Monday, February 19, 2018

Compartimos Un Mal

90

Fui a la iglesia a rezarle a san judas Tadeo. Llegué y casi me voy por el repele, el lugar estaba a reventar. “Voy a tener que esperar” dije haciendo berrinche y esperé sentando entre un montón de viejitas, oliéndolas descaradamente. Se desocupó por fin el santo que te veía desde arriba con cara de impotencia, “ni modo, mi hermano” parecía decía, pero yo era inmune a la resignación, por eso agarré un papelito a sus pies, escribí con muy linda letra manuscrita mi deseo, doblé el papel y lo metí en el buzón con mucho sentimiento, algo afeminadamente. “Por favor, por favor, por favor” dije ahí de rodillas, con la cabeza baja, los ojos cerrados y las manos juntas, deseando con todo mi corazón una malcriadita.
La secretaria del patrón fue a mi cubículo y me señaló, viéndome con desprecio “el patrón nos quiere a todos en la entrada, ¿oíste?”. La secretaria me odiaba porque yo era producto del crónico nepotismo que azotaba mi país, mi padrino me había conseguido el trabajo y como era un hombre importante, no me podían despedir y ya no sabían qué hacer conmigo. Yo soy un malcriado y lo que más odio en este mundo es pasarla mal, por eso, pase lo que pase, si la actividad que me encargaban implicaba aunque sea dos segundos desagradables, simplemente no la hacía y, cuando me venían a reclamar, los veía directo a los ojos diciéndoles “qué van a hacer, basuras”, por eso ya no me encargaban nada y por eso me odiaban en la oficina y si fuera por ellos me harían pedazos. “Atrévanse, animales” les decía con la mirada manteniendo la suya, “atrévanse y háganme el día” soy un absoluto villano, pero comprenderé totalmente cuando venga la revolución y me corten la cabeza.
Nos congregamos en la entrada, ansiosos de regresar a la nada espiritual del día a día, a esperar, viendo inexpresivos, a nuestros pies, como moría miserablemente la semana. Llegó por fin el jefe, un hombre de 87 años, un anciano terco que no creía en el retiro, decía que si no tenía nada que hacer la muerte vendría por él. Se paró entre la gente, parecía no vernos, pero de todas maneras dijo “ya me enteré que alguien se anda robando el papel de baño”. Me pateé, no era la primera vez que se llevaban el papel y siempre que pasaba me decía que era la mejor idea y ojalá se me ocurriera a mí, “para la próxima” me dije ya olvidando. El patrón, como de costumbre, nos amenazó con despedirnos a todos y se calló de repente, perdiéndose en sí mismo. Siguieron unos segundos de incómodo silencio que el viejo, viendo la nada con los ojos entrecerrados, llenó con una larga y aguda flatulencia que duró unos buenos treinta segundos. Acabó y todos se vieron entre ellos, una milésima y se pudo ver en sus caras al olor invadiéndolos. Yo no pude evitarlo y empecé a reír a carcajadas, me encantan ese tipo de situaciones. Luego, viéndome el único que reía, a nada de la tristeza, me acordé de mi deseo y justo en ese instante, a la distancia, se escuchó otra risa. Volteé con el corazón acelerado y, siendo descubierta por la gente que regresaba a su lugar, vi a una mujer joven, con mejillas coloradas, cabello castaño y grandes ojos color miel, ni gorda ni flaca, más baja que yo, riendo despreocupada. Nuestras miradas se encontraron, amor a primera vista, “vaya, vaya” dijimos, faltándonos el aire, los dos al mismo tiempo.
Veía a mi vecino de cubículo, asomado sobre la pared. El pobre tipo como de mi edad moría del estrés, jalándose el cabello, con las venas marcadas y de un tono purpura que me pareció muy lindo. Yo lo veía entretenido y fascinado con la capacidad de aguante de las personas que no son yo. “Toma tus cosas” se escuchó de detrás de mí, volteé y la secretaria del patrón me dio una caja de cartón, “ya era hora” le dije sin nada que meter en la caja más que un escupitajo. Tomé mi saco y fui al elevador. No me despidieron como creía, sólo me mandaban al sótano diez, el nuevo almacén para malcriados. “Bien” dije antes de un suspiro cuando sonó el “pip” del elevador, “el sótano maldito diez”. Se abrieron las puertas y justo frente al elevador, como bienvenida, se leía “abandone toda esperanza ese que entre aquí” y seguí las flechas por el laberinto de pasillos hasta una puerta roja de metal. “Estoy en casa” me dije antes de empujar la puerta y al abrirla y dar un paso, para mi sorpresa, ahí parada, la mujer de hace rato. Estaba a punto de salir cuando yo entraba. Nos vimos directo a los ojos, reconociéndonos, como dos extraterrestres de paseo en la tierra, éramos lo que siempre habíamos querido. “Quieres ir por un café” le dije, ya no bebía alcohol porque mi estómago era una ruina y una de cada diez borracheras me volvía un animal, “bueno, ok” dijo ella y nos fuimos temprano del trabajo.
Éramos insoportables y nadie nos aguantaba. No nos importaba nada. Teníamos sueños, pero no la paciencia ni la disciplina para alcanzarlos y pretendíamos ser más tontos de lo que en realidad éramos para salirnos con la nuestra y no tener que esforzarnos. Yo me veía en ella y ella se veía en mí y esa tarde, entre risas y ruidos, intercambiamos quejas que otras personas hubieran encontrado muy ofensivas, patéticas y mezquinas, pero nosotros entendíamos por completo el reclamo a la falta de perfección. Así hasta que cerraron el café y “ahora qué hacemos” le pregunté, nervioso, tenía mucho que no encontraba a alguien especial. “No sé” dijo ella, también inquieta. Traté de recordar todos esos momentos en lo que fantaseé con tener a alguien, pero no lograba acordarme de nada. “Ya sé” dijimos los dos al mismo tiempo después de estar pensando, eso nos hizo reír y, al callarnos, nos quedamos en silencio, viéndonos a los ojos, y no hizo falta decir nada más, entendíamos por completo el plan. Nos despedimos con un tierno beso y esperamos emocionados a que empezara el trabajo al día siguiente.
Llegamos con un gesto de locura. Nos íbamos a apoderar del sótano diez y no había nadie que pudiera detenernos, estábamos cerca del paraíso soñado y sólo un tonto se quedaría tranquilo, teníamos que jugar defensa para que nadie supiera que estábamos allá abajo y teníamos que llenar el lugar con gente de confianza. Ella, con un mensaje a quien la había dado el trabajo, su tío Ramón, quien era un directivo en la compañía, se volvió la jefa oficial del sótano, tomando el control de quien era mandando para allá. Expulsó a esos que se oponían a su poder y llegaron malcriados de todas las áreas que se volvieron amigos entrañables para toda la vida y, como cereza en este idílico sundae, nos subimos el sueldo. Misión cumplida. Ahora sólo quedaba pasarla bien para siempre y eso fue justo lo que hicimos. Pasábamos los días jugando juegos que venían en la computadora o explorando el internet, echados en nuestras sillas, en paz. Todos los días, ahí en el sótano diez. Una tarde, me asomé de detrás de mi monitor y vi que ella me veía, su escritorio frente al mío. “Te quiero” le dije desbordándome de sentimiento, “te quiero” me dijo ella y le salió una risa de emoción. “Lo logramos” dijimos levantándonos y nos abrazamos, llorando como quien es recatado después de estar mucho rato atorado, el resto de los malcriados aplaudieron contentos. Nos casamos al siguiente julio, ya no éramos jovencitos, y vivimos nuestra vida clase media despreocupadamente, entre risas y suspiros de felicidad, libres de toda responsabilidad.

Thursday, February 08, 2018

El Inútil

89

Guzmán estaba vestido de monja, comiendo empanadas, sentado, con cara de fastidio, en un camellón, rodeado de ruido y contaminación. La monja a cargo, la hermana Ruperta, llegó en rabia y le aventó en la cara, un montón de cambio. “Bueno para nada, estás despedido, sáquese de aquí”. Guzmán tomó su cambio y fue al cine a gastarse su poco dinero y luego regresó a su casa a echarse y ahí estaba echado cuando le habló su hermana. “Guzmán” le dijo ésta, preguntándose que qué estará pagando, qué habrá hecho en otra vida, seguro fue dictador y mató un sinnúmero de niños o algo. Como sea, tenía buen corazón y no podía dejar a su hermano inútil a la deriva. “Guzmán” le volvió a decir “te encontré trabajo en el laboratorio del sociólogo Herrara”, “dios te bendiga” respondió Guzmán, colgó, se paró con dificultad y fue.
“Estás contratado” dijo el sociólogo Herrera viendo con indecisión la cara gorda llena de pelucita que sólo el más indulgente llamaría vello facial, de Guzmán. “Tienes que grabar y tomar notas, ¿de acuerdo?”, “¡sí, señor!” gritó Guzmán poniéndose en posición de firmes, el sociólogo Herrera lo miró con desconfianza, había algo en Guzmán que le daba un mal presentimiento, pero su hermana lo recomendaba y era buena chica. El sociólogo Herrera no tuvo de otra que calmar la tripa aunque de ella había dependido toda su carrera. “Bueno, empecemos” dijo el sociólogo concentrándose por completo, olvidando a Guzmán y picó un botón. Frente a él, se abrió una ventana, descubriendo a un señor gordo con bigote a quien le fue aplicado un cuestionario sobre las guarradas que hacen los mexicanos al manejar. El sociólogo Herrara estaba muy interesado en descubrir y remediar los vicios que sufría su pueblo al verse detrás de un volante. Por eso, esa tarde, entrevistó a más de mil personas. Todas contaron una historia de tristeza, estrés y miedo que los empujaba a hacer idioteces en el tráfico. El sociólogo estaba seguro de que su investigación iba a ser un éxito y soñaba, mientras acababa de entrevistar al último sujeto, con el premio nobel. “Solucionaré el problema del tráfico” se dijo levantándose “ahora sólo falta transcribir los testimonios de los participantes…” y, viendo hacia adelante, saboreando ya la victoria, estiró la mano hacia su asistente que no ponía atención y veía embobado videos en su celular. “Guzmán, dame la grabadora”, “¿la qué?”, el sociólogo rió pensando que Guzmán bromeaba, “déjate de cosas, Guzmán, que esto es muy serio, el futuro de nuestro país está en juego, hazme el favor de darme la grabadora”, unos segundos de silencio hasta que el sociólogo volteó lentamente hacia Guzmán quien hizo cara de no saber de qué le estaba hablado. El gesto de Herrara fue cambiando de buen humor, a seriedad, luego confusión y por último pánico. “¡Guzmán, la grabadora!” gritó, agarrándolo de los brazos, agitándolo. Guzmán se acordó y luego hizo cara de ups. Herrera, desesperado, lo quitó, vio la mesa llena de envolturas y latas de refresco que tiró al suelo para encontrar por fin toda pegajosa la grabadora. El sociólogo, con tics yendo y viniendo por su cara, desgarrándosele el alma por el suspenso, con cara de dolor, regresó la cinta un poco, le puso play y hubo sólo desgarrador silencio. La regresó un poco más y de nuevo nada, otro poco y sonó Guzmán cantando la canción de la marimorena. “No… no puede ser” dijo el sociólogo bajando lentamente la grabadora, con la cabeza colapsando, volviéndose loco, “mi investigación” y se tiró al suelo a llorar. Guzmán lo vio con cara de incomodidad y pena superficial y después de ver unos minutos retorcerse al hombre de ciencia, se paró y regresó a su casa.
Le llegó un mail. “¡Ventas por Catálogo!” decía el asunto, “ok” dijo Guzmán y pasó por el catálogo y una hoja con la información de las mujeres que habían googleado “calzones” en los últimos meses y allá fue, con su primera clienta. Llegó a una casa ni chica ni grande, ordinaria por completo. Tocó el timbre y esperó. Minutos después salió una señora casi enana vestida con típico uniforme de las mujeres del aseo. “Venta de catálogo” dijo Guzmán y la profesional de la limpieza hizo un ruido gutural y un ademán para que la siguiera hasta un comedor donde esperó Guzmán, hojeando el catálogo de lencería femenina, a que llegara la señora de la casa que, después de media hora, llegó por fin. Guzmán, desde el primer momento de poner sus ojos en ella, no dejó de verla directamente a los senos, la mujer era una considerablemente voluptuosa. La señora no notó la mirada indecente y se sentó contenta junto a Guzmán a ver el catálogo. Estuvo unos minutos pasando las hojas hasta que la respiración ruidosa de Guzmán hizo que volteara hacia él. El descarado sacaba baba con cara de idiota, viendo sin ningún recato el pecho de la señora, “cristo, cristo Jesús” susurraba una y otra vez, pasando su lengua por sus labios. La mujer, aunque acostumbrada a que animales se le quedaran viendo, nunca se había topado con alguien tan sinvergüenza y se indignó por completo. La mirada, baba y respiración de Guzmán trajeron de regreso toda una vida de gritos obscenos y miraditas y la mujer no pudo más, le soltó una cachetada violenta a Guzmán, lo cargó de la parte de atrás de la playera y del pantalón y lo echó a la calle. Guzmán, sin inmutarse, regresó a su casa a echarse y ahí estaba echado cuando le habló su primo Marcelo.

Tuesday, January 16, 2018

12 años de locura y emoción

muerdeme una nalguita con tus dientecitos primorosos, no seas malo que yo te quiero.blogspot.com, cumple 12 años si es que no está mal mi matemática.

yo, la verdad, no tengo mucho que decir al respecto. estoy contento y acá seguiré escribiendo. de este lado no pasa mucho y los 12 años que llevo con este blog no se ven reflejados mucho en mi vida, tal vez sería más inadaptado si no tuviera un foro por pequeño que éste sea, pero bueno, no hay manera de realmente confirmar eso. Tal vez sería más adaptado, quien sabe. en fin, la paso bien y es divertido escribir cuentos así que seguiré.

allá voy, cuento a cuento, hacia la meta del 120 que esperemos no tome otros 5 años que creo es lo que lleva este proyecto, pero bueno, luego no me dan ganas de escribir y si me fuerzo sale basura.

ammm ¿qué mas?

ah sí, un agradecimiento enorme a los que leen regularmente si es que hay alguien. espero no estar hablando solo, si sí, ni modo, supongo.

díganles a sus amigos porque yo soy muy malo para promocionar Cuentos Cortos Para Chicos Grandes. si quieren, claro, si no quieren pues no hay manera de obligarlos.

creo eso es todo.

atentamente, su amigo y confidente,

A. M. "pompitas" Alonzo.

Y ahora... para celebrar este blog de cuentos, ¡un cuento!

Hoy No Voy a Hacer Nada, Mañana Tampoco

88

Rosalía estaba echada en su cama con la compu recargada en las chichis. Escuchaba en repetición la misma canción y veía enajenada gifs mientras agarraba mecánicamente, de una bolsa tamaño familiar a un lado de su cama, chicharrones y bebía té helado de limón. El cuarto estaba oscuro, las cortinas eran de esas que no dejaban pasar ni un poco de luz por lo que era imposible decir que hora era, si era de día o de noche siquiera, y si le fueran a preguntar la hora, ella los vería con molestia, sacaría un ruido apropiado y regresaría a las imágenes en movimiento de gente haciendo tonterías, pero no como antes, ahora cambiada, su pregunta le revelaría que no sabía cuánto tiempo llevaba así y no sabría cómo sentirse al respecto y, después de unos segundos de conmoción, trataría con todas sus fuerzas de convencerse de que no importa, que lo único importante es no moverse de su cama y no suspender el gozo perezoso, además, como sea, en esa ocasión, nada de lo anterior duraría mucho porque la mamá de Rosalía, preocupada por su hija, entró sin tocar, brusca como principio y parte del punto que estaba a punto de hacer. “¡ROSALÍA!” gritó la santa mujer al abrir la puerta, espantando a la muchacha de apenas veinticinco. “¡ay mamá!” gritó la no una niña, todavía no una mujer, recuperándose del chicharrón que se le fue mal. “pero mija, no te puedes estar todo el día echada” le dijo su señora madre, sentándose cerca, sobre el edredón de flores, hecha una silueta contra la oscuridad del cuarto, con el brillo en los ojos perfectamente visible. “Tienes que salir a disfrutar de la juventud, carajo” le dijo la mamá, tomando la mano de la hija y se vieron, debatiendo con las miradas. Rosalía, alumbrada por la luz de monitor, trataba de aparentar dureza, pero como no era estúpida, cedió, consciente de que su madre era implacable y súper terca y no la dejaría disfrutar de sus tan ricas explosiones de pereza. “Bueno, ya” y fue, se vistió con jeans apretados, un top blanco, se cepilló y amarró el cabello, se puso tenis y chamarra con peluche en el extremo del gorro y, como era de las mías y porque no se le ocurrió nada más, fue al bar de su colonia.
Rosalía se sentó a beber. El bar estaba vacío porque era la una de la tarde de un lunes doce de diciembre. El encargado, la única otra persona en el lugar, estaba atrás de la barra, viendo embobado su teléfono, trataba de descifrar un mensaje que le había enviado su novia. Música del año sonaba a buen volumen, pero no distraía, coloreaba el fondo no más. Frente a Rosalía, a la distancia, había un escenario vacío con una pista de baile recién trapeada. A su espalda, la barra y todo a su alrededor mesas desocupadas. Como era fin de año, sonaba una lista con las mejores canciones según el blog del dueño del bar. Rosalía, sin pensar ni sentir mucho, notó que reconocía cada una de ellas, acostumbrada a estar involuntariamente enterada de todo por su adicción al internet. Le daba tragos a su cerveza dejando a su cabeza correr, pensamientos aparecían y desaparecían en un caos de distraída reflexión y siguió bebiendo hasta que las mejillas se le colorearon y la usual felicidad de la temprana borrachera se hizo presente. Rosalía pidió y le trajeron su sexta cerveza, le dio un trago largo y placentero, sintió a la cerveza bajar por su garganta y a la frescura expandirse desde su estómago hasta su cabeza y al despegar la botella de su boca, su canción favorita del año empezó, la canción que escuchaba en repetición en su cuarto. La emoción que provoca cuando suena tu canción más la desinhibición del alcohol, puso en Rosalía la cara correspondiente y despojada del control, poseída por el pop, transformada en una marioneta del ritmo, fue al centro de la pista de baile y bailó y cantó descontrolada. Despreocupada por el espectáculo, cantó a todo pulmón y siguió hasta que la canción acabó. De un segundo a otro, se vio liberada del hechizo de la música y se sintió como si hubiera despertado de muy buen sueño. Le tomó dos segundos acordarse donde estaba y cuando todo estuvo en su lugar, se dio cuenta que había un tipo viéndola, sonriéndole con ternura, aplaudiendo. Rosalía, al principio, se sintió algo apenada, pero después, con su usual actitud activada, se dijo que qué importa todo e hizo una reverencia y le sonrió plenamente de regreso al desconocido.
“Se me ha endurecido el corazón” notó Rosalía viendo al tipo hablar y hablar, otra vez completamente sobria, sintiéndose como se siente alguien al que le intentan vender algo. No tenía antojo alguno de compañía, pero se forzaba a participar. Recordaba las palabras de su madre “no puedes estar sola todo el tiempo, te me vuelves loca” y Rosalía reconocía su alineación y le preocupaba, por eso estaba ahí, sin realmente hacer un esfuerzo por conocer a aquél que a lo mejor podía ser el hombre de sus sueños, no escuchando lo que le decía ése perfectamente ordinario. “Qué pereza” pensaba Rosalía con el antojo burbujeante de regresar a echarse, cansada  de todo pero más que nada de la dinámica del cortejo, ella no lo necesitaba, tenía su computadora y su cuarto y se decía que no necesitaba más, pero sabía que no se podía quedar así para siempre, tenía que encontrar a alguien le decía su programación cultural y ese sentimiento raro que le provocaba ir a comer con su familia y no tener a nadie, pero nada de lo anterior la empujaba lo suficiente para recorrer el gigantesco desierto que era soportar a alguno y cuidar de no ser rara. Qué horror, qué flojera, pensaba tratando de mantenerse inexpresiva, viendo detenidamente, entretenida, a la boca en frente moverse locuazmente hasta que la aburrió y decidió poner atención, a ver que tanto decía el hombre. El tipo hablaba de su trabajo. “Ugh” casi dice Rosalía, pero se cachó a tiempo. La repelía el entusiasmo hacia algo que a ella le parecía insoportable, “qué raro” se decía abandonando la conversación otra vez y yendo para adentro a pensar en su último trabajo, en lo mucho que lo odió y en lo feliz que fue cuando renunció. El mundo real se le hacía brutalmente distante y se alegró de todavía no tener que ir y de repente apareció en su pantalla mental, como solía pasar cuando recordaba la promesa del destino oscuro, la puerta en su mente que encerraba un sinfín de males psicológicos, ahí invitando a ser abierta, “ven y ve, Rosalía” le decía al final del pasillo de la introspección, pero para qué, mejor darle la espalda y seguir tratando de ganar tiempo. Ya se nos iba, pero Rosalía fue regresada al mundo de verdad por el súbito silencio. La cara de Rosalía delataba todo lo que le pasaba adentro, enseñaba el horror. “¿Estás bien?” preguntó el espantando hombre, Rosalía no contestó nada, decidió que ya no podía más y que se iría a su casa, ahora que había salido tenía argumentos para defenderse y ganar por lo menos una semana de deleite en la pereza. “ok, bye” dijo Rosalía al pararse e irse sin pagar su cuenta.
De regreso en su cuarto, la ropa de Rosalía salió disparada de su cuerpo. Con mucha ceremonia se puso su uniforme para la echada, unos pants con manchas de comida, una sudadera desgastada y pantuflas. “Estoy lista” dijo y fue, solemne y concentrada, a su sillón. Parecía una clavadista a unos puntos de la medalla de oro. Se paró en el borde del mundo, unos segundos de tensión, el planeta dejó de moverse, el tiempo se pausó, Rosalía metió aire, lo mantuvo adentro y, al exhalar, se dejó caer. El cuerpo automáticamente se acomodó hasta alcanzar el punto máximo de confort. Rosalía cedió el control para volverse una con el cosmos. Siguió, con el corazón y la mente aletargándose, con los bordes que la demarcaban desapareciendo. “Sí” susurró a un milímetro de tocar el éxtasis total de la pereza, a una milésima para la perdición y como monje alcanza el nirvana, así Rosalía, echada en su sillón, quieta, con las piernas estiradas, las palmas sobre la barriga, con los ojos en blanco, en la oscuridad de su cuarto, llegó a la cumbre de la cómoda montaña de la flojera. “Hoy…” susurró flotando en el limbo de la nada, perdida en ningún lugar “no voy a hacer nada…” su corazón apenas latía “…mañana tampoco”.

EN LA TRADICIÓN DE PEEPR

Friday, December 15, 2017

Feliz Navidad, Basuras

87

Era la fiesta de navidad de la oficina. Me sentaron con los ñoños y “graciosos” o sea quienes nadie quería. “Lo que sea”  le dije a la señorita que me llevó a mi mesa sin ver siquiera mi boleto. Fui de los primeros en llegar al gigantesco salón de fiesta. “¿qué bebes?” me preguntó la mesera “whisky y písale” le dije sin verla creyendo que esto iba a estar peor de lo que sería en realidad, así me pasa. Me trajeron un trago particularmente cargado, después de probarlo volteé a ver a la mesera, ella me regaló un guiño. Me dio nervio que mi gesto revelara lo mal que creía que me la iba a pasar. “ya sé” me dije y le di un trago largo a mi whisky, con los ojos cerrados esperando alivio pero el alcohol ya no hacía mucho, yo lo que necesitaba era escapar de la realidad e internarme en el internet. “Ni modo” me dije y antes de que me diera cuenta ya habían llegado todos y empezó la fiesta.
El jefe decía algunas palabras, decía que se sentía orgulloso del trabajo que habíamos hecho ese año, que si no fuera por nosotros no hubiera podido pagar su décima casa, que sus millones significaban poco comparados con nuestras sonrisas y que se sentía honrado de habernos organizado esa fiesta de navidad. Los ñoños de mi mesa se veían entre ellos orgullosos, sabiendo que sin ellos la compañía se vendría abajo. Acabó el jefe, todos aplaudimos con mucho ahínco, “yo soy un jugador en equipo y a pesar de que crecí punketo, ahora en mi adultez, me he tranquilizado” le dije a Joaquín, un señor que se creía muy gracioso, él me contestó con su chiste favorito que había dicho un millón de veces ese año, “con que sacando el mejor material temprano, eh” le dije riéndome de mi propio chiste, él no entendió y brindamos “que así sea” y se oyó en el escenario a la distancia instrumentos de viento. Como todos los años, contrataron a un imitador de José Cristóbal, el cantante muerto que la gente simplemente no olvida. “Hay seguridad en lo predecible” le dije a nadie en particular. Todos miraban encantados al imitador, a mí me daba risa que en una sociedad tan homofóbica como la mía, todos fueran tan aficionados de un cantante tan homosexual y ya me iba a poner a hacer informal teoría social cuando mis pensamientos fueron interrumpidos por una vuelta en el aire que dio el imitador. La gente aplaudió, gritó y se emocionaron y yo, volteado en mi silla, en el peor asiento, me daba cuenta, miraba envidiando al hombre que se alocaba libremente haciendo los movimientos afeminados de su ídolo, en sus ojos se veía que se la pasaba increíble, el éxtasis de la actuación era imposible de perderse. “Ay que padre” le decía con el cachete recargado en la palma y el codo en el respaldo de una de esas sillas que rentas para eventos, a Ramón, el ñoño #1 de la oficina, responsable del hacer 90% del trabajo. No me escuchaba, veía hacia adelante, con una mueca de satisfacción, bebía licor caro, se felicitaba por el buen trabajo que había hecho ese año. Yo exploté en envidia otra vez, es el sentimiento que más siento y no me preocupo, lo malo de la envidia es no reconocerla en uno mismo y luego actuar en ella. Suspiré y regresé al imitador que tenía los brazos estirados hacia los lados moviendo la cabeza rápidamente de derecha a izquierda con los ojos cerrados durante una explosión de trompetas, oboes, saxofones etcétera. “yo también hice buen trabajo” le susurré a Ramón, dándole la espalda. La canción había acabado y, como era tradición, como pasaba todos los años, Adolfo, uno del corporativo, iba a cantar. Adolfo era un gordito de 1.50, pelón, con lentes, que cantaba muy bien y a la gente le gustaba ver a uno de nosotros destacar en algo. Adolfo fue se paró en medio de la pista de baile con el micrófono en la mano y cantó una canción original sobre su divorcio. Acabó llorando, todos aplaudieron y Adolfo regresó a su mesa.
“Di que sí” me dijo Carmen Patricia al invitarme a bailar. “yo no bailo esa basura” le dije viéndola a los ojos, con desprecio. “Ay qué aguado” me dijo y se fue a bailar con otro. Yo sólo quería beber jorobado sobre la mesa y esperar a que pudiera irme a mi casa. Mi paciencia de ese año estaba por acabarse, ya no podía con la gente, ya no podía contestarles bien cada vez que me decían alguna pendejada, con sus chistes, con sus comentarios, con lo bien que se la pasaban todo el tiempo y yo ahí, me decía borracho, todo arruinado por una vida de malas decisiones. Estaba cansando de aparentar, de sonreír esas veces que me sentía como un perro y ellos siempre felices. “En fin” dije rescatándome de la caída infinita en el pozo de la amargura y miré a mí alrededor para ver si alguien se la estaba pasando peor que yo. Todo el mundo se la pasaba increíble,  “mierda” dije y continúe con el paseo de la mirada. Así, funestamente, encontré, sentada a unas mesas, a Anastasia, una gorda horrenda; siempre me ha horrorizado su papada que parecía afearse más con el maquillaje barato mal aplicado que usaba, la detestaba con todo mi putrefacto corazón. Me le quedé viendo con asco, paralizado por la idea de que algo tan feo pudiera existir. Me di cuenta demasiado tarde que había dejado mis ojos sobre los suyos y que eso lo interpretó como una invitación para venir a hablarme. “Oh no” susurré al pensar lo anterior, al darme cuenta de que venía y, maldiciendo mi suerte, la seguí con la mirada hasta que esa cara monstruosa con su mutante papada y sus cachetes, su piel arruinada, sus ojos de animal, su peinado anticuado, todo ella ofendía mi sensibilidad, estuvo a centimetros de mí, “oh el horror” le dije cuando giró sus rodillas amorfas hacia mí. “¡que le vas a pedir a santo clos!” me preguntó haciéndose la graciosa, “una chichoncita” pensé y por reflejo me recordé que no tenía nada que ofrecer emocionalmente. “Soy medio autista” le dije a Anastasia y bebí mi whisky número quince. La tristeza me invadió y me fui a fumar un cigarro, dejando ahí a aquella horrible criatura.
Como suele pasar, la gente de mi mesa ya estaba regada, bailando enloquecida. De repente, se calló la música y empezó el intercambio de libros. Todos a sus mesas. Como éramos miles, duró demasiado. Después de mucho rato, dijeron mi nombre. La luz que había estado cayendo sobre los que nombraban, cayó sobre mí.  Ya estaba medio borracho, pero todavía todo en orden, todavía podía pretender sin problema y participar con el gesto horrible que según yo era una sonrisa. Me paré deslumbrado, recorrí el salón de fiestas y llegué al escenario. Un señor me dio un libro sobre quesos. “¿Quién te tocó?” me preguntó la organizadora de ese circo, viendo a la audiencia, con una sonrisa falsa y yo saqué mi pequeño pedazo de papel arrugado, acerqué mi boca al micrófono y leí “Guadalupe Riveiro". Explotó ruido a la distancia y de la mesa de dónde provenía el escándalo, se paró una sexy muchacha que fue corriendo, con la gente a su alrededor haciendo ruido, al escenario. Sin verme si quiera, tomó la bolsa de regalo con un libro de cómo decir groserías en japonés, me dio un débil abrazo y fue, haciendo ruido de emoción, con la organizadora. Me quedé parado incómodo unos segundos, aturdido por lo instantáneo que fue todo y cuando me vieron feo, me fui por fin y regresé a mi mesa donde platicaban muy contentos. Me sentía extraña e increíblemente cansado. Me dio curiosidad este novedoso malestar existencial. Me sentía como envenado, envenado por la vida, por la dinámica, por todo a mí alrededor y exploraba sin recato las ruinas dentro de mí, sentando, inexpresivo, viendo la mesa y de repente acabó la fiesta. Nuestro jefe inmediato fue a la mesa a despedirse y revisar que nadie se hubiera ido, si él tenía que estar ahí, nosotros también. “Pueden irse” nos dijo cansado de todo. “Genial” dije, súbitamente libre de pesadumbre, era hora de vacaciones, quince días de rica pereza pura,  no más esta gente, bendito el cielo. Me fui sin decirle adiós a nadie, salí a la calle con un cigarrillo en la boca y me fui caminando en el frío de invierno, sintiéndome como un boxeador después de una pelea particularmente difícil, pero al final triunfal, reconociendo que no estuvo tan mal como había creído, las olas del azote ya no me hacían nada y acababan tan rápido y súbitamente como habían empezado. Llegué a mi casa, me bañé, me metí a mi cama asombrosa. “Feliz navidad, basuras” dije entresueños.

Wednesday, November 29, 2017

El Lactario

86

Estábamos en una junta, alucinando del aburrimiento. Sin previo aviso, Lorena Aldo Durango, la única mujer de nuestra área, se paró e interrumpió cuando el jefe estaba a punto de dejarnos ir. Los otros 9 la vimos con horror, “pero qué haces” le decían nuestras miradas, pero rápido las desviamos, Lorena tendía a acusarte de acoso sexual a la menor provocación; vimos la mesa, la pared, la presentación de Power Point y esperamos a que no sea otro reclamo sobre como no se siente a gusto porque nadie la quiere y no era como si no tuviera razón, todo el mundo la odiaba por loca e incompetente, pero más que nada porque abusaba de que no la podían despedir porque todas las áreas tenían que tener por lo menos una mujer. “Tengo algo que anunciar” dijo pasando sus ojos por los presentes, “estoy embarazada” y se quedó callada esperando felicitaciones o yo que sé, pero todo lo que recibió fue ojos hacia arriba y resoplidos, era la décima vez ese año que Lorena sufría embarazo psicológico. “Bueno” dijo el jefe después de segundos muy incómodos “pueden ir en paz” anunció con una risita, chiste del que se arrepintió de inmediato; Lorena, la primera vez que escuchó el chascarrillo, se quejó con los que pagan y el jefe recibió una reprimenda humillante, “esta no es una iglesia” le dijeron y al pobre hombre se le rompió el espíritu. Ahora, temiendo lo peor, volteamos rápido hacia Lorena y más rápido todavía desviamos la mirada, seguros de que se avecinaba una tormenta, pero por lo poco que pude ver, Lorena, al parecer, no se enteró del chiste, estaba colorada juntando energía para berrinche. “¡Esta vez es en serio!” gritó, golpeando la mesa repetidas veces “¡y voy a necesitar un lactario para poder amamantar a mi bebé!”, “pero, Lorena” empezó el jefe, sin verla directamente, viendo, como la veíamos todos, un poco hacia arriba y hacia la izquierda o derecha, ya depende de cada quien, “no alcanza el presupuesto” decía con la voz cortada el hombre a cargo. A eso, Lorena contestó con su usual siempre a la mano discurso de discriminación por patriarcado y machismo y usualmente ahí nos quedábamos tres horas, pero, afortunadamente, mientras la demente mujer soltaba su discurso sin sentido, a mí, echado en mi silla, mordiendo un lápiz, viendo las venas y los tics del jefe callado soportando el abuso, se me ocurrió una travesura. Levanté la mano, “perdón por la interrupción” dije parándome, todos me vieron con sorpresa, “como ha sufrido mucho…” esperé para risas, hubo algunas “ ...me gustaría ayudar a pagar por el lactario”. Todos, menos Lorena, me vieron ya sabiendo que algo traía entre manos, reconociendo mi genio para la ocurrencia. Ella primero me vio sorprendida y luego me sonrió altaneramente como pensando que quería meterme en sus pantalones o alguna idiotez similar y ya me iba a decir alguna guarrada cuando “bien, asunto resuelto” dijo el jefe y todos salimos corriendo antes de que otra cosa pasara.
Con la lengua en el labio superior, enloquecido por la taurina y peligrosa cantidad de THC, diseñaba el lactario en Microsoft Paint. Lorena llegó y yo adopté una postura neutral. “Mi cuerpo te lo agradece” me dijo y yo, por casi no aguantar la risa, no pude evitar mirarla y en esa milésima que la vi, pude reconocer la locura plena, presencié lo que el poder descontrolado regalado puede hacerle a un ser humano, sus ojos eran abismos de demencia, su gesto revelaba que allá adentro no quedaba otra cosa más que disonancia, “madre santa” susurré y me llené de miedo. Me recordó a África después de que se fueron de repente los europeos, no hemos aprendido nada. “Sí, no te apures” balbuceé, viendo mi monitor sin mover un músculo, ella eventualmente se fue decepcionada de que se quedó sin rechazarme cuando, estaba segura, la invitara a salir. Acabé mi diseño poco después, lo imprimí y llevé con el ingeniero Villalpando. Él lo vio confundido unos segundos y “pero este es…”, “aja” le respondí emocionado, “de acuerdo” dijo haciéndome una caricia en la mano, dándome un guiño, yo sólo reí incómodo, un tanto halagado, pero no dispuesto, mi heterosexualidad había resultado gigantesco obstáculo en mi carrera. “Gracias, de verás” le dije yéndome carente de gracia. Llegué a la parte de atrás del edificio. Los muchachos y yo jugábamos básquet todos los jueves a la hora de la salida y hacía suertes con el balón, rebotándolo y pasándolo entre mis piernas, cuando se escucharon los primeros ruidos de la construcción. Tiré, encesté y sonreí viendo el edificio “ha empezado” dije mientras se metía el sol, con el cielo naranja, pájaros volando, el universo me saludaba respetando mi esfuerzo.

Al día siguiente, llegué con refrescos y tacos de canasta, era hora de convivio para celebrar el lactario. Lorena llegó corriendo haciendo el baile de ganas de hacer del baño y así descubrió que habían convertido en lactario al baño de mujeres, el único que había en ese piso, el otro más cercano estaba en el piso seis, en medio del área de relaciones públicas. Ahora, Lorena tenía que subir a esa área que, como suele pasar, está lleno de mujeres, donde, como sólo ellas pueden hacerlo, la destruirían por su horrible actitud, su ignorancia total de la moda o simplemente por diversión, todo ella era sangre en el agua para esas tiburones que disfrutan hacer pedazos a otras mujeres y tendrían incontables oportunidades mientras Lorena esperaba a que se desocupara el baño naturalmente siempre ocupado. Y yo reía a carcajadas en el convivio donde todos estuvimos muy contentos, todos menos Lorena. Uno de los síntomas del embarazo psicológico es la constante ida al baño y ella tuvo que bajar y subir toda esa tarde y resto del poco tiempo que le tomó renunciar. El lunes siguiente a la renuncia de Lorena, llegó Viridiana, una buena mujer con excelente sentido del humor a la que no le importaba compartir el baño de hombres. Se integró de inmediato y a todos nos caía muy bien. El lactario fue lo mejor que nos ha pasado.

Friday, November 24, 2017

No Podría Aguantar El Dolor

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Estaba desnudo, tirado en el suelo, cubierto del pelo más parado hasta la uña más larga, de pintura. Tenía la cara sumergida en un charco de lágrimas. Frente a mí, un cuadro completamente gris. Hace unos días, estaba viendo mis cuadros de hace diez años y ay cuanto he cambiado, ahí frente a ellos me hicieron persignarme de la impresión, la libertad de la despreocupación juvenil que emanaban, vestigio de quien una vez fui, ahí, de mis dedos y cerebro y ahora me azotaba, chillaba y hacia berrinche, qué más da y el sentimiento empeoraba cuando me recordaba que las cosas podrían ser peores, que yo no tenía derecho a quejarme, mi vida era cómoda y había empezado ganando duro; yo estoy en ese pequeño porcentaje de la humanidad que no vive constantemente jodido y yo estoy de acuerdo, pero como sea, no importa cuánto intentaba convencerme de que bien podría ser el tipo más feliz del mundo, plenamente consciente de que reclamaba absurdamente el transcurso natural de la vida de un hombre de mi clase y tiempo, nada me quitaba la tristeza brutal que aparecía de repente y la pesadumbre de luchar contra ella y la falta de energía para hacerle frente y tenía que pararme, vestirme, peinarme e ir a trabajar o me volvería un vagabundo, cochina vida y sospechaba, aun cuando no había estudiado psiquiatría, que vivía deprimido, pero quien no sufre de depresión hoy en día y me decía, levantando la cara al cielo, sintiéndome un poco mejor, que por lo menos tenía mi arte, podía sacar el descontento en forma de cuadros grises que a nadie gustan; es un misterio el gusto popular y todo quien se ha atrevido sabe que producir no es ni un cuarto de la batalla, el verdadero esfuerzo está en ir y conocer gente, decirles “mira mi basura” y que ellos digan “ay está linda” y así, incansablemente, todos los días, hasta que un día, puede que sí, puede que no, pegas y vives de lo que te permite vivir, pero en realidad quien sabe, la verdad nunca he llegado tan lejos, yo sólo pinto y ahí se quedan mis cuadros grises a los que les saco fotos que pongo en internet y desconocidos de Centroamérica parecen disfrutarlos, un misterio esos centroamericanos, pero qué más da, siento que no hay muchos lazos entre yo y el resto de la gente, que estoy muy alienado, veo a las personas pasear por ahí contentas y no me puedo poner en su lugar, es como si hubiera gente que puede volar y yo caminando de aquí a allá, diciéndome que lo que hacen es imposible y me pregunto sobre el futuro, qué va a ser de mí, soy relativamente joven todavía, me quedan por lo menos otros 30 años de vida, y sospecho que sólo va a empeorar, que me volveré más raro todavía y es un círculo vicioso, mientras más raro más solo, mientras más solo más raro, y al final me da un poco igual la gente, lo que me preocupa es el arte, no puedo seguir produciendo cuadros grises para siempre, no por nadie más que yo mismo, si no pasa nada nunca, como parece ser una ley de este pequeño infierno en el que vivo, no va a cambiar mi salida artística, siempre igual y eso sí es motivo de desvelo, y por eso lo sigo intentando, no me canso de intentar cambiar lo que entra para que poder pintar sobre otra cosa, pero por el momento no hay señales de cambio y todavía hay algo peor, que me trague el mundo de verdad, que se me quiten las ganas de producir, que me vuelva un tipo serio, un súper adulto, que no encuentre la razón para cubrirme de pintura, ni gris, ni nada, sólo mierda mundana de lunes a domingo, y me da curiosidad si un día me preocuparé más por la reputación y el estatus que por la calidad de la obra, del siguiente cuadro, me cuesta trabajo imaginar vivir sin esa alegría que da encontrar un tema y empezar a imaginar cómo se vería, claro, ahora quedan grises, pero estoy seguro de que pasara mi etapa gris y, al final, porque no hay de otra, sólo queda seguir produciendo porque cuando la mierda de la vida llega hasta el tope no hay otro escape que el arte, sin él no podría aguantar el dolor.

Wednesday, November 15, 2017

Mega Mame

84

Me dieron un certificado. Decía “Maestro En Mega Mame”. Lo vi en mis manos, quería sentir orgullo, pero sabía que no me lo merecía, burbujeaba todavía en mí la neurosis, no había paz, sólo guerra y no estaba listo para salir, pero el curso se habían acabado y era hora de dejar el retiro donde había permanecido en silencio, tratando de domar a mis demonios clase media, pero los hijos de perra eran especialmente duros y ahí seguían, acechando, jodiéndome, diciéndome cosas como “te vas a volver vagabundo” y yo tragaba saliva, nervioso, escuchando los aplausos. “OK, está bien, lo que sea” les dije cuando me pidieron unas palabras; ni modo, allá voy.
Llegué y supieron de inmediato; no importaba cuántas sonrisas daba, no importaba cuanta técnica aprendida en el curso de mega mame aplicaba, sabían, la irremediable desgarradora incurable tristeza en mis ojos me delataba. “a nadie le interesa” me decían esos que fácilmente podrían ver pasivamente como se ahogaba alguien y he aprendido que no sirve de nada quejarse, es el viejo oeste, no importa que tan malcriado seas, no hay lugar para el berrinche y como sea, a pesar de todo, yo chillaba como el mariquita que era a la vez que me recordaba que si no perteneces, sólo queda el mega mame y yo lo aplicaba desesperado, lo accionaba ansioso, pretendía como me habían enseñado, pero los aparentemente gustosos participantes de la fantasía reconocían de inmediato a quien no estaba jugando bien, al no enajenado, quien no se ha perdido en su papel, no importa cuánto mega mame se aplique.
Repasaba y me decía, como una oración, como un mantra, que la dureza llegaría, que tuviera paciencia, que mi mascara, tarde o temprano, se volvería mi cara y yo tragaba saliva, con miedo en la mirada y decía “ok, está bien, lo que sea”, pero yo sabía que mi personalidad era la receta perfecta de defectos para no aprender nada y seguir haciendo tonterías. “Oh no” susurraba empapado en sudor, en el escenario, contra una pared, horrorizado y cerraba los ojos y trataba con todas mis fuerzas de contestar como debía, de no quejarme todo el tiempo, de reaccionar apropiadamente, pero me descubrían y yo ahora tenía que actuar acorde, tenía que verlos a sus caras monstruosas y decir “sí, estoy mega mamando, pero no hay nada que pueda hacer al respecto” y señalaba, impotente, a mis demonios, y los nativos de esta extraña árida fantasía me miraban con fastidio, me miraban como burros verían a una cebra tratando de pasar inadvertida, pero en realidad, pensándolo bien, quien sabe que mierda estaba pasando en esa cabezota troglodita y trataba, para salvar tantita autoestima, de descalificarlos de retrasados y, mientras tanto, con el orgullo en la basura, caían lágrimas sobre el teclado, “una vez yo me creí intelectual” y ya ni me daban ganas de burlarme de mí mismo.
Pasaban las semanas. Me miraba en el espejo, repasando mis lecciones en mega mame, tratando sin mucho éxito de mantenerme en personaje, casi siempre vencido por la impaciencia, el capricho y las ganas de llorar, pero a veces, de repente, con el dedo gordo del pie inhumanamente estirado, podía sentir el suelo del oh tan profundo océano que era el delirio permanente en cual descendía, y creía haber llegado y empezaba a sentir mi mascara formar parte de mí; “el mega mame funciona” me decía con esperanza, ya celebrando, pero al reconocer, todo se venía abajo, mi personaje se suponía no pretendía; mi personaje me choca, no puedo hacer las paces con este papel, pero los demonios y no hay derecho y etcétera y con el cachete recargado en la palma y el codo en el escritorio, veía genuinamente impresionado a los demás desempeñar sus papeles tan naturalmente y luego, como quien lleva demasiado en el calabozo del aburrimiento y se asoma de entre los barrotes para ver la repentinamente añorada pared de fusilamiento, yo veía a los viejos locos ya tan cómodos ya para siempre perdidos en sus papeles en esta larga y tediosa obra de teatro que es la vida que he elegido. “ok, está bien, lo que sea” repetía, con ganas de quejarme, pero también, de mala gana, reconociendo que no todo estaba tan mal, era sólo muy aburrido y allá iba, con terrible actitud, arrastrando los pies, esperando, pasando semana tras semana, viendo en mis manos, ansiando resignación, mi certificado en mega mame.