Thursday, May 18, 2017

El Horror de mi Cariño

78

La tía Juana me mandó un email. Me decía que era hora de que sentara cabeza y que me había organizado una cita con la hija de una de sus amigas. Vi el monitor confundido, suponiendo que se había equivocado de sobrino, pero hasta arriba decía mi nombre, “qué raro” pensé y “ok” respondí como brinquito hacia la caída libre en el abismo de la reflexión; por qué se le ocurriría a la tía Juana que era buena idea intentar emparejarme, por qué, por qué yo, y llamé a mi secretaria. En lo que esperaba, ahí sentando, cómodo, en la paz de la mañana, una idea empezó a salir como caca del ano de mi imaginación. Vi mi traje, vi mi oficina, vi por mi ventana a la ciudad extenderse y reconocí con una sonrisa formándose en mi cara, de que estaba en la cumbre del éxito clase media. A lo largo de mi adultez, distraído, movido por la inercia, carente de ambición, sólo por ser quien era y pertenecer a la familia a la que pertenecía, había escalado o, mejor dicho, me habían cargado hacia posición importante y, como consecuencia, era presa preciada en el desierto social y los buitres volaban sobre mí. Para confirmar mis sospechas, le pregunté que qué opinaba a Muriel la secretaria, ella me miró acostumbrada a mi naturaleza despistada y contestó “codiciado soltero”, “aja” respondí, agitando mi mano en su cara para que se fuera. Al final, todo el asunto me dio risa y le dije “por qué no” a la vida.
Llegué maniáticamente puntual al restaurante elegante en colonia rica. Me senté en la sección de fumar y mientras fumaba, paseé la mirada por el lugar. Estaba lleno de parejas jóvenes con otras parejas, riendo, contentas, sanas y fuertes, algunas con bebés, todas celebrando el triunfo, todas participando, todas felicitándose, todas vueltas locas en emoción genuina. “Ugh” dije asqueado y llegó la mujer. No era muy guapa, más bien ordinaria, pero estaba en forma y tenía estilo. A primera vista se veía que era inteligente, disciplinada, bien educada. Me dio un beso en el cachete, se sentó y empezó a hablar para no callarse. Mientras hablaba tuve oportunidad de examinarla. En su modo había ese nerviosismo de los actores de teatro en la noche de estreno. Revelaba con un millón de palabras que quería casarse como sea, que ya no era jovencita y la sociedad le exigía, decía tácitamente que mientras yo estuviera dispuesto a casarme, ella estaba totalmente a mi merced y que, para hacer éste uno corto, me confesó con parloteo incesante que yo tenía todo el poder. “Oh no” susurré al enterarme, sintiendo pequeña pasajera lástima que fue eclipsada por furiosa erección. Evité cantar victoria prematuramente y decidí ponerle atención. Decía que estuvo con su novio pasado diez años, que ella le hizo un ultimátum de matrimonio y que el hombre había escapado. “Aja” dije con el monstruo que todos llevamos dentro, dormido durante años, ahora despertando, “muerte y destrucción, locura y maldiciones” susurró desde mi alma corroída. “Ok” le dije temblado de la emoción y fui al baño. Ahí, puse mis palmas en el lavabo, con la vista baja, renunciando el control, lentamente levantando la cara y me vi en el espejo. Tenía los dientes apretados, sacaba baba, con los ojos en blanco, respirando duro y rápido, convulsionándome por las miles horribles ocurrencias. El hombre del baño, espantado ante el tenebroso espectáculo, se metió al closet de escobas. Concluí en que le daría rienda suelta a mis instintos y que cedería las riendas a mi naturaleza. “Lo que será, será” le dije al mundo, “ay mamá” murmuró él.
Nos casamos un año después, en otoño, en una muy bonita y cara ceremonia. “Lo que sea” le dije al padre cuando preguntó si tomaba a esa mujer que le daba absolutamente igual quien estuviera en frente y que se moría de ansia, “ya” me decía su inquietud, “vamos, idiota” me decían sus movimientos nerviosos. Apenas podía con su emoción, perecía acababa de tirar el penal que la haría ganar el mundial y veía el balón dirigirse imparable hacia el fondo de la portería. Ahí parada, exteriormente perfecta, pero en sus ojos se revelaba que estaba muy acabada, exhausta, había sufrido desde ese día en el restaurante, desde esa tarde no paré de transferirle mi pesadumbre, mis inseguridades y mierda emocional en general; sin ningún tipo de recato, dejé caer sobre ella, sin censura, con confianza, durante todo nuestro noviazgo, mis incoherentes sospechas paranoicas, le decía sin titubear mis chistes idiotas nada graciosos o mis teorías sin fundamentos ni sentido sobre las cosas menos importantes y ella,  primero horrorizada, pero luego, con su corazón de hule recibiéndolo todo, totalmente acostumbrada. Para la boda, ya nos habíamos agarrado algo de cariño y “¿qué cosa?” preguntó el mafioso religioso, “que sí, mierda” respondí malhumorado, ella levantó los puños al cielo, “¡sí!” gritó llena de alivio, lo había logrado, ahora su mamá la dejaría tranquila, ahora podía participar en las conversaciones de sus amigas “que mi marido esto, que mi marido lo otro” y, como quien acaba un maratón que le costó, se echó a llorar de la felicidad, suponiendo, siempre optimista, la muy tontuela, que eventualmente las cosas mejorarían. La miré con ganas de reír, a la pobre mujer, que en otra cultura hubiera sido una campeona, obedeciendo ciegamente el muy bien programado comando, y se entregaba, se tiraba sin reclamo en el volcán lleno de la ardiente magna que era mi constante compañía. “En fin” le dije al destino, sentando solo, bebiendo en la borrachera nupcial, una botella completa de whisky.
Pasó el tiempo, caímos en la rutina y yo seguía molestándola con tonterías, con la locura intensificándose más y más. Para entonces el cariño sólo hacia las cosas peores, era una cadena que acababa en un escusado que nunca había sido lavado. La mierda, con cada aniversario, se ponía más densa. Todas las tardes, nos sentábamos en la sala/cuarto de tortura de nuestra típica cara semi lujosa casa, y durante horas, con sólo los sonidos de la tarde a nuestro alrededor, mientras me bebía vaso tras vaso de licor duro, le descargaba encima mi cochinero interno. Así todos los días, así durante años y ella lo tomaba, ella, que tenía la inteligencia para reconocer lo que le pasaba, vivía su vida en ese mundo de mierda y yo, un tanto sádico, curioso, indiferente ante su sufrimiento, veía los estragos que mi compañía hacía en su espíritu, veía que se ponía más nerviosa, con tics nuevos apareciendo de vez en cuando y yo no paraba de platicarle nuevas y horribles sospechas sobre la naturaleza de la vida, provocando pesadumbre que yo aguantaba despreocupado chiflando contento porque toda mi vida había sido molestado por constante obsesión morbosa, pero a ella le costaba, ella se preocupaba, tomaba las cosas en serio, se ponía a intentar resolver mis problemas imaginarios y, lo peor de todo, confundía mis discursos pesimistas con sentimiento genuino, decía que me importaba porque le compartía el producto de delirio enfermo e infinito y ella hacia lo que podía, aguantando el martirio emocional, y yo, la verdad, si la tía Juana no nos hubiera puesto en contacto, lo mismo me hubiera dado entregar mis funesto monólogos a un perro o algo. “Blah blah blah” todos los días, así muchos años, hasta que un día, cuando ya no pudo más, se tiró por la ventana. “Vaya, vaya” le dije, viendo por la ventana con el vidrio roto, contemplando a la exmujer ahí tirada, con sentimientos extraños circulando atolondradamente por mi alma, a la muerte.

Tuesday, May 09, 2017

Amenazas al Mundo

77

Le escribí una carta de amor a una culoncita. En un pequeño papel perfumado, con letra manuscrita, le escribí “siéntate en mi cara”. Ella no volvió a dirigirme la palabra ni verme a los ojos. “Lo que sea” le dije al suelo, colorado, sintiendo el rechazo. Es dura la vida.
“Qué puedes hacer más que quejarte, amargarte, que se te envenene el corazón” les decía a las amenazas al mundo que caían sobre mí como avalanchas de metal. Las miraba, impotente, con tristeza e indignación y trataba de seguir adelante, pero no podía, una ira expansiva explotaba en mi centro y me hacia enloquecer. “¡Civismo!” les gritaba golpeando mi volante. Pasaba y otra vez casi me pegaban sólo para escapar por un milímetro. “Amenazas al mundo” les decía en rabia, continuando la algo tortuosa rutina “van a ser el fin de mí”.
Y ahí estaba sentando, incrustado en el tráfico, viendo, con la mente contaminada por tanto internet, la procesión de los no muertos, tratando, ya sin éxito, de sentirme superior, pero no, ellos y yo somos lo mismo, no hay remedio. Se escuchaba el mismo pop de siempre, sonaba en el fondo de mi esfuerzo colosal para no recordar cómo llegué ahí, yo con tanta promesa, y espantaba esos pensamientos pero sin falta se escabullían, hace cuánto de eso, oh no, hace cuantos años de eso otro, ay mamá, no hay escape, ahí en el tráfico, con el cachete recargado en la palma, sacando lastimeros patéticos suspiros, viendo aburrido por la ventana. Miraba el tráfico y otra vez, otra vez casi me llevaba una amenaza al mundo, otra vez casi me sacaba del camino, el monstruo infernal, moviéndose irresponsablemente por la calle, maldito sea.
“Qué envidia me da la gente adaptada” pensaba ahí en el tráfico, superando el coraje “qué envidia me da la paz que muestran. A lo mejor sufren tanto como yo, igual y apenas soportan su vida, pero no, no creo, nadie puede actuar tanto tan también, casi tengo la certeza de que no fantasean con escapar a otra cárcel y que tienen buena actitud, que están tranquilos, que son felices, con sus cositas y sus relaciones y la dinámica, no hay duda de que se la pasan bien”. Sentía envidia entre esos miles de ataúdes con ruedas, tratando de acostumbrarme, untando pomada sobre las yagas del capricho, ansiosamente repitiendo que todo estaba bien y que no pasaba nada, pero cuando la acidez en el espíritu empezaba a retroceder, cuando se avecinaban el alivio, llegaban las amenazas al mundo a recordarme donde estoy y cuándo y por qué.  “¡Amenazas!” gritaba enloquecido “van a ser mi fin” y maniobraba, frenaba y aceleraba y explotaba más envidia, pero ahora hacia los que no tenían que lidiar con esa mierda, había gente en el mundo que manejaba sin ser acosada, había gente que iba tranquila de aquí a allá sin monstruos poniendo en peligro la integridad del carro, qué envida me daban.
Pasaba el rato y se me olvidaba, ya en la oficina, con una señora horrenda sentada junto mí, viéndome detenidamente mientras trataba de ignorarla. Ahí sentando, sacaba pequeños débiles suspiros y reconocía, lo que empeoraba todo, que merecía todo lo que me pasaba, que no importaba cuánto berrinche hiciera, estaba donde pertenecía, pero eso no significaba que no iba a intentar escapar, oh no, la esperanza no dejaba de arder y me preparaba para lograrlo esa vez. A la mierda la señora, a la mierda la rutina, a la mierda las amenazas al mundo. Pensaba lo anterior viendo alejarse a la culoncita, expresando seria lujuria, mordiendo mi labio inferior, haciendo ruido y entrecerrado mis ojos. Luego “no hay remedio” me decía, levantando los hombros, resignado, y apagaba las luces de la conciencia y me metía en ese lugar en mi cabeza, listo para recorrer de bajada el resto del día.

Monday, April 10, 2017

Pandilla En Bicicleta

76

Mi primo Carmelo y yo, tomando caguamas, fumando marihuana, escuchando rock n roll, en la casa de nuestra abuela inválida, nos dijimos que la vida debía ser más que eso y decidimos formar una pandilla, una pandilla en bicicleta.

Congregamos a los muchachos de la colonia, les dijimos “amigos, es hora de echar desmadre, pero del duro, del antisocial, ¿ven?”. Fermín, Pascual, Vicente, Arturo, Mariano y Samuel estuvieron de acuerdo. Nos encontramos un lunes en la mañana y allá fuimos.

Íbamos por la calle en nuestras bicicletas hechas por nosotros mismos atacando gente de saco con cara de sueño, los hacíamos sentir el verdadero significado del lunes. Llegábamos a toda velocidad, saltábamos sobre ellos y les propinábamos cruel golpiza.

Un lunes, a Carmelo lo agarró la policía. Le dijeron “ahora sí, lesiones agravadas, crimen organizado,  etc, te vas a la cárcel”. De inmediato, corrimos a la colonia, por Cristino el abogado, quien, no más por joder al sistema que despreciaba, ayudaba a los muchachos en problemas.

Cristino sacó a Carmelo. Lo agarraron a las 10 am y para la hora de la comida ya estábamos de regreso en la casa de la abuela diciéndonos que mejor nos dedicáramos a un desmadre más inocente. Modificamos la pandilla, ahora sólo bicicletas, no más actos antisociales.

Al principio no me di cuenta, pero Carmelo había cambiado. En el ministerio público conoció a una secretaria y fue tocado por el amor. La secretaria se llamaba Wendy y era una mujer seria que buscaba compromiso. Carmelo se dio cuenta que no podía ser miembro de la pandilla.

Carmelo me golpeó con las noticias. “No puedo estar más en la pandilla” anunció con los ojos como bazucas de sentimiento. Nos sentamos tristes y en silencio en el sillón azul, viejo y desgastado de la abuela, era el fin de una era. No me dijo, pero yo sabía porque nos dejaba.

En una borrachera, se me ocurrió prenderle fuego a la casa de Wendy (quien también vivía en el complejo habitacional) y así liberar a Carmelo. Ya regresaba muy decidido de la gasolinera, cuando algo me hizo cambiar de opinión; por la ventana vi a Wendy y Carmelo abrazarse tiernamente.

Los muchachos y yo seguimos pasándola bien, resignados, en el verano infinito de una vida despreocupada. La única tristeza era cuando pasábamos frente al edificio de Wendy y veíamos a Carmelo en la ventana. Nos saludaba con una mueca triste y luego desaparecía.

Mucho tiempo después, el día de mi cumpleaños, con unas nenas y galones de cerveza, la fiesta corría fuera de control, cantábamos las canciones de la adolescencia, eran las cinco de la tarde y ya reinaba la nostalgia. De repente, sonó el timbre. Era Carmelo, Wendy lo había dejado.

Sacamos la cerveza fina para celebrar el regreso de Carmelo. Nos contó el porqué de la ruptura; Wendy se daba cuenta que Carmelo pertenecía a la calle y que se moría si no podía estar con su pandilla. Tomamos en honor a Wendy, dándole besos de vez en cuando a Carmelo.

Salimos a andar en bicicleta, sólo Carmelo y yo. Reíamos al acordarnos de todo lo pasado.  De regreso al departamento de la abuela, pasamos frente al edificio de Wendy. Me detuve un segundo, vi la ventana vacía e incliné la cabeza mostrando respeto.

Monday, March 27, 2017

Días de Mercado

75

Me veían y sabían que era un farsante. Yo sólo sonreía y los miraba a los ojos, diciéndoles con mi modo que de mí no iban a sacar nada, que, si buscaban acabarme, no iban a recibir ayuda de mí, los veía con los cachetes brillantes, masticando contento un taco desbordándose de carnitas y verdura. Frente a mí, sobre mi escritorio, donde debería estar el teclado, había dos tacos sobre un plato de unicel rodeado de lo que parecía una explosión de verdura; originalmente tres, uno de surtido, el resto de maciza, y la gente que pasaba por mi lugar me miraba, me decía “hijo de perra” y yo, contento, tomaba un trago largo y ruidoso de mi coca cola light de 600 mililitros y le daba otra mordida salvaje a mi taco llenándome aún más de grasa. Apestaba a mi alrededor, el hedor de la gordura y el cinismo y yo contestaba sus miradas con una mueca, con la cara, aquí y allá, cubierta por un poco de cilantro y cebolla, con los dedos oliendo el resto del día a limón, les decía que entendía y que todos éramos víctimas y les sonreía advirtiéndoles que no lo intentaran, prometiendo que mi fin no sería fácil, oh no, había llegado para quedarme y a lo mejor no me importaba un carajo lo que hacíamos, su razón de vida, su pasión, el centro de su universo para mí no era más que dinero en la cuenta, una silla y una computadora con internet, a lo mejor me estaba suicidando súper lento, pero no había razón para el azote, o por lo menos no ese momento, porque la esperanza no estaba ni cerca de dejar de arder,  y yo estaba ahí ganando tiempo, lamiendo mis heridas, alistándome para salir de la trinchera a ganar la guerra de la vida, pero eso no significaba que no pudiéramos ser amigos y nos lleváramos bien ya que no podían hacer nada al respecto, les decía con mi sonrisa, con mis ojos amigables, les recomendaba que se rindieran ante la naturaleza de las cosas, pero, como sea, perdonaran la farsa o no, tenían que disculparme porque se habían acabado mis tacos, ya no había coca cola light y sonaban las primeras notas de la sinfonía asquerosa del fallo intestinal. Alejaba mi cara de la suya, recibía la señal del IBS, corría al baño a destruir porcelana y regresaba sintiéndome un millón de veces mejor. El resto del día me echaba en la silla como en un dona inflable sobre río artificial con corriente en parque acuático y ponía mis manos en mi panza, clavaba la mirada en la nada, superando el inicial shock al sistema, sentía el placer del otra vez armonioso y sutil funcionamiento de las tripas, pasando mi lengua por mis labios, recordando con cariño mis tacos, oliendo de vez en cuando mis dedos, ansioso por los siguientes días de mercado.

Friday, March 17, 2017

María Luisa

74

María Luisa agarró de un lado de su cama, de la alfombra morada, una botella de vodka y se tomó la mitad, su manera de saludar al mundo que odiaba y que la odiaba. Después del trago se echó otro rato a sentir el vodka hacer lo suyo y al duro sol del mediodía escabullirse entre las cortinas mal cerradas a quemar su piel todavía tersa por una vida de despreocupación y dormir mucho. Dolores Trinidad, la sirvienta, entró en silencio para ayudar a parar, llevar al baño y encuerar a su patrona de uno cincuenta de altura, ni gorda ni flaca, con cachetitos primorosos, ojos grandes castaños, corte de pelo caro que aparecía de repente de vez en cuando. Dolores Trinidad ponía bajo el agua tibia a María Luisa quien seguía dando tragos un poco más decentes a su botella, con los ojos cerrados no del todo despierta y Dolores Trinidad, con enjundia y dedicación, tallaba el cuerpo todavía firme de su señora. Acababa el baño y María Luisa era vestida con increíble ropa interior y llevada frente a su tocador, a ser untada de mil pomadas y cremas y ser maquillada ya con sólo un cuarto de la botella restante. Dolores Trinidad se alejaba para apreciar su trabajo, orgullosa, “bien hecho, Dolores Trinidad” se decía viendo a María Luisa quien termina el vodka con un último gran trago, éste terminaba de despertarla, lista para empezar su día.

Tambaleándose, con botella de vodka fino en bolsa de diseñador, con lentes oscuros en la cara y ropa elegante en el cuerpo, María Luisa subió al carro sin darle los buenos días a Joaquín, el chofer. Joaquín puso el coche en marcha y dieron vueltas por la ciudad, a María Luisa le gustaba tomar en movimiento, recorriendo las calles sin rumbo, escuchando pop de vanguardia curado por Joaquín quien ocupaba su tiempo investigando rigurosamente el género. De repente, a María Luisa se le ocurrió ir a tomar afuera de la oficina de su marido. Sin realmente saber por qué, libre de celos o cualquier otro tipo de inseguridad, la daba algo de risa y curiosidad la idea de espiar al hombre por quien nunca sintió nada. Allá fue y ahí se quedó, bajo el sol brillando, en la calle casi vacía, rodeada del silencio de martes a la una, sentada en el carro, bebiendo, con Joaquín entretenido en su teléfono. De repente, apareció el esposo, quien fue abordado por una nalgona. María Luisa los vio inexpresiva reconociendo el amorío y una mueca de desprecio fue gradualmente apareciendo en su cara al verlos besándose y manoseándose ahí en medio de la calle. María Luisa, invadida por la incomodidad de la infidelidad, pero más todavía, por el asco absoluto que le provocaban las muestras de afecto públicas, no supo qué hacer. Un segundo y por instinto le dio un manazo en el hombro a Joaquín, señal para moverse.

Dio vueltas, viendo por la ventana, bebiendo, reflexionando sin querer sobre todas las relaciones de su vida, la chispa del amorío de su marido había prendido la mecha de una tonelada de repaso; nadie la aguantaba y ella no aguantaba a nadie tampoco, así desde bebé, nunca había pertenecido, todo siempre le pareció una molestia, esto reflexionaba con creciente comezón existencial esparciéndose por su alma. Se le ocurrió cambiar, pero qué pereza, la humillación de todas esas veces que lo intentó regresó como un puñetazo a su orgullo; no sólo la gente, la vida en general la tenía cansada, no valía la pena y concluyó que lo mejor era decirle con permiso a la existencia. Manos a la obra y siguió bebiendo, pero ahora con furia, como corre un prófugo que nunca estuvo del todo a gusto en la cárcel, pasándome en mi camino al trabajo, parando sólo por gasolina, más vodka y pastillas subidoras para Joaquín. Así toda la semana, sin tregua, sin pausa, hasta que un día, durante una hora mágica, de pronto, por fin, todos sus órganos votaron unánimemente por fallar. María Luisa lo sintió todo, contemplando en movimiento la luz del sol filtrada entre las ramas de los árboles y las casas enormes y lujosas, sin dolor, sin miedo ni angustia, hasta cómoda, experimentó como se moría. Joaquín, en trance por no dormir 7 días y la mejor compilación de pop que haya existido jamás, se dio cuenta horas después, cuando por instinto, llegó a la casa de su patrona. Ahí encontró a María Luisa muerta, abrazando su botella, con una sonrisa tierna y conmovedora expresión, libre al fin de este cochino mundo. 

Friday, March 03, 2017

Arnoldo Gutiérrez

73

Escribía un poema en hojas de cuaderno forma francesa. Se lo escribía a una mujer que me ponía a trabajar el ordinariamente aletargado corazón, me lo aceleraba cada vez que la veía pasar, cada vez que aparecía como esa canción en el radio que no sabes cómo se llama pero te encanta; de repente pasaba por ahí, a la distancia, con su pelo mal pintado, maquillaje barato, de lejos esplendorosa, de cerca se veían sus defectos, se revelaba lo corriente que era, pero a mí no me importaba, me arrebataba el aliento y me inspiraba algo grande. Yo no soy un intelectual, entiendan, apenas sé leer y escribir, pero un día, en el metro, en el trayecto de regreso a su casa, leí un libro sobre poesía ¿por qué no? Leí sobre Pushkin, leí sobre Byron. Tiré el libro a la basura, en trance, despojado del control por una ocurrencia que se formaba hasta que terminó brillando intensamente. “Pues claro” anuncié al decidirme a exteriorizar en forma de poema mis sentimientos.

Al día siguiente, en la cafetería del edificio de corporativos donde trabajaba, me desayunaba un tamal, con el proyecto del poema en el basurero del olvido. Terminé mi desayuno, subí al elevador de la recepción, pensando que a lo mejor me gustaría ser cantante, pero justo en ese momento, antes de picar el botón de mi piso destino, corriendo como simia, señal divina, entró la mujer y subimos los dos solos, con el tiempo todo alterado, me quedé atorado en ese segundo un buen rato, respirando su perfume, sintiendo su presencia, con los ojos cerrados y las fosas nasales puestas a prueba, así el poema estaba de regreso, hasta arriba en la lista de prioridades. Un parpadeo, un ping, piso 30 y ya no estaba, me dejó atontado, con el tanque de inspiración desbordado, reaccioné después de estar bajando y subiendo por el edificio una buena media hora, con gente notándome, extrañada. Desperté del ensueño lleno de determinación, por fin piqué el piso al que iba y descendí. Mi lugar de trabajo estaba en el sótano #10, me dedicaba a capturar datos. María Luisa, una señora que no daba ni los buenos días, llegaba con expresión altanera, empujando un carrito con torres de papel y yo y mi único compañero, el flaco Rodríguez, metíamos su contenido en el servidor de la oficina. Casi todo el santo día nos la pasábamos en aquél sótano oscuro y húmedo, con dos escritorios, cada uno con su computadora; éstos estaban uno frente al otro, a cada lado de las puertas del elevador; el resto del gigantesco lugar, pasándonos, extendiéndose hasta perderse en la oscuridad, era un laberinto de estantes llenos de archivos maniáticamente ordenados sobre todo por el flaco Rodríguez.  El flaco Rodríguez era un viejo casi pelón, delgado como la muerte, alto como basquetbolista, con lentes oscuros siempre escondiendo su mirada; como muchos de su generación, no hablaba y se dedicaba a oír a un volumen casi imperceptible la estación de radio El Fonógrafo, inmóvil en su silla, viendo la nada, fumando cigarrillo de clavo en lugar cerrado, apestándolo todo. Dirán que qué molesto, pero lo soportaba porque yo no estaba libre de mis anomalías, de repente me daba por balbucear tonterías durante horas o, invadido por espontanea emoción, me ponía cantar canciones originales. Además, el flaco, todas las mañanas sin falta, iba al Starbucks y nos traía café tan cargado como revolver antes de duelo. En general éramos felices y la pasábamos bien, capturando, ocupados, él con sus cigarros o su parálisis y yo con mi poema o el youtube.

Terminé y editaba mi poema, masticando lápiz, leyendo, revisando con cuidado, tachando aquí, agregando allá, con la imagen de la mujer proyectada siempre en mi pantalla mental. Lo titulé Arnoldo Gutiérrez porque así se llamaba mi protagonista; trataba de un tipo que escribía un poema para una morra que lo mandaba a volar, el romance que nunca empieza, la esperanza frustrada, el aborto del corazón, es duro el amor y más frio que la muerte; la mujer lo rechazaba porque tenía novio, un tipo no guapo ni feo, vulgar y ordinario, galante, con dinero, pero sin educación y nada original, que siguió el programa a la letra, que sabía venderse, convencía a la gente de que sabía lo que hacía, de que tenía control sobre su vida, de que cuando miraba adelante veía sólo triunfo y promesa y quien no quiere estar con alguien así, se iban a casar, no la iba a volver a ver y a la mierda Arnoldo quien recibía la negativa, se azotaba y luego iba a seguir sin remedio por la vida. Acabé de leerlo una última vez. Pensé que era curiosa mi decisión de que hombre del poema no lo lograra, un escalofrío me recorrió el cuerpo. También me pareció exageradamente meta y cursi y no sabía si era bueno o malo porque nunca había leído un poema en mi vida, pero era lo mejor que podía hacer y eso ya era una victoria. Ahora necesitaba la opinión de alguien más. Miré nervioso al flaco ahí inmóvil dándole repentinas fumadas a su cigarrillo. Me paré torpemente y fui arrugando más de lo que ya estaban mis arrugadas hojas forma francesa llenas de extremo a extremo de la peor letra jamás y se lo di, “dime lo que piensas” supliqué antes de regresar nervioso a mi lugar a morderme la uña del dedo gordo y moverme ansioso como alguna especie de perro diminuto con problemas de nervios. El flaco lo acabó, se levantó con usual movimiento lento, imaginé que rechinaba, y fue a pararse junto a mí. Puso las hojas muy ordenadas sobre mi escritorio, me les quedé viendo un segundo y luego volteé hacia el flaco, lo vi a la cara y me sorprendí al ver que no tenía sus grandes lentes de oscuros de siempre, la primera vez que veía los ojos del flaco; me miraba con sentimiento fuerte y genuino, “flaco” susurré, inseguro de lo que pasaba. De repente su mano salió disparada hacia mí, yo la contemplé confundido hasta que comprendí lo que quería, la estreché y mientras agitaba su mano, la emoción y la felicidad se apoderó de mí. “Es un éxito” me dijo aquél apretón y yo le creí.

Temprano, al día siguiente, en el estacionamiento del edificio, en el frio de la mañana, esperé a que llegara la mujer, con el poema sujetado por un listón y moño que pedí rojo, pero en realidad era naranja, no podía ser de ninguna otra manera. Llegó por fin, a toda velocidad en su motocicleta, con un cigarrillo en la boca, bien abrigada, me parecía se veía mejor que de costumbre, desmontó y caminó con prisa. Me le acerqué por atrás y le toqué el hombro. Se dio la vuelta y, de inmediato, al verme, reconoció lo qué pasaba y, antes de que le pudiera decir “oye nena, yo te quiero” o “vamos, pequeña, te invito a que me quieras”, empezó a recitar lo que decía cada vez que algún ingenuo idiota llegaba a declararle su amor “me atropellaron hace 5 meses, desde entonces no siento nada por nadie, no es personal, pero no me interesa, seamos amigos, ¿ok?” acabó, dio media vuelta y se fue. Yo me quedé atónito, con una mueca proyectando un millón de sentimientos y sensaciones, un desfile de ideas pasaba corriendo por la avenida principal de mi cabeza. “ok, bye” fue todo lo que pude decir al destrabarme y sentí la dura cachetada de la realidad. Bajé la cabeza, vi mi poema que me había costado tanto trabajo, me llené de tristeza y, ahí, en el estacionamiento, con gente pasando viéndome con curiosidad, empecé a llorar.

Todavía con moco y lágrimas en la cara, llegué a mi lugar y, con un torrente de sentimiento azotando mi centro, olas gigantes de conmoción chocando furiosas contra mis adentros , esperé a que se acabara el mundo, a que me deshiciera, a que me explotara el pecho, pero nada de eso pasó; el planeta, como si nada, siguió girando, el tiempo siguió avanzando indiferente a mi sufrimiento, “qué más da, qué importa” comentaba casualmente todo a mí alrededor cuando me hubiera gustado que alguien me tomara y me consolara, pero no hay piedad ni misericordia, sólo dura y constante soledad, las cosas son como son y el reclamo es absurdo y debería darme vergüenza siquiera el antojo de berrinche. Así seguí unos minutos, repitiendo lo anterior como mantra que normalmente funciona, pero que esa vez no estaba haciendo lo suyo; esperaba ansioso a sentirme como siempre y a que llegara el alivio, pero en su lugar llegó el flaco con los Starbucks diarios, me dio el mío, por reflejo le agradecí con la mirada, nuestros ojos se encontraron, nos quedamos viendo unos segundos en silencio, él ahí con sus lentes negros, yo acá con el dolor insoportable haciendo estragos y, como puertas de mausoleo que se abren, los músculos en mi cara se movieron para hacer una mueca de resignación. Saqué del interior de la chamarra mi poema y me le quedé viendo un momento. Todo el sentimiento de hace rato se abrió paso, traicionero, rebelde ante cualquier racionalización. Se hizo pedazos la presa del estoicismo y la tristeza desgarradora salió desbocada, llegó corriendo como ojete en la edad media sobre población enemiga y le prendió fuego a todo, violó mi pena y empecé a llorar otra vez, haciendo bola el poema y, haciendo ruido de reclamo, lo tiré a la basura. “¿Por qué?” le pregunté al techo con el berrinche explotando como fabrica en China “¿por qué?” pregunté con lágrimas bajando hacia mis orejas, con el dolor superándome. Ahí me quedé, llorando como chiquillo hasta que me cansé de todo y me puse a ver videos de youtube. “Eso me pasa por intentarlo” dije lleno de amargura, viendo, con el cachete recargado en la palma, sacando ocasionales suspiros, a gente en el monitor riendo, gritando de la felicidad, correteándose en un parque, pasándola bien y disfrutando de la vida, en lo que parecía otra dimensión.

A LA INSPIRACIÓN DE ESTE CUENTO

Monday, February 13, 2017

Gordo Pajero

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Irvin se miraba en el espejo del baño del cuarto de servicio en la azotea de la casa de su madre. Con un brazo un millón de veces más grueso que el otro, pasaba sus manos afeminadas y rechonchas por su barriga cubierta aquí y allá por un poco de pelusa. Sentía la ruina que eran sus genitales y el dolor desde el hombro hasta la muñeca de su brazo derecho. Se veía con gesto de angustia y “no más” le dijo a los ojos tristes llenos de desesperación, de ansia y de deseo de su reflejo. “No más” le dijo a su gordura, con voz quebrada. Esa noche era la última del año y el próximo iba a cambiar, iba a dejar de ser un gordo pajero.

La casa de la mamá de Irvin estaba junto a un colegio de señoritas. A las 12 del día, todos los martes y jueves, los sueños de Irvin terminan con pujidos femeninos tiernos juveniles de esfuerzo; “¡ahí está el pan!” gritaba una, enloquecida, volando el balón. El gordo pajero abría los ojos de par en par y, antes, el año que acababa, se paraba desnudo de su maloliente cama y se pegaba a la ventana que daba justo al patio del colegio de señoritas. Se pegaba de la cintura para arriba, no por decencia, así era la ventana, y en su cachete, sus senos de hombre y su barriga sentía el calor del mediodía, imaginaba que provenía de las jovencitas abajo, vestidas con, oh, sus ajustadas playeras blancas, ay, escondiendo sus senos no terminados moviéndose allá atrás de la tela y, uff, con sus short shorts azules cubriendo, dios mío, sus nalguitas primorosas, jugando intensamente al voleibol. “oh cristo!” gritaba Irvin con el deseo tomando control y se masturbaba cincuenta veces, se masturbaba tanto que el pene terminaba morado eyaculando aire, sacando un triste chillido. Irvin torturaba al aparato buscando desesperado aunque sea un poco de placer, pero ya no sentía nada, su miembro parecía ya no pertenecerle, le exigía a un globo desinflado, “vamos” le decía “quiero sentir” y se masturbaba cincuenta veces más, “¡vamos!” le gritaba a las ruinas entre sus piernas. “Nada, nada nunca más” pensaba Irvin y se echaba, maloliente, con creciente dolor en el brazo y el pene, en su cama rodeada de bolsas grasientas de carls jr, a llorar entre los ruidos de las niñas burlándose de él.

10… 9… 8… 7… 6… 5… 4… 3… 2… 1… ¡feliz año nuevo! No más pajas y gordura para Irvin, no más. Ese año iba a ser diferente, ese año le iba a echar ganas e iba a corregir el rumbo, se decía decidido, echándose porras, juntando toda la fuerza y esperanza y empezó el año, primero de enero y esperó no caer y perdonarse sí lo hacía y levantarse “es segura la recaída, quien sabe la levantada” se tatuó en el brazo; estaba emocionado y aterrado al mismo tiempo, plenamente consciente de su naturaleza, pero no importaba nada, no había escusa, era hora de la responsabilidad. “Lo voy a lograr, por dios, que lo voy a lograr” decía en la oscuridad del cuarto de servicio, moviéndose ansioso, alumbrado intermitentemente por los fuegos artificiales a la distancia, escuchando los gritos de felicidad de los vecinos, esperando a que pasaran los 12 meses.