Sunday, January 25, 2015

120 días de pompdoma (parte 2)

40
pompitas alonzo, el escritor de cuentos cortos y virtuoso del timpani, después de lograr escapar de su departamento, su puerta estaba escondida atrás de una muralla de correo, rodó por las escaleras hacia el lobby de su edificio. bajar escaleras había probado ser más complicado que caminar. golpeó el suelo como sólo alguien que está constantemente golpeando el suelo puede: con gracia y estilo. "pompitas alonzo" susurró la señora portera consuelo quien creía muerta a la promesa, al verlo aterrizar justo frente a ella. pompitas no se enteraba de que pasaba a su alrededor, estaba desterrado a un mundo de dolor y asco. una vez en el frío y recién trapeado suelo, se arrastró gruñendo maldiciones, con los ojos dándole vueltas y con viscosas olas de nausea chocando feroces contra los arrecifes de sus adentros. se detuvo un segundo como quien al fin descubre el por qué de la inusual retirada del mar y ve impotente venir un tsunami destruye ciudades. un segundo y chorros de vomito salieron disparados como géiser infernal. el suelo, de repente, fue cubierto por una pasta marrón y verde con cubos cafés y amarillos. la señora portera consuelo atestiguó la tragedia, parada sin poder creer. dos gotas le pegaron, una en la mejilla, la otra en su vestido nuevo, comprado sólo ayer, con motivo de su aniversario. "pompitas alonzo!" rugió la señora portera consuelo y con movimiento ágil y sin pensarlo dos veces, tomó su escoba y la tronó en la espalda del monumentalmente crudo acróbata del lenguaje. el dolor reinició al autor quien se incorporó como muerto viviente, se tambaleó, arrastrando el vomito a donde no había llegado, y salió a la soleada tarde, a la concurrida calle. la señora portera consuelo, temblando del coraje, regresó a su horrenda niñez en su nativa yugoslavia. acababa de volver a ver pasar lo impasable, sujetando el pedazo de palo tan fuerte que se le astilló la mano. al verse sola y una víctima, al tratar de seguir adelante y resignarse a trapear por segunda vez el lobby de considerable tamaño y llegar tarde a la cena con el único hombre ha amado y al acordarse que se había quedado sin escoba, la señora portera consuelo no tuvo de otra que echarse a llorar sobre no lo peor que ha salido del autodenominado artista pompitas alonzo.

como un bebé sin cerebelo o sea con el equilibrio todo jodido, pompitas, guiado por la costumbre de años, caminó deslumbrado por días sin sol y aturdido por el infernal ruido de ciudad, hacia la mesa de siempre en el café verdi. vio una silueta y fue como simio hacia ella. "pompi" oyó que alguien le decía "hueles a muerte, no seas así" y recibió dos besos, uno en cada primoroso y sucio cachete. "loli" dijo pompitas, reconociendo la voz de su excelente amiga/agente/editora/confidente/etc. de años, "dame algo... que no puedo, simplemente no puedo" se quejaba con los ojos cerrados, con la boca abierta, con la cabeza echada hacia atrás, moviéndola de un lado a otro. pompitas se dejó caer ruidosamente sobre una silla, ofreciendo lastimero espectáculo a todas las decentes personas alrededor. lolita hizo una mueca, exploró su bolsa gigante atascada y sacó dos pastillas amarillas. las puso en la mano de la fábrica de cuentos, esperó no matar de sobredosis y dio un vaso de agua fría y fresca. "toma" y la increíble droga de señora bajó a hacer magia, a liberar como justiciero los sistemas del cuerpo esclavizados por abuso irresponsable. la droga de señora, la más efectiva, la número uno, fuegos artificiales en momento perfecto. el escritor, de un segundo a otro, ya tenía el color de vuelta y el brillo de un millón de faros explotando. pompitas estaba de regreso. "lolita" dijo arreglándose el cabello seboso y el abrigo maloliente "que pasa, que dices" y luego una risa autocomplaciente de supuestamente la criatura más graciosa de la creación. lolita hizo una mueca de desaprobación indulgente, "pompitas, en buen momento regresaste" dijo ya perdonándolo todo. pompitas, incapaz de poner atención, echó un vistazo al rededor, reconoció las diferencias en el mundo del futuro después de su desaparición. recordó el duro comportamiento del tiempo y, después de ver que lolita ya no era una jovencita inteligente atormentada por la confusión de haber nacido ganando guapa caprichosa en rebeldía sin sentido decidida a hacer repelar a su mamá, y se había convertido en una señora segura de sí misma rica elegante en armonía con la familia y la sociedad con marido apropiado con morena a un lado cargando bebé ajeno, miró con sentimiento el cielo gris, oh la banda que nunca se detiene, llevándonos sin piedad hacia la nada, empujándonos sin remedio por la plancha cruel que es la vida. lolita, con certera cachetada, despertó del ensueño al generoso de verso, y adoptó postura de negocios, no había tiempo para tonterías. "pompi, dejame ir al grano" dijo escupiendo su cigarro, "has triunfado" dijo viendo con seriedad intimidante a pompitas que bebía café ultra poderoso, "aja aja" decía él nervioso sin entender que pasaba. "has pegado, has pegado con los viejos, has pegado con la adolescencia, para que éste sea uno corto, has pegado con todo quien tiene dinero para desperdiciar" decía la normalmente ecuánime lolita ahora acalorada con los puños cerrados haciendo ademanes enloquecidos, con los ojos muy abiertos, con un mechón volando, con las venas marcándose, con emoción genuina poniendo a su aletargado contemporáneo corazón a trabajar. pompitas ya estaba distraído viendo las curiosidades del futuro "uh qué eso eso, ah qué es aquello". lolita lo tomó del abrigo, lo zarandeó con fuerza y gritó acercando mucho su cara a la de él "mierda, pompitas alonzo, eres un éxito, carajo!" y lo aventó contra la silla casi tirándolo. lo que una vez fue habladuría juvenil y producto de ocio se había convertido en negocio serio, algo de verdad. el cuento largo (novela) escrito un buen día, hace muchos años, había pegado y brotaba la fama y el dinero y ahora la cosa había adoptado una seriedad adulta a la que pompitas alonzo era irremediablemente inmune. lolita se acomodó el mechón, sacó un cigarro y dijo con el corazón pesado, sabiendo con quien hablaba "todo lo que hace falta para consolidarse es... otro libro" en los ojos de la mujer se delataba una preocupación justificada, en su movimiento ansioso de pierna había comprensible desesperación. pero por suerte, la mano de lolita sobre la mesa fue tomada por la pegajosa y manchada de pompitas alonzo "perdona mi corazón enloquecido" dijo con los ojos sobrecargados en sentimiento el autor de cuentos como el mañana se llama benita y hola quien habla "no te preocupes por nada". del asqueroso abrigo sacó una bolsa de super, de la bolsa de super sacó un montón de papeles sucios y arrugados con una rajada en medio y del montón de papeles sacó lo que la humanidad había estado esperando desde que un mono se dio cuenta que nada tenia sentido. pompitas, haciéndose el gracioso, ofreció ceremoniosamente el manuscrito y se echó para atrás en la silla sonriendo con extraña confianza. lolita, junto con todos en el café, parpadeaban dudando sus ojos. "120 días de pompdoma" leyó lolita escrito en letra manuscrita súper linda, después levantó la vista, vio al escritor irradiando orgullo. en los bien pintados finos labios apareció una sonrisa de incredulidad "no jodas" y todos en el café irrumpieron en aplauso.

un buen día, hace muchos años, pompitas alonzo todavía dormido a una hora obscena, con la panza de fuera y con moco inflándose con cada ronquido, fue despertado por su pobre madre. "alphonso mauricio!" gritó la señora, "te vas al pueblo con tu abuela!". la abuela se sentía sola y la familia no quería que muriera abandonada. el único desocupado ese verano era el futuro escritor antes alphonso mauricio ahora pompitas alonzo, elegido para ir a hacerle compañía y, de paso, dejar de estorbar. así, esa misma tarde, la mamá, manejando a mil kilómetros por hora, pasándose todos los altos, lo llevó a la central de camiones. "sé bueno" le dijo la mamá a pompitas en las escalones al camión, le dio la bendición a la distancia y allá fue pompitas alonzo, hacia el bosque junto al mar, hacia el pueblo de su abuela, a pasar los meses más importantes de su vida.

CONTINUARÁ.

Saturday, January 24, 2015

9 años de locura y emoción

Eee! Ahh!!

http://www.muerdemeunanalga.co.nr (.blogspot.com) cumple 9 años.

Hurrah!

Estoy de fiesta!

Sí! sí! yippy!

Sigan leyendo y díganle a sus amigos.

Un beso y un guiño

Atte.

A. M. "pompitas" Alonzo

Wednesday, December 10, 2014

La Muerte Se Vuelve Tú

39

“ahhhggg!!” grité y me explotó el corazón. Una papa frita voló por el aire, una lata de bebida energética rodó por ahí. Mi cuerpo gordo y feo le pegó al suelo. Los ojos se me fueron para atrás, espuma salió de mi boca y me convulsioné un poco. Abandonaba el mundo como llegue a él, todo sucio y maloliente. Estaba en camino, se acabó todo, me iba al infierno.

Los paramédicos llegaron haciendo más escándalo del que hacia falta. Se abrieron paso, empujando a la gente que gritaba espantada a mi alrededor. Al descubrir "la vida es abuso" tatuado en mi pecho unos cuantos botones le pegaron en la cara a una secretaria con piel arruinada por tanto maquillaje. Mi cerebro, apagándose, liberó ricos químicos y aluciné que descendía.

Llegué a un bosque denso y oscuro. La duda y el miedo me taclearon, me sostuvieron en el suelo y me agarraron a golpes hasta aturdirme todo. “mierda” dije sentando con las piernas estiradas, “puta” dije al reconocerme muerto, ya aceptándolo todo, nada es como te lo imaginas. Me paré, limpié las palmas en mis pantalones y, sin saber por donde empezar, fui a recorrer el otro mundo.

“maldita sea” dije amargado al ver llegar a mi guía, el chichimeca Ortega, esperaba una celebridad o algo. “chichimeca” le dije al reconocer que las cacheteadas de la desilusión no acaban con la vida “perdóname, pero esperaba un poco más”. el chichimeca me hizo una mueca de odio en extremo afeminada, no muy impresionado con mis fanfarronadas y salimos del bosque.

Llegamos a un edificio gigantesco y se abrieron automáticamente las puertas de vidrio. Nos subimos a una cinta desplazadora como esas que hay en los aeropuertos y cruzamos el lugar con música lenta y pesada sonando siniestra en el fondo. Me quedé parado admirando el lugar con gesto idiota hasta que encontré la cara del chichimeca. Recibí otra mueca desaprobadora y caminamos a paso rápido.

El chichimeca Ortega señaló unas sillas, me apretó la verga, hizo un ruido, me golpeó con una última expresión de desprecio y se fue. Encontré a un señor gordo de bigote leyendo muy contento una revista sobre queso. Vestía shorts beige, chanclas con calcetines grises y camisa color mamey. “que onda” le dije, él me vio sonriente y dijo “estamos muertos”,  le di un “mmmkay…” y fui a explorar.

“Pero... qué es esto?” le pregunté a una negra recargada contra la pared, fumando despreocupada. “y yo qué sé, negro” me dijo y se fue. No le di importancia y seguí inspeccionando la maquina que parecía una de esas cabinas donde te tomas fotos con las amigas. KIOSKO DEL RECUERDO decía entre estrellas y corazones arriba de gente sonriente. entré, me senté y esperé.

yo de niño comiendo helado, viendo el sol, deslumbrado. yo de puberto perdido en el deseo viendo con lujuria a una de mis compañeritas de secundaria. yo de adolescente tambaleándome gritando maldiciones. yo de adulto joven sentando con la mano en los pantalones viendo la tele. yo de adulto adulto viendo la pared con gesto idiota en una oficina rodeado por la quietud de la mañana.

Paseé desanimado entre tiendas de souvenires de la vida, mordisqueando un pretzel que encontré tirado por ahí. Por suerte encontré justo a tiempo justo lo que necesitaba. El bar era de esos que frecuentan sólo señores. De decoración anticuada, sillones de cuero gastado, oscuro, con ningún otro propósito que beber las penas afuera, nada de pretensiones. Sólo hombres rotos y nada más.

Me senté, pedí un porro y un whiskey con un poco de agua mineral. En nada llegó el porro mejor rolado en el que he puesto mis sucios labios y el whiskey, oh dios mío, el whiskey de calidad inigualable! “señor” me dijo una voz en la oscuridad, acercando un encendedor a mi cara. “ah sí, claro” dije, no acostumbrado a tanta atención. Fumé y bebí como si hubiera sido alguien.

Se prendió una luz en un pequeño escenario a unos metros de mí. Un gordita linda y tímida subió, picó unos cuantos botones en su sintetizador, se apagó la luz y se prendió un estrobo. la música empezó, la gordita perdió toda inhibición y empezó a cantar y bailar con tanto sentimiento y gracia que quise terminar de morir para no tener que comparar ese momento con ningún otro.

Enloquecido por las drogas y movido por el talento, me paré y bailé solo frente al escenario. me moví como con la juventud de regreso. por un segundo olvidé donde estaba y por qué y me dejé llevar por el increíble ritmo, asombrosa melodía y angelical voz. la gordita saltó del escenario al reconocer mi habilidad. "oye guapo, que bien bailas" me dijo y bailamos fuera de control.

Salí del bar, empapado en sudor, de excelente humor, de la mano con la gordita. Nos veíamos con cariño y le hacia una caricia cuando sonó mi nombre por el altavoz y “sala 5… sala 5”.  los dos volteamos hacia la bocina y, antes de irme, la gordita me tomó de los cachetes, me advirtió algo con los ojos, algo que no terminé de cachar, algo como la muerte se vuelve quien sabe que.

Toqué una puerta blanca con un 5 dorado. “adelante” gritó alguien desde dentro. Entré y, atrás de un escritorio, en una oficina pequeña, estaba yo pero en forma, bien vestido y peinado, leyendo papeles sobre un folder rojo. “siéntate” me dije a mí mismo, sin despegar la vista de la lectura. "ok" dije curioso y me senté a ver que seguía. "shh!" me dije cansado del ruido por aburrimiento, "sorry".

Acabé de leer y me miré muy amable. "bueno ¿vamos?" me propuse, salimos y me seguí. mi espalda en forma y cabello bien peinado me daban una sensación de terror que me jodía y, sin importar cuanto la ahuyentara, regresaba como mosquito temerario que sabe que los humanos no somos tan rudos. "hombre muerto caminando!" gritó una chaparra mugrienta parada dentro de un basurero.

Entramos a un cuarto con paredes negras y con una silla como de peluquería en medio. "siéntate" me dije y, chiflando, me amarré de buen humor a la silla. Nada de ceremonia, nada de explicaciones. Parecía me alistaban para un cohete sin destino. Me encaré sonriente, "listo?" me pregunté, yo no dije nada, sólo veía todo con horror creciente. Desaparecí y ahí me quedé amarrado. 3... 2... 1...

Las paredes negras se volvieron mi vida en cámara rápida que terminó antes de que pudiera contemplar, le di una mueca y en nada ya era colores y sensaciones sin sentido. se oyó un ruido monótono. olió a ropa recién lavada. en mi boca el sabor a chicle que llevaba años masticando. sentí cosquillas por todos lados. un "piiii!". todo desapareció y floté inexpresivo sobre blancura infinita.

Los químicos se acababan. No más romance, no más nostalgia. Los recuerdos borrosos de una vida en desorden desaparecieron uno a uno. El fin de la personalidad. Mi mente era un súper nintendo al que le sacaron el cassette sin apagarlo. Antes de que la oscuridad lo invadiera todo, hubo oportunidad de una última opinión "la muerte se vuelve tú" dije porque sí, cerré los ojos y llegó la nada.

INSPIRADO POR LA MÚSICA DE SUN O)))

Wednesday, November 26, 2014

CAROLINER

38

Caroliner salió de su cueva en el bosque y, cubierta de suciedad, soltó un rugido antes de sacar su banjo y tocar enloquecida. El sonido del banjo y voz, gracias a la increíble acústica del bosque, parecía venir de todos lados. Sonó omnipresente esa soleada mañana de noviembre. “notigo lowi go uio / ahyawi ah iwiwi pagui ah / wuaaa wuaa ahh jei jei wua / ejei uha ahua ahua”. Tocaba y chillaba agitando la cabeza, soltando tierra, moviendo los dedos prodigiosamente por el puente y las cuerdas, poniendo a las pequeñas criaturas del bosque a bailar. “Caroliner” le dijo un pequeño castor bailando graciosamente al ritmo del canto y banjo, moviendo los brazos y subiendo las rodillas “Caro-la-iiiii-ner”. Caroliner, con los ojos rojos y dientes apretados, miró al castor, luego al venado y por último a un lindo conejo que pasaba por ahí y, con la mente, los hizo explotar. los arboles y el suelo quedaron rojos por los adentros de los preciosos inocentes animalitos. Algunos pajaros salieron volando sacados absolutamente de onda. “No importa, Caroliner” dijo el espíritu del bosque y flores le llovieron encima a Caroliner.

Caroliner, en 5to de primaria, tenía una amiguita impertinente. Caroliner escribía sus secretos en un lindo cuaderno forma francesa que su difunto padre había fabricado. En la pasta estaba Caroliner tirada sobre una cama de flores con un bonito vestido blanco y una sonrisa angelical. La amiguita insistía en conocer los secretos. Caroliner odiaba a su amiguita y la quería muerta. Fue a su casa, bajó al sótano donde estaba su cuarto, prendió su radio interdimensional, se sentó en su cama, puso las manos sobre las rodillas, puso atención y la voces le dijeron qué hacer. “Caroliner, busca dentro de ti”. Caroliner regresó a su primaria. Se paró en el umbral del salón y recorrió el lugar con la vista. Vio a Pedrito Mendoza comiéndose los mocos con las voces en su cabeza susurrándole tonterías. Vio a Marcelino García llorando tatuándose a sí mismo tatuándose a sí mismo. Vio a su amiguita leyendo el cuaderno de los secretos. Caroliner no perdió el tiempo. Marchó frente a la banca y “estoy lista” dijo con los ojos rojos y venas marcándose en la cara. la amiguita, horrorizada, tuvo tiempo de reflexionar sobre lo que acababa de leer. Ella y Caroliner se vieron a los ojos un instante, la imprudente amiguita reconoció su muerte y le explotó el cerebro. una pasta roja le salió por las orejas. “Da lo mismo, Caroliner” le dijo el espíritu de la escuela y hojas de cuaderno con pequeñas calaveras le llovieron encima a ni más ni menos que Ca ro la la la i nerrr.

Antes de irse al bosque, Caroliner trabajó en un fábrica perdida en un parque industrial. Se fabricaban cabezas de muñeca. El jefe era un verdadero hijo de puta y siempre se metía con Caroliner. el muy cabrón nunca se callaba. Caroliner llegaba, tomaba su lugar frente a la banda y veía las cabezas pasar frente a ella. mientras tanto, de lunes a domingo, se oía por el altavoz la causa de sus males, molestando sin tregua. Un día las cabezas empezaron a hablar, le decían “Carolaaaaaaaineeeeerrr” “Carooooolaaaaaiiiineeeerrrr” “rrrr” “¡rrrr!” “¡¡rrrr!!”. Caroliner con los ojos muy abiertos, respirando ruidosamente y empapada en sudor reconoció el odio dentro de ella y se tapó la cara asustada de sí misma y el poder que tenía. Descubrió su rostro sería, aceptando la monstruosidad que habitaba en su corazón. Caroliner fue a su cuarto de azotea y escribió el nombre del patrón en un hoja con “La lista de la mierda” escrito y subrayado en crayón rojo hasta arriba. “Estoy lista” le dijo al cielo gris de la ciudad y el viento movió su cabello rojo y chino y su suéter gris y su vestido viejo que compró en una bodega a las afueras de la ciudad. Fue a la fábrica, abrió de una patada la puerta de la oficina y, señalando al patrón, enloquecida por los demonios dentro de ella, “renunció” susurró entre dientes y el jefe se elevó y las extremidades y cabeza se le separaron. La sangre salió lentamente de los cinco hoyos en forma de listones, y, como los anillos de Saturno, orbitaron alrededor del tronco rotante. “Qué más da” dijo el espíritu del capitalismo y billetes de cien pesos le llovieron encima a la única e irrepetible carolainer.

Caroliner regresó del bosque. Rezaba vehementemente en la catedral, atormentada por las decisiones que había tomado en el transcurso de la vida. Tal vez no debió de jugar con demonios. Tal vez no era tan buena idea hacerle tanto caso a la voz del radio. Trémula, con escalofríos yendo y viniendo, con jesus cristo crucificado viéndola, con una mueca burlona, arrodillada febril frente al altar, con las manos juntas, los dedos entrelazados y la cabeza abajo, repetía un rezo que su abuela ciega y sorda le había ensañado. Los demonios regresaron y le dijeron “Caroliner, vámonos de fiesta, maldita mierda”. Caroliner compró una botella de whiskey y se fue a un callejón a tomar lo que la imaginación no podía sacar de ella. Borracha fuera de sí, gritando cosas sin sentido, con el equilibrio desaparecido, chocaba y se caía contra los botes de basura, haciendo un escándalo que atrajo una multitud. Tambaleándose se acercó a la gente y se vio en los gestos horrorizados. Y Caroliner, sin darle una pensada si quiera, supo lo que tenía qué hacer. Se arrastró hasta el centro del callejón, se paró con la ayuda de un niño de la calle alucinando por tanto pegamento industrial, se quedo muy quieta unos segundos, cerró los ojos, se concentró y PUM! disapareció. la gente no supo que pensar hasta que se aburrió y se fue a comer. Caroliner viajó a otra dimensión donde el cartero, el policía, la madre, eran ella, eran Caroliner. “Bien hecho, Caroliner” dijo el espíritu del universo y pañuelos con besos marcados le llovieron encima a CAROLINER.

INSPIRADO POR I'M ARMED WITH QUARTS OF BLOOD DE CAROLINER

Tuesday, October 28, 2014

9 A 6

37

Leopoldo y Betita, sentados una banca en un centro comercial, se mordían las uñas y se movían ansiosos, colorados e hinchados, conteniendo el berrinche, diciéndose a ellos mismos que la vida no valía nada y que se querían morir. Leopoldo y Betita trabajaban en una oficina y simplemente el 9 a 6 no era para ellos, sobre todo con los sueños de la juventud todavía arrumbados en la memoria. Leopoldo siempre quiso ser cantante, pero cuando acabó la escuela no tuvo el coraje de apostarlo todo e ir tras el deseo de su corazón. Betita era muy graciosa y quería ser comediante, pero nunca se decidió por empezar y, antes de que se diera cuenta, ya tenía que pagar la renta, ustedes comprenden. los dos, además, eran medio tontos y muy flojos y sólo querían divertirse, no podían entender ni compartir la seriedad con la que sus compañeros de oficina se tomaban el trabajo, les parecía insoportablemente ridículo, nada puede ser tan en serio, se iban a morir un día de todas maneras, qué tontería. estaban en serios problemas, una arena movediza los tragaba día a día, estaban atorados y el tiempo se les acababa.

tal vez alguno de ustedes allá fuera dirá con gesto arrogante y las manos en la cintura, agitando el dedo a su monitor "pero oye, maldito idiota, pero por qué no se resignan y ya? lo aceptan como adultos y siguen con su vida" a lo que yo contesto nervioso y sospechando que me han cachado: la resignación y aceptación no eran una alternativa. como todo el mundo sabe, uno no se rebela contra su naturaleza, uno no puede dejar de ser quien es, sólo puedes ser tu mejor versión. Leopoldo y Betita eran unos desocupados, habían probado la deliciosa miel del tiempo libre, no había vuelta atrás. y sus problemas no se acababan ahí; los patrones empezaban a sospechar que Leopoldo y Betita eran unos sinvergüenzas y sólo practicaban el eterno arte de hacerse tontos. casi nunca trabajaban y se pasaban el día preguntándose hipotéticamente cosas sin sentido; jugaban juegos inventados por ellos mismos; veían por la ventana, gritando groserías a las personas que pasaban. en los meses que llevaban en la empresa habían trabajado un total de media hora. simplemente no podían obligarse a que les importara su trabajo, era demasiado aburrido. necesitaban salir, no había de otra, y, cada hora de la comida, en algún restaurante gringo, con costillitas y hamburguesas en frente, con peligrosas cantidades de refresco corriendo por sus jóvenes, pero desgastados cuerpos, planeaban y discutían, se proponían un millón de maneras estúpidas de salir para nunca regresar, todas demasiado irreales para funcionar, pero nada los detendría, se decían, por el bien de su alma y de su cordura, le gritaban al cielo, tenían que salir del horario, volver a ser dueños de su tiempo y regresar al frenesí del ocio.

“Oh Betita, Betita, no hay escape, Betita” decía Leopoldo, con el medidor de la esperanza en llamas, viendo el suelo, con lágrimas en los ojos, temblando, incapaz de controlarse. había un terremoto en su corazón, una fuga de desesperación en el espíritu. Betita le metió una cachetada con todas sus fuerzas a su compañero de infortunio, ninguno de los dos podía escapar solo, se necesitaban el uno al otro. los vicios en su personalidad eran demasiado para una sola persona. Leopoldo regresó a la banca del suelo, puso su mano sobre el cachete morado y miró sorprendido a Betita quien tenía la vista clavada hacia delante. Betita estaba muerta de miedo, ella sabía algo que él no, ella sabía que la cosas podían ponerse peores, mucho peores. estaban en una cuerda floja, suspendidos sobre el precipicio de la pobreza. si no podían con la pequeña maldición de la clase media, la de la baja los haría pedazos. tenían que moverse con cuidado. Betita, todavía con la vista hacia delante, dijo con la voz entrecortada "gobiernate, Leopoldo" y después lo que siempre decía cuando el miedo y la duda aparecían como gangsters en negocio a punto de ser extorsionado “ánimo, fuerza”. Leopoldo entendió, se enderezó, recobró el coraje y tomó de la mano a Betita. sus miradas se encontraron, se sonrieron sentados en alguna banca en medio de algún centro comercial y, con una tormenta de sensaciones azotando dentro de ellos, supieron que era entonces o nunca. "ok" dijeron al unísono, se pusieron de pie, vieron hacia delante y, como participantes de pacto suicida listos para acabarlo todo, salieron corriendo por los pasillos de la catedral capitalista. entre paseantes esclavos del salario, Leopoldo y Betita pasaron gritando y corriendo fuera de control. trascendieron el presente y se imaginaron durmiendo todo lo que querían, volvieron a sentir el aire rico y fresco de la vacación permanente, riendo hasta que les doliera la panza, bailando y jugando en la pradera fresca y suave de la despreocupación. “allá vamos, Betita, allá vamos!” y dejándose llevar por la emoción, usando todo el coraje que sus corazones malcriados les permitían, se lanzaron hacia fuera, hacia mañana, hacia el paraíso en la tierra.

Monday, September 15, 2014

Misterioso

36

era una nublada tarde de otoño, por ahí de las 2, la gente iba y venía ocupada en lo suyo. yo estaba sentado en una banca en una plaza, desocupado, con la mirada perdida, babeando una paleta de frambuesa, planeando sin mucho interés ni cuidado mi día. "conchita!" grité al ver pasar a la distancia a una buena amiga, la paleta acabó en otra dimensión. conchita no me hizo caso, se notaba distraída, atrapada en sus pensamientos. "pero conchita..." dije al verla. de inmediato me di cuenta que ahí había algo raro, concheeta miraba fijamente el suelo, caminaba desganada, como arrastrando terribles pesares y esto no era su estilo, simplemente no lo era. corrí hacia ella, la tomé del brazo y la arrastré a una banca, ella presentó no resistencia. "ohh" hice al acercar mi cara a la suya. "qué pasa" le pregunté con el morbo corriendo fuera de control por la pradera rica y fresca que es mi súper mente. conchita volteó lentamente. nuestros ojos se encontraron y nos quedamos viendo un rato. el viento movió nuestra ropa, movió nuestro cabello. algo no andaba bien, en esos ojos donde normalmente hay confianza y diversión, encontré sólo miedo y duda. "pero conchita..." y la tomé de los brazos con fuerza y la zarandeé con violencia, su cabello voló por aquí y por allá. me detuve para ver si eso que siempre funciona había funcionado. de entre el cabello alborotado pude ver una lágrima ser secretada, quedarse un segundo en el párpado y luego bajar por la tersa y colorada mejilla. "pero..." dije sorprendido al ver la lágrima caer en la blusa a la moda. "conchita" suspiré, poniendo las yemas de mis hermosos e inmaculados dedos en mis voluminosos y sensuales labios. de pronto, algo pareció explotar dentro de ella, algo salvaje, desde muy adentro, una erupción desde las profundidades de conchita, desde su núcleo, un lugar más allá de la fisiología, algo metafísico. vi la explosión recorrerla toda, desde la panza se expandió hacia sus ojos y sus piernas y entonces, conchita, la linda muchacha rompecorazones, la más popular de todas, la número uno en todo, desde matemáticas hasta la pelea a puño limpio, se paró de un salto y, antes de que pudiera someterla para que satisficiera mi curiosidad y obligarla al fuerza, si era necesario, a que soltara el chisme, corrió con poca gracia entre las boutiques y discothèques de nuestra colonia, corrió hasta desaparecer. "CONCHITA!!!" grité más afeminado de lo que me hubiera gustado y, apenado por las miradas de la gente a mi alrededor, regresé colorado a mi casa.

en el cuarto dedicado a mi batería, tocaba enloquecido un solo de jazz. pum pum pa pa pum pa! pa! pum pum. "ahhhh!" grité al acabar y salieron volando las baquetas y unas cuantas gotas sudor. limpié mi panza y brazos con una pequeña toalla rosa que había encontrado un día en la basura y tomé un bebida energética hecha por suyo verdaderamente. cansado y satisfecho estaba a punto de ir a ver la tele pero no pude, en la entrada del cuarto, mirándome con el miedo que tienen esos que saben que pasa si interrumpen mis solos, estaba hernando. "hernando" dije viéndolo no muy impresionado. la verdad es que no siento otra cosa más que desprecio por quien tuvo la mala fortuna de compartir departamento conmigo. "que quieres, hernando!" grité aventándole el vaso y la toalla. "es conchita" me dijo preguntándose el por qué del odio, pregunta que ni yo podría contestar, pero qué más da, aveces uno tiene que odiar a alguien sólo porque sí y ya. me deshice de él con un movimiento de brazo, hernando desapareció esperé sin mucha esperanza para siempre y fui y me puse una playera con mi cara en ella. salí corriendo al departamento de conchita. corrí por los bulevares, bajo los rayos del sol hermosamente filtrados entre las ramas. "aghhh!" grité todo el camino, subiendo y bajando mi cabeza, moviendo mis brazos hacia atrás y hacia adelante, corriendo sin gracia, corriendo lo más rápido que mi pésima condición me permitía. por alguna razón tenía el peor presentimiento, no podría perdonarme si algo le pasaba, oh no, y, aunque, en realidad, me importaba tanto como la siguiente persona, aún así sentía extraña responsabilidad por la muchacha. los pensamientos anteriores fueron interrumpidos por un dolor en mi muslo. en mi bolsillo quemó mi libreta con una lista de cosas que hacer, "curar la mente" seguía sin ser tachada. en fin. llegué por fin al edificio viejo y casi en ruinas de mi buena amiga y toqué el timbre hasta romperme el dedo, tantita sangre me salpicó la cara. la compañera de cuarto de conchita, juana, asomó su enorme cabeza, eclipsando el sol. "es conchita" gritó "sube! sube pero ya" y sonó el paaaaahh. abrí la puerta de una patada y, levantando mucho las rodillas, subí las escaleras de caracol. la tremenda mareada que me puse fue curada de inmediato al encontrarme en el piso deseado, respirando ruidosamente, con el corazón a punto de rendirse. permanecí un segundo, agitado y lleno de terror, frente a la puerta llena de misteriosas manchas del apartamento número 16. "conchita!" grité al lanzarme sobre la puerta, golpeando como desquiciado, como un hombre que ha perdido toda la cordura. y así golpeé hasta que knockeé a la cabezona de juana, rompiéndole la nariz y dejándola tumbada. al darme cuenta de lo que había hecho, rompí la 4ta pared de la realidad, le sonreí a la audiencia inexistente, levanté los hombros, regalé un guiño y de buen humor me interné en el oscuro departamento.

"conchita" susurré una y otra vez, caminado lentamente, escuchando el crujir de la duela, desapareciendo poquito a poco en la oscuridad. "conchita" susurré al llegar fuera del cuarto. pude respirar el perfume fino de conchita, una gota de sudor bajó por mi sien y miré la perilla de su puerta atestada de fotos de hombres de apariencia regular donde las jóvenes normales, sólo puedo suponer, ponen fotos de galanes. levanté la cabeza listo para lo que sea, "vamos, maldita sea, dame lo que tengas". mis venas se marcaban por toda la cara, el suspenso me jodía el sistema cardiovascular. por fin, porque todos tenemos cosas que hacer, tomé la maldita perrilla, "oh dios mío" dije momentáneamente creyente "no dejes que le haya pasado algo" siempre me rindo ante presión divina imaginaria, aguanté la respiración y abrí la puerta. "quiiiiiikkkkk" sonó por todo lados. la oscuridad me dio la bienvenida. mis ojos se tardaron unos segundos en acostumbrarse y cuando los viejos buenos 20/20's estuvieron listos, vi a conchita inmóvil, en medio del cuarto, tirada con las venas abiertas sobre una cama de hojas arrugadas pintadas de rojo. me acerqué torpemente, me arrodillé, viendo estupefacto su cara pálida cubierta aquí y allá por su mechones de su cabello alborotado y sudado. tenía los ojos completamente abiertos, desbordándose en tristeza y en su boca una mueca de decepción; su gesto todo lleno de dolor no físico sino, el peor de todos, espiritual. "oh cristo" dije con la educación católica imposible de borrar y maldije a mi abuela. yo soy un tipo muy sensible y, a pesar de que todos los días veo hora tras hora de violencia horripilante en el internet, no pudo mi mente evitar dar vueltas, la conciencia se empezó a venir a abajo, estaba listo para desmayarme como un mariquita, pero de repente lo olvidé todo, una sensación de humedad en la pierna me regresó a la realidad, había sangre en una de mis preciosas rodillas. "ughhh ahhh" dije y me paré asqueado, en mi regordeta pierna una hoja pegada. la tomé con brusquedad, me acerqué a la ventana, abrí un poco la cortina para ver un poco más y leí con repentino porro. era el cuento más estúpido que haya leído jamás. "maldita sea! pero que tontería" dije, lo hice bolita y lo aventé por ahí con mi sensibilidad artística herida tal vez sin remedio, un insulto hasta para el más indulgente. pensé un segundo con el dedo en el labio, una pose coqueta y ojos hacia la izquierda y hacia arriba. obviamente la letra no era de conchita, ella era maestra sin rival en caligrafía y estos eran garabatos de retrasado mental. ya estaba odiando mucho, pero nada comparado con lo que odié por lo siguiente: "no puede ser" murmuré al sospechar que la mejor buena mujer se había suicidado por los cuentos bajo ella y casi me tiro por la ventana cuando todo fue confirmado en su nota de suicidio. "querida gente" empezaba, ahora sí con letra sin igual, me ruboricé por la excelencia, volví a concentrarme y seguí leyendo "me mato, me da pena, nos vemos luego. ps. cuentos culpables por mi muerte" y puse con cariño la nota donde la encontré. no podía creerlo y, para asegurarme de que no estaba alucinando, abrí las cortinas de par en par, la escena mórbida fue iluminada por completo. ahora pude ver con claridad el cuerpo de la una vez guapa y sensual conchita sobre las hojas rojas. me acerqué moviéndome como un simio, sintiendo sólo curiosidad. tomé otra hoja con otro cuento igual de estúpido que el pasado. "pero quien habrá escrito esto" dije pensativo, considerando todo el asunto como insoportablemente absurdo y al mismo tiempo muy intrigante. así, abrumado por tanta información, el misterio se escabulló hasta lo más profundo de mi cabeza, volviéndose más rápido de lo que me gustaría admitir en terrible obsesión. como maquina resuelve misterios activada abrí los ojos todo lo que dan "es hora de trabajar" dije y luego no supe que hacer. pedí alguna sugerencia a esos ojos que verían para siempre sólo dolor puro. "qué misterio" le dije a la desangrada, ella no dijo nada, sólo provocó una ocurrencia. los cuentos, los cuentos era la pista que necesitaba. hice a un lado al cadáver, en retrospectiva, más brusco de lo que la decencia permite, pero agua bajo puente, recolecté algunos, los doblé y los guardé en mi bolsillo. listo, era hora de empezar. saliendo ya, en el umbral del cuarto, volteé y le soplé un beso a conchita. atravesé el pasillo, pasé sobre juana, salí del departamento decidido más de lo que he estado jamás a encontrar respuestas. absorto recorrí los bulevares y regresé a mi casa a leer una y otra vez las catapultas al infierno de una de mis mejores amigas. "eres mío" dije perdiéndome más y más en la obsesión, en búsqueda loca del autor de esta basura.

Tuesday, August 26, 2014

Pequeñas Maldiciones

35

arnoldo, despeinado, desarreglado y ojeroso, aventó por ahí una maleta vieja, cuadrada y café, se sentó en la cama de su niñez y con un suspiró reconoció la avasalladora resignación. escuchó un instante el silencio del ahora extraño departamento de su padre y recibió las cachetaditas acostumbradas que da la soledad cuando es recordada súbitamente. arnoldo se echó, puso las manos atrás de su cabeza y vio el techo blanco que lo había recibido cada mañana de infancia y adolescencia, hasta que se quedó dormido. tuvo el mismo sueño de siempre; en un cuarto oscuro con sólo una luz cayendo pesada sobre la mesa metálica que lo separaba de tres misteriosos hombres en saco negro y lentes oscuros, arnoldo era sometido a un peculiar interrogatorio. sentando del otro lado del escritorio, uno de los tipos lo interrogaba, balbuceando rápidamente, no se entendía lo que decía; el segundo estaba parado atrás, cerca del primero, viendo a Arnoldo inexpresivo en silencio; el tercero estaba recargado contra la pared, fumando, apenas visible, perdido en la oscuridad. el interrogatorio incrementaba en volumen y velocidad, pero el modo del interrogador no cambiaba; arnoldo, confundido y nervioso, pasaba su vista de un hombre a otro, contestando que no sabía de que hablaba, buscando, desesperado, las respuestas a la preguntas que no entendía. hacía mucho calor y arnoldo, a diferencia de los frescos sujetos, estaba empapado en sudor. sin aviso alguno, los hombres empezaron a flotar, las paredes se separaron y una luz cegadora lo cubrió todo; las paredes desaparecieron y los desconocidos, con la cara hacia arriba y los brazos extendidos, flotaron hacia la fuente de la luz; arnoldo, sentado todavía, más confundido que de costumbre, veía la escena deslumbrado, tratando de hacer sentido sin nada de éxito. entonces despertaba sobresaltado. era de noche ya y la panza rugía un escándalo. fue a su cocina y se hizo unas tristes quesadillas con queso endurecido y tortillas viejas deshaciéndose.

tenía cita con el doctor. recorrió lentamente los pasillos del hospital psiquiátrico escabrosamente vacío y en absoluto silencio. nadie por ningún lado. al final de un pasillo, al dar vuelta, encontró una puerta imponente, con diseños hermosamente tallados del mito de Prometo. la humanidad celebrando el fuego de los dioses mientras unos cuervos se comían y se volvían a comer el hígado de un gigante. un placa dorada a un lado "dr. gonzalez" se leía. arnoldo caminó como atraído, contra su voluntad, sentía flotaba. camino a la puerta, a un lado del pasillo, había una ventana hacia una sala de juntas; staff del hospital, unas 20 personas, sentadas o paradas, alrededor de una mesa con ceniceros atestados, miraban la nada con expresión de absoluto cansancio, todos estoicos, pero se podía percibir que habían vivido algo horrible, fumaban incontables cigarrillos. un viejo flaco y alto, en bata arremangada, viendo hacia adelante, con ojos desbordantes de emoción, tocaba, inspirado, la guitarra acústica y cantaba, acompañado por cada uno de los presentes, una canción triste sobre mejores tiempos y recordaba que tenían que hacer lo mejor que podían porque no tenían de otra. arnoldo se quedó viendo la escena conmovido por el sentimiento; en los mares del espíritu se hizo una tormenta, las olas del corazón se estrellaron violentas y las nubes del alma se deshicieron a chorros; recordó que no sabía nada de nada, el mundo empezó a girar, hubo el reinicio mental causado por la salvación de la autoestima, los ojos perdieron su brillo un segundo, el gesto se tornó idiota y, parado frente a la ventana, con el staff del hospital cantando todavía como soldados en trincheras, arnoldo despertó, el brillo regresó, vio por última vez más el interior de la sala, atesoró el momento y continuó hacia la puerta.

el doctor gonzalez, con la lengua salida y pegada hacia el lado izquierdo del labio superior, armaba un modelo de una nave espacial. pegaba con cuidado y con cada parte pegada decía una y otra vez "oh sí, oh sí, así me gusta, sí, sí". la oficina era gigantesca, toda de madera, con una ventana enorme detrás del escritorio, las cortinas color vino cerradas. una luz cálida y acogedora iluminaba placenteramente el lugar. el escritorio elegante y pesado de madera fina, donde estaba sentando el ocupado doctor, se encontraba al extremo opuesto de la oficina. una sala a la izquierda y cuadros y libreros en las paredes y tapetes exóticos en el suelo. arnoldo tocó la puerta, el doctor abstraído no escuchó nada más que los latidos de su corazón. arnoldo volvió a tocar y sin recibir respuesta, temiendo al doctor muerto, abrió la puerta tímidamente y asomó la cabeza. el doctor pegaba ágilmente una parte más "sí, sí, sí" se escuchaba seguido de eco. "doctor?" dijo quedamente arnoldo y, al notarse ignorado, se fue acercando poco a poco al escritorio que estaba a unos buenos metros. "doctor?" repitió el joven ahora un poco más fuerte, el doctor seguía perdido en la concentración necesaria para armar un modelo no fácil. arnoldo ya estaba muy cerca del escritorio y, contagiado por la intensa dedicación del hombre de medicina, fue hipnotizado por el esfuerzo asombroso. se sentó a ver como eran pegadas las piezas hasta que por fin la tarea fue terminada. el doctor se alejó complacido, viendo su modelo, felicitándose a sí mismo y dándose mentales palmaditas en la espalda notó la presencia de arnoldo, admirando, sentando en uno de los sillones de cuero negro del otro lado de su escritorio con sólo un teléfono, un papel, una pluma y una nave espacial encima.  "arnoldo" susurró el doctor y se le quedó viendo, extrañado. arnoldo encontró la mirada del doctor y se quedaron viendo, tratando de recordar que hacían ahí. "ah sí" dijo de repente el doctor, "tenemos una cita" y sonrió sintiendo tantita pena; arnoldo recordó también, regresó la sonrisa y se acomodó en el sillón. de un segundo a otro, el doctor adoptó su usual actitud profesional y se inclinó sobre su escritorio, juntando las manos, entrelazando los dedos, viendo con interés al ojeroso, despeinado y desarreglado joven. "dime, arnoldo" dijo el doctor "en que te puedo ayudar?" arnoldo bajó la mirada hacia a un lado con los ojos muy abiertos, sacó los labios besando al aire y buscó con cuidado las palabras que describieran su mal. había pensando tanto al respecto, pero ahora, a la hora de la hora, cuando su futuro estaba en juego, tenía que describir su padecimiento lo mejor posible para así poder deshacerse de él. en una milésima repasó su síntomas; era muy afortunado y en general todo iba bien; estaba sano, joven y fuerte, no le faltaba nada, medio gordo y medio feo, pero una vida de eso lo tenía más que acostumbrado; la cosa era que cuando todo estaba listo para ser 100% perfecto, todo se jodía para no acabar ideal, siempre medalla de plata; eso más la imposibilidad de poder quejarse a gusto por lo diminuto y por eso, al mismo tiempo, grave de su problema no aplicable a la simpatía de sus congéneres que bien podían ser extraterrestres, lo empujaba hacia el colapso nervioso y la acumulación de manías y la cada vez más irremediable alienación. pasaron segundos de absoluto silencio. por fin, miró al doctor, quien esperaba paciente, y viéndolo a los ojos, sintiéndose igual partes ridículo y con derecho, con el suspenso a todo lo que daba, ansioso de tantita comprensión, dijo con la voz entrecortada "pequeñas maldiciones".