Wednesday, December 10, 2014

La Muerte Se Vuelve Tú

39

“ahhhggg!!” grité y me explotó el corazón. Una papa frita voló por el aire, una lata de bebida energética rodó por ahí. Mi cuerpo gordo y feo le pegó al suelo. Los ojos se me fueron para atrás, espuma salió de mi boca y me convulsioné un poco. Abandonaba el mundo como llegue a él, todo sucio y maloliente. Estaba en camino, se acabó todo, me iba al infierno.

Los paramédicos llegaron haciendo más escándalo del que hacia falta. Se abrieron paso, empujando a la gente que gritaba espantada a mi alrededor. Al descubrir "la vida es abuso" tatuado en mi pecho unos cuantos botones le pegaron en la cara a una secretaria con piel arruinada por tanto maquillaje. Mi cerebro, apagándose, liberó ricos químicos y aluciné que descendía.

Llegué a un bosque denso y oscuro. La duda y el miedo me taclearon, me sostuvieron en el suelo y me agarraron a golpes hasta aturdirme todo. “mierda” dije sentando con las piernas estiradas, “puta” dije al reconocerme muerto, ya aceptándolo todo, nada es como te lo imaginas. Me paré, limpié las palmas en mis pantalones y, sin saber por donde empezar, fui a recorrer el otro mundo.

“maldita sea” dije amargado al ver llegar a mi guía, el chichimeca Ortega, esperaba una celebridad o algo. “chichimeca” le dije al reconocer que las cacheteadas de la desilusión no acaban con la vida “perdóname, pero esperaba un poco más”. el chichimeca me hizo una mueca de odio en extremo afeminada, no muy impresionado con mis fanfarronadas y salimos del bosque.

Llegamos a un edificio gigantesco y se abrieron automáticamente las puertas de vidrio. Nos subimos a una cinta desplazadora como esas que hay en los aeropuertos y cruzamos el lugar con música lenta y pesada sonando siniestra en el fondo. Me quedé parado admirando el lugar con gesto idiota hasta que encontré la cara del chichimeca. Recibí otra mueca desaprobadora y caminamos a paso rápido.

El chichimeca Ortega señaló unas sillas, me apretó la verga, hizo un ruido, me golpeó con una última expresión de desprecio y se fue. Encontré a un señor gordo de bigote leyendo muy contento una revista sobre queso. Vestía shorts beige, chanclas con calcetines grises y camisa color mamey. “que onda” le dije, él me vio sonriente y dijo “estamos muertos”,  le di un “mmmkay…” y fui a explorar.

“Pero... qué es esto?” le pregunté a una negra recargada contra la pared, fumando despreocupada. “y yo qué sé, negro” me dijo y se fue. No le di importancia y seguí inspeccionando la maquina que parecía una de esas cabinas donde te tomas fotos con las amigas. KIOSKO DEL RECUERDO decía entre estrellas y corazones arriba de gente sonriente. entré, me senté y esperé.

yo de niño comiendo helado, viendo el sol, deslumbrado. yo de puberto perdido en el deseo viendo con lujuria a una de mis compañeritas de secundaria. yo de adolescente tambaleándome gritando maldiciones. yo de adulto joven sentando con la mano en los pantalones viendo la tele. yo de adulto adulto viendo la pared con gesto idiota en una oficina rodeado por la quietud de la mañana.

Paseé desanimado entre tiendas de souvenires de la vida, mordisqueando un pretzel que encontré tirado por ahí. Por suerte encontré justo a tiempo justo lo que necesitaba. El bar era de esos que frecuentan sólo señores. De decoración anticuada, sillones de cuero gastado, oscuro, con ningún otro propósito que beber las penas afuera, nada de pretensiones. Sólo hombres rotos y nada más.

Me senté, pedí un porro y un whiskey con un poco de agua mineral. En nada llegó el porro mejor rolado en el que he puesto mis sucios labios y el whiskey, oh dios mío, el whiskey de calidad inigualable! “señor” me dijo una voz en la oscuridad, acercando un encendedor a mi cara. “ah sí, claro” dije, no acostumbrado a tanta atención. Fumé y bebí como si hubiera sido alguien.

Se prendió una luz en un pequeño escenario a unos metros de mí. Un gordita linda y tímida subió, picó unos cuantos botones en su sintetizador, se apagó la luz y se prendió un estrobo. la música empezó, la gordita perdió toda inhibición y empezó a cantar y bailar con tanto sentimiento y gracia que quise terminar de morir para no tener que comparar ese momento con ningún otro.

Enloquecido por las drogas y movido por el talento, me paré y bailé solo frente al escenario. me moví como con la juventud de regreso. por un segundo olvidé donde estaba y por qué y me dejé llevar por el increíble ritmo, asombrosa melodía y angelical voz. la gordita saltó del escenario al reconocer mi habilidad. "oye guapo, que bien bailas" me dijo y bailamos fuera de control.

Salí del bar, empapado en sudor, de excelente humor, de la mano con la gordita. Nos veíamos con cariño y le hacia una caricia cuando sonó mi nombre por el altavoz y “sala 5… sala 5”.  los dos volteamos hacia la bocina y, antes de irme, la gordita me tomó de los cachetes, me advirtió algo con los ojos, algo que no terminé de cachar, algo como la muerte se vuelve quien sabe que.

Toqué una puerta blanca con un 5 dorado. “adelante” gritó alguien desde dentro. Entré y, atrás de un escritorio, en una oficina pequeña, estaba yo pero en forma, bien vestido y peinado, leyendo papeles sobre un folder rojo. “siéntate” me dije a mí mismo, sin despegar la vista de la lectura. "ok" dije curioso y me senté a ver que seguía. "shh!" me dije cansado del ruido por aburrimiento, "sorry".

Acabé de leer y me miré muy amable. "bueno ¿vamos?" me propuse, salimos y me seguí. mi espalda en forma y cabello bien peinado me daban una sensación de terror que me jodía y, sin importar cuanto la ahuyentara, regresaba como mosquito temerario que sabe que los humanos no somos tan rudos. "hombre muerto caminando!" gritó una chaparra mugrienta parada dentro de un basurero.

Entramos a un cuarto con paredes negras y con una silla como de peluquería en medio. "siéntate" me dije y, chiflando, me amarré de buen humor a la silla. Nada de ceremonia, nada de explicaciones. Parecía me alistaban para un cohete sin destino. Me encaré sonriente, "listo?" me pregunté, yo no dije nada, sólo veía todo con horror creciente. Desaparecí y ahí me quedé amarrado. 3... 2... 1...

Las paredes negras se volvieron mi vida en cámara rápida que terminó antes de que pudiera contemplar, le di una mueca y en nada ya era colores y sensaciones sin sentido. se oyó un ruido monótono. olió a ropa recién lavada. en mi boca el sabor a chicle que llevaba años masticando. sentí cosquillas por todos lados. un "piiii!". todo desapareció y floté inexpresivo sobre blancura infinita.

Los químicos se acababan. No más romance, no más nostalgia. Los recuerdos borrosos de una vida en desorden desaparecieron uno a uno. El fin de la personalidad. Mi mente era un súper nintendo al que le sacaron el cassette sin apagarlo. Antes de que la oscuridad lo invadiera todo, hubo oportunidad de una última opinión "la muerte se vuelve tú" dije porque sí, cerré los ojos y llegó la nada.

INSPIRADO POR LA MÚSICA DE SUN O)))

Wednesday, November 26, 2014

CAROLINER

38

Caroliner salió de su cueva en el bosque y, cubierta de suciedad, soltó un rugido antes de sacar su banjo y tocar enloquecida. El sonido del banjo y voz, gracias a la increíble acústica del bosque, parecía venir de todos lados. Sonó omnipresente esa soleada mañana de noviembre. “notigo lowi go uio / ahyawi ah iwiwi pagui ah / wuaaa wuaa ahh jei jei wua / ejei uha ahua ahua”. Tocaba y chillaba agitando la cabeza, soltando tierra, moviendo los dedos prodigiosamente por el puente y las cuerdas, poniendo a las pequeñas criaturas del bosque a bailar. “Caroliner” le dijo un pequeño castor bailando graciosamente al ritmo del canto y banjo, moviendo los brazos y subiendo las rodillas “Caro-la-iiiii-ner”. Caroliner, con los ojos rojos y dientes apretados, miró al castor, luego al venado y por último a un lindo conejo que pasaba por ahí y, con la mente, los hizo explotar. los arboles y el suelo quedaron rojos por los adentros de los preciosos inocentes animalitos. Algunos pajaros salieron volando sacados absolutamente de onda. “No importa, Caroliner” dijo el espíritu del bosque y flores le llovieron encima a Caroliner.

Caroliner, en 5to de primaria, tenía una amiguita impertinente. Caroliner escribía sus secretos en un lindo cuaderno forma francesa que su difunto padre había fabricado. En la pasta estaba Caroliner tirada sobre una cama de flores con un bonito vestido blanco y una sonrisa angelical. La amiguita insistía en conocer los secretos. Caroliner odiaba a su amiguita y la quería muerta. Fue a su casa, bajó al sótano donde estaba su cuarto, prendió su radio interdimensional, se sentó en su cama, puso las manos sobre las rodillas, puso atención y la voces le dijeron qué hacer. “Caroliner, busca dentro de ti”. Caroliner regresó a su primaria. Se paró en el umbral del salón y recorrió el lugar con la vista. Vio a Pedrito Mendoza comiéndose los mocos con las voces en su cabeza susurrándole tonterías. Vio a Marcelino García llorando tatuándose a sí mismo tatuándose a sí mismo. Vio a su amiguita leyendo el cuaderno de los secretos. Caroliner no perdió el tiempo. Marchó frente a la banca y “estoy lista” dijo con los ojos rojos y venas marcándose en la cara. la amiguita, horrorizada, tuvo tiempo de reflexionar sobre lo que acababa de leer. Ella y Caroliner se vieron a los ojos un instante, la imprudente amiguita reconoció su muerte y le explotó el cerebro. una pasta roja le salió por las orejas. “Da lo mismo, Caroliner” le dijo el espíritu de la escuela y hojas de cuaderno con pequeñas calaveras le llovieron encima a ni más ni menos que Ca ro la la la i nerrr.

Antes de irse al bosque, Caroliner trabajó en un fábrica perdida en un parque industrial. Se fabricaban cabezas de muñeca. El jefe era un verdadero hijo de puta y siempre se metía con Caroliner. el muy cabrón nunca se callaba. Caroliner llegaba, tomaba su lugar frente a la banda y veía las cabezas pasar frente a ella. mientras tanto, de lunes a domingo, se oía por el altavoz la causa de sus males, molestando sin tregua. Un día las cabezas empezaron a hablar, le decían “Carolaaaaaaaineeeeerrr” “Carooooolaaaaaiiiineeeerrrr” “rrrr” “¡rrrr!” “¡¡rrrr!!”. Caroliner con los ojos muy abiertos, respirando ruidosamente y empapada en sudor reconoció el odio dentro de ella y se tapó la cara asustada de sí misma y el poder que tenía. Descubrió su rostro sería, aceptando la monstruosidad que habitaba en su corazón. Caroliner fue a su cuarto de azotea y escribió el nombre del patrón en un hoja con “La lista de la mierda” escrito y subrayado en crayón rojo hasta arriba. “Estoy lista” le dijo al cielo gris de la ciudad y el viento movió su cabello rojo y chino y su suéter gris y su vestido viejo que compró en una bodega a las afueras de la ciudad. Fue a la fábrica, abrió de una patada la puerta de la oficina y, señalando al patrón, enloquecida por los demonios dentro de ella, “renunció” susurró entre dientes y el jefe se elevó y las extremidades y cabeza se le separaron. La sangre salió lentamente de los cinco hoyos en forma de listones, y, como los anillos de Saturno, orbitaron alrededor del tronco rotante. “Qué más da” dijo el espíritu del capitalismo y billetes de cien pesos le llovieron encima a la única e irrepetible carolainer.

Caroliner regresó del bosque. Rezaba vehementemente en la catedral, atormentada por las decisiones que había tomado en el transcurso de la vida. Tal vez no debió de jugar con demonios. Tal vez no era tan buena idea hacerle tanto caso a la voz del radio. Trémula, con escalofríos yendo y viniendo, con jesus cristo crucificado viéndola, con una mueca burlona, arrodillada febril frente al altar, con las manos juntas, los dedos entrelazados y la cabeza abajo, repetía un rezo que su abuela ciega y sorda le había ensañado. Los demonios regresaron y le dijeron “Caroliner, vámonos de fiesta, maldita mierda”. Caroliner compró una botella de whiskey y se fue a un callejón a tomar lo que la imaginación no podía sacar de ella. Borracha fuera de sí, gritando cosas sin sentido, con el equilibrio desaparecido, chocaba y se caía contra los botes de basura, haciendo un escándalo que atrajo una multitud. Tambaleándose se acercó a la gente y se vio en los gestos horrorizados. Y Caroliner, sin darle una pensada si quiera, supo lo que tenía qué hacer. Se arrastró hasta el centro del callejón, se paró con la ayuda de un niño de la calle alucinando por tanto pegamento industrial, se quedo muy quieta unos segundos, cerró los ojos, se concentró y PUM! disapareció. la gente no supo que pensar hasta que se aburrió y se fue a comer. Caroliner viajó a otra dimensión donde el cartero, el policía, la madre, eran ella, eran Caroliner. “Bien hecho, Caroliner” dijo el espíritu del universo y pañuelos con besos marcados le llovieron encima a CAROLINER.

INSPIRADO POR I'M ARMED WITH QUARTS OF BLOOD DE CAROLINER

Tuesday, October 28, 2014

9 A 6

37

Leopoldo y Betita, sentados una banca en un centro comercial, se mordían las uñas y se movían ansiosos, colorados e hinchados, conteniendo el berrinche, diciéndose a ellos mismos que la vida no valía nada y que se querían morir. Leopoldo y Betita trabajaban en una oficina y simplemente el 9 a 6 no era para ellos, sobre todo con los sueños de la juventud todavía arrumbados en la memoria. Leopoldo siempre quiso ser cantante, pero cuando acabó la escuela no tuvo el coraje de apostarlo todo e ir tras el deseo de su corazón. Betita era muy graciosa y quería ser comediante, pero nunca se decidió por empezar y, antes de que se diera cuenta, ya tenía que pagar la renta, ustedes comprenden. los dos, además, eran medio tontos y muy flojos y sólo querían divertirse, no podían entender ni compartir la seriedad con la que sus compañeros de oficina se tomaban el trabajo, les parecía insoportablemente ridículo, nada puede ser tan en serio, se iban a morir un día de todas maneras, qué tontería. estaban en serios problemas, una arena movediza los tragaba día a día, estaban atorados y el tiempo se les acababa.

tal vez alguno de ustedes allá fuera dirá con gesto arrogante y las manos en la cintura, agitando el dedo a su monitor "pero oye, maldito idiota, pero por qué no se resignan y ya? lo aceptan como adultos y siguen con su vida" a lo que yo contesto nervioso y sospechando que me han cachado: la resignación y aceptación no eran una alternativa. como todo el mundo sabe, uno no se rebela contra su naturaleza, uno no puede dejar de ser quien es, sólo puedes ser tu mejor versión. Leopoldo y Betita eran unos desocupados, habían probado la deliciosa miel del tiempo libre, no había vuelta atrás. y sus problemas no se acababan ahí; los patrones empezaban a sospechar que Leopoldo y Betita eran unos sinvergüenzas y sólo practicaban el eterno arte de hacerse tontos. casi nunca trabajaban y se pasaban el día preguntándose hipotéticamente cosas sin sentido; jugaban juegos inventados por ellos mismos; veían por la ventana, gritando groserías a las personas que pasaban. en los meses que llevaban en la empresa habían trabajado un total de media hora. simplemente no podían obligarse a que les importara su trabajo, era demasiado aburrido. necesitaban salir, no había de otra, y, cada hora de la comida, en algún restaurante gringo, con costillitas y hamburguesas en frente, con peligrosas cantidades de refresco corriendo por sus jóvenes, pero desgastados cuerpos, planeaban y discutían, se proponían un millón de maneras estúpidas de salir para nunca regresar, todas demasiado irreales para funcionar, pero nada los detendría, se decían, por el bien de su alma y de su cordura, le gritaban al cielo, tenían que salir del horario, volver a ser dueños de su tiempo y regresar al frenesí del ocio.

“Oh Betita, Betita, no hay escape, Betita” decía Leopoldo, con el medidor de la esperanza en llamas, viendo el suelo, con lágrimas en los ojos, temblando, incapaz de controlarse. había un terremoto en su corazón, una fuga de desesperación en el espíritu. Betita le metió una cachetada con todas sus fuerzas a su compañero de infortunio, ninguno de los dos podía escapar solo, se necesitaban el uno al otro. los vicios en su personalidad eran demasiado para una sola persona. Leopoldo regresó a la banca del suelo, puso su mano sobre el cachete morado y miró sorprendido a Betita quien tenía la vista clavada hacia delante. Betita estaba muerta de miedo, ella sabía algo que él no, ella sabía que la cosas podían ponerse peores, mucho peores. estaban en una cuerda floja, suspendidos sobre el precipicio de la pobreza. si no podían con la pequeña maldición de la clase media, la de la baja los haría pedazos. tenían que moverse con cuidado. Betita, todavía con la vista hacia delante, dijo con la voz entrecortada "gobiernate, Leopoldo" y después lo que siempre decía cuando el miedo y la duda aparecían como gangsters en negocio a punto de ser extorsionado “ánimo, fuerza”. Leopoldo entendió, se enderezó, recobró el coraje y tomó de la mano a Betita. sus miradas se encontraron, se sonrieron sentados en alguna banca en medio de algún centro comercial y, con una tormenta de sensaciones azotando dentro de ellos, supieron que era entonces o nunca. "ok" dijeron al unísono, se pusieron de pie, vieron hacia delante y, como participantes de pacto suicida listos para acabarlo todo, salieron corriendo por los pasillos de la catedral capitalista. entre paseantes esclavos del salario, Leopoldo y Betita pasaron gritando y corriendo fuera de control. trascendieron el presente y se imaginaron durmiendo todo lo que querían, volvieron a sentir el aire rico y fresco de la vacación permanente, riendo hasta que les doliera la panza, bailando y jugando en la pradera fresca y suave de la despreocupación. “allá vamos, Betita, allá vamos!” y dejándose llevar por la emoción, usando todo el coraje que sus corazones malcriados les permitían, se lanzaron hacia fuera, hacia mañana, hacia el paraíso en la tierra.

Monday, September 15, 2014

Misterioso

36

era una nublada tarde de otoño, por ahí de las 2, la gente iba y venía ocupada en lo suyo. yo estaba sentado en una banca en una plaza, desocupado, con la mirada perdida, babeando una paleta de frambuesa, planeando sin mucho interés ni cuidado mi día. "conchita!" grité al ver pasar a la distancia a una buena amiga, la paleta acabó en otra dimensión. conchita no me hizo caso, se notaba distraída, atrapada en sus pensamientos. "pero conchita..." dije al verla. de inmediato me di cuenta que ahí había algo raro, concheeta miraba fijamente el suelo, caminaba desganada, como arrastrando terribles pesares y esto no era su estilo, simplemente no lo era. corrí hacia ella, la tomé del brazo y la arrastré a una banca, ella presentó no resistencia. "ohh" hice al acercar mi cara a la suya. "qué pasa" le pregunté con el morbo corriendo fuera de control por la pradera rica y fresca que es mi súper mente. conchita volteó lentamente. nuestros ojos se encontraron y nos quedamos viendo un rato. el viento movió nuestra ropa, movió nuestro cabello. algo no andaba bien, en esos ojos donde normalmente hay confianza y diversión, encontré sólo miedo y duda. "pero conchita..." y la tomé de los brazos con fuerza y la zarandeé con violencia, su cabello voló por aquí y por allá. me detuve para ver si eso que siempre funciona había funcionado. de entre el cabello alborotado pude ver una lágrima ser secretada, quedarse un segundo en el párpado y luego bajar por la tersa y colorada mejilla. "pero..." dije sorprendido al ver la lágrima caer en la blusa a la moda. "conchita" suspiré, poniendo las yemas de mis hermosos e inmaculados dedos en mis voluminosos y sensuales labios. de pronto, algo pareció explotar dentro de ella, algo salvaje, desde muy adentro, una erupción desde las profundidades de conchita, desde su núcleo, un lugar más allá de la fisiología, algo metafísico. vi la explosión recorrerla toda, desde la panza se expandió hacia sus ojos y sus piernas y entonces, conchita, la linda muchacha rompecorazones, la más popular de todas, la número uno en todo, desde matemáticas hasta la pelea a puño limpio, se paró de un salto y, antes de que pudiera someterla para que satisficiera mi curiosidad y obligarla al fuerza, si era necesario, a que soltara el chisme, corrió con poca gracia entre las boutiques y discothèques de nuestra colonia, corrió hasta desaparecer. "CONCHITA!!!" grité más afeminado de lo que me hubiera gustado y, apenado por las miradas de la gente a mi alrededor, regresé colorado a mi casa.

en el cuarto dedicado a mi batería, tocaba enloquecido un solo de jazz. pum pum pa pa pum pa! pa! pum pum. "ahhhh!" grité al acabar y salieron volando las baquetas y unas cuantas gotas sudor. limpié mi panza y brazos con una pequeña toalla rosa que había encontrado un día en la basura y tomé un bebida energética hecha por suyo verdaderamente. cansado y satisfecho estaba a punto de ir a ver la tele pero no pude, en la entrada del cuarto, mirándome con el miedo que tienen esos que saben que pasa si interrumpen mis solos, estaba hernando. "hernando" dije viéndolo no muy impresionado. la verdad es que no siento otra cosa más que desprecio por quien tuvo la mala fortuna de compartir departamento conmigo. "que quieres, hernando!" grité aventándole el vaso y la toalla. "es conchita" me dijo preguntándose el por qué del odio, pregunta que ni yo podría contestar, pero qué más da, aveces uno tiene que odiar a alguien sólo porque sí y ya. me deshice de él con un movimiento de brazo, hernando desapareció esperé sin mucha esperanza para siempre y fui y me puse una playera con mi cara en ella. salí corriendo al departamento de conchita. corrí por los bulevares, bajo los rayos del sol hermosamente filtrados entre las ramas. "aghhh!" grité todo el camino, subiendo y bajando mi cabeza, moviendo mis brazos hacia atrás y hacia adelante, corriendo sin gracia, corriendo lo más rápido que mi pésima condición me permitía. por alguna razón tenía el peor presentimiento, no podría perdonarme si algo le pasaba, oh no, y, aunque, en realidad, me importaba tanto como la siguiente persona, aún así sentía extraña responsabilidad por la muchacha. los pensamientos anteriores fueron interrumpidos por un dolor en mi muslo. en mi bolsillo quemó mi libreta con una lista de cosas que hacer, "curar la mente" seguía sin ser tachada. en fin. llegué por fin al edificio viejo y casi en ruinas de mi buena amiga y toqué el timbre hasta romperme el dedo, tantita sangre me salpicó la cara. la compañera de cuarto de conchita, juana, asomó su enorme cabeza, eclipsando el sol. "es conchita" gritó "sube! sube pero ya" y sonó el paaaaahh. abrí la puerta de una patada y, levantando mucho las rodillas, subí las escaleras de caracol. la tremenda mareada que me puse fue curada de inmediato al encontrarme en el piso deseado, respirando ruidosamente, con el corazón a punto de rendirse. permanecí un segundo, agitado y lleno de terror, frente a la puerta llena de misteriosas manchas del apartamento número 16. "conchita!" grité al lanzarme sobre la puerta, golpeando como desquiciado, como un hombre que ha perdido toda la cordura. y así golpeé hasta que knockeé a la cabezona de juana, rompiéndole la nariz y dejándola tumbada. al darme cuenta de lo que había hecho, rompí la 4ta pared de la realidad, le sonreí a la audiencia inexistente, levanté los hombros, regalé un guiño y de buen humor me interné en el oscuro departamento.

"conchita" susurré una y otra vez, caminado lentamente, escuchando el crujir de la duela, desapareciendo poquito a poco en la oscuridad. "conchita" susurré al llegar fuera del cuarto. pude respirar el perfume fino de conchita, una gota de sudor bajó por mi sien y miré la perilla de su puerta atestada de fotos de hombres de apariencia regular donde las jóvenes normales, sólo puedo suponer, ponen fotos de galanes. levanté la cabeza listo para lo que sea, "vamos, maldita sea, dame lo que tengas". mis venas se marcaban por toda la cara, el suspenso me jodía el sistema cardiovascular. por fin, porque todos tenemos cosas que hacer, tomé la maldita perrilla, "oh dios mío" dije momentáneamente creyente "no dejes que le haya pasado algo" siempre me rindo ante presión divina imaginaria, aguanté la respiración y abrí la puerta. "quiiiiiikkkkk" sonó por todo lados. la oscuridad me dio la bienvenida. mis ojos se tardaron unos segundos en acostumbrarse y cuando los viejos buenos 20/20's estuvieron listos, vi a conchita inmóvil, en medio del cuarto, tirada con las venas abiertas sobre una cama de hojas arrugadas pintadas de rojo. me acerqué torpemente, me arrodillé, viendo estupefacto su cara pálida cubierta aquí y allá por su mechones de su cabello alborotado y sudado. tenía los ojos completamente abiertos, desbordándose en tristeza y en su boca una mueca de decepción; su gesto todo lleno de dolor no físico sino, el peor de todos, espiritual. "oh cristo" dije con la educación católica imposible de borrar y maldije a mi abuela. yo soy un tipo muy sensible y, a pesar de que todos los días veo hora tras hora de violencia horripilante en el internet, no pudo mi mente evitar dar vueltas, la conciencia se empezó a venir a abajo, estaba listo para desmayarme como un mariquita, pero de repente lo olvidé todo, una sensación de humedad en la pierna me regresó a la realidad, había sangre en una de mis preciosas rodillas. "ughhh ahhh" dije y me paré asqueado, en mi regordeta pierna una hoja pegada. la tomé con brusquedad, me acerqué a la ventana, abrí un poco la cortina para ver un poco más y leí con repentino porro. era el cuento más estúpido que haya leído jamás. "maldita sea! pero que tontería" dije, lo hice bolita y lo aventé por ahí con mi sensibilidad artística herida tal vez sin remedio, un insulto hasta para el más indulgente. pensé un segundo con el dedo en el labio, una pose coqueta y ojos hacia la izquierda y hacia arriba. obviamente la letra no era de conchita, ella era maestra sin rival en caligrafía y estos eran garabatos de retrasado mental. ya estaba odiando mucho, pero nada comparado con lo que odié por lo siguiente: "no puede ser" murmuré al sospechar que la mejor buena mujer se había suicidado por los cuentos bajo ella y casi me tiro por la ventana cuando todo fue confirmado en su nota de suicidio. "querida gente" empezaba, ahora sí con letra sin igual, me ruboricé por la excelencia, volví a concentrarme y seguí leyendo "me mato, me da pena, nos vemos luego. ps. cuentos culpables por mi muerte" y puse con cariño la nota donde la encontré. no podía creerlo y, para asegurarme de que no estaba alucinando, abrí las cortinas de par en par, la escena mórbida fue iluminada por completo. ahora pude ver con claridad el cuerpo de la una vez guapa y sensual conchita sobre las hojas rojas. me acerqué moviéndome como un simio, sintiendo sólo curiosidad. tomé otra hoja con otro cuento igual de estúpido que el pasado. "pero quien habrá escrito esto" dije pensativo, considerando todo el asunto como insoportablemente absurdo y al mismo tiempo muy intrigante. así, abrumado por tanta información, el misterio se escabulló hasta lo más profundo de mi cabeza, volviéndose más rápido de lo que me gustaría admitir en terrible obsesión. como maquina resuelve misterios activada abrí los ojos todo lo que dan "es hora de trabajar" dije y luego no supe que hacer. pedí alguna sugerencia a esos ojos que verían para siempre sólo dolor puro. "qué misterio" le dije a la desangrada, ella no dijo nada, sólo provocó una ocurrencia. los cuentos, los cuentos era la pista que necesitaba. hice a un lado al cadáver, en retrospectiva, más brusco de lo que la decencia permite, pero agua bajo puente, recolecté algunos, los doblé y los guardé en mi bolsillo. listo, era hora de empezar. saliendo ya, en el umbral del cuarto, volteé y le soplé un beso a conchita. atravesé el pasillo, pasé sobre juana, salí del departamento decidido más de lo que he estado jamás a encontrar respuestas. absorto recorrí los bulevares y regresé a mi casa a leer una y otra vez las catapultas al infierno de una de mis mejores amigas. "eres mío" dije perdiéndome más y más en la obsesión, en búsqueda loca del autor de esta basura.

Tuesday, August 26, 2014

Pequeñas Maldiciones

35

arnoldo, despeinado, desarreglado y ojeroso, aventó por ahí una maleta vieja, cuadrada y café, se sentó en la cama de su niñez y con un suspiró reconoció la avasalladora resignación. escuchó un instante el silencio del ahora extraño departamento de su padre y recibió las cachetaditas acostumbradas que da la soledad cuando es recordada súbitamente. arnoldo se echó, puso las manos atrás de su cabeza y vio el techo blanco que lo había recibido cada mañana de infancia y adolescencia, hasta que se quedó dormido. tuvo el mismo sueño de siempre; en un cuarto oscuro con sólo una luz cayendo pesada sobre la mesa metálica que lo separaba de tres misteriosos hombres en saco negro y lentes oscuros, arnoldo era sometido a un peculiar interrogatorio. sentando del otro lado del escritorio, uno de los tipos lo interrogaba, balbuceando rápidamente, no se entendía lo que decía; el segundo estaba parado atrás, cerca del primero, viendo a Arnoldo inexpresivo en silencio; el tercero estaba recargado contra la pared, fumando, apenas visible, perdido en la oscuridad. el interrogatorio incrementaba en volumen y velocidad, pero el modo del interrogador no cambiaba; arnoldo, confundido y nervioso, pasaba su vista de un hombre a otro, contestando que no sabía de que hablaba, buscando, desesperado, las respuestas a la preguntas que no entendía. hacía mucho calor y arnoldo, a diferencia de los frescos sujetos, estaba empapado en sudor. sin aviso alguno, los hombres empezaron a flotar, las paredes se separaron y una luz cegadora lo cubrió todo; las paredes desaparecieron y los desconocidos, con la cara hacia arriba y los brazos extendidos, flotaron hacia la fuente de la luz; arnoldo, sentado todavía, más confundido que de costumbre, veía la escena deslumbrado, tratando de hacer sentido sin nada de éxito. entonces despertaba sobresaltado. era de noche ya y la panza rugía un escándalo. fue a su cocina y se hizo unas tristes quesadillas con queso endurecido y tortillas viejas deshaciéndose.

tenía cita con el doctor. recorrió lentamente los pasillos del hospital psiquiátrico escabrosamente vacío y en absoluto silencio. nadie por ningún lado. al final de un pasillo, al dar vuelta, encontró una puerta imponente, con diseños hermosamente tallados del mito de Prometo. la humanidad celebrando el fuego de los dioses mientras unos cuervos se comían y se volvían a comer el hígado de un gigante. un placa dorada a un lado "dr. gonzalez" se leía. arnoldo caminó como atraído, contra su voluntad, sentía flotaba. camino a la puerta, a un lado del pasillo, había una ventana hacia una sala de juntas; staff del hospital, unas 20 personas, sentadas o paradas, alrededor de una mesa con ceniceros atestados, miraban la nada con expresión de absoluto cansancio, todos estoicos, pero se podía percibir que habían vivido algo horrible, fumaban incontables cigarrillos. un viejo flaco y alto, en bata arremangada, viendo hacia adelante, con ojos desbordantes de emoción, tocaba, inspirado, la guitarra acústica y cantaba, acompañado por cada uno de los presentes, una canción triste sobre mejores tiempos y recordaba que tenían que hacer lo mejor que podían porque no tenían de otra. arnoldo se quedó viendo la escena conmovido por el sentimiento; en los mares del espíritu se hizo una tormenta, las olas del corazón se estrellaron violentas y las nubes del alma se deshicieron a chorros; recordó que no sabía nada de nada, el mundo empezó a girar, hubo el reinicio mental causado por la salvación de la autoestima, los ojos perdieron su brillo un segundo, el gesto se tornó idiota y, parado frente a la ventana, con el staff del hospital cantando todavía como soldados en trincheras, arnoldo despertó, el brillo regresó, vio por última vez más el interior de la sala, atesoró el momento y continuó hacia la puerta.

el doctor gonzalez, con la lengua salida y pegada hacia el lado izquierdo del labio superior, armaba un modelo de una nave espacial. pegaba con cuidado y con cada parte pegada decía una y otra vez "oh sí, oh sí, así me gusta, sí, sí". la oficina era gigantesca, toda de madera, con una ventana enorme detrás del escritorio, las cortinas color vino cerradas. una luz cálida y acogedora iluminaba placenteramente el lugar. el escritorio elegante y pesado de madera fina, donde estaba sentando el ocupado doctor, se encontraba al extremo opuesto de la oficina. una sala a la izquierda y cuadros y libreros en las paredes y tapetes exóticos en el suelo. arnoldo tocó la puerta, el doctor abstraído no escuchó nada más que los latidos de su corazón. arnoldo volvió a tocar y sin recibir respuesta, temiendo al doctor muerto, abrió la puerta tímidamente y asomó la cabeza. el doctor pegaba ágilmente una parte más "sí, sí, sí" se escuchaba seguido de eco. "doctor?" dijo quedamente arnoldo y, al notarse ignorado, se fue acercando poco a poco al escritorio que estaba a unos buenos metros. "doctor?" repitió el joven ahora un poco más fuerte, el doctor seguía perdido en la concentración necesaria para armar un modelo no fácil. arnoldo ya estaba muy cerca del escritorio y, contagiado por la intensa dedicación del hombre de medicina, fue hipnotizado por el esfuerzo asombroso. se sentó a ver como eran pegadas las piezas hasta que por fin la tarea fue terminada. el doctor se alejó complacido, viendo su modelo, felicitándose a sí mismo y dándose mentales palmaditas en la espalda notó la presencia de arnoldo, admirando, sentando en uno de los sillones de cuero negro del otro lado de su escritorio con sólo un teléfono, un papel, una pluma y una nave espacial encima.  "arnoldo" susurró el doctor y se le quedó viendo, extrañado. arnoldo encontró la mirada del doctor y se quedaron viendo, tratando de recordar que hacían ahí. "ah sí" dijo de repente el doctor, "tenemos una cita" y sonrió sintiendo tantita pena; arnoldo recordó también, regresó la sonrisa y se acomodó en el sillón. de un segundo a otro, el doctor adoptó su usual actitud profesional y se inclinó sobre su escritorio, juntando las manos, entrelazando los dedos, viendo con interés al ojeroso, despeinado y desarreglado joven. "dime, arnoldo" dijo el doctor "en que te puedo ayudar?" arnoldo bajó la mirada hacia a un lado con los ojos muy abiertos, sacó los labios besando al aire y buscó con cuidado las palabras que describieran su mal. había pensando tanto al respecto, pero ahora, a la hora de la hora, cuando su futuro estaba en juego, tenía que describir su padecimiento lo mejor posible para así poder deshacerse de él. en una milésima repasó su síntomas; era muy afortunado y en general todo iba bien; estaba sano, joven y fuerte, no le faltaba nada, medio gordo y medio feo, pero una vida de eso lo tenía más que acostumbrado; la cosa era que cuando todo estaba listo para ser 100% perfecto, todo se jodía para no acabar ideal, siempre medalla de plata; eso más la imposibilidad de poder quejarse a gusto por lo diminuto y por eso, al mismo tiempo, grave de su problema no aplicable a la simpatía de sus congéneres que bien podían ser extraterrestres, lo empujaba hacia el colapso nervioso y la acumulación de manías y la cada vez más irremediable alienación. pasaron segundos de absoluto silencio. por fin, miró al doctor, quien esperaba paciente, y viéndolo a los ojos, sintiéndose igual partes ridículo y con derecho, con el suspenso a todo lo que daba, ansioso de tantita comprensión, dijo con la voz entrecortada "pequeñas maldiciones".

Wednesday, July 23, 2014

Las Nieves De Don Jacinto

34

estaba sentado sobre una roca en mi jardín delantero, cubierto todo por pequeñas gotas de sudor, quemándome en el sol, soplando besos a las guapas güeras que pasaban en short shorts, viendo el cielo, deslumbrado, con ojos entrecerrados, drogado fuera de mí, sacando una humareda, sintiendo al verano descender sobre mi linda barriga y pequeñas tetas de hombre, con antojo salvaje de algo frío y dulce, esperando a que pasara don jacinto con sus deliciosas nieves que simplemente me volvían loco.

"don jacinto!" grité de rodillas sobre el pasto, "don jacintoooo! aghhh" grité, golpeé el suelo y maté algunas hormigas. desesperado por la espera, con el espíritu agitado, con el ánimo perturbado, canté, con los ademanes correspondientes y los ojos cerrados. le canté a la lenta progresión del tiempo, pero sobre todo a don jacinto, exigiendo que se apurara, confesando que no podía más. al percatarme de las burlas de mis vecinos, regresé a mi roca con el corazón apaleado y clavé la vista cargada de tristeza en el principio de mi calle. miraba hacia la distancia, loco por el suspenso, con los ojos tan abiertos que la retina me quedó tantito bronceada. traté de distraerme, pero la obsesión había hecho de mí una miserable víctima.

siempre que se iba, temía que nunca regresara. don jacinto y yo nos esforzábamos por caernos bien, se veía que perezosamente le echábamos ganas por ser amigos, yo amaba sus nieves y él amaba mi dinero, pero nada más no conectábamos. yo no soy muy agradable en general y menos ansioso y emocionado y él estaba acostumbrado al trámite rápido de la convivencia regular, decir sus lineas e irse, pero, siempre, sin falta, al tratar de hacerme el gracioso, de caerle bien, lo terminaba molestando o insultando y esos momentos incomodos, resultado de forzar una amistad entre dos tan diferentes unidos única y exclusivamente por nieve, tarde o temprano se volverían insoportables. no me mentía y sabía que el adiós estaba siempre cerca, se leía claro en sus ojos, y al verlo alejarse empujando su carrito, con un cono en la mano y la boca manchada, me invadía el miedo de nunca volverlo a ver.

anochecía. don jacinto no pasaría y estaba seguro que nunca volvería a pasar. "adiós, don jacinto" dije al desembonar mi raya de la protuberancia en la roca. con ganas de llorar, caminé de regreso a mi casa, sintiendo el dolor de la perdida y los piquetes de los mosquitos. la única persona que últimamente me había importado se había ido para siempre y era hora de lidiar. "nieves de don jacinto no más" dije, sentando en un sillón azul de tres lugares frente a una tele enorme, con el cabello alborotado por el aire acondicionado a toda potencia. levanté a mi gato Junior, puse su cara a la altura de la mía; junior me miraba con ojos indiferentes, delataban su despreocupación por mí. nos quedamos así, viéndonos, hasta que salió corriendo espantando al ver mi cara deformarse, pasó de linda y coloreada a una mueca espantosa de horror. la conciencia plena de la funesta situación me jodía. por suerte, acostumbrado a mis ataques, recordé antes de hacer más tonterías, mi usual tendencia por la exageración, hice una cara por la vergüenza de ser tan azotado y el aroma del asado de mi tía marta terminó por cortar este cáncer de mi alma. me atasqué de comida y, echado hacia atrás con la barriga salida, vi a junior contemplando su existencia. "junior" le dije, él me miró "creo que estaremos bien después de todo" "miau" dijo junior, pensando que yo tenía corazón de piedra.

salí a la noche, solemne y pensativo, semidesnudo y asoleado, crucé el jardín todavía con un poco de antojo de nieve doliendo en el alma, con un porro quemándose dulcemente en mi boca y me senté en la roca, serio, perdido en la introspección, a ver el cielo estrellado, a sentir la brisa cálida del verano, a esperar sin mucha esperanza haber aprendido algo de toda esta desastrosa experiencia.

Monday, June 30, 2014

Chirpy Chirpy Cheep Cheep

33

miriam hurgaba su nariz, aburrida, vestida con bata y pantuflas, viendo un programa en la tele donde grupos musicales hacían lip sync de sus canciones de moda, canciones que, al ritmo de, las niñas de la edad de miriam ahora mismo, en el club, movían sus traseros y agitaban sus brazos, gritando dominadas por el sentimiento. miriam embarró su moco en la pantalla, pateó la televisión, la cual, al pegarle al suelo, sacó un poquito de humo e hizo un ruido triste, y se paró a ver por la ventana. el bosque y la niebla. miriam estaba internada en un centro de rehabilitación porque era adicta a una droga del futuro conocida como chirpy chirpy cheep cheep la cual te tiraba al suelo y te ponía a sentir terrible felicidad y ricura hasta que te hacia perder el conocimiento para, al día siguiente, no sentir más que inmediata necesidad de consumir más, ah y además de que te ponía hacer chirpy chirpy cheep cheep. pero si le hubieran preguntado a miriam cual, miriam, cual realmente era tu verdadera adicción, ella les hubiera contestado una vez, ahora ya no, ahora se lo guardaba todo, ahora sabía que revelarle al mundo los contenidos del alma sólo empeoraba las cosas, que, con los ojos hinchados, con el puño en el pecho, con la voz cortada, era adicta a pepe luis garcia.

una mañana, miriam estaba comiendo unas mediocres enfrijoladas, sola, en el antecomedor de su típica casa clase media. de repente, un dolor intenso y placentero la tiró de su silla. "pero qué es esto?!" gritó en el suelo retorciéndose, sacando espuma de la boca, con los ojos en blanco. durante el ataque la imagen de la cara cachetona y sonrojada de su amigo pepe luis apareció en su mente. "oh no" miriam sabía lo que le pasaba, había oído suficiente música pop para diagnosticar su mal, para predecir lo que se avecinaba, para darse cuenta que los días de verbena habían acabado, su corazón había hecho golpe de estado y era ahora el estúpido dictador de su cuerpo y mente. "pepe luis" susurró miriam en el suelo, viendo fijamente el techo, con la cara colorada, apenas respirando, con pequeñas convulsiones todavía moviendo una que otra extremidad. después de recobrar el control se fue a sentar a su sala, en silencio, rodeada de la quietud de las nueve a.m. y se puso a pensar, a mecerse progresivamente más rápido, a planear duro, a diseñar la revolución contra ella misma porque ella era una mujer moderna e independiente y había visto lo que el amor le había hecho a sus compañeritas y sobre todo a su mejor amiga carmela que en paz descanse. ella no iba a caer sin luchar, iba a tomar a la vida por el cuello de la playera y le iba a decir "jodete, vida". pero, al mismo tiempo, mientras comparaba precios de ak 47's para rebelarse como dios manda, supo, gracias a todas esas canciones sobre amor/desamor, que no había salvación, la caída era inminente y pepe luis garcia iba a ser su destino oscuro. fue al cuarto de música, se sentó frente su batería y, triste y vencida, se puso a tocar un ritmo lento, pero pesado.

pasaron los años y miriam, llevada por influencia del alcohol, le confesó su amor a pepe luis garcia un millón de veces. despertaba a la mañana siguiente y al acordarse de lo que había hecho se sentía peor que un perro. "no! no! no!" gritaba al ver su celular con mensajes como "te quiero" y "se mío". miriam estaba más que apenada, tenía la dignidad en la basura, el respeto a sí misma era cosa del pasado y lo peor de todo era que pepe luis garcia era mucho más atractivo que ella y sólo le decía con una mueca de ternura y con gracia en los ojos "no, miriam, sólo amigos... sólo amigos" y miriam le gritaba, señalándolo, dejándose llevar en la borrachera "tú qué sabes de la amistad, pepe luis garcia, tú qué sabes de cualquier cosa" y miriam iba a sentarse desesperada e impotente a un tronco en su jardín a llorar toda la noche. olviden el rechazo, era el golpe al orgullo lo que jodía a la pobre mujer. no había escapatoria. trató de dejar de tomar y, al lograrlo, más o menos olvidó a pepe luis pero entonces la vida se volvió insoportablemente aburrida y aveces se encontraba a sí misma viendo sus brazos, imaginando sus venas abiertas chorreando sangre. después de una semana se dijo viéndose al espejo que pepe luis no valía tanto la pena y regresó a los dulces besos de la botella y volvió a equivocarse y a humillarse y a hacer tonterías. "estoy maldita" se tatuó en un brazo y "vida la muerte" en el otro. no podía más y planeó matar a pepe luis, pero no tenía la imaginación para salirse con la suya y abandonó la idea del homicidio. estaba hartada de todo, más que nada porque lo suyo era dibujar y desde esa mañana de enfrijoladas sólo dibujaba sobre el imbécil de pepe luis, cosa que odiaba más que nada.

en la cafetería donde se juntaban los jovencitos de su colonia a tomar malteadas y platicar chisme, mordiéndose las uñas, nerviosa, con un sandwich intacto en frente, miriam investigaba en internet opciones de escape. a lo mejor podía ser marinera, suponía que el mar podía ayudarla a olvidar a ese quien la atormentaba. estaba ya inscribiéndose en un barco japonés que mataba no sólo ballenas sino todo tipo de cosas cuando entró sin ser vista su amiga mercedes con un frasquito con pequeñas píldoras y le susurró en el oído "ya me enteré que estás en dolor, mi miriam, ya me enteré que quieres medicina" miriam volteó lentamente, subió la vista, encontró los ojos rojos y vacíos de su amiga perdida y, reconociendo que el chisme corre como la luz, movió la cabeza de arriba a abajo "sí, sí, sí" intentó decir, pero sólo sacó un casi inaudible chillido. mercedes, ágil y rápida, se sentó del otro lado de la mesa y le enseñó el frasco agitándolo "40 peso" dijo. miriam bajó la cabeza y con los ojos muy abiertos viendo la nada y los labios salidos besando el aire, puso en una balanza la actual adición vs la futura. "de acuerdo" dijo al ver pasar a pepe luis a la distancia, robándole, sin ningún tipo de consideración, el aliento. sacó un billete y lo puso en la mesa, "venga de hay" dijo, tomó el frasco y se fue corriendo graciosamente a su casa. miriam entró a su lindo y acogedor hogar de un salto del tigre, rompiendo una ventana. la mujer del aseo benita le gritó, viéndola subir las escaleras toda ensangrentada y cubierta de vidrios, "oh que para eso es la puerta". miriam se sentó en su cama, ya completamente limpia y linda, respirando con trabajo, viendo el frasco en su palma, con la voz de su papá en su cabeza diciendo "las drogas son para la diversión, miriam, no son una solución, es un manto que tapa el problema, pero si quitas el manto, ahí va a seguir el problema, miriam, soluciona tus problemas, no escapes de ellos, miriam" y ella se asomaba al precipicio de la adicción con los ojos muy abiertos, enseñando los dientes apretados, y se decía, sin ver el fondo, abandonando la razón, que no era tan profundo como se lo había imaginado. "allá voy" dijo y se dejó caer hacia la perdición. tomó unas 8 píldoras y sintió, sonriendo, como prófugo siente la primera brisa de la libertad, el aire dulce de la caída. ese fue el primer paso en este camino a la ruina.

miriam, enloquecida y con la mafia tras de ella, estaba tirada boca bajo en su cuarto, con la cara metida en una alberca inflable llena hasta el tope en droga, tragando píldora tras píldora, alucinando, haciendo chirpy chirpy cheep cheep una y otra vez, libre del dolor, sintiéndose mejor que nunca, viendo desde la altura su obsesión por pepe luis por quien no sentía más que lo que siente un ganador por su competidor vencido. ahora cuando miriam lo veía de vez en cuando, reía, burlándose de ella misma, no pudiendo creer que aquel cachetón la hizo pasar tanta vergüenza, reía viendo a pepe luis a los ojos, incomodando a todos su alrededor y entonces miriam bailaba, moviendo los dedos indices, flaca y ojerosa, soltando dementes carcajadas, alterada por la droga. mientras tanto la tolerancia crecía, la necesidad de cada vez más aumentaba, el consumo salía de control y un martes o un jueves tal vez, la distraída vida le pegó a los frenos de los buenos tiempos y todo se detuvo. a miriam le explotó una parte importante del cerebro y cayó medio muerta durante un importante juego de ping pong. "válgame el cielo!" gritó una muchacha que no sospechaba nada sobre nada y llevaron a miriam al hospital. "es una drogadicta" dijeron los doctores burlándose de papá miriam y mamá miriam. "pero..." dijo miriam, sobreviviendo ilesa sólo por jovencita, dándose cuenta que no era más que una miserable dependiente, sentada en la cama de hospital, con tubos saliendo de ella y con sus papás moviendo la cabeza de derecha a izquierda, viéndola decepcionados. "a rehabilitación" le dijo su papá señalando con el pulgar, pegando y separando el antebrazo de la otra parte del brazo que no es el antebrazo, la puerta. y allá fue miriam, a perderse en la densidad del bosque, maldiciendo a pepe luis, a tratar de olvidar y seguir con su sucia maldita vida.