Monday, June 04, 2018

Finalmente Libre

97

Me llama la atención lo fácil que es arruinar la vida, siempre lo creí más difícil. Pero no, al parecer es extremadamente sencillo, solo se tiene que ser lo suficientemente idiota y despilfarrar número exagerado de oportunidades para que todo se venga abajo. "Umm" me digo, viendo a mí alrededor, con las manos en la cintura, paseando la mirada por las ruinas de la promesa, atosigado por lo que pudo ser. Soy un pequeño Marlon Brando en On the Waterfront, nada más que todo fue mi culpa, no hay Charley. Pude haber sido un contendiente. "¿Ahora qué? ¿qué sigue?" me pregunto sin idea alguna de qué será de mí y busco adentro alguna herramienta que me permita continuar pero mi caja está vacía. Y me pongo nervioso y me da ansiedad, pero estoy acostumbrado y me digo que es hora de mantenerme relajado, que no cunda el pánico, debo ser cool, me digo, colorado e hiperventilado, empapado en sudor, con la cabeza estallando, deforme por las llamas de los puentes, solo y por justa razón, he abusado y destruido toda relación que he tenido en mi vida y no hay nada que pueda hacer al respecto. Estoy pagando. Madre. Si no es una, es otra cosa. Qué extraño, es para volverse creyente. Volteo hacia atrás después del intento de mejora y me doy cuenta de que el cliché se ha vuelto ley, el cliché es cliché hasta que aplica a la perfección, no sé lo que tengo hasta que lo veo perdido y siempre es así, sin falta, ni una vez ha pasado lo contrario, ningún movimiento ha traído cosas buenas y ahora temo he ido demasiado lejos. Qué he hecho de mi vida. Trato de no hacer teatro, pero sospecho que esta vez es justificado, hay razones para el azote. Algo me dice que esta situación amerita que me tire al suelo y chille. Soy tan proclive al berrinche que cuando la cosa se pone seria, no sé que hacer, llorar me parece inapropiado. Tal vez sí sea hora de perder la cabeza. Pero no, nadie ha ganado nada dejándose llevar, soy testigo. Está no es la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que todo se viene abajo, pero no reconozco lo que pasa, ya se había tardado la fortuna en pasarme la cuenta, todo indica que estoy en nuevo territorio, "vaya" me digo extrañamente resignado y me viene a la mente eso que dicen "la única cosa segura es la caída, quien sabe la recuperada". El abuso, se acabó la suerte. Suspiro y atesoro la poca esperanza que queda. A lo mejor me salvo de repente, quizás mañana me digan "oye, buenas noticias, toma otra chance", pero lo dudo, esta es el mundo de verdad, duro, no hay misericordia para los que se confían más de la cuenta. He jugado demasiado con mi suerte, le arranqué la cola al diablo y es hora de lidiar, de ser hombre, de echar lo hombros para atrás y levantar la frente. Apenas es el primer día, no ha pasado nada y puede que se ponga horrible, puede que no, quien sabe, de cualquier manera dudo estar listo para lo que sea.

Soy finalmente libre.

Friday, June 01, 2018

La Faena

96

Giorgio ahora trabajaba duro, pero antes todo le daba repele. Sólo la idea del esfuerzo lo molestaba de sobremanera, no podía con la responsabilidad, era su naturaleza. Con su corte de pelo de los Ramones y esqueléticamente flaco, llevaba treinta años escapando de la faena, sufriendo por ser incapaz de mantener un trabajo, al borde de la inanición. Pensó que su vida sería siempre así y que moriría pronto, pero, acechado por una suerte juguetona, un día, al ir a tomarse un cafecito con su prima la Jennifer, a quien le platicó que no más no podía, la vida, como suele hacer, empezó a dar vueltas. La Jennifer, campeona de la química, excéntrica, temeraria y aventurera con las posibilidades de su ciencia, tronó la boca y, sonriendo, anticipando las quejas, sacó de su bolsa un bote con pastillas que ella había inventado. La Jennifer, por las noches, en el laboratorio donde trabajaba, buscaba con ahínco una cura para el azote #1 de muchos muchachos. “Voy a ser millonaria” se decía echando tantito químico en una pipeta, “voy a comprar una casa en Malibú” murmuraba al ver las reacciones resultar como había planeado, “voy a ser una patrona, mierda” le decía a las ratas que corrían por horas, “¡y nada ni nadie podrá detenerme!” le gritaba con los ojos muy abiertos, alterada, empujando, brusca como era, a su compañero chaparrito Agustín quien trabajaba en su propia cura, pero para la chaparrez. Y la Jennifer no paraba hasta que, en una noche de tormenta, durante una sesión de trabajo especialmente dura y larga, lo logró, había resuelto el problema de la flojera. Sólo faltaba probar su medicina en un humano y que mejor conejillo de indias que su ultra perezoso primo Giorgio.
De regreso en el café, la Jennifer, sonriendo una sonrisa de triunfo, moviendo las cejas de arriba abajo, enseñaba, orgullosa, sus pastillas. “Tómate una de éstas, mi Giorgio, y verás que se así… ” chasqueó lo dedos “…se te quita la flojera” y puso en la mano inmaculada de su primo, un bote blanco con una etiqueta que decía “Jennifinil”. Giorgio sacó y vio con miedo, entre sus dedos, una pequeña pastilla dorada, precavido, por muchos años de constantes rupturas del corazón, de no hacerse ilusiones, nada es fácil, la vida es dura, pero reconoció que no tenía nada que perder y se tomó la pastilla sin pensarlo dos veces. “¿Cuánto tarda en hacer efecto?” preguntó Giorgio, después de tragársela desagradablemente sin agua y de los segundos de incómodo silencio que siguieron. La Jennifer permaneció inexpresiva un instante y luego sacó el labio inferior, levantó los hombros y respondió “la verdad, quien sabe” y soltó una risa que provocó un escalofrío por el cuerpo flaco como de recién liberado de campo de concentración, de su desafortunado primo. “Tú vete a tu casa y luego me platicas cómo te fue” le dijo la científica destinada a hacer historia, cansada de todo, ya con sus cosas, camino a la salida. Giorgio se quedó ahí sentado, rodeado por el ajetreo del café, exhausto como de costumbre, y bajó la cabeza presa de un mal presentimiento.
En su pequeña cabaña en el cielo, un cuarto improvisado hecho con pedazos de madera, en la azotea de un rascacielos, Giorgio, echado en su camastro, sin playera, en shorts, sentía a la pastilla hacer efecto. Estaba empapado en sudor, con palpitaciones, mareos, ni un milímetro de su cuerpo estaba a salvo de la violencia del exorcismo del demonio de la pereza. Experimentaba lo que se imaginaba los drogadictos pasaban durante el síndrome de abstinencia, convertido en un barro gigante siendo exprimido, expulsando considerable cantidad de desgana, sometido, sin ningún tipo de anestesia, a la extirpación del cáncer del alma. Se había vuelto una crisálida en metamorfosis, listo para renacer como una mariposa de triunfo y logro. Se retorcía y se le engarrotaba el cuerpo y, apoyado en su codo, asomando la cabeza por el borde de la cama, para liberar una presión en su pecho que inmediatamente se volvía a acumular, vomitaba repetidas veces una sustancia negra y viscosa. Una escena nada agradable, pero necesaria, con cada expulsión, la voluntad de Giorgio crecía, la parte del cerebro que se encargaba de la determinación se fortalecía, el carácter y coraje tornándose como los de cualquier persona funcional. Giorgio volvía a nacer, pero esta vez con mejor mano de cartas, ahora sin el terrible pesar que sólo la idea de cualquier tarea le ocasionaba. Siguió el martirio unos minutos más hasta que se desmayó y despertó horas después, sintiéndose mejor que nunca. Se paró de un salto, aplaudió, energizado, “soy un hombre nuevo” se dijo “estoy curado”, y, lleno de entusiasmo, salió corriendo a buscar trabajo.
Como no tenía educación y era un bueno para nada, Giorgio no tuvo de otra más que dedicarse a la intendencia, pero no pasaba nada, era trabajo honesto y no vayan a creer que yo me creo mejor que los héroes del trapeador y escoba, no hay motivo para la supuesta imaginaria superioridad, pena es ser disque artista. Pero bueno, Giorgio fue y apenas consiguió el empleo en una empresa que por las noches dejaba reluciente un corporativo. La persona a cargo de la entrevista no entendía como alguien no había trabajado nunca, el cv de Giorgio era una hoja con “Giorgio Venustiano Martínez Alemán” escrito en una fuente imposible de leer en extremo grande que ocupaba la mitad del papel y, abajo, en la otra mitad, una foto que Giorgio se tomó con un celular de hace muchas generaciones, que en realidad, más que una foto, eran solamente un montón de pixeles amontonados. Como sea, Giorgio tenía trabajo y quedó bajo el cargo de Don Güero, un señor de uno cincuenta de estatura que había limpiado desde que sus padres lo dejaron en las escaleras del corporativo. Don Güero se volvió el mentor de Giorgio y le enseñó todo lo que sabía sobre cómo enfrentarse con valor a la asquerosidad que dejaban atrás en los baños los oficinistas con dietas deplorables. “Hay que ponerle arte” decía Don Güero limpiando sin guantes un escusado, salpicándose de gotas cafés, con su Trastorno Obsesivo-Compulsivo no diagnosticado obligándolo a dejar los escusados tan limpios que brillaban. El aprendiz de conserje tomaba nota en una libreta y asentía, aprendiendo como nunca antes. Así, con las lecciones de Don Güero y las pastillas de la Jennifer, Giorgio ahora trabajaba duro, vuelto un hombre nuevo, libre al fin de su mal, atravesando sin obstáculo alguno, contento y satisfecho, la una vez tan temida y odiada faena.

Cruda por Trabajo (No, gracias)

Yo no sé cómo es quedarse hasta la noche en la oficina y que te dé cruda por trabajo, me da algo de curiosidad, pero preferiría evitármelo. Hay gente que se mata trabajando, que lo hace sin pestañar, aceptando que así es la vida y yo no sé qué es eso. Puedo suponer razones, tal vez sus familias, sus amigos, el dinero, las cosas, la responsabilidad natural automática, la vergüenza de ser un bueno para nada, quien sabe. Su sacrificio del tiempo supongo vale la pena, me imagino que piensan que aprovechan sus años y no puedo evitar preguntarme que si eso es realmente aprovechar la existencia. Yo apenas trabajo y siento que aprovecho mi vida. Veo películas, paso el rato, perfeccionando mis días, haciéndolos lo más cómodos y placenteros posibles y eso significa, en parte, evitar el trabajo excesivo, el tiempo libre es donde está la vida, no tener nada que hacer, vivir en el ocio, eso, para mí, es aprovechar. Pero me hace dudar esta gente que trabajaba hasta la medianoche, matándose, sin problema, no sé si contentos, pero tampoco notablemente miserables, algunos se quejan un poco, pero la mayoría lo toman como yo tomo las leyes de la física. Sospecho sin mucha evidencia que operan por programada responsabilidad o por la inercia que se va acumulando desde que empezaron el kínder y no más no han parado, y pensándolo bien, no existen otra manera si tienes deudas o gente que depende de ti, si sigues el programa, si te casas y reproduces, o trabajas o todo se va a la mierda, no hay de otra. Y me pregunto, viendo a mí alrededor, ¿dónde están los flojos? ¿Dónde están los tontos? ¿Los irresponsables? ¿La gente que no más no quiere? Porque todos con los que trabajo le echan admirable cantidad de ganas, trabajan hasta caer y yo los miro a la mañana siguiente, relajado, descansado y contento, sorprendido y algo apenado, no muy incomodo por el brutal privilegio de ser quien soy y poder esquivar toda responsabilidad extra, haciéndome el tonto extremadamente bien, con mi programación clase media reclamando tímidamente, parcialmente eclipsada por lo feliz que me hace no tener nada que hacer, con ganas de que me salga lo Che Guevara y predicar mis maneras, pero tampoco soy tan sinvergüenza. Dudo al llegar casi a la mitad de la vida, si bien me va, espero no durar cien años, sin esforzarme tanto, sin saber siquiera como se siente tanto esfuerzo, como es el trabajo de verdad, saber de qué se está hablando, no improvisar. Parte de la cuestión (no sé si llamarlo un problema, totalmente en contra del auto engaño y las excusas) es que no me siento a gusto con la idea de la especialización, saber sólo de una cosa, no estar enterado de tonterías que no importan, con el cerebro atascado de trivia, y me pregunto si un día yo tendré que trabajar tanto, qué se sentirá llegar a la casa exhausto, yo no sé y estoy casi seguro de que no quiero saber. A lo mejor se siente bien, quizás me estoy perdiendo de la carne de la vida, concentrado en el hueso, mordisqueándolo contento, sintiendo el placer del ocio, de ser un desocupado, diciéndome que vivir es eso, el hueso, cuando podría matarme trabajando y tener acceso a todo un manjar. Puras sospechas, en realidad no tengo idea. El problema es que no sé hacer otra cosa más que pensar en cuentos, estar sentado viendo la nada, emocionarme al solucionar una trama y eso es la cosa más inútil de la historia. Yo me limito a contemplar la montaña de la responsabilidad que parece nunca acabar, sólo se eleva, y sé que una vez aferrado a ella, trepado ahí en las alturas de años haciendo la misma cosa día tras día, no puedes soltarte, por la caída en la deshonra, pero también por el recuerdo del esfuerzo, “¿todo para qué? ¿para qué tanto sacrificio?” uno se preguntaría si renuncia, no se puede renunciar jamás y adivino que está en juego la paz mental, la seguridad laboral y ocupar los días para no aburrirse.  O a lo mejor quieren evitar la desesperación de la pobreza, del querer y no poder, pero no es para tanto, para qué llenar los días, unas horas son suficientes, tal vez no tienen otra cosa que hacer, no les gusta estar en su casa, se sentirían inútiles, quien sabe y no es como si pudiera preguntar. Introspeccionando, parece obvio que no hay por qué hacer otra cosa más que por lo que te pagan. No sé, la vida libre me encanta, pero ¿Valdrá la pena sacrificarla por más dinero que sólo puedo usar los fines de semana y en la vacaciones? Me da curiosidad y siento que no puedo escapar toda la vida, que tarde o temprano, tendré que esforzarme, es inevitable adentrarse en la selva de la responsabilidad y acostumbrarse a la incomodidad. Ya me tardé, ya no soy un jovencito y mientras más tiempo pase, menos podré participar, la vida dura mucho y la vejez no espera, pero sostengo la esperanza terca de que me saldré con la mía. Quien sabe, la verdad, a ver qué pasa.  

Tuesday, May 22, 2018

¡Hurrah por las Anchas!

95

Las mujeres anchas son un verdadero regalo del cielo. Sé muy bien que no hay posibilidad de que alguna me voltee a ver, pero eso no frena mi pasión al verlas pasar. Al toparme con ellas, en menos de un instante, sin que pueda hacer algo al respecto, explota en mí el deseo, me vuelvo un animal y, antes de que algo lamentable o vergonzoso pase, miles de años de evolución frenan el impulso primitivo y me paralizo. Es difícil de explicar lo que me hacen, lo que me pasa en el cerebro, corazón y genitales, al presenciar este espectáculo maravilloso y repentino. Más allá de la lujuria colosal que me provocan, al encontrármelas, me pongo contento, se disipan las penumbras que cubren la esperanza y quedo libre de la estorbosa venda de la pesadumbre. Cargado hasta el tope de genuina emoción, “¡hurrah!” gritó dentro de mí, alterado “¡hurrah por la anchas!” le grito al mundo, riendo a carcajadas, girando sobre mi propio eje, con los brazos extendidos hacia los lados, admirándolas en toda su anchura, súbitamente desorientado, sin saber qué hacer, descompuesto, con la cabeza dando vueltas, nervioso y ansioso, suspendido de la realidad, planeando sobre la existencia, surcando los aires del deseo y de un segundo a otro, todo acaba. Desaparecen y ahí me quedo como quien ha comido algo delicioso, pero diminuto, con la mente reiniciándose, recordando poco a poco quién, cómo y qué soy. No hay remedio y sigo adelante con mi día, ahora con la memoria impregnada del recuerdo placentero de aquellas magnificas criaturas. Empujado a reflexionar, obligado a repasar el orden de las cosas, termino aceptándolo todo con buena actitud. Soy un adulto y he vivido lo suficiente para contar con los soportes que previenen que me venga abajo y me tire por la ventana al ser cacheteado de vez en cuando por las duras verdades de la vida y, no dispuesto para nada a remediar mis defectos, me es natural la imposibilidad de su cariño. No pasa nada, me repito, recuperado de la impresión, continuando con mi paseo, con la autoestima estable, celebrando el encuentro. “Hurrah” susurro feliz y sonriente, pero, a la vez, algo cabizbajo por lo poco que duran los encuentros. Tengo ganas de reclamo absurdo, de volverme creyente, voltear al cielo y agitar mi puño, pero tengo más ganas aún, viéndome hasta el colmo de inspirado, de cantar una canción de amor proveniente de la zona más noble de mi alma. Todo pensamiento impuro, ahora que no hay ninguna alrededor, se va y en su lugar queda la añoranza de saber poesía para hacerle justicia al sentimiento que brilla esplendido. Quiero dedicarles versos, me gustaría contar con el ingenio para decir algo elocuente, algo gracioso o inteligente, pero no, soy un hombre ordinario, muy de mi tiempo y me refugio torpemente en mi teléfono y pretendo que no siento nada. Voy y compró un helado y, bajo el poderoso sol, me planto en una banca en un parque, tratando de superarlas, pero no lo logro y al final del día, sin opciones, no queda más que ir como condenado a la orca, a encerrarme, a llenar la alfombra de la lujuria y ansia. Me hago daño con las anchas del internet, se me sale la baba, y acabo apestoso, tirado en el suelo, con la respiración agitada. “Hurrah” le digo al adolorido colorado globo desinflado entre mis piernas, “hurrah” les digo a las anchas gimiendo en el monitor y, con un maremoto de sentimiento azotando dentro, me meto a bañar. Paso horas en la regadera, volteo hacia la nada, sintiendo al agua tibia caer y a los males echarse para atrás un rato, cansado, sintiéndome como rata inepta y resignada en laberinto fácil de solucionar, todavía bajo la influencia de la fugaz aparición, y digo, con sentimientos extraños paseando casualmente por mi centro, solemne “hasta el siguiente encuentro, anchas, ojalá supieran cuanto las amo y que las celebro sinceramente, son un verdadero triunfo de la naturaleza y no... no sólo me conformo, estoy alegre de encontrármelas por ahí haciendo lo que sea hacen las diosas en la tierra" y ya de regreso en la inercia de la vida, no queda más que esperar a volver a encontrármelas para decir hurrah por mis muy amadas anchas, hurrah.

A TODAS LAS ANCHAS DEL MUNDO

Sunday, May 13, 2018

Harto Arte

94

Era el futuro y las máquinas administraban el mundo. No había necesidad de gobierno y la gente ya no tenía que ir a trabajar; el remolino que te jalaba hacia la miseria había desaparecido y sólo quedaba ocio y diversión. Los pobladores del futuro se entregaron a sus pasatiempos y organizaban concursos de talento que tomaban lugar en los centros recreativos de sus pueblos rodeados por naturaleza descontrolada, conectados por trenes. Muchos se la pasaban increíble, pero había algunos otros que se perdían en sí mismos y eran consumidos por la locura. Una de esas personas era Liberty “la Chaparrita” Domínguez, quien al enterarse que ya no tenía que ir a trabajar, se volvió loca de la emoción, abandonó todo y se fue a dormir hasta tarde y consumir brutal cantidad de arte. No la podían encontrar en ningún otro lugar que no fuera el museo del pueblo o sentada en su sala en silencio, hojeando libros, dejando a siglos de pinturas entrar y quedarse. Claro que la mayoría, como la Chaparrita, se concentraron exclusivamente en sus aficiones pero, a diferencia de ella, no les dedicaban cada segundo de su vida. Nuestra obsesiva y maniática amante de, más que nada, la pintura, se limitaba a consumir, día tras día, sin moderación ni propósito, dejándose caer sin recato, insensata, en el precipicio del aparentemente infinito desfile pictórico y poco a poco, la Chaparrita se fue alejando de sus amigas, dejó de ir a los convivios o frecuentar la cantina y se encerraba en su casa, perdiéndose, con los pies despegados de la realidad, absolutamente pasiva, en la dimensión paralela del harto arte.
Una tarde, llegó un email. La máquina había detectado el creciente desperfecto mental en la Chaparrita y, para evitar tragedia, le dijo que se uniera a una actividad. Como es difícil elegir cuando se tienen mil opciones, la computadora le dio tres al azar: equipo de futbol, clase de baile interpretativo o el coro del pueblo, ganador de la última competencia regional. “Hmmm” hizo con una mueca la Chaparrita al enterarse por completo del significado de las noticias, ella no quería separarse de su arte, pero sólo los locos idiotas se oponían a los administradores del mundo. “Bueno, ya que” y fue al centro recreativo de su pueblo a unirse al equipo de futbol. Le dieron unos tacos chiquitos muy bonitos color rosa y un uniforme usado que había pertenecido a la Chaparrita Contreras quien se fue a vivir a la naturaleza y se la comió un coyote, la locura nos hace víctimas a todos, justo lo que se intentaba evitar. Por eso, la Chaparrita Domínguez, de mala gana, fue al primer entrenamiento. Era a las siete de la mañana, lo que le chocó de sobremanera y renunció toda sudada y cansada, la actividad física tan temprano simplemente no era lo suyo. Luego, viéndose más como bailarina que cantante, se inscribió a la clase de baile interpretativo. La máquina le envió a su departamento, un leotardo usado que había pertenecido al Enano Benítez quien había practicado tanto que se ganó el privilegio de un leotardo nuevo. La Chaparrita se probó el leotardo muy entallado, el cual activó todos sus complejos; aunque no era gorda, sentía su lonjitas más grandes de lo que en realidad eran y se dijo que no podía atreverse a salir así y renunció antes de empezar. Sólo quedaba el coro del pueblo, el número uno de toda la región, el indiscutible campeón, con estándar alto en verdad. Como nadie hacia otra cosa más que dedicarse a lo que le gustaba, las personas que antes hubieran sido conserjes o cajeras, ahora cantaban como ángeles. Podía ser intimidante, pero a la Chaparrita no se le ocurrió nada de lo anterior y fue a su primer ensayo, manteniéndose optimista. Entró al salón en el centro recreativo y, con los otros nuevos, fue recibida por el director del coro. “Bueno, ahora sí, todos a cantar” y así fue como la Chaparrita se dio cuenta que tenía cero oído musical; más que cantar, rebuznaba y fue cortada del coro de inmediato. Con la esperanza en la basura, la Chaparrita Domínguez regresó a su pequeño departamento a consolarse con sus libros.
A la mañana siguiente, le llegó otro email. La máquina, programada para sentir compasión y comprender la complejidad de la mente humana, le mandó un cuestionario. Qué le interesaba a la Chaparrita Domínguez, a qué le quería dedicar su tiempo, qué ponía a su pequeño cuerpo a temblar de la emoción. Sentada frente a su computadora, tomó su mentón con el pulgar y el dedo índice y se entregó a la introspección; estuvo un instante dentro de sí, pero la confusión sólo creció. Con la desesperación amenazando con destruirla, impacientándose, desacostumbrada a la adversidad, vio a su alrededor en busca de respuestas y, en el paseo visual, se les quedó viendo, con desbordante sentimiento, a sus libreros de suelo a techo, atascados de libros de arte. Unos segundos y pasó sus ojos a su mesa de centro invadida por completo por catálogos de museos de todo el mundo. Al final, siguiendo las pistas hacia la solución del misterio de qué hacer consigo misma, llegó a su mouse sobre un libro de H.R. Giger y terminó de darse cuenta que sabía harto arte y que era capaz de dar una clase magistral. “Ah pues sí, verdad” se dijo con la esperanza brillando deslumbrante, riendo un poco apenada de lo obvio que ahora parecía la respuesta, y explotó confeti de las paredes, se oyeron aplausos y “felicidades, Chaparrita, muchas felicidades” de las bocinas escondidas. Una sonrisa llegó para quedarse en la cara linda y tierna y recibió otro email diciéndole que sus clases de apreciación de arte eran los martes y jueves por la tarde. “Genial” dijo la Chaparrita Domínguez y, emocionada y sin mucha gracia, fue corriendo a preparar su clase.

Friday, April 06, 2018

Las Bacterias Dicen

93

El otro día estaba en mi casa, pasando el rato, viendo videos en YouTube. Vi uno sobre las bacterias que viven en el estómago. Decían en el video que las bacterias en el intestino lo controlan a uno y que depende de lo que comas, es el tipo de bacterias que tienes. “No juegues” susurré cuando acabó el video, al cerrar la laptop, repentina y misteriosamente perturbado, lleno de carnitas y cerveza, y fui a reflexionar al respecto a mi ventana. Toda esa tarde contemplé con cachete en palma, al bosque en niebla extenderse infinito.
Renuncié al trabajo, aliené a los amigos y familia, arruiné mi vida una y otra vez y ahí, al borde de acabarlo todo, me pregunté por qué por qué por qué y se formó en mi mente una idea provocada por el recuerdo del video sobre bacterias. “Por supuesto” me dije ojeroso, desalineado, gordo y acabado, con un burrito en una mano y una caguama en la otra. Mis bacterias conspiraban en mi contra y querían mi fin. “Malditas” dije entre dientes, explotando en coraje, “pero van a ver”. La respuesta era meter bacterias no autodestructivas en el sistema digestivo, pero ¿cómo, ¡cómo, dios mío! voy a sacar las bacterias malas y meter las buenas? La incógnita me torturó como a protestante en país católico por ahí del siglo XVII.
Poco después me rendí y decidí dejarme morir, pero lento, iba a esperar a que vinieran por mí, no les iba a echar la mano en lo absoluto y así, matando el tiempo, me di gusto con cientos de horas de la inagotable botana audiovisual que YouTube tiene que ofrecer.  En mi paso por el contenido, me topé con la segunda parte del video sobre bacterias. Decía el video: Las bacterias nocivas pueden ser intercambiadas por beneficiosas por medio de la transfusión de caca. Tienes que meterte el desecho de alguien sano para que bacterias lindas se propaguen dentro y así dejar de arruinar la vida. “Ugh” hice asqueado, pensando en mis propias aportaciones al desagüe. Si las mías me provocaban mucho asco, las de los demás me parecían lo peor del mundo. Pero era eso o aventarme al metro en hora pico y la curiosidad del futuro me mantenía yendo, pero más importante aún, me gustaría verme a mí mismo de viejo;  desde chiquito supe que yo sería el mejor anciano de todos, mi exterior coincidiría por fin con mi interior y nada, sólo los achaques naturales de la edad, podría detenerme. “Muy bien” me dije, conteniendo el asco, decidido a hacer lo que hiciera falta, tragando considerable cantidad de saliva y viendo con miedo hacia adelante, hacia el futuro. “Cochina vida, verdaderamente dura demasiado”.
No sé por qué pero intenté publicar un anunció en el periódico en busca de alguien sano que me regalara tantita de su caca, pero me dijeron que era un anormal y señalaron la puerta. Nada de suerte. El azote y la pesadumbre me cayeron encima como un montón de ladrillos sobre despistado pasando el rato junto a construcción y ya iba camino a la estación más cercana cuando choqué de frente con un amigo de la infancia que corría para mantenerse en forma y, como era hora de la comida y no nos habíamos visto en décadas, me invitó a comer. “No inventes” le dije viéndolo a los ojos cuando sugirió ir a comer ensalada, lo que menos se me antojaba era un montón de lechuga con jitomatitos, pollo horneado, un poco de queso, crotones y aderezo cesar, pero antes de cambiar el plan a comer basura, me acordé de mi misión. “Está bien, vamos” le dije, soportando la protesta bacteriana en mi mente y fuimos al restaurante sano de la esquina.
“Necesito tantita de tu caca” le dije de repente sin haber tocado mi comida. Él me dijo que lo perdonara, pero que no entendía. Reconocí que nunca me daría a entender así que me le enseñé el video. “Ah ok” dijo cuando acabó y esperamos a que tuviera que ir al baño. Pasaron tres horas y, cuando anochecía, por fin, tuvo que hacer. Esos minutos de espera, afuera del baño, fueron los más duros de mi vida; el suspenso me agarraba bruscamente de los testículos y me los apretaba intermitentemente, acercando su fétido aliento a mi sensible nariz y me golpeaba directo en las inseguridades, me decía que no valía nada y que nunca lo lograría, pero, ahí sentando junto a la puerta del baño, estrujado por el nervio, luchaba con toda mi fuerza, haciendo un esfuerzo colosal que me ponía a la cabeza a girar y, al borde del desmayo, salió mi amigo con una bolsa ziploc con el mojón dentro, él más bonito que he visto en mi vida, no me acordaba que podías hacer algo que no fuera diarrea horrible. “Ahora qué” me preguntó incómodo, “ummm” hice y fuimos a su computadora a repasar el video. Tenía que meterme la caca por el culo y así mi vida tendría sentido.
Mi amigo decidió no participar más y me dijo que me fuera de su casa. Fui a la mía y ahí, busqué y encontré un tutorial sobre la transfusión de mierda. Lo vi mil veces y a la mil una, estaba listo. “Muy bien” dije echado de espaldas con las piernas levantadas, con el trasero expuesto totalmente, ya con la caca licuada mezclada con una solución salina dentro de una jeringa enorme. Inhalé y exhalé unas cuantas veces, combatiendo a la duda, y cuando estuve listo, miré hacia el techo con la frente cubierta de gotas de sudor, me guié con el tacto para encontrar mi culo, “aquí voy” dije, e introduje en mi inmaculado y estrecho ano la jeringa de, como ya dije, considerable tamaño. Apreté el émbolo sin pensar dos veces y lo sentí todo “¡CRISTO, CRISTO JESÚS!” grité fuera de mí. Mi admiración por los homosexuales nunca había sido mayor, a la vez que, con el culo en mucho dolor, me dije a mí mismo que qué bendición ser un hombre heterosexual, a mí nadie me penetra. La transfusión fue como la peor experiencia sobre el escusado, como esas veces que dices que no puedes, que tendrás que vivir con esa caca gigante dentro de ti por el resto de tu vida, ni modo, pero al final, haciéndote daño, la sacas, así pero en reversa. Toda la operación duró menos de un minuto y, antes de darme cuenta, ya había acabado. Saqué la jeringa, la aventé por la ventana, quejándome y caminando como vaquero fui a limpiarme y a ponerme hielo en el trasero.
Para mi sorpresa, las bacterias sanas se propagaron exitosamente por mi intestino. De un día a otro, era un tipo diferente, ahora era formal y serio. Me puse en forma, adquirí estilo, regresé a la escuela y logré acabar la preparatoria. Mi vida retomó el curso y me volví un amante del ejercicio con exitosa carrera, tenía dinero y mujeres y, por primera vez en mi vida, no me atosigaban los demonios mentales. Miraba hacia adelante con la frente en alto, con determinación y valor, triunfaba, vuelto un absoluto campeón, todo gracias al nuevo discurso de las bacterias.

Friday, March 16, 2018

Mi Reporte Desde los Círculos del Infierno que de Cerca No Tienen Forma

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Mi reporte. La estoy pasando mal, obviamente. Estoy muy malvibrado gran parte del tiempo. Ya no me da risa y el escape pide mucho. Qué hacer, qué hacer más que aguantar y ver qué tan infernal se puede poner. Esperar a que la desesperación actúe, pero no voy a hacer nada, acá me voy a quedar, jodiéndome, pagando, aquí, sentando en esta piedra que me quema el culo, con el codo recargado en la rodilla y el cachete en la palma y ver, ver qué tan infernal se puede poner, me da curiosidad que sigue, las sorpresas infernales nunca acaban. Y el cómo, el por qué y el fantaseo de viajar al pasado, decirme “hermano, no sabes lo qué haces, échale ganas o te vas a ir al infierno”, pero la fantasía no dura, porque empieza el martirio y es mi culpa, me digo como parte de la tortura diaria, sintiéndome como un perro. Mierda. Debo admitir que antes daba algo de risa, pero ahora, que apenas empieza, que sigue empezando, como un puñetazo en la boca del estómago, me doy cuenta que esto no es nada, se va a poner peor, el fin está lejos y, juzgando por lo visto hasta ahorita, lo infernal no se detiene, incrementa, poco, gradual, pero sube siempre, no baja nunca,  los días se van poniendo un poco más horrendos, imposible acostumbrarse, no se puede adivinar que tanto se va a joder, como en una olla, incrementa el calor en este infierno. Pero hay esperanza, la salida está a lo lejos y si no me rindo, puedo salir, puede que aparezca otra oportunidad. Depende de mí, depende de mi esfuerzo y triunfar sobre mi naturaleza. Estoy tan desacostumbrado a esforzarme. Como sea, todavía falta mucho. Paciencia, paciencia, me digo, sudado, con los nervios de punta, aferrado a la piedra, horrorizado, siempre totalmente horrorizado.
Me entregué y ahora aquí estoy, sufriendo como me merezco por miles de razones, por mis vicios y mi personalidad defectuosa. Nadie tiene la culpa más que yo y yo debo sacarme de aquí, tengo que seguir caminando hasta allá, la salida. Allá voy. Pero es duro, como jode el instante, el segundo pesa demasiado porque ya no es chistoso. Ya no me da risa. Accionó el interruptor del sentido del humor, lo muevo con cuidado, de arriba hacia abajo, tratando de conservar la calma, viendo nervioso, a mí alrededor, siendo testigo de los espectáculos de horror que solo el infierno puede ofrecer. Vamos, ríete, ¿no todo es gracioso? Pero esto está demasiado pesado para reírse, cuanta violencia, esto me causa demasiada angustia y desesperación y no puedo reír. Busco en mi botiquín algo que calme este malestar, pero casi nada funciona, las cosas que antes me consolaban, ahora muchas han dejado de funcionar. Llora, tontuelo, me digo, llora y ríe y repasa tus errores y púdrete en arrepentimiento. Esa es mi vida por el momento, ese es mi infierno y va a continuar a menos de que corra un maratón y yo apenas puedo caminar. Tengo que romperme a mí mismo un millón de veces. Tengo que pensar las cosas bien, tengo tiempo, no hay prisa, nada urge. Por el momento, activo mi nihilismo, ve tú, le digo, ve y haz lo tuyo, le cedo el control que yo no puedo y así, día a día, semana a semana, se va la vida y me da cero tristeza. Esta vida infernal está para desperdiciarse, pero debo tener cuidado que todavía me queda mucha. Puede que salga un día, puede que lo logre otra vez, no hoy ni mañana, pero eventualmente, y necesito mantenerme no tan cínico ni tan amargado, necesito conservar mi alma. Al fin y al cabo, está infernal, pero no mucho por ahora. Suspiro. Suspiro y sigo hasta que acabe de una manera u otra. Esta es la vida de un idiota y este es mi reporte desde el infierno.

Thursday, March 08, 2018

Sangre y Vergüenza

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Maribel, con la cara en la tierra, agarrándose la panza, se retorcía del dolor. Anahí le había propinado una buena golpiza. Estaban las dos solas en el parque afuera de las murallas que rodeaban su barrio privado. Maribel seguía en el suelo cuando Anahí, viéndola con burla, escupió, se dio media vuelta y se fue con la falda y el suéter del colegio y el sedoso cabello castaño moviéndose en el aire. Maribel, después de recuperarse un poco, se quedó tendida bocarriba viendo a las nubes pasear en esa agradable tarde de agosto. Tenía golpes en la cara y raspones en las extremidades y el uniforme de su preparatoria sucio con manchas de todo tipo de suciedad. “Tengo que aprender a pelear” pensó con una mueca, cansada de ser una víctima, viendo una nube en forma de calavera. Cuando hizo frío, se paró y se fue cojeando a su casa.
El padre de Maribel estaba sentado perdido en el oscuridad de su estudio, escuchando música de su natal Brasil, escuchaba a bajo volumen el disco Brasilia Bajo Cero de la banda de punk Os Hidriotas. En la negrura del cuatro, ahí, en el infinidad de la nada, aparecía de repente, una pequeña flotante luz roja, el atormentado caballero fumaba un porro, con la esperanza de que la música más la droga curaran lo que no pueden. “Padre mío, padre querido” se escuchó desde la puerta que al abrirse iluminó de la cintura para abajo al hombre. “Sí, qué pasa” dijo el padre desde su escondite. “Necesito dinero…  dinero para krav maga”. El tipo con pasado que perseguía, una vez con tanta promesa pero ahora con todo en la basura, estiró la mano y de un cajón sacó una chequera. “¿Cuánto?” preguntó el de apenas cuarenta y cinco, invadido últimamente por pesadumbre, despertaba y la tenía ahí, viéndolo, amenazante, diciéndole “hoy es el día, hoy te jodes”, así los últimos días. “2000 peso” dijo Maribel casi susurrando, a la figura apenas visible. “dos mil pesos” repitió el padre y rápido escribió el cheque, lo arrancó y se lo dio a la de quince años. “Hora de la venganza” dijo Maribel viendo una gota de baba mojar el cheque que apretaban las pequeñas y lindas manos.
“¡Krav Maga!” gritaban los niños agarrándose a golpes. “¡krav!” y un puñetazo fue a toda velocidad hacia la cara de Maribel, “maga” y los nudillos hicieron contacto con el pómulo de la adolescente. Maribel cayó al suelo con los brazos extendidos, “no hay piedad en este mundo” se dijo poniéndose de pie. Llevaba seis meses en clases de autodefensa israelí y las golpizas eran cosa de todos los días, estaba acostumbrada y ahora podía ser golpeada sin misericordia un buen rato y ella ni se inmutaba. “Estoy lista” dijo de regreso en sus pies y le hizo un combo de krav maga’s a su compañero de combate Agustín. Los puños aterrizaban con eficacia en el delgado y débil cuerpo; un certero golpe en la frente, otro en el pecho justo entre los pezones, uno más en el costado y así hasta que el que era abusado por sus compañeros de preparatoria, cayó al suelo repasando en su cabeza las lecciones del maestro; “el dolor…“ decía el instructor antes y después de cada clase frente a un grupo de muchachos desfigurados, “el dolor está para disfrutarse” los niños asentían y le daban la bienvenida y rienda suelta a la violencia. Con todo ese entrenamiento, Maribel, parada cerca de los pies de Agustín, viéndolo seria, se limpió los puños de la sangre. “Es hora” dijo la solemne jovencita levantando la vista, volteando hacia la ventana que ocupaba toda una pared del salón de krav maga, sintiendo al sol acariciar su primorosa cara.
Anahí tenía del cabello a Kikita Fernández, la chaparrita más linda del colegio, la zarandeaba salvajemente. Kikita gritaba con todas sus fuerzas “¡ayyy! ¡ayyyy!" y agitaba los brazos, llorando, tratando sin suerte de liberarse, Anahí la tenía bien sujetada. De un segundo a otro, le dio un rodillazo en la incomparable barriguita, “eso te pasa por coquetearle al niño que me gusta” y tomó el brazo de Kikita y le dio una mordida que provocó otro sonoro chillido. “Hoy te mueres” le dijo Anahí agarrándola de la preciosa blusa, pegando su cara a la de su víctima, antes de aventarla con fuerza considerable. Kikita salió volando, cayó sobre sus tiernas rodillas y delicadas palmas y se quedó viendo el suelo. “Madre, este es el final” dijo la linda muchacha haciendo las paces con la muerte, desde chiquita le habían inculcado el camino del samurái y no le costaba aceptar morir. Y ya iba Anahí a acabar lo que había empezado cuando Maribel apareció al final del pasillo. “¡SANGRE Y VERGÜENZA!” gritó enloquecida. Desde ese día en el parque no podía estar con ella misma por la vergüenza de ser una víctima y todo ese tiempo ansió el momento de hacer sentir lo mismo a la malvada que le había inyectado sin ningún tipo de consideración ese corrosivo sentimiento en la mente y el corazón. Ahora, era tiempo de la venganza. Maribel, con cara de demente, sintió el poder cursar por sus venas, el cuerpo ya no le pertenecía, era propiedad del Krav Maga. “¿Sangre y vergüenza?” repitió confundida Anahí muy simple para entender idea tan compleja y, antes de que se diera cuenta, ya tenía encima a Maribel aterrizando golpe tras golpe en la cara de la brabucona número uno de toda la preparatoria Alphonso Maurcio. Y gritos se escuchaban por los pasillos vacíos, “¿la sientes? ¿eh? ¿puedes sentirla?” gritaba Maribel con cada puñetazo. En un punto, Kikita, recuperada y en necesidad de compensación, se unió y las dos la patearon algo salvaje, salpicándose de sangre, vueltas siluetas contra la puerta de vidrio que daba a un día particularmente soleado. Siguió la golpiza hasta que Maribel se cansó. Se dieron cinco, dejaron ahí tirado el bulto sin forma y fueron a la fuente de sodas a celebrar con dos malteadas enormes, cubiertas de salpicaduras de sangre, la restauración de la justicia y para olvidar de una vez por todas, la vergüenza.