Wednesday, November 29, 2017

El Lactario

86

Estábamos en una junta, alucinando del aburrimiento. Sin previo aviso, Lorena Aldo Durango, la única mujer de nuestra área, se paró e interrumpió cuando el jefe estaba a punto de dejarnos ir. Los otros 9 la vimos con horror, “pero qué haces” le decían nuestras miradas, pero rápido las desviamos, Lorena tendía a acusarte de acoso sexual a la menor provocación; vimos la mesa, la pared, la presentación de Power Point y esperamos a que no sea otro reclamo sobre como no se siente a gusto porque nadie la quiere y no era como si no tuviera razón, todo el mundo la odiaba por loca e incompetente, pero más que nada porque abusaba de que no la podían despedir porque todas las áreas tenían que tener por lo menos una mujer. “Tengo algo que anunciar” dijo pasando sus ojos por los presentes, “estoy embarazada” y se quedó callada esperando felicitaciones o yo que sé, pero todo lo que recibió fue ojos hacia arriba y resoplidos, era la décima vez ese año que Lorena sufría embarazo psicológico. “Bueno” dijo el jefe después de segundos muy incómodos “pueden ir en paz” anunció con una risita, chiste del que se arrepintió de inmediato; Lorena, la primera vez que escuchó el chascarrillo, se quejó con los que pagan y el jefe recibió una reprimenda humillante, “esta no es una iglesia” le dijeron y al pobre hombre se le rompió el espíritu. Ahora, temiendo lo peor, volteamos rápido hacia Lorena y más rápido todavía desviamos la mirada, seguros de que se avecinaba una tormenta, pero por lo poco que pude ver, Lorena, al parecer, no se enteró del chiste, estaba colorada juntando energía para berrinche. “¡Esta vez es en serio!” gritó, golpeando la mesa repetidas veces “¡y voy a necesitar un lactario para poder amamantar a mi bebé!”, “pero, Lorena” empezó el jefe, sin verla directamente, viendo, como la veíamos todos, un poco hacia arriba y hacia la izquierda o derecha, ya depende de cada quien, “no alcanza el presupuesto” decía con la voz cortada el hombre a cargo. A eso, Lorena contestó con su usual siempre a la mano discurso de discriminación por patriarcado y machismo y usualmente ahí nos quedábamos tres horas, pero, afortunadamente, mientras la demente mujer soltaba su discurso sin sentido, a mí, echado en mi silla, mordiendo un lápiz, viendo las venas y los tics del jefe callado soportando el abuso, se me ocurrió una travesura. Levanté la mano, “perdón por la interrupción” dije parándome, todos me vieron con sorpresa, “como ha sufrido mucho…” esperé para risas, hubo algunas “ ...me gustaría ayudar a pagar por el lactario”. Todos, menos Lorena, me vieron ya sabiendo que algo traía entre manos, reconociendo mi genio para la ocurrencia. Ella primero me vio sorprendida y luego me sonrió altaneramente como pensando que quería meterme en sus pantalones o alguna idiotez similar y ya me iba a decir alguna guarrada cuando “bien, asunto resuelto” dijo el jefe y todos salimos corriendo antes de que otra cosa pasara.
Con la lengua en el labio superior, enloquecido por la taurina y peligrosa cantidad de THC, diseñaba el lactario en Microsoft Paint. Lorena llegó y yo adopté una postura neutral. “Mi cuerpo te lo agradece” me dijo y yo, por casi no aguantar la risa, no pude evitar mirarla y en esa milésima que la vi, pude reconocer la locura plena, presencié lo que el poder descontrolado regalado puede hacerle a un ser humano, sus ojos eran abismos de demencia, su gesto revelaba que allá adentro no quedaba otra cosa más que disonancia, “madre santa” susurré y me llené de miedo. Me recordó a África después de que se fueron de repente los europeos, no hemos aprendido nada. “Sí, no te apures” balbuceé, viendo mi monitor sin mover un músculo, ella eventualmente se fue decepcionada de que se quedó sin rechazarme cuando, estaba segura, la invitara a salir. Acabé mi diseño poco después, lo imprimí y llevé con el ingeniero Villalpando. Él lo vio confundido unos segundos y “pero este es…”, “aja” le respondí emocionado, “de acuerdo” dijo haciéndome una caricia en la mano, dándome un guiño, yo sólo reí incómodo, un tanto halagado, pero no dispuesto, mi heterosexualidad había resultado gigantesco obstáculo en mi carrera. “Gracias, de verás” le dije yéndome carente de gracia. Llegué a la parte de atrás del edificio. Los muchachos y yo jugábamos básquet todos los jueves a la hora de la salida y hacía suertes con el balón, rebotándolo y pasándolo entre mis piernas, cuando se escucharon los primeros ruidos de la construcción. Tiré, encesté y sonreí viendo el edificio “ha empezado” dije mientras se metía el sol, con el cielo naranja, pájaros volando, el universo me saludaba respetando mi esfuerzo.

Al día siguiente, llegué con refrescos y tacos de canasta, era hora de convivio para celebrar el lactario. Lorena llegó corriendo haciendo el baile de ganas de hacer del baño y así descubrió que habían convertido en lactario al baño de mujeres, el único que había en ese piso, el otro más cercano estaba en el piso seis, en medio del área de relaciones públicas. Ahora, Lorena tenía que subir a esa área que, como suele pasar, está lleno de mujeres, donde, como sólo ellas pueden hacerlo, la destruirían por su horrible actitud, su ignorancia total de la moda o simplemente por diversión, todo ella era sangre en el agua para esas tiburones que disfrutan hacer pedazos a otras mujeres y tendrían incontables oportunidades mientras Lorena esperaba a que se desocupara el baño naturalmente siempre ocupado. Y yo reía a carcajadas en el convivio donde todos estuvimos muy contentos, todos menos Lorena. Uno de los síntomas del embarazo psicológico es la contante ida al baño y ella tuvo que bajar y subir toda esa tarde y resto del poco tiempo que le tomó renunciar. El lunes siguiente a la renuncia de Lorena, llegó Viridiana, una buena mujer con excelente sentido del humor a la que no le importaba compartir el baño de hombres. Se integró de inmediato y a todos nos caía muy bien. El lactario fue lo mejor que nos ha pasado.

Friday, November 24, 2017

No Podría Aguantar El Dolor

85

Estaba desnudo, tirado en el suelo, cubierto del pelo más parado hasta la uña más larga, de pintura. Tenía la cara sumergida en un charco de lágrimas. Frente a mí, un cuadro completamente gris. Hace unos días, estaba viendo mis cuadros de hace diez años y ay cuanto he cambiado, ahí frente a ellos me hicieron persignarme de la impresión, la libertad de la despreocupación juvenil que emanaban, vestigio de quien una vez fui, ahí, de mis dedos y cerebro y ahora me azotaba, chillaba y hacia berrinche, qué más da y el sentimiento empeoraba cuando me recordaba que las cosas podrían ser peores, que yo no tenía derecho a quejarme, mi vida era cómoda y había empezado ganando duro; yo estoy en ese pequeño porcentaje de la humanidad que no vive constantemente jodido y yo estoy de acuerdo, pero como sea, no importa cuánto intentaba convencerme de que bien podría ser el tipo más feliz del mundo, plenamente consciente de que reclamaba absurdamente el transcurso natural de la vida de un hombre de mi clase y tiempo, nada me quitaba la tristeza brutal que aparecía de repente y la pesadumbre de luchar contra ella y la falta de energía para hacerle frente y tenía que pararme, vestirme, peinarme e ir a trabajar o me volvería un vagabundo, cochina vida y sospechaba, aun cuando no había estudiado psiquiatría, que vivía deprimido, pero quien no sufre de depresión hoy en día y me decía, levantando la cara al cielo, sintiéndome un poco mejor, que por lo menos tenía mi arte, podía sacar el descontento en forma de cuadros grises que a nadie gustan; es un misterio el gusto popular y todo quien se ha atrevido sabe que producir no es ni un cuarto de la batalla, el verdadero esfuerzo está en ir y conocer gente, decirles “mira mi basura” y que ellos digan “ay está linda” y así, incansablemente, todos los días, hasta que un día, puede que sí, puede que no, pegas y vives de lo que te permite vivir, pero en realidad quien sabe, la verdad nunca he llegado tan lejos, yo sólo pinto y ahí se quedan mis cuadros grises a los que les saco fotos que pongo en internet y desconocidos de Centroamérica parecen disfrutarlos, un misterio esos centroamericanos, pero qué más da, siento que no hay muchos lazos entre yo y el resto de la gente, que estoy muy alienado, veo a las personas pasear por ahí contentas y no me puedo poner en su lugar, es como si hubiera gente que puede volar y yo caminando de aquí a allá, diciéndome que lo que hacen es imposible y me pregunto sobre el futuro, qué va a ser de mí, soy relativamente joven todavía, me quedan por lo menos otros 30 años de vida, y sospecho que sólo va a empeorar, que me volveré más raro todavía y es un círculo vicioso, mientras más raro más solo, mientras más solo más raro, y al final me da un poco igual la gente, lo que me preocupa es el arte, no puedo seguir produciendo cuadros grises para siempre, no por nadie más que yo mismo, si no pasa nada nunca, como parece ser una ley de este pequeño infierno en el que vivo, no va a cambiar mi salida artística, siempre igual y eso sí es motivo de desvelo, y por eso lo sigo intentando, no me canso de intentar cambiar lo que entra para que poder pintar sobre otra cosa, pero por el momento no hay señales de cambio y todavía hay algo peor, que me trague el mundo de verdad, que se me quiten las ganas de producir, que me vuelva un tipo serio, un súper adulto, que no encuentre la razón para cubrirme de pintura, ni gris, ni nada, sólo mierda mundana de lunes a domingo, y me da curiosidad si un día me preocuparé más por la reputación y el estatus que por la calidad de la obra, del siguiente cuadro, me cuesta trabajo imaginar vivir sin esa alegría que da encontrar un tema y empezar a imaginar cómo se vería, claro, ahora quedan grises, pero estoy seguro de que pasara mi etapa gris y, al final, porque no hay de otra, sólo queda seguir produciendo porque cuando la mierda de la vida llega hasta el tope no hay otro escape que el arte, sin él no podría aguantar el dolor.

Wednesday, November 15, 2017

Mega Mame

84

Me dieron un certificado. Decía “Maestro En Mega Mame”. Lo vi en mis manos, quería sentir orgullo, pero sabía que no me lo merecía, burbujeaba todavía en mí la neurosis, no había paz, sólo guerra y no estaba listo para salir, pero el curso se habían acabado y era hora de dejar el retiro donde había permanecido en silencio, tratando de domar a mis demonios clase media, pero los hijos de perra eran especialmente duros y ahí seguían, acechando, jodiéndome, diciéndome cosas como “te vas a volver vagabundo” y yo tragaba saliva, nervioso, escuchando los aplausos. “OK, está bien, lo que sea” les dije cuando me pidieron unas palabras; ni modo, allá voy.
Llegué y supieron de inmediato; no importaba cuántas sonrisas daba, no importaba cuanta técnica aprendida en el curso de mega mame aplicaba, sabían, la irremediable desgarradora incurable tristeza en mis ojos me delataba. “a nadie le interesa” me decían esos que fácilmente podrían ver pasivamente como se ahogaba alguien y he aprendido que no sirve de nada quejarse, es el viejo oeste, no importa que tan malcriado seas, no hay lugar para el berrinche y como sea, a pesar de todo, yo chillaba como el mariquita que era a la vez que me recordaba que si no perteneces, sólo queda el mega mame y yo lo aplicaba desesperado, lo accionaba ansioso, pretendía como me habían enseñado, pero los aparentemente gustosos participantes de la fantasía reconocían de inmediato a quien no estaba jugando bien, al no enajenado, quien no se ha perdido en su papel, no importa cuánto mega mame se aplique.
Repasaba y me decía, como una oración, como un mantra, que la dureza llegaría, que tuviera paciencia, que mi mascara, tarde o temprano, se volvería mi cara y yo tragaba saliva, con miedo en la mirada y decía “ok, está bien, lo que sea”, pero yo sabía que mi personalidad era la receta perfecta de defectos para no aprender nada y seguir haciendo tonterías. “Oh no” susurraba empapado en sudor, en el escenario, contra una pared, horrorizado y cerraba los ojos y trataba con todas mis fuerzas de contestar como debía, de no quejarme todo el tiempo, de reaccionar apropiadamente, pero me descubrían y yo ahora tenía que actuar acorde, tenía que verlos a sus caras monstruosas y decir “sí, estoy mega mamando, pero no hay nada que pueda hacer al respecto” y señalaba, impotente, a mis demonios, y ellos me miraban con fastidio, me miraban como burros verían a una cebra tratando de pasar inadvertida, pero en realidad, pensándolo bien, quien sabe que mierda estaba pasando en esa cabezota troglodita y trataba, para salvar tantita autoestima, de descalificarlos de retrasados y, mientras tanto, con el orgullo en la basura, caían lágrimas sobre el teclado, “una vez yo me creí intelectual” y ya ni me daban ganas de burlarme de mí mismo.
Pasaban las semanas. Me miraba en el espejo, repasando mis lecciones en mega mame, tratando sin mucho éxito de mantenerme en personaje, casi siempre vencido por la impaciencia, el capricho y las ganas de llorar, pero a veces, de repente, con el dedo gordo del pie inhumanamente estirado, podía sentir el suelo del oh tan profundo océano que era el delirio permanente en cual descendía, y creía haber llegado y empezaba a sentir mi mascara formar parte de mí; “el mega mame funciona” me decía con esperanza, ya celebrando, pero al reconocer, todo se venía abajo, mi personaje se suponía no pretendía; mi personaje me choca, no puedo hacer las paces con este papel, pero los demonios y no hay derecho y etcétera y con el cachete recargado en la palma y el codo en el escritorio, veía genuinamente impresionado a los demás desempeñar sus papeles tan naturalmente y luego, como quien lleva demasiado en el calabozo del aburrimiento y se asoma de entre los barrotes para ver la repentinamente añorada pared de fusilamiento, yo veía a los viejos locos ya tan cómodos ya para siempre perdidos en sus papeles en esta larga y tediosa obra de teatro que es la vida que he elegido. “ok, está bien, lo que sea” repetía, con ganas de quejarme, pero también, de mala gana, reconociendo que no todo estaba tan mal, era sólo muy aburrido y allá iba, con terrible actitud, arrastrando los pies, esperando, pasando semana tras semana, viendo en mis manos, ansiando resignación, mi certificado en mega mame.

Friday, October 27, 2017

Horizonte de Eventos

83

Un foco parpadeaba rojo. La alarma tenía mucho de haber sido callada. Silenciosas notas salían de una guitarra acústica en las manos del capitán Gabrosh, en el puente de mando, echado en su silla, con los pies en el tablero de control, rodeado de monitores con “MUERTE, DESTRUCCIÓN” funestamente informando. La nave en la que iba era jalada al horizonte de eventos de un hoyo negro y dentro de poco, si el capitán no hacía algo al respecto, caería en él y sería aplastado por la gravedad.
El capitán Gabrosh llevaba una vida tomando las malas decisiones que lo llevaban al hoyo negro y era hora de tomar una última. Podía no hacer nada y morir una muerte horrible o teletransportarse de regreso a su planeta y sufrir el ridículo y la burla de todo quien conocía. Decisión dura en verdad. Así, miraba sin parpadear, rechinando los dientes, tocando apenas su guitarra, plenamente consciente de que se le acababa el tiempo, al foco parpadeando. Pero qué hacer, se preguntaba el capitán,  su falta de juicio, su pobre criterio, su sobreestimación y a la vez subestimación de sí mismo lo habían llevado a su destino oscuro y ahora tenía que tomar una decisión.
Corrían los segundos y, en trance, Gabrosh se preguntaba sobre el límite de la cobardía; qué tan cobarde podía ser, la muerte o lidiar con las consecuencias, muerte o consecuencias se decía tocando hábilmente su guitarra y el cerebro se descomponía y se reiniciaba en forma de reclamo, por qué no siguió el programa, por qué no le hizo caso a la computadora, pudo haberse quedado sentado, cruzado de brazos y dejar que la nave lo llevara sola a su destino, pero no, tuvo que atreverse, se dijo a él mismo que tenía la capacidad de tomar control de la nave y ahora se daba cuenta de que no, de que nunca tuvo una oportunidad y era hora de enfrentar las consecuencias y esa palabra “consecuencias” sonaba estruendosamente en su cabeza, lo aplastaba más que la gravedad.
De pronto, notó que su vista viraba poco a poco hacia el botón en forma de hongo en una caja de plástico trasparente en el extremo del tablero de control y Grabrosh se mordió el labio, tentado y se acercó lentamente, sin apartar la vista, seducido por el rescate, pero antes de considerarlo seriamente, se escuchó la carcajada de sus compañeros capitanes, la gente sabría que es un farsante, Gabrosh vería todos los días su fracaso repetirse en los ojos de absolutamente todos sus conocidos y cómo vivir así y otra vez, explotaba en una nube de fuego LA DUDA  y las llamas de la explosión lo hacían gritar y se agarraba la cara y caía al suelo a retorcerse, la duda, la duda, la duda.
Gabrosh iba de aquí a allá mordiéndose la uña del dedo gordo, víctima miserable de su indecisión. Pudo seguir así toda la vida, pero “10 segundos para la destrucción” le dijo la computadora que parecía, aunque imposible, adoptar un tono burlón y sonó una alama furiosa y el cuarto aparecía y desaparecía. Gabrosh corrió, puso las palmas sobre el tablero para confirmar las malas noticias y supo: Ahora o nunca. Todo estaba perdido. El horizonte de eventos se avecinaba, una vez adentro no habría escape, sólo muerte y destrucción y Gabrosh, agarrándose el cabello de la desesperación, veía con súper horror, por la ventana del puente, al hoyo negro acercándose. La realidad de su situación le dio una cachetada y 5… 4… 3… y el capitán se vio de repente en una camilla, aturdido, empapado de sudor, siendo llevado a algún lado. Los límites de la cobardía.
“Animal” le dijo el general McAndrews viendo con desprecio al capitán Gabrosh quien recibía parado muy derecho, rojo de la pena, con las venas en la cara marcadas, el abuso.  “Estúpido” le dijo el general y se le quedó viendo pensando en insultos, pero ya le había dicho todos los que sabía, así que señaló la puerta “fuera, basura”. Gabrosh, cabizbajo, recorrió los pasillos de las oficinas de la conquista interestelar, con gente viéndolo apuntado riéndose de él. Había sido remitido a una oficina a pasar el resto de su carrera, otros 30 años, rodeado de otros inútiles que por alguna razón, por lo menos por el momento, se sentían mejor que él. El una vez capitán con muchísima promesa, ahí se quedaría, a sufrir deshonra, a añorar el horizonte de eventos, atrás de un escritorio y vio su gafete y leyó “idiota”.

Thursday, October 19, 2017

Kafkeando

82

Estaba sentando en mi cubículo, haciendo absolutamente nada. Veía el techo, con las manos en la barriga, pasaba el tiempo, tranquilo, esperaba a que se acabara el día. Apareció de repente la mitad superior de la cara de Normita, mi vecina de cubículo “nos quieren en el auditorio” me dijo con bondad descomunal en el tono y en los ojos. Normita era verdaderamente especial y quizá en otro lugar y tiempo pudo haber sido santa o algo. En fin. Me paré con pereza y fui despreocupado.
Para cuando llegué, el enorme auditorio estaba lleno. La gente hacia ruido, se saludaba contenta, se daban besos en sus cachetes, platicaban genuinamente alegres, sintiendo indiscutible victoria, “lo logramos, estamos a salvo” decían como gente en bote salvavidas yendo a toda velocidad hacia la costa. Pero yo no, yo kafkeaba y por eso no me sentía tan a gusto como ellos. A la distancia encontré a los que les hablaba: Pedro Luis, Mariana Francisca, Mendoza Gutiérrez y por supuesto Normita. Me habían guardado un asiento. Eran lindos. Me hubiera gustado que entre nosotros existiera verdadera amistad pero sólo teníamos en común la especie. Fui y me senté.
A mi izquierda, Mariana Francisca, de inmediato, porque yo era el único que no acaparaba la conversación, cada vez me daban menos ganas de hablar, me empezó a contar y a enseñar fotos de sus novios. “Éste me trata bien, pero no tiene dinero” “éste es posesivo como el diablo, pero tiene departamento en Acapulco” “éste coge rico pero es racista”. “Hmm” yo contestaba sin nada que opinar, agitando sobre mi cabeza un látigo, haciéndolo tronar, domando la amargura. Yo no tenía nada que contribuir por una vida terca llena de cosas que no le importan a nadie y la oh profunda infinita soledad de alejarse y alienarse demasiado o eso me decía. Lo que sea.
Llegó el patrón, todos se callaron y pararon. Fue al micrófono el pequeño señor calvo y panzón y  dijo “a ver, ahora sí, todos a cantar” y de las bocinas en las paredes a los lados empezó a sonar “uiiii uiiiii uiiii” y todos, absolutamente todos, empezaron a cantar el himno de la corporación. Yo no cantaba aunque me sabía letra, para entrar tenías que cantar en la última entrevista y yo lo hice y juré nunca más. Así que ahí estaba, mi cara una en el mar de caras, viendo con ganas de reír a los señores y señoras cantando la canción de sus amos. “Mala actitud” me reprendí.
Siguió la canción, duraba más de lo que me acordaba. “ok” dije empezando a sentirme incómodo, era el único que parecía notar que llevaban cantando exagerada cantidad de tiempo. Nervioso, paseé la mirada hasta que la detuve en un tipo alto y gordo que cantaba con mucho sentimiento. “madre de dios” susurré al ver las lágrimas bajando por su cara y, desconcertado, pise la temida mina de “qué estoy haciendo de mi vida” y se hicieron pedazos las piernas de la voluntad que me mantenía ahí. “¡¡aaaaa!!” gritaba por adentro, tratando con todas mis fuerzas de mantenerme inexpresivo, desesperándome más y más y el himno seguía y yo me volvía loco. No podía más y la canción no acababa hasta que lo hizo de repente. Un segundo más y hubiera ido a la ventana más cercana para tirarme por ella. No podía, no podía seguir kafkeando, nada más no, me dije el resto de la conferencia.
Acabó el día y yo tenía el ánimo en la basura. Como todas las tardes, me subí detrás de Normita en su moto, me agarré y recorrimos la ciudad. Llegamos a nuestro complejo habitacional. “Hasta mañana” me dijo Normita sonriente como siempre, yo me quedé parado viéndola con ganas de decirle “no, Normita, no más, Normita, mañana no, por favor” pero “hasta mañana” fue todo lo que respondí tratando muy mal de sonreír, avergonzado de mí mismo, sabiendo que el kafkeo no acabaría pronto, tal vez nunca, había que hacer las paces. Subí a mi departamento. Me senté al escritorio y, con la tristeza pasando, trabajé en mis comics.

Friday, September 29, 2017

La Zoología

81

El zoólogo Jiménez llegó a su pequeño estudio apartamento en el piso 20 de algún edificio perdido en una de las ciudades más grandes del mundo. El abatido hombre en sus primeros 30’s, barbudo, greñudo, quemado por el sol, sucio, hambriento y cansado, abrió la puerta no pudiendo esperar, ansioso de un poco de descanso; se quedó parado en el umbral, hecho una silueta, se prendió la luz y, haciendo ruidos de cansancio, aventó bruscamente su mochila gigante; el lujo y la comodidad de la civilización lo saludaban amigables, “estoy en casa” se dijo como quien estuvo perdido, fue encontrado y ahora estaba de regreso en lo familiar y agradable. De repente, de un lugar remoto de sus adentros, sintió un pequeño malestar que notó apenas porque el hambre y molestia de la porquería que lo cubría requerían su atención inmediata, primero lo primero.

Salió de bañó, refrescado, rasurado, secándose el cabello ahora corto, en bata suave y esponjosa, tomó un vaso con agua y unos molletes listos del microondas, comió vorazmente y fue a su escritorio junto a una ventana por donde se podían ver miles de techos y el horizonte un tanto morado, un tanto naranja. Todo en orden y se determinó a trabajar, si no capturaba los hallazgos de sus investigaciones inmediatamente, luego le daba flojera y para que quieren. Pero primero, como era su costumbre, miró sus otros cuatro libros en una repisa sobre la computadora frente a él, necesitaba las porras del esfuerzo pasado, necesitaba la confirmación caprichosa e innecesaria de que podía; rojamente empastados por el propio zoólogo, con los títulos en letras doradas, Yo Quiero Saber De Qué Dinosaurio Vienen Los Pingüinos, Mitad Pato Mitad Castor: El Ornitorrinco, Paseando A La Vaca y Rascacielos Con Patas: Una Temporada Con Las Jirafas, le gritaban a la biu a la bau. “Muy bien” dijo con las necesidades de la autoestima satisfechas y, cansando, pero orgulloso, suspiró, listo para empezar. Los dedos suspendidos sobre el teclado y, antes de que pudiera apretar la primera tecla, lo zapeó la molestia ahora engrandecida. Libre de distracción mundana, no tuvo de otra más que examinarla, pero no quería, le daba miedo voltear la piedra del corazón, quien sabe que había abajo. Ese último proyecto lo había cambiado, esos pasados seis meses de investigación le aboyaron el alma. “Qué me pasa”, se preguntó extrañado, ya recuperado, pero temiendo el origen de la súbita conmoción y vio por su ventana, recordando su tiempo con los changos.

Hace seis meses, sentando en una banca en un parque, contento, sujetando un cono con helado, el zoólogo Jiménez sentía con los ojos cerrados y la boca idiotamente entreabierta, al sol hacerle caricias, “ay eres precioso” le decía el día. El deleite corría desembocado cuando le llegó un mensaje de su editor “Pa’ cuando el próximo, compañero?”. “Es cierto” se dijo volteando hacia la nada, tenía un rato sin trabajar y, como obsesivo que era, una vez introducida la idea, el pensamiento de su nuevo proyecto fue creciendo hasta ocupar toda su cabeza. Fue al museo de historia natural, para empezar por algún lado, y se paseó horrorizado viendo a los animales deformes muy mal disecados. “Muy mal, todo muy mal” se dijo indignado por el desperdicio de impuestos y, antes de irse, fue al baño para que la visita no fuera un completo desperdicio. Abrió la puerta y frente a él, unos niños, muertos de la risa, corriendo de aquí a allá en el enorme muy bien iluminado baño, aventándose caca, llenando las paredes, los mingitorios, los lavabos y los espejos de desperdicio, imagen verdaderamente infernal. Las risas, la peste, la caca volando lo cachetearon y una epifanía llegó como meteorito y chocó duro contra su mente. “Por supuesto” se dijo cuándo un mojón le pegó en la camisa. “changos” le escribió a su editor.

Con todo lo que necesitaba sobre su cama, el zoólogo Jiménez, con las manos en la cintura, se paró frente a las cajas de cigarrillos, cuadernos, plumas, trusas y calcetines, “muy bien” se dijo asintiendo, emocionándose más y más, vestido con shorts kaki, una chamarra térmica, una gorra oficial del blog de cuentos cortos CUENTOS GRANDES PARA CHICOS CORTOS, botas todo terreno y reloj de pulsera que le avisaba cuando era hora de regresar a la humanidad.  Tomó su mochila gigante, compañera en sus últimas 4 expediciones, mochila que le había regalado su tío zoólogo. “Viva la zoología” se acordaba habían gritado los dos al unísono en la graduación de la universidad del joven Jiménez y éste escupió del ojo una lágrima al acordarse del destino oscuro de su querido tío, se lo habían comido las zarigüeyas, “ay pobre”. Jiménez ya se perdía en nostalgia cuando un ¡Bip! ¡Bip! lo regresó al mundo de verdad, su uber había llegado. “en la torre” se dijo carente de gracia y guardó sus cosas, apresurado, en un parpadeo ya está todo lo que necesitaba en la mochila, todo menos la medicina que inhibía la lujuria. En esas expediciones de 6 meses, rodeado sólo de animales, con el humano, y para mayor exactitud, la mujer más cercana a kilómetros, lo último que uno quiere son pensamientos sucios escabulléndose una noche a tentar con los pocos tabús que quedan: La zoofilia, enemiga número uno de todo buen y decente zoólogo. El olvido de la medicina, en este caso en particular, era extremadamente pertinente porque el zoólogo Jiménez poseía una libido considerable, pregúntenle a su novia. Así, nuestro héroe, contento, sin darse cuenta todavía de su descuido, moviéndose por la emoción, atravesando la ciudad rumbo a la central de camiones, empezó el descenso en el infortunio.

Hacía mucho calor en la selva. Los mosquitos tenían hambre y los bichos paseaban a gusto libres de preocupaciones. En las ramas, esa temporada, había sana y grande población de changos. “Súper” susurró el zoólogo Jiménez, empapado en sudor, saliendo de los arbustos, al ver su casa temporal. Se sentó un rato para comerse un mango y observar la rutina changa y, cuando entendió la dinámica, fue a integrarse. Lo primero que tenía que hacer era ir a entrevistarse con el chango alpha. “hola” dijo el experto en animales y dejó a los pies del líder de la manada un montón de ratas muertas y un poco de fruta. El animal vio impresionado y de inmediato se volvieron buenos amigos. El zoólogo, como era muy estudioso y aplicado, afanoso investigador, sabía exactamente lo que tenía qué hacer para pertenecer y ser aceptado. Así, una vez que ocupó un papel en la manada, se dispuso a perderse psicológicamente, dejar atrás lo que lo hacía humano, sus ataduras culturales, sus dogmas y prejuicios, el lenguaje, la historia, y se encueró para recibir el formateo mental e instalar el sistema operativo de los changos. Ya con la nueva mente, el zoólogo Jiménez participó en todo lo que hacía la manada; luchaba gustoso en sus guerras, iba en busca de alimento, acicalaba otros changos, lo acicalaban a él, ocupaba su lugar con buena actitud y se echaba a disfrutar de la vida. En la guerra y economía participaba gustoso, sólo había una cosa que tenía prohibida, no a la zoófila y menos con los changos, no le vaya a dar sida.

Los días pasaban y el zoólogo, hasta entonces libre de lujuria, de repente viéndose en la elite del grupo, comiendo, riendo, peleando, se la pasaba bien. Parecía que esos 6 meses iban a ser una brisa y el siguiente libro se iba a escribir solo e iba a pegar porque a la gente le gustan los changos y a lo mejor podría dejar de hacer estos viajes tan desgastantes y molestos. Estos pensamientos ocupaban su cabeza, echado bajo la sombra de un árbol y a una milésima de cantar victoria, la suerte, como suele hacerlo, le jugó una broma pesada y mandó a una changuita no guapa ni graciosa, nada fuera de lo normal a no ser de que era particularmente culoncita y que tenía un gesto altanero que la diferenciaba del resto. Los changos jóvenes la miraban y le dirigían gritos de ansiedad, esa changuita estaba lista para ser inseminada, pero no se dejaba, era seria y no cooperaba cuando iban e intentaban violarla. El zoólogo Jiménez, encuerado, cubierto de porquería, rodeado de otros changos jóvenes recargados en él, recordándonos un grupo de adolescentes en video musical, supo de inmediato que esa changuita era malas noticias. Como sea, el corazón, vuelto un teléfono celular, vibró por mensaje de cupido “vas”, y “¡PROHIBIDO!” se apuró a contestar el zoólogo con el súper ego siempre al pendiente, y recordó las palabras de su difunto tío y sintió cosquillitas en los testículos, un escalofrío, furiosa erección y la cabeza le daba vueltas, “el deseo” susurraron sus adentros y Jiménez no supo qué hacer, ahí contra un árbol, corroído por el ansia, tratando sin éxito de accionar la voluntad,  y de repente, como suele pasar, se le ocurrió la solución a todos sus problemas. “La medicina” se dijo y corrió por su mochila gigante escondida entre matorrales. La abrió y vació, llenando el suelo de la selva de calzoncillo, cigarrillo, cuadernos y plumas, pero rápido se dio cuenta de su olvido y se escuchó la cada vez más sonora carcajada de la pesada mala suerte. Y si hubiera un dios, uno sólo podría concluir que es un sádico hijo de perra porque justo en ese instante pasó la changuita con su usual cara de soberbia, que sólo la hacía más atractiva, y se detuvo un segundo frente al pobre hombre ardiendo en deseo, luego se volteó, se agachó y ahí se quedó, Jiménez viendo directamente el culo gordo bien formado, con depredadores acechándolo, no hay lugar para el amor en la naturaleza, hasta que, al borde de la zoofilia, se dio un puñetazo en el pene, tomó una cajetilla, unos cerillos y corrió al cuerpo de agua más cercano a fumar y enfriarse.

El zoólogo Jiménez eyaculó por décima vez ese día y así le puso fin momentáneamente a la lujuria, pocas cosas mejores que cuando rompes las cadenas de la calentura, yo sé lo que les digo. Ya más relajado, el experto en animales, se paseó pensativo, qué iba a hacer con la changuita, qué iba a hacer con la lujuria. Fue con su amigo Ramón, un chango particularmente flojo, que se la pasaba echado, simplemente contemplando, despreocupado veía pasar uno tras otro los días; qué más da todo, qué importa, no hay peor desperdicio de energía que la lucha absurda, la apatía resignada era la única respuesta parecía decía su gesto, el nihilismo había llegado hasta los changos, no había salvación para este planeta. El zoólogo tal vez le atribuía más de lo que había, tal vez no, pero no importaba porque eran amigos y todas las tardes, con un ramita, agarraban insectos del hoyo de un tronco y comían contentos, intercambiando miradas amigables, reforzando una conexión que todo quien ha tenido un amigo entiende. Y ahí estaban, sentados detrás de su tronco preferido, a la distancia viendo a un grupo de changuitas, entre ellas la changa objeto de deseo. El zoólogo la veía soltando ocasionales suspiros, con el cachete recargado en la palma y el codo en el cadáver de árbol. De pronto, de repente, porque la vida es así y no hay nada que se pueda hacer al respecto, llegó un chango particularmente galante, guapo, les digo, sano, en forma, y se acercó al grupo, fue con la changuita culoncita y, así como así, de la nada, sin preámbulo, sin aviso, el zoólogo presenció el más salvaje apareamiento. “Madre” murmuró al oír los gritos sonoros de placer de la changuita. Unos segundos y Jiménez se cachó a él mismo viendo embobado a la pareja y se llenó de vergüenza. Se paró de un salto moviéndose nervioso e incómodo, no sabía qué hacer. Su cerebro trabajaba a mil por hora hasta que, después de un esfuerzo colosal, el zoólogo Jiménez retomó el control y se dijo, “ya sé… ¡ya sé!” levantó la cara justo a tiempo para ver en todo su esplendor la cara de orgasmo de la changa, a la que el hombre de ciencia susurró “la zoología”.

“¡De acuerdo!” dijo con apropiado ademan de brazo doblado pegado al costado y puño cerrado, decidido a sublimar la lujuria en ciencia, y fue con paso decidido, repasando su conocimiento, al charco más cercano. Se lavó con enjundia y después fue a su mochila a ponerse sus mejores shorts, chamarra térmica y botas; se peinó lo mejor que pudo, tomó pluma y cuaderno y, viéndose muy guapo, listo para empezar, encontró ahí tirada junto a sus cosas una foto arrugada de su tío. La contempló un instante con memorias como presentación de power point en la pantalla mental y, mientras se dejaba llevar por el sentimiento por quien le enseñó absolutamente todo lo que sabía, cochina universidad perdida de tiempo, se le ocurrió algo y la ocurrencia le provocó un pequeña y tierna sonrisa. Ceremoniosamente levantó la foto y fue a su árbol favorito, uno alto e imponente, juntó flores que puso sobre las gruesas raíces y sacó la foto del bolsillo de su chamarra. “Te haré sentir orgulloso, tío, honraré tu memoria” y una lágrima cayó sobre la calva arrugada en blanco y negro. El zoólogo Jiménez se limpió las lágrimas y el moco y, más solemne que nunca, colocó con mucho cariño y cuidado la foto entre las flores. Dio un paso atrás y, como guerreo de la antigüedad, pidió fuerza y ánimo a su antepasado, con los ojos cerrados, las manos juntas y la cabeza baja y de entre las ramas brilló el sol sobre toda la escena, su tío le sonría desde el más allá. El zoólogo sintió el calor, quedándose inmóvil un momento y levantó la cara explotando en decisión, “estoy listo” dijo, apilando el arsenal intelectual y, como era su costumbre, carente absolutamente de gracia, salió corriendo hacia donde sabía estaba la changa con su novio.

¡Contemplen! El desempeño perfecto de un maestro practicando plenamente su disciplina, ¡Admiren! el poder que dan años de estar sentado frente a libros, repasando, y sean testigos de toda la gloria de… ¡la zoología!. El zoólogo Jiménez, muy atento, con cuaderno y pluma en mano, escondido entre unos matorrales, veía atento a la pareja de changos. Los estudiaba y descubría cosas que no se hubiera imaginado jamás. Los changos al principio estaban muy enamorados, pero poco a poco, la changa se volvió controladora y hacía berrinche por tonterías. Jiménez no podía creer el avance romántico, la dinámica de pareja muy parecida a la de los humanos, qué demonios estaba pasando ahí. La changa, con su conducta errática, sus demandas sin sentido y las tormentas hormonales que ni intentaba controlar, le chupaba el alma al pobre chango galán que cada día se veía más acabado. No había misericordia en las relaciones, ni en las de los changos. “Madre de dios” susurraba el zoólogo durante el transcurso de su investigación, al verlos sentados en una rama; la changa agarraba a su pobre novio de los cachetes, viéndolo directamente a los ojos y se podía observar en tiempo real como se le iba la vida al chango, como se escapaba la energía por sus ojos opacos. Más de una vez Jiménez quiso intervenir, pero su tío le había enseñado mejor que eso, y se limitaba, por la noches, a lamentarse primero y luego alegrarse, “de la que me salvé” se decía ése que nunca tuvo una oportunidad. “Lo que sea” se decía luego el zoólogo algo amargado y todo regañado por él mismo al recordarse que la changa ni sabía que estaba ahí y se quedaba dormido en una rama abrazando y abrazado por sus familia adoptiva changa.

“Fin del mes seis” dijo el zoólogo Jiménez, rompiendo cuarta pared, antes de alistar sus cosas para irse. Se despidió de Yolanda, su madre changa, le dijo adiós y despeinó a Benito, su hermano menor primate, se detuvo un minuto con Ramón, “hasta luego, viejo, nunca cambies”, y recibió un gesto de absoluta total irremediable indiferencia; Jiménez le sonrió entendiendo y fueron interrumpidos por la alarma en el reloj de pulsera, “es casi hora” se dijo conteniendo las lágrimas.  Antes de irse, fue una última vez a pasearse por la selva. Para ese entonces, por eso de los estrictos criterios que separan a la ciencia de verdad del desperfecto mental, el zoólogo estudiaba a varias parejas de changos, grupo de control, repetición y confirmación de resultados, etcétera, para triunfar en la academia uno tiene que hacer las cosas bien. Además de la buena práctica de ciencia, al descubrir el espectáculo de horror de la changa ojete, se horrorizó al pensar que a lo mejor todas las changuitas eran todas unas hijas de puta, pero por suerte no, la mayoría eran nobles y trabajaban en equipo, ay eran lindas. La última pareja que fue a visitar fue la de la changa nalgona. Se asomó de entre unos arbustos con cuidado de no hacer ruido y vio a los novios sentados en la rama de costumbre. La changa hacía ruido sin parar “uh uh uh uh” y el chango muerto viviente estaba contra el árbol soltando lastimeros quejidos, añorando la muerte. “buena suerte, amigo” le dijo el zoólogo resignando, qué se le podía hacer, la vida a veces reparte cartas funestas. Se dio la vuelta, levantando los hombros y las palmas, sacando el labio inferior, y ya se iba cuando escuchó un chillido. Volteó rápidamente y vio que el chango se había aventando cabeza primero y estaba en el suelo con el cerebro de fuera. “Bien por ti” dijo sin pensar Jiménez y un segundo después se espantó de que hubiera en él ese tipo de pensamientos, “todos somos monstruos” le dijo una vez su tío en una borrachera. Lo anterior casi ni lo detuvo porque estaba harto de la mala vida y azote emocional, él quería irse a su casa. Se dio media vuelta, fue por su mochila y atravesó la selva, yendo sin detenerse hasta la parada de camión, “hasta nunca” le dijo al recuerdo de las nalgas de la changa.

Punto final. Sudado, libre de la bata, sólo con una trusa, el zoólogo terminó su último libro. Lo checó, lo editó y, satisfecho con su trabajo, se lo mandó a su editor y lo imprimió. “Muy bien” se dijo viendo con cariño el manuscrito. Se apuró a empastarlo con la pasta roja con Amor Chango: El Triunfo De La Zoología en el lomo y lo colocó con el resto de  su obra. “Lo logré, tío” dijo viendo unos instantes sus cinco libros y de repente el sentimiento extraño regresó como un torbellino gigante que se movía furioso arrasando el alma y continuó con su paso destructivo hasta que llegó a los genitales de Jiménez y ahí se quedó. “¡La lujuria!” gritó el zoólogo en el suelo, estirando un brazo hacia el techo, sintiendo toda la furia de la calentura. Nada eclipsa el ansia como el estudio duro y una vez terminada la tarea, la necesidad biológica había regresado como mafioso malhumorado que viene por su dinero. “ay, ay, ok, ok” repetía Jiménez retorciéndose y le habló a su novia. Fueron a cenar y a bailar y regresaron al departamento y la novia fue sometida al resultado de meses de acumulación sexual, la pobre no pudo caminar un rato. “Hasta nunca” dijo el zoólogo Jiménez, quedándose dormido, olvidando para siempre.

A DINORAH

Tuesday, August 15, 2017

120 días de pompdoma (parte 4)

80

Pompitas Alonzo, el escritor de cuentos cortos y apto gimnasta, estaba echado en un camastro, escuchaba un audiolibro sobre como el trigo esclavizó a la humanidad; teníamos mucha promesa como especie, pudimos haber llegado lejos, pero casi desde el principio nos atamos al pan y construimos nuestras sociedades alrededor del trigo que terminó convirtiéndose en todo lo malo que le pasa a todo el mundo. Pompitas escuchaba con gesto indiferente, viendo el cielo, con los ojos cubiertos por lentes oscuros y el cuerpo por pijama y chamarra con lana de cordero en el cuello. Hacia frio, había viento. La zona de la alberca estaba vacía y, frente a Alonzo, pasando la propiedad, se extendía el campo café claro, uno que otro nopal, el cielo azul oscuro y la ruralidad en toda su gloria. Pompitas, inmóvil, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo, mataba el tiempo, esperaba a que lo rehabilitaran y a que se le quitaran las ganas de morir, no podía salir a triunfar y exponerse a la tentación con el espíritu en modo de autodestrucción. Tenía que crecer y ser mejor persona.

Llegó a paso rápido la dramaturga Gertrudis Perkins, Ger para la gente en general, y se sentó en el camastro de alado, viendo alterada a Pompitas Alonzo. Tenía un montón de papeles en una mano que estrujaba compulsivamente. Algo decía pero el maleducado autor no se enteró, seguía escuchando como la agricultura nos hizo a todos unas perras. Ger, también en pijama, pero en lugar de chamarra, tenía una bata de baño desgastada casi color rosa y un cigarrillo fino colgando de los labios. Estaba en sus 40’s pero la vida bohemia la hacía ver más vieja. “Entonces, mi pompi, ¿qué opinas?, eh, ¿te gusta?” escuchó apenas Pompitas y continuó contemplando el cielo, siguiendo a las nubes que pasaban a uno por hora, y pensó en su modales, listo para activar la educación, pero luego se acordó que estaba en rehabilitación y ahí no importa nada así que no escondió su descontento al quitarse por fin los audífonos, haciendo un ruido de disgusto y, después de dos segundos para entender de lo que le hablaba,  sin voltear, “mmm… me gusta” dijo sinceramente. La obra de teatro de Ger se llamaba LAS GUARRAS y trataba sobre un grupo de baile conformado por mujeres no precisamente finas que participaban en un concurso para pagar la despedida de soltera en Acapulco de una de ellas. “me gusta de verdad” dijo pompitas sentándose en el camastro, quitándose los lentes, revelando sus preciosos ojos color agua puerca, viendo inexpresivo a la ganadora del premio a la dramaturgia “Benito Cardoza”; “en serio, pompi, ¿en serio te gusta?” dijo trémula Ger en necesidad maniática de reconocimiento, nerviosa, desalineada, “qué sí… es buena”. Ella se ruborizó, separó los ojos de los de Alonzo y se sumergió en sí misma. “Seguro en su cabeza explotan miles de males” pensó el psicólogo aficionado Pompitas Alonzo e hizo media sonrisa menos de un segundo y como por resorte, producto de la medicina, su boca regresó a la completa neutralidad. De repente, con las inseguridades por el momento superadas, Ger tomó con sus dos manos una de Pompitas y viéndolo con anticipación descontrolada, le preguntó si quería participar. “OK, está bien” respondió Alonzo motivado por el consejo de sus doctores de ocuparse y no perderse en morbosa autoobsesión. “Bien” dijo después el escritor de este y otros muchos cuentos, se pegó en los muslos con las palmas, se paró y fue a la cafetería a comer un montón de alitas. “yum”.

Pompitas, en vestido, tacones, peluca y mal maquillado, estaba sentando a unos pasos del resto del reparto de las Guarras. No quería pero escuchaba su conversación que lo irritaba terriblemente, le daban ganas de ir a gritarles que se callaran, los comentarios no particularmente molestos jodían con el espíritu del escritor, provocaban furia, creaban una tormenta de ira, nubes de odio se formaban amenazando un huracán de violencia; los oía reír y la risa le provocaba asco, pero antes de que hiciera una tontería, el sentimiento rumbo a lo insoportable provocó una reempezada de mente en forma de introspección y pompi notó “he cambiado… que amargado me he vuelto” e iba agitar el brazo para ahuyentar los bichos que picaban confiados el ánimo del cada vez más intolerante Pompitas Alonzo, pero antes “muy bien!” gritó Ger ahí de repente como por efecto arcaico de cine, “¡hora de trabajar!”. Cuando estaba en su papel de directora, la dramaturga cambiaba drásticamente, sus modos normalmente reservados y tímidos, se volvían seguros y asertivos, uno no podía darle mierda, porque ella simplemente no la tomaba. Ger aplaudió ruidosamente, “a sus lugares, señores, ¡por favorrrr!” y hacia un sinfín de ademanes y Pompitas Alonzo y el resto de los improvisados actores fueron a pararse en medio de escenario del muy bonito auditorio, iban y se formaban como pinos esperando bola, parados derechos, serios, concentrados, repasado en sus cabezas la ya muy ensayada coreografía, unos segundos de neutral suspenso, y empezaba el bajo duro y las percusiones pesadas de la canción que haría pasar a las finales del concurso de baile a las Guarras y ¡pum! Brazos arriba, giro y salto y brazos, salto, giro, brazos a los lados, cabeza girando en posición de guerrero samoano, para allá, giro, salto, patada, para acá, sudor volando, salto, giro, salto, pies contra duela y el gran final: un gordo chaparro (Vicente Buendía, el escritor de recetas sin sentido) con vestido entallado y peluca muy negra exageradamente larga, voló por el cielo, dio una vuelta en el aire y cayó como costal lleno de tripas y huesos, libre de toda gracia, su carne le pegó duro y ruidosamente al suelo, frente el resto del grupo quienes tenían la cara hacia arriba y gritaban “¡¡aaaaaaa!!”, sudando, respirando duro. Acabó la canción y los ojos, poco a poco, iban hacia Ger, esperando notas. Ella estaba sentada en una butaca en la tercera fila, pensativa, con el dedo gordo y su vecino en el mentón, veía la nada, asintiendo. “OK” decía de pronto, “se cancela la obra” y hacia un coraje y destruía todo lo destruible. “pero Ger” le decía la ex cocainómana escritora de libros para niños, Maricela, la única otra mujer en el lugar, asistente de dirección y se llevaba a un lado a la genio del teatro, quien maldecía como niño que acababa de descubrir las groserías. Intercambian unas palabras y después de un minuto o dos, regresaban al escenario y Ger, viendo intensamente a los que no tenían por qué estar ahí, decía “venga, de nuevo, desde arriba”. Los pinos hombres vestidos muy mal como mujeres tomaban su lugar y volvía a empezar, así hasta que estuviera perfecto.

Ger, en su cuarto limpio lleno de luz natural entrando por la ventana, con sólo una cama, escritorio, silla y computadora, reescribia un pedazo de su obra. Convertida en una changa mecanógrafa, le pegaba a las teclas, escribía con sólo dos dedos que subían a una altura innecesaria y caían rápida y pesadamente. La mujer escribía jorobada, murmurando, fumando cigarrillo tras cigarrillo, viendo detenidamente el monitor, con los ojos clavados en las letras apareciendo, las veía como uno ve a alguien que le apunta con toda la intención de matar. Ger no podría decir cuánto tiempo llevaba escribiendo, podía escribir por horas, editar, volver a escribir, así poseía el récord de la obra de teatro más larga de la historia con un libreto de más de mil páginas. Escribía y hacia sonar por los pasillos prístinos del centro de rehabilitación la violencia en las teclas, se escuchaban los golpes al pobre teclado en tortura. ¡Tap! ¡Tap!  ¡Tap! ¡Tap! ¡Tap! ¡Tap!  ¡Tap! ¡Tap!. El ruido podía volver a uno loco y era justo lo que hacía. Dos cuartos a la derecha, estaba el cuarto de Marcelino Artiaga, poeta una vez galardonado, ahora, después de una vida llena de mezcal, totalmente en el olvido. Marcelino era de esos que se aguantaba el enojo hasta que explotaba y cuando lo hacía, cosas horribles pasaban. Llevaba desde la mañana echado solo en su cama, rojo del coraje, viendo a una mosca volar, detenerse y volver a volar describiendo una especie de cuadrado, así durante horas ese día callado en el centro de rehabilitación en medio de la nada. La combinación del vuelo aparentemente absurdo y el tap tap tap del tecleo changuezco, hicieron a Marcelino, trastornado por tanto escuchar y ver, perder la paciencia. El autor de poemas como Marometa en altamar y Es Miércoles, mis amigos se levantó de su cama y salió del cuarto con los ojos fuera de sus cuencas, los dientes apretados y las venas en la sien jodiendo con lo aerodinámico del diseño natural de la cabeza, y fue al de Gertudis Perkins. Se quedó parado en el umbral, viendo unos segundos a la dramaturga escribir por milésima vez el tercer acto, dándole la espalda a la puerta y, tras una ola de tics en la cara de Marcelino y el abandono definitivo a la cordura, éste se lanzó sobre la mujer, la tacleó y, antes de que se terminara de computar lo que estaba pasando, un puño ya iba a toda velocidad hacia la cara de la incauta mujer. Marcelino le propinó salvaje golpiza y la dejó casi muerta y la hubiera matado de no ser por Carmelo Ribeiro, periodista de chismes con ambición obsesiva de novelista, que pasaba por ahí por pura casualidad, vio a lo que acontecía y corrió por ayuda. A Marcelino lo metieron a la cárcel, a Gertrudis la internaron en una bodega para locos porque quedó gravemente herida, física, pero más que nada mentalmente. La crueldad del mundo de la que tanto se quejaba por fin la alcanzó y simplemente no pudo lidiar. El ataque la dejó catatónica para siempre. “Se cancela la obra” anunció Maricela con ojos hinchados y nariz llena de moco al reparto de la Guarras, al salir de hablar con el doctor. Pompitas, alejado del grupo que se abrazaba y lloraba, aceptó de inmediato las noticias con sentimientos encontrados, veía promesa en el trabajo, pero su misantropía lo hubiera hecho tarde o temprano hacer un Marcelino. Pompi, así, regresó a su cuarto, a sentarse junto a la ventana con el codo en el marco y el mentón en la palma, a suspirar de vez en cuando, a ver el campo, a curar sus males en silencio y en privado y a esperar lo que hiciera falta para salir a triunfar.

Un buen día, hace muchos años, Pompitas Alonzo, reciente escritor de cuentos cortos y ahora marihuano, contemplaba el mar, sentado en un tronco en una playa de rocas, con un porro en la boca y el bosque detrás extendiéndose magnifico, fresco y verde, acobijando con ternura a nuestro héroe. Hacía frío, pero pompi no lo sentía, la emoción ponía a su sangre correr tanto que el cuerpo generaba su propio calor. Pompitas Alonzo puso la yema de los dedos sobre su corazón y lo sintió latir, le emocionaba las posibilidades de la creación literaria y, más que nada, la independencia de dios, que se joda su abuela que, la muy traviesa, escondió en el cuarto del joven escritor, bocinas que tocaban pesados mensajes religiosos mientras éste dormía, lavándole el cerebro, volviéndolo cada vez más creyente; a la abuela, que era cínica y férrea atea, ésto le daba mucha risa. Así, Pompi, al descubrir y practicar la escritura de cuentos, rompió las cadenas que lo confinaban al infierno intelectual y a una vida ordinaria, explotaba su visión particular y ahora, sentando en ese tronco, con sus sedosos cabellos bailando en el viento de otoño, viendo con sentimiento las olas romper contra la playa describiendo su espíritu, pacheco como jamaiquino en día festivo, reconocía y babeaba por las posibilidades. 120 días de Sodoma del Marqués de Sade, todo arrugado y rayando, siempre en el buró junto a la cama de Alonzo, había influenciado tanto al autor que éste babeaba al soñar con superarlo, “quiero escribir algo más punk” le decía al océano. Pompitas se entretenía con estos pensamientos cuando las ramas y hojas detrás de él se empezaron a mover, alguien o algo venía. Una muchacha apareció de repente como presagio funesto. Atraída por el dulce aroma de la marihuana, llegó y se sentó junto a pompitas. La muchacha era una particularmente sexy, con sus nalgas gordas y sus tetas protuberantes, firme, joven, guapa, pero se veía en su mirada algo anormal; pompitas, con ojos de chino y seguramente influenciado por su hierba de presumible calidad, se sintió en presencia de algo más fuerte que él, algo súper natural, la naturaleza se había personificado en esa mujer hermosa con labios brillosos y con ojos en desbordante antojo por el rico beso del porro y cuando por fin, a poco de provocar un infarto en el todavía sano, fuerte y joven corazón del lujurioso muchacho, sus ojos se encontraron, le dijeron que estaba dispuesta a todo para obtener uno o dos turnos al porro. “regálame unas fumas y te enseño mis chichis” dijo pegándose contra Pompitas. El futuro maestro en el cuento corto, adolescente lleno de hormonas, normalmente marioneta de la biología, estaba todavía alterado por la pasión provocada por el tren de pensamiento ahora desastrosamente interrumpido y la molestia por la súbita aparición de aquél demonio del ansia eclipsaba las obvias oportunidades eróticas. “no, no tengo nada que darte” le dijo decidido el próximamente arrepentido pompitas. La mujer hizo cara de confusión, su primer rechazo, preguntó con la mirada si estaba seguro, Pompitas respondió con un gesto de indignación, alejando su cara y haciendo un ruido de disgusto, la sensual muchacha hizo un gesto de “ok, lo que sea” y se fue. Pompitas reconoció de la que se había salvado y contento de estar de regreso en la soledad, listo para volver al espectáculo de los fuegos artificiales producidos por la fantasía, con el porro babeado sólo por él, quemándose a buen paso por lo bien rolado, se dijo que no podía esperar para una vida dura de incertidumbre, rareza y empuje artístico, excéntrico, anormal. “adelante, arriba, para siempre, Pompitas Alonzo, de aquí al infinito, de aquí a la eternidad, Pompitas Alonzo”.