pudo responder la muchacha genio de la paella antes de ser cacheteada sonoramente con "estás despedida, te quiero fuera... ahora!". doña martha acababa de firmar su sentencia de muerte, emprendía a toda velocidad el viaje hacia la desgracia, era su fin, la ruina que tanto quería evitar había sido puesta en movimiento por ella misma, metió la cabeza a la guillotina, la accionó sin pensar dos veces y ahora la navaja bajaba sin misericordia. "despedida?" repitió para entender la joven chef y el significado cayó como pared de ladrillos, enterrándola toda. "pero..." trató de argumentar josefina, pero ahí no había lugar para la razón. "fuera! mierda!" gritó doña martha agitándose locuazmente, señalando la salida. un torrente de ideas azotaron la mente de la artesana culinaria y, al final, sólo quedo la resignación. josefina, en el límite de la tristeza, salió de la cocina arrastrando los pies, con la vista clavada en el suelo, "hasta nunca" le dijo a su taller de magia y salió del restaurante chocando contra hambrientos de un poco de paella, incautos de lo que único que recibirían ahí es pura paranoia.

Josefina, tierna y linda, se subió a su motocicleta.