Thursday, December 01, 2016

Pantistlán

70

Margarita “Bombón” Gutiérrez tenía una tienda de ropa interior femenina en el metro Pantitlán. Iba todos los días, hacinada, en la micro, descendiendo a paso hipnótico de la verticalidad, rebotando hacia el laberinto que es el metro, adentrándose en las entrañas de la ciudad, llevándose el rutinario fuerte codazo a la barriga o cara, preguntándose el sentido de todo entre caras inexpresivas de resignación absoluta, experimentando no examinada angustia existencial por desperdicio de vida, hasta llegar por fin, impregnada de mil olores, algo masacrada, exhausta a pesar de que acababa de empezar el día, a su tienda no chica ni grande que le había dejado su tía quien murió aplastada al final de una particularmente intensa clase de tap durante el terremoto del ‘85. Bombón, además de vender pantis, se dedicaba, en parte por las risas, en parte por el reto, más que nada el aburrimiento, a practicar ginecología sin licencia. En la trastienda, donde sólo cabían una silla y un banco, hacía procedimientos ginecológicos. Había aprendido todo lo que necesitaba de un viejo libro de texto que un doctor frustrado dejó en una de esas librerías que hay en algunas estaciones. Al principio nunca le pasó por la cabeza poner en práctica lo aprendido, pero un día, al terminar de leer el súper práctico manual en males de la vagina de cubierta a cubierta, luchando contra y venciendo la amenaza de hipocondría, levantando la vista de la contraportada, sintiendo confianza en ella misma, con ganas juguetonas de ponerse a prueba y acabar final y tristemente cayendo en cuenta y lamentándose de que lo más seguro era que nadie se prestaría para dejarla practicar, una señora, bendita la suerte, fue a derrumbarse fuera de su tienda. Bombón, al ver que la multitud la ignoraba y temiendo que tener a una ahí tumbada, tapando la entrada, fuera malo para los negocios, acudió en su auxilio de mala gana. La señora estaba empapada en sudor y temblaba debido a peligrosa fiebre. Se lamentaba, señalando sus genitales, “me duele, me arde” chillaba. A Bombón se le fueron abriendo lentamente los ojos y una mueca de emoción fue apareciendo en su boca, al darse cuenta de la oportunidad dorada, ¡era hora de la ginecología!. Arrastró, revisando que nadie la viera, innecesario en verdad porque aunque la viera el mundo entero sería difícil encontrar a alguien que le importara, hacia la trastienda, donde dejó a la señora tirada en la oscuridad agitándose como teléfono con la vibración a todo. Corrió con su vecina, que vendía artículos para la minería, pidió prestado una lámpara de esas que van en la cabeza, fue con mucha prisa a objetos perdidos donde juntó los instrumentos que creyó necesarios y, luchando contra los nervios, dominando la emoción, regresó a “Pantistlán”, a internarse, lista para todo, en la oscuridad de la trastienda.

Con mucho esfuerzo, sentó a la mujer en una silla, le bajó los pantalones a la pobre que alucinaba un escándalo hablando en lenguas y Bombón se sentó en el banco, prendió la luz en su frente, se frotó las manos y echó un vistazo sólo para ser golpeada directo en la nariz por el brutal asco producido por el olor a pescadería abandonada desbordándose de podredumbre. Escapó al frente de la tienda, vomitando sobre una caja de pantis nuevas. Terribles noticias y pensó en qué hacer; a pesar de haber trabajado toda su vida en la ciudad de México, nunca había encontrado semejante olor. Fue de aquí a allá unos segundos hasta que se le ocurrió la respuesta y regresó a la improvisada sala de operaciones con un apestoso puro quemándose en su boca, inhibiendo así el sentido del olfato. Volvió a sentarse ahora seria, con actitud profesional, y se puso manos a la obra.  De inmediato, con dos dedos en el mentón, asintiendo, diagnosticó apocalíptica infección vaginal y con un cuchillo de carnicero, un tenedor de plástico, masking tape, agua oxigenada y todo un kit de diferentes pomadas, empezó a trabajar arduamente. Trabajó en la infección, cortando aquí, untando allá, picando arriba y abajo, y mientras operaba se dio cuenta de que la crisis existencial desaparecía, que el temor al desperdicio de vida había sido remediado, animándose más y más, despidiéndose de la depresión y cansancio espiritual, hasta que, renovada, terminó, reconociendo que no había más qué hacer. “Sólo queda esperar” dijo algo nerviosa, pero con esperanza, viendo a la mujer desmayada, alumbrada por un débil foco viejo, y Bombón apagó la luz para dejarla descansar y fue a esperar, sentada viendo fijamente uno de los estantes con linda ropa interior de mucho estilo, tratando de mantenerse optimista. Pasaron las horas y, cerca de cerrar, fue a revisar a la paciente. Segura de que la operación había sido un éxito, con ánimo y buen humor, prendió la luz. La mujer estaba inmóvil con los ojos abiertos, en posición engarrotada de sufrimiento, viendo con un gesto de horror el otro mundo. “Ay mamá” dijo Bombón, persignándose tanto que se dejó un moretón en la frente, uno en la boca del estómago y uno en cada hombro. La señora estaba muerta y ahora hacía cola para entrar al infierno. Decepcionada, lamentando su fracaso, lentamente, la dejó ahí y, desganada, cerró la tienda y emprendió el largo trayecto a su casa. “No puede ser” decía ahí apretada entre la gente, viendo a un niño lamer un tubo del metro. “Maldita vida, maldita suerte” dijo con antojo de sentir lástima de ella misma, pero antes, porque tenía carácter, Bombón decidió no desanimarse, con las fuerzas de regreso, aprovechó el camino para repasar lo que había hecho, buscar errores y se dijo, ya en un ángulo de 85°, cerca de su casa, que seguiría practicando para un día ser la mejor ginecóloga de toda la estación Pantitlán. Así, Margarita “Bombón” Gutiérrez continúo y continua practicando ginecología en la trastienda de su expendio de pantis.

Thursday, November 24, 2016

El Yerno

69

Una mañana como cualquier otra, un martes o jueves o qué más da, entró el patrón a la oficina. Todos nos paramos y gritamos muy fuerte “¡buenos días, patrón!”, él nos vio con molestia, lo que sea para joderlo aunque sea un poco, y nos sentamos. Venía con su hija, una verdadera pendeja, y un tipo nuevo. Lo sentaron junto a mí. La hija fue, lo agarró de los cachetes, le taladró los ojos con los suyos y susurró “que se jodan los sueños”. El tipo bajó la cabeza y asintió con notorias ganas de llorar “está bien, mi amor”. El patrón y su hija fueron a la puerta, voltearon para azotar al nuevo con una mirada severa antes de salir y se fueron hablando de lo que sea hablan los ricos. Yo me le quedé viendo, había algo en él que me resultaba familiar; tenía el gesto de criminal recién atrapado, su postura delataba que corrió, pero lo alcanzaron, había caído y ahora intentaba hacer las paces con su nueva realidad, intentaba calmar su corazón y dejar de guerrear. Había visto ese gesto un millón de veces, hace mucho, en el espejo. Me le quedé viendo hasta que nuestros ojos se encontraron y, como un rayo directo a la cabeza, una memoria me pegó casi tirándome de la silla. Más que el recuerdo de mí mismo, había visto a ese hombre en algún lado, ya conocía al yerno. “Pero… ¿Dónde?” me pregunté con empatía, queriéndole decir que uno se acostumbra a todo, que el corazón se endurece y que el callo de la costumbre ya ha empezado a formarse, pero al final decidí que mejor no y sólo me quedé callado y alejé mis enormes, envidiables y primorosos ojos castaños de los suyos inundados por el reclamo absurdo, por el berrinche incomprendido. Continué mirando mi monitor con cara de idiota el resto del día.

De regreso en mi pequeño departamento, todavía con la mente infectada por todo lo anterior, me senté a pensar. “Pues claro” dije recordando en la oscuridad horas después. Me paré con trabajo del asombrosamente cómodo reclinable y fui al librero. Busqué hasta que encontré, como un científico encuentra la cura para la enfermedad que azota a alguien que le cae bien, Las súper tetas de Rodriguita Ramírez. Hace años que no lo tocaba y el polvo se había acumulado sobre los increíbles senos en la portada. Pretendiendo ceremonia, limpié el viejo libro, y embobado, me le quedé viendo un rato. Tenía muy buenos recuerdos de esta pequeña novela. Hace diez años, Las súper tetas fue publicada, no pegó ni con los ñoños ni con los normales y fue rápidamente olvidada. Yo me enteré de ella una vez matando el tiempo, al entrar por capricho a una conferencia casi vacía. El ahora yerno, entonces talentoso autor, hablaba de la inspiración de su libro; tres horas no dejó de hablar de las tetas de alguna tonta que llegó para joder, que él lo había intentado para encontrar sólo rechazo, pero bendita la inspiración, toda la lujuria provocada por el antojo de tener entre sus manos semejantes bultos de placer, fue expulsada sobre el teclado y la alfombra, y ahora, lo que tenía en las manos, Las súper tetas de Rodriguita Ramírez, ingeniosa y divertida literatura, fue el resultado. Esa tarde lluviosa independiente de la fecha por lo natural de la vida bohemia, lo miraba impresionado, en ese auditorio apestoso sin nadie. “¡Viva la lucha, viva los sueños!” acabó gritando, yo grité también, gritó un viejo orate y al día siguiente lo olvidé todo, nunca volví a saber de él y ahora recuerdo esa conferencia y esa emoción con insignificante pena, libre de azote, anestesiado por el tiempo. Acabé Las súper tetas y lo cerré, impresionado, emocionado y pensativo. “Madre” susurré, con una sonrisa en la cara y una erección incontrolable en los pantalones y, como un puñetazo sorpresivo, fui golpeado no muy fuerte por un poco de tristeza. El yerno fue un maestro de la literatura y ahora se sentaba junto a mí, en algún corporativo, trabajando para su suegro, alistándose para el olvido, qué cruel el destino. “ay pero que horror” dije con una mueca de disgusto y fui al piano a tocar y cantar los sentimientos afuera el resto de la noche.

Al día siguiente, llegué al trabajo. Ahí estaba ya el yerno viendo el escritorio, miserable. Me senté en mi lugar, recargué el cachete en la mano y pensé en cómo empezar; habíamos cometido el mismo crimen, nos habíamos atrevido a soñar y sabía por lo que pasaba, me imaginaba era mi responsabilidad aminorar la transición a donde los sueños van a morir, darle la bienvenida como es debido al panteón de la fantasía. Corrieron las horas y, cerca de la salida, viéndolo ahí con ganas de morirse, solté mis riendas porque siempre me funciona y salieron disparados los caballos de la emoción. Me paré con violencia mandando a volar la silla, lo señalé, me empecé a mover al ritmo en mi cabeza y canté un canción no original “túuuuu, que decidiste que tu vida no valíaaa, que te inclinaste por sentirte siempre maaal, que anticipabas un futuro catastrófico, hoy pronosticas la perdición intelectual, túuuuu, que decidiste que tu amor ya no servíaaa, que preferiste maquillar tu identidaaad, hoy te preparas para el golpe más fatídico porque hoy empieza la putrefacción cerebraaaaaaal! ¡Túuuuuu! nan nana na na na na nana na naaa na nara na nana naaa… ¡hoy empieza putrefacción cerebraaaaaaaaal!”. Me callé de repente, dejé de bailar, sudado y respirando duro, y vi a mi alrededor, la gente del trabajo se me quedó viendo un segundo y regresó a lo suyo. El yerno me miró, sufriendo, con la máscara transparente de estoicismo deshaciéndose y, de repente, rompió en ruidoso llanto. Me di cuenta de lo que acababa de cantar, no era mi intención, pero era lo que había dentro de mí y fue lo que salió. Fui y lo abrecé como a un hermano, le sobé con cariño la cabeza, él lloró, llenándome de moco. Dije que no servía de nada las lágrimas, que hay cosas peores, me miró a los ojos recobrando la compostura, “los sueños nunca mueren” le mentí sonriendo con ternura, se necesita muchísima voluntad, pero sobre todo una locura muy especial para abandonar la comodidad del conformismo y regresar a la incertidumbre de intentar vivir de la fantasía, y fuimos a beber el resto de la semana porque al final de cuentas era el yerno del patrón.

LA LETRA DE LA CANCIÓN ME LA ROBÉ DE "LA REVOLUCIÓN SEXUAL" DE LA CASA AZUL.


Tuesday, November 22, 2016

Cotorreo Sin Fin

68

Don Chuy estaba echado en su silla, agarrando su barriga, contemplando el infinito, haciendo digestión, se acababa de comer cuatro gorditas especiales. De pronto, sonó su celular anunciando la llegada de un mensaje. Abrió la aplicación y vio un video donde su tierna medio ancha hija estaba amarrada a una silla y era torturada, le cortaban los dedos. “cristo” susurró don chuy mientras chorros de sangre salían de la que chillaba como cerdo. La cámara del teléfono dio un giro violento de 180° y apareció un tipo con un pasamontañas. “don chuy” decía con voz distorsionada “tenemos a su hija y la vamos a matar” y acabó el video. El mundo pareció liberarse de la gravedad que lo mantiene en su sitio y cayó fuera de control por el cosmos; todo se iba al infierno en la mente del usualmente ecuánime y calmado hombre. “madre de dios” susurró don chuy tratando de calmarse, ahí en la bodega en el sótano de donde trabajaba. Pasaron duros segundos y, haciendo un esfuerzo colosal, logró recobrar algo de compostura y pensar. Se acordó de que luego es puro teatro para sacarle dinero a uno. “se parecía mucho a ella y saben mi nombre…” dudó un segundo, llenándose de miedo, pero como sea tenía que cerciorarse de si en realidad era su hija a quien torturaban. Le habló. Sonó un pip, dos pips, tres pips, el suspenso desgarraba, y de repente contestaron. “¡¿bueno!?” gritó don chuy sudado y agitado, no pudiendo con el estrés, “bueno, Yolanda, ¿estás bien?” silencio y se escuchó “don chuy, tenemos a Yolanda y la vamos a matar” y colgaron. Casi le explota el corazón al pobre, sintió como si le dieran escopetazo directo al pecho. Don chuy quería mucho a su hija Yolanda quien estudiaba medicina y un día, se suponía, los iba a sacar de pobres, era el sueño de Don Chuy y ahora, ella, la más educada y linda de sus hijas, estaba quedándose sin dedos. Don Chuy perdió la cabeza y destruyó la bodega. Exhausto y lastimado por darle puñetazos a los archiveros y estantes, tirado en el suelo,  trató de pensar en qué hacer. “la policía” dijo, se levantó, sacó su teléfono de sus entallados pantalones y marcó con dificultad, se había roto uno o dos dedos de cada mano. Le contestó una señorita que no fue de mucha ayuda y quien lo invitó a resignarse “esto es México, don Chuy” le dijo “ni modo” y colgó. No podía ser, eso no podía estar pasando. De la desesperación, salió corriendo a todo lo que pésima condición le permitía, pero se detuvo en el umbral, no tenía a donde ir, no había nada qué hacer. Don Chuy se tiró en su silla tapando su cara gorda y arrugada con sus manos raposas y gruesas. “mierda” dijo cayendo en una profunda desesperanza e impotencia. Lloró amargamente un rato hasta que le llegó otro video. Tomó el celular con sus manos destruidas y, temiendo lo peor, le puso play. Su hija Yolanda y otros dos hombres hacían la seña de amor y paz muy sonrientes viendo la cámara. Yolanda al parecer tenía todos sus dedos. “don chuy, Yolanda está bien. Es sólo una broma para el Cotorreo Sin Fin, lo estamos grabando, mande un saludo” Yolanda, muerta de la risa, mandó un beso a la cámara, se oyó el tema del cotorreo sin fin y acabó el video. Don chuy, todavía con mil químicos explotando en su cerebro y olas de tics yendo y viniendo por su cara, miró a su alrededor y vio en el rincón una cámara y en la esquina del techo otra. “no puede ser” dijo experimentando sentimientos que nunca había sentido, dejándose caer en su silla, viendo el suelo, haciendo las paces con la que le acababa pasar y pasando sorprendentemente rápido de sentir mucha confusión e ira a llenarse de buen humor, “no puede ser” volvió a decir, pero esta vez con una risa que fue convirtiéndose en carcajada. “Méndigos” dijo saludando con la mano ensangrentada a una de las cámaras “se pasan”. Don chuy, otra víctima más del programa de internet Cotorreo Sin Fin, ya pensando todo el asunto muy chistoso, fue al hospital a que le arreglaran las manos.

Wednesday, November 16, 2016

La Santa Comunión de los No Muertos

67

Estoy sentado en el trabajo sin hacer nada, esperando la siguiente quincena. Tengo ganas, pero no lo hago, de caer de rodillas bruscamente haciéndome daño, de pegar las palmas con violencia provocando un estruendo y de bajar la cara con los ojos tan cerrados que el parpado superior llegue al pómulo y así darles las gracias a los dioses de lo feliz que soy, de la suerte que tengo, de que no tengo problema alguno a pesar de haber vivido improvisadamente. Espero con disimuladas ansias locas la comunión de los no muertos en el rito principal de la religión #1. La vida no importa, la muerte es lo de menos, no vivo ni muero en un limbo existencial al cual llegué a través del sacrificio de los quince días. Les ofrezco mi no vida y mi no muerte y ellos la toman y son generosos a cambio. Recibo y, después de la cada vez más pequeña explosión en mi centro, balbuceo hacia la nada, con las pupilas tenues, con el corazón y la cabeza ni prendidos ni apagados. Me pongo a rezar, venga a mí lo que merezco, por lo que me he sentado y esperando, por lo que he participado en la única religión que tiene sentido; les rezo a los dioses arriba, los que hacen algo por mi ansiedad, hacen tanto que ha desaparecido y en su lugar no hay nada. El deseo crece y al día catorce ya me muevo como sucio miserable drogadicto que tiene la resistencia muy arriba, sólo quiero y digo “vamos, necesito mi dosis, vamos, estiren su mano, dioses de los no muertos, y tóquenme, a mí y a mis hermanos” y así llega súbitamente, parpadea la noción de su llegada, se celebra un segundo. “hola, comunión de los no muertos” le digo con cara de alivio a la pantalla del cajero y llega otra vez. Regreso a mi silla, a esperar en silencio, a no llamar la atención, a no vivir ni morir, cualquier cosa para no espantar a los dioses, hay que portarse bien y ser serios, no puedes ser un idiota o eso asumo, quien sabe que pase si de repente hiciera idioteces, lo más seguro es que se me despidan, que las cosas dejen de hacer sentido. Como sea, cualquier antojo u ocurrencia desaparece al empezar otra vez el sacrificio, al reanudar la muerte lenta en la vida larga. Hay que andarse con cuidado para apenas ver la pseudo existencia, es peligroso aplicar filosofía, hay que concentrarse en el sacrificio y estar listo para dentro de quince días volver a abrir la mente y todos los sentidos a esa idea que permanece un instante diminuto, que cae como llovizna de un segundo, que baña rico, pero se seca rápido. Enséñales a los dioses tu boca abierta y deja que calmen una milésima la sed incurable. Ven a esperar, ven a sentarte, ven a callarte y recibe la santa comunión de los no muertos.

Thursday, November 03, 2016

Lo Chungo

66

chungo, ga
adj. col. Difícil o enrevesado.
Dentro de una casa de fachada de ladrillo en una calle empedrada a las afueras de un pueblo del futuro, Manolito, sentado a la mesa de un elegante antecomedor en penumbra, frente a un pastel lindamente decorado, celebraba su cumpleaños número 29. Cantaba solo, con mucho sentimiento, la canción de la sobrevivencia anual que resonaba por los pasillos de la oscura casa aparentemente vacía. La tía de Manolito, la dueña de la casa, padecía de agorafobia y vivía encerrada en el piso de arriba, Manolito era el encargado de darle de comer, pero a veces se le olvidaba y no podía decir con certeza si la vieja seguía viva. Acabó la canción y se oyó en la puerta gruesa de madera dos fuertes golpes. “¡Abre, Manolito, sabemos que estás ahí!”. Manolito, con la pesadumbre prometiendo bebida temprana, volteó con tristeza hacia la entrada, sopló las velas en forma de 2 y 9 y, tomándose su tiempo, fue a abrirles a los representantes de la comunidad. “Manolito, eres un basura, tienes una última chance o estás fuera, ¿oyes? fuera” le dijeron picándole el pecho con la mano en forma de pistola y empujándolo. Manolito tomó el folleto que le dieron, cerró la puerta y, cabizbajo, fue a la sala oscura, la tía había prohibido abrir las cortinas. Se sentó con la cara llena de preocupación, haciendo bola el folleto que se sabía de memoria, y se puso a pensar en sus opciones. Para ser un adulto y seguir participando en la sociedad y disfrutando de sus muchos increíbles beneficios, se tenía hasta los 30 para pasar la prueba de embarazar a alguna, matar un león, construir una casa o escalar una montaña. Manolito había intentado y fracasado en todas las pruebas menos la montaña, llevaba años postergándolo y ese era su último cumpleaños antes de que lo expulsaran al bosque a vivir sin las comodidades futuristas que ofrecía su pueblo. “mierda” dijo Manolito preocupado y siguió pensando en qué hacer. Estaba mucho más allá de sus capacidades embazar o construir y el recuerdo del trágico resultado de esa vez que intentó la cacería activó su estrés postraumático, no tenía de otra más que escalar la montaña, dura tarea en verdad. “ok” se dijo, tomada la decisión, ya sobreestimándose como de costumbre y atravesó el jardín lleno de plantas, enredaderas e increíble belleza, hasta la casa de visitas que era su cuarto. Ahí prendió la computadora del vestidor convertido en estudio de grabación, picó rec, le puso play a la caja de ritmos y a la secuencia programada, se paró frente al micrófono y cantó “oh nena baby, baby baby nena, qué será de miiiii i i i i/yo sólo soy un chaparrito, lindo tierno chaparrito, ¡no estoy listoooo, baby, no, no, no estoy listooo para mori iii ii ii rrr!”
La montaña Chunga, como era conocida, se encontraba a unos 40 kilómetros del pueblo y fue llamada así por lo difícil que era llegar a ella y escalarla y porque es divertido decir “chunga”. Todos los años, una decena de jovencitos y uno que otro despistado se congregaban a las afueras del poblado, durante el festival de verano, listos para cumplir con la prueba exigida para llegar a la adultez. Muchos fracasaban, algunos hasta morían, de todas las pruebas era la más peligrosa ya que no era sólo escalar un montaña de considerable tamaño, se tenía que atravesar el denso bosque con cuidado de no ser asesinado por los expulsados quienes odiaban a la gente del pueblo o no perderse o no renunciar por lo molesta que era la acampada o por la mala administración de la energía,  comida y agua, también se tenía que soportar el mucho calor que hacía durante esa época del año y bueno, para hacer el cuento corto, era duro en verdad, pero, si se contaba con juventud, inteligencia, fuerza y entrenamiento, no imposible. Decían los que hablaban por hablar que matar al león era peor, pero esos en el fondo sabían que el avance en armas facilitaba la misión; el animal, aunque fiero e intimidante, no era competencia para una bazuca o una metralleta, sólo los muy idiotas, impacientes o cobardes fracasaban frente al león. La prueba de embarazar a alguna únicamente era difícil para esos, como era el caso de Manolito, que eran unos ineptos sociales sin habilidad de conquista romántica; las mujeres en el pueblo, la gran mayoría muy bien educadas y en forma, no se impresionan fácilmente y menos aún si, como otra vez era el caso de Manolito, se tenía mala reputación. Ni se diga construir una casa, la prueba más complicada y menos popular por todo lo que implica construir una maldita casa, que arquitectura, que plomería, que electricidad, que etc y sólo los más ambiciosos o muy estudiosos la escogían. Los buenos para nada desechables como Manolito escogía la montaña Chunga sin falta porque no tenían de otra. De 20 que lo intentaban cada año, en promedio 6 lo lograban, 12 fracasaban y 2 morían. Manolito estaba en serios problemas. Llevaban desde la preparatoria sin hacer ejercicio, no había empezado a estudiar el camino, no tenía idea de como orientarse ni tácticas de sobrevivencia, era propenso al despilfarro y a la queja, era irremediablemente comodino, esa era su última oportunidad de intento y sólo tenía 6 meses para cambiar, entrenar y estudiar todo lo obligatorio para empezar a tener una chance de éxito. Sabía que solo no iba a poder, necesitaba ayuda y rápido o fracasaría y tendría que renunciar a todo. 
Manolito se puso a pensar en quien podría ayudarlo. Pensó por días, viendo con fastidio y pereza el mapa del trayecto hacia y por la montaña. Repasó a sus conocidos, dándose cuenta que sólo era una larga lista de puentes quemados, hasta gente que apenas lo conocía tenía mala opinión de él. Estaba a punto de empezar a hacer las paces con la idea de vivir sucio y a la intemperie cuando se acordó de una que no lo odiaba y, bendita su suerte, había escalado la montaña, hace 12 años, claro, pero eso era mejor que nada. “Ingrid” susurró Manolito después de dar vueltas por la sala oscura, jalándose el cabello, no podía pedir su ayuda si no se acordaba de su nombre. “Ingrid, Ingrid, Ingrid” repitió con una sonrisa dibujándose lentamente entre sus cachetes y un brillo que llevaba mucho sin aparecer, llegando a sus ojos. Se dio cinco a él mismo y salió corriendo, sin rastro alguno de gracia, hacia el pueblo, en búsqueda desesperada de la posible solución a todos sus problemas. Ingrid y Manolito se conocieron en un concurso de canto, quedando en último y penúltimo lugar respectivamente. Intercambiaron risas y buenos ratos durante esa tarde de abril y lloraron juntos al enterarse del resultado. Eso fue hace diez años y quien sabe si la mujer sin oído para la música se acordaba del atolondrado hombre, sólo había una manera de averiguarlo y no había tiempo que perder. Manolito llegó sin aliento a la cancha de basquetbol en el centro recreativo rodeado de bosque, en el que le dijeron, después de mucho rogar, podía encontrar a Ingrid encestando una y otra vez como la maniática que era. “¡¡Ingrid!!” le gritó Manolito esa tarde ventosa y silenciosa, haciendo a la mujer fallar. “Hijo de perra” susurró ella y volteó a ver, con creciente enojo, al responsable. “Oh Manolito, cuanto tiempo” dijo, olvidando la furia y haciendo sin querer a Manolito darse cuenta que llevaba meses sin hacer otra cosa más que estar encerrado en su casa e ir al comedor comunal. “Oh no, cuanto desperdicio de vida” se dijo a punto de experimentar grave crisis existencial, pero por suerte fue salvado por la brusca de Ingrid quien le dio un fuerte manazo al sentarse en las gradas junto a su frágil viejo amigo. “¿qué te trae por acá?” preguntó  emocionada de ponerle pausa a la constante soledad, nadie la soportaba tampoco. “quiero que me entrenes, Ingrid, quiero que me ayudes… a escalar la montaña Chunga, Ingrid”, Manolito cerró los ojos para recibir la carcajada habitual cada vez que relevaba que no era un adulto todavía, pero en lugar de burla, recibió ojos comprensivos y mano amigable al hombro. El hermano muy querido de Ingrid fue expulsado el año pasado y ella sabía lo mal que la pasaba. “De acuerdo, Manolito, empezamos de inmediato”. Intercambiaron sonrisas y fueron al parque a empezar por el principio. 
Todo mundo sabe que si no eres capaz de estar sujetado mucho tiempo, la gravedad te convierte en una víctima, para encontrar así sólo fracaso y perdición en la montaña Chunga. Ingrid, sabiendo lo anterior, toda negocios, señaló una rama y empezó “tienes que aferrarte a esa rama, Manolito, tienes que ser capaz de estar aferrado mucho tiempo y no dejarte caer, Manolito, sólo así, ¿me oyes? sólo…” Manolito ya se había distraído con unas muchachas jugando vóleibol. Ingrid le metió seria cachetada, así iba a ser el entrenamiento “concéntrate, mierda, que este discurso no lo digo por mi bien, concéntrate y aférrate o no tienes una chance, no hay futuro para ti, Manolito, sólo el bosque y la miseria, porque esta es la única manera, no tienes de otra, no hay escape ¿me oyes?”, “¡Hmm!” respondió Manolito con la silueta roja de una mano en el cachete, serio, en posición de firmes. Era medio distraído y no muy agraciado, más sensible de lo recomendado, pero no era tan tonto como para no darse cuenta de la seriedad del asunto, tenía que aplicarse por primera vez en su vida o morir en el intento. “¡Estoy listo, Ingrid!” gritó preparado para todo. Ingrid se paseó frente a él, con las manos en la espalda, viéndolo con severidad, buscando hasta el más diminuto rastro de duda, no había tiempo para la vacilación. Por fin satisfecha con el compromiso de su discípulo, sonrió “muy bien, pues empecemos”. Ingrid volvió a señalar la rama y gritó “¡AFERRATE!” y Manolito fue y se colgó de la rama dos segundos, luego cayó patéticamente al suelo soltando un lastimero ruidito. “¡De nuevo!” gritó Ingrid y allá fue Manolito, a colgarse de la rama, así toda esa tarde y la siguiente. Entrenando duro pasaron las semanas. Manolito fue volviéndose más fuerte, sujetándose cada vez más hasta que llegó a aburrirse primero antes de caerse. Había avance y las chances mejoraban, Ingrid estaba muy orgullosa de él y la gente del pueblo reconocía el esfuerzo y echaba porras, pero lo que nadie sabía era que, después de fracasar al intentar resignarse a trabajar duro y echarle ganas, la naturaleza de Manolito, rebelde e indomable, lo obligó a tramar algo. Mientras estaba colgado, viendo hacia delante, con cara de esfuerzo, colorado, en su mente, desde casi el principio del entrenamiento,  pensaba en maneras de escapar de la responsabilidad, de evitarse la molestia e ideaba, suspendido sobre la hierba verde, acariciando por el viento, un plan B, en cómo salirse con la suya y quedarse en el pueblo sin escalar la montaña. A días de la prueba, colgado de la rama, encontró la respuesta y, con la idea terminando de formarse, soltó un grito largo y fuerte de alivio, como una válvula que se abre y deja salir muchísima presión, Manolito le anunció al mundo que había hallado la manera infalible o eso creía, para ahorrarse lo chungo.

CONTINUARÁ…

Saturday, October 15, 2016

Aprenderé A Rezar

65

Agustín, ojeroso y desalineado, de rodillas en la iglesia, se sentía absolutamente ridículo. Miraba a jesús ahí todo crucificado, se distraía con las viejitas congregadas en el fondo tramando algo grande, e intentaba con todo su limitado poder mental mandarle un mensaje a su creador. Frente al altar, se arrodilló, juntó las manos con la cara baja, con los ojos cerrados y trató de rezar para decirle a dios que se jodiera.
El creador maca estaba sentado frente a su computadora y escribía a una velocidad asombrosa, riendo entre dientes, líneas de código. En un cuarto oscuro infinito con una pantalla ocupando una pared, un pizarrón lleno de diagramas, un escritorio ordinario, la ya contada computadora y una simple pero en extremo cómoda silla, el creador maca creaba realidad. Había tomado especial interés en la de un tipo en particular, uno que había creado guapo pero gordo, listo pero terco, prometedor pero indisciplinado, con la suficiente inteligencia para deducir y descifrar, pero no para escapar o resignarse y, lo que más risa le daba, uno que hacía berrinches particularmente chistosos. El creador maca acabó de escribir su última broma pesada, se tronó los dedos, sacó una cigarrera llena de porros etéreos, colocó uno en su boca, lo prendió convertido en incendio forestal, en volcán a punto de hacer erupción, en temazcal, le dio enter a su computadora perfecta, giró hacia la pantalla, se echó para atrás, acomodándose en su silla, y vio a Agustín acercarse otra vez a la victoria, lo vio casi alcanzarla, a un segundo, a un milímetro sólo para acabar irremediablemente frustrado. Lo obtenido no era para nada como lo imaginado, no salían las cosas como quería y el creador maca reía y aplaudía encantado, viendo a Agustín hacer berrinche.
A una tarde nublada con viento, Agustín salió de la iglesia. Se detuvo frente al edificio, volteó de regreso con fastidio, contempló el templo asustando por cantidad de desprecio a un par de indígenas, y escupió. “Ahí sólo van los que no han pensado en ir al lugar del canto o al cine”. Después de bombardear el santuario con serio imparable odio, con el gesto intensificándose, volteó hacía el cielo “yo te deseo la muerte” le dijo a las nubes grises, imaginándose, engañado por la cultura, que el creador maca estaba arriba, pero no, nadie sabe en realidad dónde está el hijo de puta. Esa era la última vez que Agustín intentaba rezar en la iglesia. Regresó a su casa y tocó tristemente su trompeta lo suficientemente bien para disfrutar, pero no tanto como para vivir de ella. Acabó, la separó de los labios poco a poco, abriendo lentamente los ojos, todavía alterado por el sentimiento. Se sentó en su cama, con los codos recargados en los muslos, humillado, pateado por la suerte mediocre, asediado por esas pequeñas fuera de contexto insignificantes pero oh como jodían maldiciones. “Yo quiero que tú sufras… lo que yo sufro” dijo serio ahora imaginando que el creador maca estaba en la sucia alfombra morada.
Hace mucho, el creador maca comía ensalada deliciosa en el comedor del corporativo que se encargaba de crear la realidad. Comía con su amigo el creador momo. Reían y se burlaban de Agustín. “pero oye, Monroy (el nombre de pila del creador maca)… ¿por qué no haces que se dé cuenta? ¿Eh? ¿Eh?” dijo riendo el colega creador, emocionado por las posibilidades. El creador maca reconoció de inmediato la calidad de la idea y salió corriendo hacia su oficina. Manos a la obra. El creador maca, con un plumón en la boca, con la mano en la cintura, se paró frente al pizarrón y pensó arduamente su siguiente movimiento. Era todo un reto porque no quería que Agustín, en ese entonces sólo de diez años, se volviera loco y dejara de participar en la realidad, quería tenerlo suficientemente cuerdo para que reconociera y recorriera las etapas de la vida tropezándose siempre en el último segundo o reconociendo que el oro es insignificante, pero soñador y optimista suficiente para no rendirse ante el nihilismo. No sólo eso, Agustín tenía que saber que era el creador maca el responsable de la terrible frustración que lo perseguía y, para rematar, era esencial que la gente se burlara de él cuando, llorando y desesperado, les contara lo que le pasaba; nada de empatía ni comprensión, pequeña tristeza e insignificante soledad, una piedra diminuta imposible de sacar. El creador maca se tardó, pero al final, con muchos pizarrones a su alrededor llenos de diagramas y algoritmos, lo logró. Todo estaba listo para darle comienzo a su obra maestra. Sudado y muy emocionado, el creador maca, con los dedos cruzados, apretó enter, se dio la vuelta hacia la pantalla y esperó.

Agustín, entonces un niño gordo totalmente ateo, en un día particularmente caluroso de verano, dio saltitos hacia la banqueta frente a su casa, con un helado en la mano recién comprado después de hacer fila durante horas y esperar ansiosamente lo que para un niño es una eternidad, se sentó en el pavimento caliente, con el corazón acelerado, la lengua dando vueltas a toda velocidad por sus labios y, perdido en el deseo, lamió por fin el delicioso postre sólo para descubrir que sabía raro. No sabía mal, sólo raro. Alejó el helado de su cara, viéndolo con creciente sospecha. Algo ahí andaba muy mal y, marcando el inicio del funesto programa que le pondría tantito el pie el resto de su vida, en su mente, como un tsunami sorpresivo y fatal, todas las veces que cosas parecidas le habían pasado arrasaron el buen ánimo de su infantil e inocente alma, y lo notó todo. En trance, volvió a vivir esa vez que ahorró meses para comprar su Nintendo y, al conectarlo, descubrió que no servía y tenía que regresar a la tienda para que se lo cambiaran, prologando la tortuosa espera. Como la niña de su salón que le gustaba, después de mucho rogarle, resultó ser una psicópata. Como el perro por el que molestó a sus papás años era sólo un bulto que cagaba y orinaba en todos lados. Así, miles de veces. Siempre poste, nunca gol. “¡Maldita sea!” gritó el pequeño Agustín y aventó su helado, dejándose llevar por el berrinche. Chilló un rato hasta que, como siguiente acto del programa, una idea se propagó por su mente. Llevado por la ocurrencia y la sospecha, creyó por primera vez en su vida en las mentiras de sus padres, sacerdotes y maestros, se llenó de coraje, volteó hacia arriba, hacia el cielo y escuchó, proveniente de las nubes albas y esponjosas, la risa burlona y estruendosa del creador maca. Se agarró la cabeza, cayó al suelo y se hizo bolita. La mente colapsaba, pero al borde de la locura, se acordó de lo que decía su senil abuelita “mijito primoroso, pa’ hablar con diosito santo tienes que juntar tus manitas, mijito chulo, cerrar tus preciosos ojitos, concentrarte pero duro y… ¡REZAR!” “lo que sea, abuelita” contestó el casi bebé Agustín, pero ahora reconoció que esa era la respuesta, después de una vida de fiero ateísmo, con los vecinos a su alrededor experimentando seria pena ajena, se incorporó, se puso de rodillas, juntó las manos, bajó la cabeza y no supo cómo empezar. Sufrió segundos de duda y antojo de resignación hasta que el coraje explotó y Agustín se rebeló contra la impotencia. Se puso de pie, le enseñó el dedo de en medio al cielo y “¡yo te deseo la muerte donde tú estés…!” gritó, llevado por el coraje “y aprenderé a rezar para que te enteres”. Fue a su casa a sentarse con cara de puchero en su silla favorita ahora apestosa porque su tío Ramón se había cagado en ella. 

INSPIRADO EN PARTE POR "SUFRE COMO YO" DE ALBERT PLA

Wednesday, September 07, 2016

IBS rock n roll

64

Mauro contenía las ganas de cagar, apretando duro los esfínteres del culo. “ay cristo!” gritaba retorciéndose, sujetado a la silla. recuerdos de su abuela venían a su cabeza, la culpable de su fiero catolicismo y, en parte, de su pobre alimentación y del casual e inocente alcoholismo. la abuela se trasformaba en la boca del doctor Escalante que decía una y otra vez “no hay nada que hacer, Mauro, estás perdido”. Se movían esos labios ordinarios frente a unos dientes perfectamente blancos y derechos, la esposa del doctor se dedicaba a dar sonrisas de Hollywood. Los dientes, los labios y las malas noticias se repetían en la cabeza de Mauro hasta que explotaba, haciendo pedazos la esperanza, la idea de que a lo mejor el resto de su vida sufriría de ataques del/al intestino. no importaba que cuidara la dieta, tomara agua o sufriera ocasionales sobredosis de fibra, el sistema digestivo seguía sin trabajar. “es algo psíquico” le decía la sirvienta con cigarrillo en boca y los ojos entrecerrados, convertida en una morena y rechoncha clint eastwood, mientras Mauro recorría el internet en búsqueda de una cura, sentando en la mesa de su cocina. Miamar, la sirvienta, guisaba, “está en tu mente, Mauro” decía la experimentada mujer y, como todas las tardes, como bajo un trance, repetía los datos “México es el número uno...” y “la ciudad de México es la líder mundial en malestar intestinal”. Mauro recibía otra vez la información con el gesto pasando de molestia a desesperanza, todo estaba perdido y la vida estaba arruinada. “algo psíquico” reflexionaba Mauro viendo el techo de su cuarto, pensando en el estrés tremendo que le daba todo, siempre preocupado, con los nervios de punta de 12 am a 11 59 pm y de repente, de la nada, porque sí, la tripa se estrujaba y anunciaba la llegada de algo en extremo desagradable. “hora de ir al baño, mauro” decía el malestar abajo del estómago, “el poder de cristo te obliga” y allá iba Mauro, miserable como perro con mala actitud, a sacar el producto de su intestino irritado, a expulsar sin remedio la inútil conclusión de horas de estudio en nutrición, insulsa resistencia ante un poder indiscutiblemente superior. “no hay nada que hacer” decía llorando, agarrando porcelana, apretando los dientes y, con el cuello marcado extraordinariamente por venas, expulsaba, con la cara hacia el viejo foco colgado del techo invadido por humedad, el desperdicio sin procesar.

Pasó el tiempo y Mauro, ya plenamente resignado, sabiéndose perdido, tomó la guitarra acústica que le había heredado su tío hippie que explotó en mil pedazos una vez que intentaba probar que la ciencia no existía, y cantó y tocó con amargura absoluta el rock del IBS, música para el gran final de la digestión fallida. “pfff pfff pffffff pffff” se oía por la casa y tocaba pintando del café más oscuro sus pobres y deshechos calzones.