Monday, April 10, 2017

Pandilla En Bicicleta

76

Mi primo Carmelo y yo, tomando caguamas, fumando marihuana, escuchando rock n roll, en la casa de nuestra abuela inválida, nos dijimos que la vida debía ser más que eso y decidimos formar una pandilla, una pandilla en bicicleta.

Congregamos a los muchachos de la colonia, les dijimos “amigos, es hora de echar desmadre, pero del duro, del antisocial, ¿ven?”. Fermín, Pascual, Vicente, Arturo, Mariano y Samuel estuvieron de acuerdo. Nos encontramos un lunes en la mañana y allá fuimos.

Íbamos por la calle en nuestras bicicletas hechas por nosotros mismos atacando gente de saco con cara de sueño, los hacíamos sentir el verdadero significado del lunes. Llegábamos a toda velocidad, saltábamos sobre ellos y les propinábamos cruel golpiza.

Un lunes, a Carmelo lo agarró la policía. Le dijeron “ahora sí, lesiones agravadas, crimen organizado,  etc, te vas a la cárcel”. De inmediato, corrimos a la colonia, por Cristino el abogado, quien, no más por joder al sistema que despreciaba, ayudaba a los muchachos en problemas.

Cristino sacó a Carmelo. Lo agarraron a las 10 am y para la hora de la comida ya estábamos de regreso en la casa de la abuela diciéndonos que mejor nos dedicáramos a un desmadre más inocente. Así fue modificamos la pandilla, ahora sólo bicicletas, no más actos antisociales.

Al principio no me di cuenta, pero Carmelo había cambiado. En el ministerio público conoció a una secretaria y fue tocado por el amor. La secretaria se llamaba Wendy y era una mujer seria que buscaba compromiso. Carmelo se dio cuenta que no podía ser miembro de la pandilla.

Carmelo me golpeó con las noticias. “No puedo estar más en la pandilla” anunció con los ojos como bazucas de sentimiento. Nos sentamos tristes y en silencio en el sillón azul, viejo y desgastado de la abuela, era el fin de una era. No me dijo, pero yo sabía porque nos dejaba.

En una borrachera, se me ocurrió prenderle fuego a la casa de Wendy (quien también vivía en el complejo habitacional) y así liberar a Carmelo. Ya regresaba muy decidido de la gasolinera, cuando algo me hizo cambiar de opinión; por la ventana vi a Wendy y Carmelo abrazarse tiernamente.

Los muchachos y yo seguimos pasándola bien, resignados, en el verano infinito de una vida despreocupada. La única tristeza era cuando pasábamos frente al edificio de Wendy y veíamos a Carmelo en la ventana. Nos saludaba con una mueca triste y luego desaparecía.

Mucho tiempo después, el día de mi cumpleaños, con unas nenas y galones de cerveza, la fiesta corría fuera de control, cantábamos las canciones de la adolescencia, eran las cinco de la tarde y ya reinaba la nostalgia. De repente, sonó el timbre. Era Carmelo, Wendy lo había dejado.

Sacamos la cerveza fina para celebrar el regreso de Carmelo. Nos contó el porqué de la ruptura; Wendy se daba cuenta que Carmelo pertenecía a la calle y que se moría si no podía estar con su pandilla. Tomamos en honor a Wendy, dándole besos de vez en cuando a Carmelo.

Ya borrachos, salimos a andar, sólo Carmelo y yo. Reíamos al acordarnos de todo lo pasado.  De regreso al departamento de la abuela, pasamos frente al edificio de Wendy. Me detuve un segundo, vi la ventana vacía e incliné la cabeza mostrando respeto.

Monday, March 27, 2017

Días de Mercado

75

Me veían y sabían que era un farsante. Yo sólo sonreía y los miraba a los ojos, diciéndoles con mi modo que de mí no iban a sacar nada, que, si buscaban acabarme, no iban a recibir ayuda de mí, los veía con los cachetes brillantes, masticando contento un taco desbordándose de carnitas y verdura. Frente a mí, sobre mi escritorio, donde debería estar el teclado, había dos tacos sobre un plato de unicel rodeado de lo que parecía una explosión de verdura; originalmente tres, uno de surtido, el resto de maciza, y la gente que pasaba por mi lugar me miraba, me decía “hijo de perra” y yo, contento, tomaba un trago largo y ruidoso de mi coca cola light de 600 mililitros y le daba otra mordida salvaje a mi taco llenándome aún más de grasa. Apestaba a mi alrededor, el hedor de la gordura y el cinismo y yo contestaba sus miradas con una mueca, con la cara, aquí y allá, cubierta por un poco de cilantro y cebolla, con los dedos oliendo el resto del día a limón, les decía que entendía y que todos éramos víctimas y les sonreía advirtiéndoles que no lo intentaran, prometiendo que mi fin no sería fácil, oh no, había llegado para quedarme y a lo mejor no me importaba un carajo lo que hacíamos, su razón de vida, su pasión, el centro de su universo para mí no era más que dinero en la cuenta, una silla y una computadora con internet, a lo mejor me estaba suicidando súper lento, pero no había razón para el azote, o por lo menos no ese momento, porque la esperanza no estaba ni cerca de dejar de arder,  y yo estaba ahí ganando tiempo, lamiendo mis heridas, alistándome para salir de la trinchera a ganar la guerra de la vida, pero eso no significaba que no pudiéramos ser amigos y nos lleváramos bien ya que no podían hacer nada al respecto, les decía con mi sonrisa, con mis ojos amigables, les recomendaba que se rindieran ante la naturaleza de las cosas, pero, como sea, perdonaran la farsa o no, tenían que disculparme porque se habían acabado mis tacos, ya no había coca cola light y sonaban las primeras notas de la sinfonía asquerosa del fallo intestinal. Alejaba mi cara de la suya, recibía la señal del IBS, corría al baño a destruir porcelana y regresaba sintiéndome un millón de veces mejor. El resto del día me echaba en la silla como en un dona inflable sobre río artificial con corriente en parque acuático y ponía mis manos en mi panza, clavaba la mirada en la nada, superando el inicial shock al sistema, sentía el placer del otra vez armonioso y sutil funcionamiento de las tripas, pasando mi lengua por mis labios, recordando con cariño mis tacos, oliendo de vez en cuando mis dedos, ansioso por los siguientes días de mercado.

Friday, March 17, 2017

María Luisa

74

María Luisa agarró de un lado de su cama, de la alfombra morada, una botella de vodka y se tomó la mitad, su manera de saludar al mundo que odiaba y que la odiaba. Después del trago se echó otro rato a sentir el vodka hacer lo suyo y al duro sol del mediodía escabullirse entre las cortinas mal cerradas a quemar su piel todavía tersa por una vida de despreocupación y dormir mucho. Dolores Trinidad, la sirvienta, entró en silencio para ayudar a parar, llevar al baño y encuerar a su patrona de uno cincuenta de altura, ni gorda ni flaca, con cachetitos primorosos, ojos grandes castaños, corte de pelo caro que aparecía de repente de vez en cuando. Dolores Trinidad ponía bajo el agua tibia a María Luisa quien seguía dando tragos un poco más decentes a su botella, con los ojos cerrados no del todo despierta y Dolores Trinidad, con enjundia y dedicación, tallaba el cuerpo todavía firme de su señora. Acababa el baño y María Luisa era vestida con increíble ropa interior y llevada frente a su tocador, a ser untada de mil pomadas y cremas y ser maquillada ya con sólo un cuarto de la botella restante. Dolores Trinidad se alejaba para apreciar su trabajo, orgullosa, “bien hecho, Dolores Trinidad” se decía viendo a María Luisa quien termina el vodka con un último gran trago, éste terminaba de despertarla, lista para empezar su día.

Tambaleándose, con botella de vodka fino en bolsa de diseñador, con lentes oscuros en la cara y ropa elegante en el cuerpo, María Luisa subió al carro sin darle los buenos días a Joaquín, el chofer. Joaquín puso el coche en marcha y dieron vueltas por la ciudad, a María Luisa le gustaba tomar en movimiento, recorriendo las calles sin rumbo, escuchando pop de vanguardia curado por Joaquín quien ocupaba su tiempo investigando rigurosamente el género. De repente, a María Luisa se le ocurrió ir a tomar afuera de la oficina de su marido. Sin realmente saber por qué, libre de celos o cualquier otro tipo de inseguridad, la daba algo de risa y curiosidad la idea de espiar al hombre por quien nunca sintió nada. Allá fue y ahí se quedó, bajo el sol brillando, en la calle casi vacía, rodeada del silencio de martes a la una, sentada en el carro, bebiendo, con Joaquín entretenido en su teléfono. De repente, apareció el esposo, quien fue abordado por una nalgona. María Luisa los vio inexpresiva reconociendo el amorío y una mueca de desprecio fue gradualmente apareciendo en su cara al verlos besándose y manoseándose ahí en medio de la calle. María Luisa, invadida por la incomodidad de la infidelidad, pero más todavía, por el asco absoluto que le provocaban las muestras de afecto públicas, no supo qué hacer. Un segundo y por instinto le dio un manazo en el hombro a Joaquín, señal para moverse.

Dio vueltas, viendo por la ventana, bebiendo, reflexionando sin querer sobre todas las relaciones de su vida, la chispa del amorío de su marido había prendido la mecha de una tonelada de repaso; nadie la aguantaba y ella no aguantaba a nadie tampoco, así desde bebé, nunca había pertenecido, todo siempre le pareció una molestia, esto reflexionaba con creciente comezón existencial esparciéndose por su alma. Se le ocurrió cambiar, pero qué pereza, la humillación de todas esas veces que lo intentó regresó como un puñetazo a su orgullo; no sólo la gente, la vida en general la tenía cansada, no valía la pena y concluyó que lo mejor era decirle con permiso a la existencia. Manos a la obra y siguió bebiendo, pero ahora con furia, como corre un prófugo que nunca estuvo del todo a gusto en la cárcel, pasándome en mi camino al trabajo, parando sólo por gasolina, más vodka y pastillas subidoras para Joaquín. Así toda la semana, sin tregua, sin pausa, hasta que un día, durante una hora mágica, de pronto, por fin, todos sus órganos votaron unánimemente por fallar. María Luisa lo sintió todo, contemplando en movimiento la luz del sol filtrada entre las ramas de los árboles y las casas enormes y lujosas, sin dolor, sin miedo ni angustia, hasta cómoda, experimentó como se moría. Joaquín, en trance por no dormir 7 días y la mejor compilación de pop que haya existido jamás, se dio cuenta horas después, cuando por instinto, llegó a la casa de su patrona. Ahí encontró a María Luisa muerta, abrazando su botella, con una sonrisa tierna y conmovedora expresión, libre al fin de este cochino mundo. 

Friday, March 03, 2017

Arnoldo Gutiérrez

73

Escribía un poema en hojas de cuaderno forma francesa. Se lo escribía a una mujer que me ponía a trabajar el ordinariamente aletargado corazón, me lo aceleraba cada vez que la veía pasar, cada vez que aparecía como esa canción en el radio que no sabes cómo se llama pero te encanta; de repente pasaba por ahí, a la distancia, con su pelo mal pintado, maquillaje barato, de lejos esplendorosa, de cerca se veían sus defectos, se revelaba lo corriente que era, pero a mí no me importaba, me arrebataba el aliento y me inspiraba algo grande. Yo no soy un intelectual, entiendan, apenas sé leer y escribir, pero un día, en el metro, en el trayecto de regreso a su casa, leí un libro sobre poesía ¿por qué no? Leí sobre Pushkin, leí sobre Byron. Tiré el libro a la basura, en trance, despojado del control por una ocurrencia que se formaba hasta que terminó brillando intensamente. “Pues claro” anuncié al decidirme a exteriorizar en forma de poema mis sentimientos.

Al día siguiente, en la cafetería del edificio de corporativos donde trabajaba, me desayunaba un tamal, con el proyecto del poema en el basurero del olvido. Terminé mi desayuno, subí al elevador de la recepción, pensando que a lo mejor me gustaría ser cantante, pero justo en ese momento, antes de picar el botón de mi piso destino, corriendo como simia, señal divina, entró la mujer y subimos los dos solos, con el tiempo todo alterado, me quedé atorado en ese segundo un buen rato, respirando su perfume, sintiendo su presencia, con los ojos cerrados y las fosas nasales puestas a prueba, así el poema estaba de regreso, hasta arriba en la lista de prioridades. Un parpadeo, un ping, piso 30 y ya no estaba, me dejó atontado, con el tanque de inspiración desbordado, reaccioné después de estar bajando y subiendo por el edificio una buena media hora, con gente notándome, extrañada. Desperté del ensueño lleno de determinación, por fin piqué el piso al que iba y descendí. Mi lugar de trabajo estaba en el sótano #10, me dedicaba a capturar datos. María Luisa, una señora que no daba ni los buenos días, llegaba con expresión altanera, empujando un carrito con torres de papel y yo y mi único compañero, el flaco Rodríguez, metíamos su contenido en el servidor de la oficina. Casi todo el santo día nos la pasábamos en aquél sótano oscuro y húmedo, con dos escritorios, cada uno con su computadora; éstos estaban uno frente al otro, a cada lado de las puertas del elevador; el resto del gigantesco lugar, pasándonos, extendiéndose hasta perderse en la oscuridad, era un laberinto de estantes llenos de archivos maniáticamente ordenados sobre todo por el flaco Rodríguez.  El flaco Rodríguez era un viejo casi pelón, delgado como la muerte, alto como basquetbolista, con lentes oscuros siempre escondiendo su mirada; como muchos de su generación, no hablaba y se dedicaba a oír a un volumen casi imperceptible la estación de radio El Fonógrafo, inmóvil en su silla, viendo la nada, fumando cigarrillo de clavo en lugar cerrado, apestándolo todo. Dirán que qué molesto, pero lo soportaba porque yo no estaba libre de mis anomalías, de repente me daba por balbucear tonterías durante horas o, invadido por espontanea emoción, me ponía cantar canciones originales. Además, el flaco, todas las mañanas sin falta, iba al Starbucks y nos traía café tan cargado como revolver antes de duelo. En general éramos felices y la pasábamos bien, capturando, ocupados, él con sus cigarros o su parálisis y yo con mi poema o el youtube.

Terminé y editaba mi poema, masticando lápiz, leyendo, revisando con cuidado, tachando aquí, agregando allá, con la imagen de la mujer proyectada siempre en mi pantalla mental. Lo titulé Arnoldo Gutiérrez porque así se llamaba mi protagonista; trataba de un tipo que escribía un poema para una morra que lo mandaba a volar, el romance que nunca empieza, la esperanza frustrada, el aborto del corazón, es duro el amor y más frio que la muerte; la mujer lo rechazaba porque tenía novio, un tipo no guapo ni feo, vulgar y ordinario, galante, con dinero, pero sin educación y nada original, que siguió el programa a la letra, que sabía venderse, convencía a la gente de que sabía lo que hacía, de que tenía control sobre su vida, de que cuando miraba adelante veía sólo triunfo y promesa y quien no quiere estar con alguien así, se iban a casar, no la iba a volver a ver y a la mierda Arnoldo quien recibía la negativa, se azotaba y luego iba a seguir sin remedio por la vida. Acabé de leerlo una última vez. Pensé que era curiosa mi decisión de que hombre del poema no lo lograra, un escalofrío me recorrió el cuerpo. También me pareció exageradamente meta y cursi y no sabía si era bueno o malo porque nunca había leído un poema en mi vida, pero era lo mejor que podía hacer y eso ya era una victoria. Ahora necesitaba la opinión de alguien más. Miré nervioso al flaco ahí inmóvil dándole repentinas fumadas a su cigarrillo. Me paré torpemente y fui arrugando más de lo que ya estaban mis arrugadas hojas forma francesa llenas de extremo a extremo de la peor letra jamás y se lo di, “dime lo que piensas” supliqué antes de regresar nervioso a mi lugar a morderme la uña del dedo gordo y moverme ansioso como alguna especie de perro diminuto con problemas de nervios. El flaco lo acabó, se levantó con usual movimiento lento, imaginé que rechinaba, y fue a pararse junto a mí. Puso las hojas muy ordenadas sobre mi escritorio, me les quedé viendo un segundo y luego volteé hacia el flaco, lo vi a la cara y me sorprendí al ver que no tenía sus grandes lentes de oscuros de siempre, la primera vez que veía los ojos del flaco; me miraba con sentimiento fuerte y genuino, “flaco” susurré, inseguro de lo que pasaba. De repente su mano salió disparada hacia mí, yo la contemplé confundido hasta que comprendí lo que quería, la estreché y mientras agitaba su mano, la emoción y la felicidad se apoderó de mí. “Es un éxito” me dijo aquél apretón y yo le creí.

Temprano, al día siguiente, en el estacionamiento del edificio, en el frio de la mañana, esperé a que llegara la mujer, con el poema sujetado por un listón y moño que pedí rojo, pero en realidad era naranja, no podía ser de ninguna otra manera. Llegó por fin, a toda velocidad en su motocicleta, con un cigarrillo en la boca, bien abrigada, me parecía se veía mejor que de costumbre, desmontó y caminó con prisa. Me le acerqué por atrás y le toqué el hombro. Se dio la vuelta y, de inmediato, al verme, reconoció lo qué pasaba y, antes de que le pudiera decir “oye nena, yo te quiero” o “vamos, pequeña, te invito a que me quieras”, empezó a recitar lo que decía cada vez que algún ingenuo idiota llegaba a declararle su amor “me atropellaron hace 5 meses, desde entonces no siento nada por nadie, no es personal, pero no me interesa, seamos amigos, ¿ok?” acabó, dio media vuelta y se fue. Yo me quedé atónito, con una mueca proyectando un millón de sentimientos y sensaciones, un desfile de ideas pasaba corriendo por la avenida principal de mi cabeza. “ok, bye” fue todo lo que pude decir al destrabarme y sentí la dura cachetada de la realidad. Bajé la cabeza, vi mi poema que me había costado tanto trabajo, me llené de tristeza y, ahí, en el estacionamiento, con gente pasando viéndome con curiosidad, empecé a llorar.

Todavía con moco y lágrimas en la cara, llegué a mi lugar y, con un torrente de sentimiento azotando mi centro, olas gigantes de conmoción chocando furiosas contra mis adentros , esperé a que se acabara el mundo, a que me deshiciera, a que me explotara el pecho, pero nada de eso pasó; el planeta, como si nada, siguió girando, el tiempo siguió avanzando indiferente a mi sufrimiento, “qué más da, qué importa” comentaba casualmente todo a mí alrededor cuando me hubiera gustado que alguien me tomara y me consolara, pero no hay piedad ni misericordia, sólo dura y constante soledad, las cosas son como son y el reclamo es absurdo y debería darme vergüenza siquiera el antojo de berrinche. Así seguí unos minutos, repitiendo lo anterior como mantra que normalmente funciona, pero que esa vez no estaba haciendo lo suyo; esperaba ansioso a sentirme como siempre y a que llegara el alivio, pero en su lugar llegó el flaco con los Starbucks diarios, me dio el mío, por reflejo le agradecí con la mirada, nuestros ojos se encontraron, nos quedamos viendo unos segundos en silencio, él ahí con sus lentes negros, yo acá con el dolor insoportable haciendo estragos y, como puertas de mausoleo que se abren, los músculos en mi cara se movieron para hacer una mueca de resignación. Saqué del interior de la chamarra mi poema y me le quedé viendo un momento. Todo el sentimiento de hace rato se abrió paso, traicionero, rebelde ante cualquier racionalización. Se hizo pedazos la presa del estoicismo y la tristeza desgarradora salió desbocada, llegó corriendo como ojete en la edad media sobre población enemiga y le prendió fuego a todo, violó mi pena y empecé a llorar otra vez, haciendo bola el poema y, haciendo ruido de reclamo, lo tiré a la basura. “¿Por qué?” le pregunté al techo con el berrinche explotando como fabrica en China “¿por qué?” pregunté con lágrimas bajando hacia mis orejas, con el dolor superándome. Ahí me quedé, llorando como chiquillo hasta que me cansé de todo y me puse a ver videos de youtube. “Eso me pasa por intentarlo” dije lleno de amargura, viendo, con el cachete recargado en la palma, sacando ocasionales suspiros, a gente en el monitor riendo, gritando de la felicidad, correteándose en un parque, pasándola bien y disfrutando de la vida, en lo que parecía otra dimensión.

A LA INSPIRACIÓN DE ESTE CUENTO

Monday, February 13, 2017

Gordo Pajero

72

Irvin se miraba en el espejo del baño del cuarto de servicio en la azotea de la casa de su madre. Con un brazo un millón de veces más grueso que el otro, pasaba sus manos afeminadas y rechonchas por su barriga cubierta aquí y allá por un poco de pelusa. Sentía la ruina que eran sus genitales y el dolor desde el hombro hasta la muñeca de su brazo derecho. Se veía con gesto de angustia y “no más” le dijo a los ojos tristes llenos de desesperación, de ansia y de deseo de su reflejo. “No más” le dijo a su gordura, con voz quebrada. Esa noche era la última del año y el próximo iba a cambiar, iba a dejar de ser un gordo pajero.

La casa de la mamá de Irvin estaba junto a un colegio de señoritas. A las 12 del día, todos los martes y jueves, los sueños de Irvin terminan con pujidos femeninos tiernos juveniles de esfuerzo; “¡ahí está el pan!” gritaba una, enloquecida, volando el balón. El gordo pajero abría los ojos de par en par y, antes, el año que acababa, se paraba desnudo de su maloliente cama y se pegaba a la ventana que daba justo al patio del colegio de señoritas. Se pegaba de la cintura para arriba, no por decencia, así era la ventana, y en su cachete, sus senos de hombre y su barriga sentía el calor del mediodía, imaginaba que provenía de las jovencitas abajo, vestidas con, oh, sus ajustadas playeras blancas, ay, escondiendo sus senos no terminados moviéndose allá atrás de la tela y, uff, con sus short shorts azules cubriendo, dios mío, sus nalguitas primorosas, jugando intensamente al voleibol. “oh cristo!” gritaba Irvin con el deseo tomando control y se masturbaba cincuenta veces, se masturbaba tanto que el pene terminaba morado eyaculando aire, sacando un triste chillido. Irvin torturaba al aparato buscando desesperado aunque sea un poco de placer, pero ya no sentía nada, su miembro parecía ya no pertenecerle, le exigía a un globo desinflado, “vamos” le decía “quiero sentir” y se masturbaba cincuenta veces más, “¡vamos!” le gritaba a las ruinas entre sus piernas. “Nada, nada nunca más” pensaba Irvin y se echaba, maloliente, con creciente dolor en el brazo y el pene, en su cama rodeada de bolsas grasientas de carls jr, a llorar entre los ruidos de las niñas burlándose de él.

10… 9… 8… 7… 6… 5… 4… 3… 2… 1… ¡feliz año nuevo! No más pajas y gordura para Irvin, no más. Ese año iba a ser diferente, ese año le iba a echar ganas e iba a corregir el rumbo, se decía decidido, echándose porras, juntando toda la fuerza y esperanza y empezó el año, primero de enero y esperó no caer y perdonarse sí lo hacía y levantarse “es segura la recaída, quien sabe la levantada” se tatuó en el brazo; estaba emocionado y aterrado al mismo tiempo, plenamente consciente de su naturaleza, pero no importaba nada, no había escusa, era hora de la responsabilidad. “Lo voy a lograr, por dios, que lo voy a lograr” decía en la oscuridad del cuarto de servicio, moviéndose ansioso, alumbrado intermitentemente por los fuegos artificiales a la distancia, escuchando los gritos de felicidad de los vecinos, esperando a que pasaran los 12 meses.

Tuesday, January 31, 2017

11 años de Locura y Emoción

Hola,

Estoy de fiesta porque Cuentos Cortos Para Chicos Grandes cumple 11 años.

Madre de dios.

¿Quién lo hubiera pensado? Yo no, se los aseguro.

Casi llega a la adolescencia este blog. Supongo que eso es algo.

Bien. En fin.

Por favor, si tienen la costumbre de leer, sigan leyendo.

Si es la primera vez que entran, haga el favor de acostumbrarse a leer Cuentos Cortos Para Chicos Grandes.

Y si les gusta, díganles a sus amigos.

Por lo pronto no hay planes de parar.

Sigo con 120 días de pompdoma, ya va más de la mitad. Hoy en día puedo decir con seguridad y confianza que llegaré al cuento 120.

Prometo  escribir cada vez mejor. Es mi propósito de año nuevo leer más en el 2017 lo que mejorará mi obra, lo que está bien. Hasta ahora, el primer mes del año, lo he cumplido así que tengo esperanza.

Ummm. Creo eso es todo.

Y ahora... Un cuento gigantesco.

Un beso y abrazo,

A.M. "pompitas" Alonzo.



Entre Monstruos y Mutantes

71

Iba en una nave espacial, flotando por ahí, perdido en la negrura infinita del espacio. Con tubos conectados a mis brazos y un visor tapándome los ojos, estaba totalmente alienado de la realidad. Abusaba de la súper medicina que detenía el envejecimiento, manteniéndome por siempre joven en detrimento de mis órganos. Abusaba del entretenimiento sólo para momentos de ocio, conectado a la maquina destinada a pequeños ratos muertos entre la dura tarea de buscar vida en otros planetas, misión desde hace mucho completamente abandonada. No sabía cuánto llevaba así ni me interesaba saber. un día, súbitamente, en lugar de videos de gente cayéndose y animales haciendo tonterías, hubo sólo negro. Pensé me había quedado ciego, pero luego recordé el visor en mi cara. Lo quité y me vi en un mundo borroso de dolor. Con mucho trabajo, por tener el cuerpo hormigueando salvajemente desde el dedo chiquito del pie hasta el último gallo del pelo, tomé una pastilla que puso a mis musculosos inservibles a trabajar. Los anchos tubos conectados a las venas de mis brazos fueron desconectados y fui a ver qué pasaba. El mundo me dio con desprecio la bienvenida de regreso, “hola, basura” dijo cuándo terminé de enfocar y todos mis sentidos se vieron superados por el estímulo. La cabeza estaba a punto de explotar cuando llegué a un cajón, tomé una jeringa llena de calmante, la levanté en el aire y la clavé justo en mi cuello. La calma regresó de un segundo a otro y estaba listo para lidiar con la interrupción. La alarma del doctor computadora chillaba y, con la cabeza dándome vueltas, con hoyos sangrantes en los antebrazos, recorrí la nave, viéndola con curiosidad como cuando se regresa después de mucho tiempo al hogar de la infancia. Se abrieron automáticamente las puertas al cuarto de controles casi en completa oscuridad. Ahí me recargué en el panel de control y, alumbrado sólo por la luz azul del monitor, me enteré de la tragedia. Mi mente estaba al borde del completo colapso y mi cuerpo era una ruina. “Locura y maldiciones, muerte y destrucción” era la diagnosis. “Oh no” susurré y se me presentaron las opciones: o empezar trabajar sin más medicina ni entretenimiento o regresar a la tierra. Lo iba a pensar, pero antes piqué el botón rojo en forma de hongo en un extremo del tablero y fui de regreso.

Mi nave se estrelló estrepitosamente. El violento regreso al mundo que me vio convertirme en un idiota inadaptado, resultó muy apropiado para mantener mi segunda entrada a este planeta fiel a la primera que, según me contaba mi madre borracha llena de amargura, fue particularmente desagradable, “no puede ser de ninguna otra manera”, dije pensando en la pobre señora, con un pasajero brote de nostalgia asomado travieso desde mi alma. Tomé mi cartera, mis llaves y mi teléfono y me dirigí a la salida, a travesando el cuarto de entretenimiento donde me detuve un minuto para ver con sentimiento, la silla, los tubos y el visor, reconocí que las cosas nunca serían iguales y que una colosal incertidumbre me esperaba. Me zapeó la pesadumbre y anticipando mi mala actitud, supe que había que tomar precauciones para evitar la renuncia inmediata así que corrí afeminadamente al cajón de hace rato, saqué otra jeringa, la levanté al cielo y me inyecté una mezcla de antidepresivo y otras drogas que me levantaron. Fui a esperar a que terminara de hacer efecto frente a la salida donde me vi en un espejo en la compuerta. De repente me cambió el gesto, y salió disparada la puerta dejando entrar una luz como con un filtro ocre que me cegó un segundo y al siguiente, con la vista de regresó, me vi envenado por un veneno en el aire que lo llenó todo. La contaminación casi me mata, los ojos explotaron en lágrimas y de la nariz salió disparada una tonelada de moco, “el apocalipsis” grité con los ojos entrecerrados, tosiendo, y caí al suelo retorciéndome. Unos minutos de escándalo, y, al reconocer que no moría, un poco recuperado, saqué la cabeza de la nave para echar un vistazo; ante mí, el fin del mundo. Edificios grises en ruinas se extendían hasta donde alcazaba la vista, en las calles más hoyos que pavimento, perros sarnosos en los huesos morían miserables por doquier y no había ni el menor rastro de naturaleza. Di unos pasos fuera, conteniendo el azote, “ushale, sáquese” le decía a las ganas de rendirme y contemplé la calamidad a mi alrededor. A unos metros de la nave, ya acostumbrado al impacto, miré extrañado el cielo gris, “qué demonios” susurré con un muy mal presentimiento haciendo estragos en mi espíritu y, como gran final de aquella primera impresión infernal, al bajar la vista, apareció justo frente a mí, una criatura gorda horrenda con dientes saliendo en forma libre por las encías negras en su boca maloliente, con nariz ancha llena de granos, ojos chiquititos desbordándose de malicia y piel arruinada, el hijo de perra fue casi exitoso liberador de desperdicio digestivo. Grité horrorizado, cayendo sobre una montaña de basura, estirando la mano hacia la criatura, preparado para lo peor. El monstruo se afeo un poco más, balbuceó algo y desapareció. Con el corazón acelerado, la mente superada, me paré con la desesperanza alistándose para sitiar mi alma, “pero… ¿qué pasó aquí?” dije ya de pie, con el trasero lleno de porquería, con las manos en la cintura, preparado para la acción por hacer tantos ejercicios de creatividad consistentes en qué haría si un día me encontraba en la twilight zone y por eso no perdí el tiempo y comencé a recolectar información, automáticamente aprendiendo las nuevas reglas para utilizarlas a mi favor. Con cara de molestia y pereza, me quité el traje espacial, lo eché sobre otro monte de asquerosidad, me dije a mí mismo que qué se le podía hacer y me alejé de la nave confirmando, pasando miles de espectáculos de horror en dos patas, que este mundo ya no era lo que era y que se había llenado de monstruos y mutantes.

“ohhh… ok” dije entre feos, enterándome, frente a un monitor sucio y apestoso, en un café internet cayéndose en pedazos, perdido en una colonia que parecía bombardeada por alguien especialmente sádico, de la situación del mundo. Al parecer, estuve siglos flotando en el espacio, semi inmortal por la ya contada medicina; la gente había mutado, con la evolución optando por el shock, y los humanos que quedaban, que, por cierto, no eran para nada mejor interna y culturalmente hablando, se habían amurallado. “humanos” susurré con desprecio recordando la razón por la que me lancé al espacio en primer lugar, el desfile de fatídicos recuerdos empezó, derrota y fracaso, una y otra vez, y, antes de perderme por completo en la desesperación y la autocompasión, recobré el control de mí mismo para presuroso alejar esos pensamientos y escapar del infierno del pasado hacia el del presente. “Qué será de mí” decía una opción en la sección de humanos en la cual di click. Me recomendaba rendirme o encontrar a un familiar. Por suerte, el buscador de las redes sociales del futuro era muy efectivo y rápidamente encontré a un sobrino que parecía estar bien colocado en el mundo de los humanos. Miré mi pene y me sorprendí de que el adn heredado de alguno de mis hermanos no hubiera mutado. “En fin” dije cansado de todo, ansioso por aunque sea un poco de comodidad. Imprimí la dirección y allá fui, hacia una de las murallas.

Una imponente muralla de miles de metros de altura separaba a los humanos de los mutantes. Me acerqué impresionado y algo intimidado. Toqué el timbre y me espantó un mutante al sacar la cabeza por una ventana en la muralla. “qué quiere” supuse dijo, yo le expliqué lo mejor que pude, pero, a juzgar por su cara inexpresiva y gesto ausente, pareció no entenderme. Le enseñé una identificación y, al ver mi apellido, hizo un ruido incomprensible y se abrió la pesada gigantesca puerta. Me hizo señas para que lo siguiera y entré nervioso, contemplando el barrio privado humano; jardines lindos y casas lujosas, calles bien pavimentas, y al alejarnos de la muralla, el veneno en el aire se fue quedando atrás, las lágrimas y el moco se detuvieron por primera vez desde que llegué al futuro y pude volver a respirar, pero no por mucho, era asfixiado, pero ahora por ansiedad, me atacaron los recuerdos y tuve que volver a jugar defensa contra el dolor que brotaba de la memoria. El mutante se paró de repente, señaló una casa linda y grande, estiró la mano, señal atemporal de deseo de propina, contesté con su gesto inseparable de que no tenía, me maldijo en su extraño idioma y se fue. Lo vi irse, tratando sin éxito de empezar a aceptar mis circunstancias, no me gustaba tanta irregularidad, sorpresa e incomodidad, quería que las cosas fueran normales otra vez, y bajé tristemente la cabeza y cerré los ojos, permitiéndome sobrecarga de sentimiento. Faltaba mucho para acostumbrarme, y ahí me quedé parado un rato, con una miserable inútil lagrima vomitada de mi ojo bajando por mi pómulo hacia mi mejilla para caer en su mi sucia sudada playera negra que llevé una eternidad debajo de mi traje de astronauta. La brisa fría olorosa me despertó de mi ensueño y volteé hacia la casa de mi sobrino, tragando con dificultad el instante, juntando fuerzas, haciendo las paces con que la aventura apenas empezaba.

“ding dong” hay cosas que nunca cambian, reconocí asintiendo, ya de mejor humor. Una mutante me abrió, hizo ruido, enseñé mi documento de identificación del pasado, esto intensificó el ruido ahora alegre y me hizo señas para que la siguiera. Cruzamos la casa obviamente futuristamente decorada, por todos lados había tecnología que no reconocía y en cada pared una pequeña pantalla con fotos de la familia, pasando una tras otra. Me detuve un segundo para ver a mi sobrino, muy parecido a mí pero en forma y extrañamente elegante, su señora muy guapa y sus hijos sonrientes, sanos y fuertes; los vi de vacaciones en otros planetas, en playas hermosas, abrazados, explotando en alegría; hice una mueca pensando en mis hermanos “quien lo hubiera pensado”, y volteé hacia mi pistola de genes, entablando excéntrica amistad con mi miembro. La mutante me empujó bruscamente, le di una cara de indignación que la espantó, la diferencia de clases del futuro se había ensanchado años luz, “bien” pensé, dejándome llevar por mis vicios de burgués primitivo. La vieja monstruo bajó la cabeza arrepentida, yo la tomé del hombro al avergonzarme automáticamente por mis prejuicios, ella me miró con ojos húmedos y yo le regalé unos de empatía, le decía, aunque tal vez ya no fuéramos de la misma especie, flexionando el musculo de mi rango de expresiones, que venía de un tiempo donde todavía existía el sueño de igualdad. La mutante, por instinto, se calmó y, exhausta por tanta emoción, acostumbrada a vivir siempre bajo el guion de la costumbre, señaló un asombroso sillón en la sala llena de arte que ponía a mi cerebro a trabajar marcha forzada. Después, la vieja me miró suplicando que la dejara ir, que no podía más, “está bien” le dije con una sonrisa que ella asociaba con preámbulo a inmediata crueldad y se fue corriendo. Un segundo más tarde no le di importancia al episodio que acababa de ocurrir y me fui a sentar, listo para lo que sea.

Estaba echado, con las manos en la barriga, contemplando cómodamente al cielo y sus nubes, por el ventanal gigantesco que ocupaba toda una pared de la sala, reflexionando tonterías que no valen la pena contar. Una sensación de placidez me llenaba cuando apareció el sobrino quien vino y se sentó en el sillón frente a mí sin decir palabra. Se hizo para delante, recargó los hombros en los muslos, miraba la nada, me miraba a mí, miraba la nada y a mí, así unas cuantas veces. Yo no supe qué hacer y sólo lo veía incómodo con mi cara de niño viejo, con mis ojos rebelando mi verdadera naturaleza, la de infinito infante, de idiota que no ha participado, de ese que no sabe nada sobre nada y de quien nunca ha protagonizado una conversación seria. Ahí estábamos los dos sin decir palabra, tanto tiempo que empecé a imaginar que todos los encuentros empezaban así, la gente del futuro, en lugar de un hola o un apretón de manos, se saludaba con prolongados lapsos de silencio. Ya me alejaba en reflexión cuando aplaudió sensiblemente y me hizo señales para que lo siguiera. “ok” dije contento de que por fin pasaba algo. Recorrimos su casa, entramos en un estudio con las paredes llenas de más impresionante arte y, dándole la espalda a una ventana que daba a increíble jardín, un escritorio pesado con relieves asombrosos que contaban la historia de nuestra familia. Hizo ruido, lo vi sin entender, señaló con la cabeza la silla que se veía la más cómoda del mundo, “oh” hice y me senté hipnotizado por el talentoso trabajo en la madera la cual acaricié dejándome llevar y, sin verlo venir, me agarró bruscamente de la cabeza con un brazo y con el otro me disparó algo justo en el cerebelo y otro en el área de broca. Sentí como si me hubieran dado un batazo, mis oídos zumbaron y el mundo, sin previo aviso y bruscamente, aceleró el movimiento de rotación un millón de revoluciones. La horrible sensación duró un segundo y al siguiente se detuvo y todo estaba en paz; se escuchaba el canto de los pájaros, un aspersor a la distancia y niños jugando. Me toqué donde me disparó y sentí unos círculos. “Que mierda…” dije en idioma que nunca he hablado, levanté la cara y vi a mi sobrino sonriendo. “Vamos” dijo y salimos a su jardín, a meternos en su jacuzzi a tomar margaritas.

El súper jacuzzi masajeaba no sólo mi cuerpo, sino también mi espíritu. “ay que rico” decía por adentro, ya en el nuevo idioma que me tardé menos de un segundo en aprender y en ese mismo idioma le conté al entretenido sobrino mi trágica historia. Me veía como yo vería a alguien de la antigüedad, le daban risa mis arcaicos modeles y mis gestos y yo, mientras tanto, al hablar, me maravillaba del futuro, de su jardín enorme que se extendía hasta el bosque, su huerto, del pequeño lago, una casa de árbol mejor que mi casa del pasado y, por mi tendencia a no dejarme disfrutar nada, empecé a preguntarme sobre la repartición de la riqueza, qué habrá sido de ella y comenzó en mi consciencia un poco de esa comezón juvenil de antaño, una vez tan fuerte y que para cuando había salido de la tierra todavía un tanto presente. No tuve oportunidad de que me pusieran al corriente con el conflicto de clases porque tuve que poner atención. “este es el plan” me dijo ahora serio viéndome con intensidad directo a los ojos, con la noche cayendo y luciérnagas volando a nuestro alrededor. “no te puedes quedar acá, la mayoría de los humanos no te aceptarían jamás por tus extrañas maneras y por lo estrictas de las convenciones., pero…” yo lo miraba nervioso con el corazón haciéndose chiquito, todo indicaba malas noticias, cerré los ojos “no puede ser de…” iba a decir, pero él me tomó del hombro, abrí los ojos y encontré una cara amigable “no temas, con mi influencia te colocaré en buen puesto en la administración de monstruos y mutantes”, “esas no son particularmente buenas noticias” pensé siempre perezoso conteniendo con todas mis fuerzas una mueca de decepción, “¡ok!” dije al fin e hice una cara que esperé fuera interpretada como sonrisa, fingiendo gratitud. Entramos y comimos con su familia a la que entretuve con cuentos de horror de mi tiempo, que el calentamiento global, que el racismo, que la corrupción, que la mentalidad de muchedumbre, que etc, etc, etc, ellos reían, encantados, no creyéndome del todo. Nos fuimos a dormir y a la mañana siguiente, desperté por primera vez en un mucho tiempo sin pesadumbre. El sobrino, después de darme de desayunar los mejores huevos con jamón que he comido, me dio trajes, camisas, corbatas, zapatos y un teléfono con dos direcciones, la de la oficina y la de un apartamento cerca del trabajo que no usaba. La familia me vio irme desde la entrada, imitándome, muertos de la risa, agitando el brazo el aire. Tuve el presentimiento de que nunca los volvería a ver, “mejor así” dije tratando sin éxito de congelar mi corazón con nudo en la garganta.

El edificio de administración de monstruos y mutantes era un cubo rectangular que se elevaba hasta más allá de las nubes,  era color entre gris y mamey, daba la impresión de irremediable suciedad y descuido, “qué rara arquitectura” pensé ahí en la mañana fría y nublada, con la brisa apestosa moviendo mi ropa futurista, “en fin” dije e hice gesto de resignación despreocupada. Entré al edificio, vigilando de cerca mi espíritu y actitud, me había dicho que era indispensable repelar cualquier indicio de autosabotaje. “hola” le dije amigable al mutante con uniforme de policía, “vengo a…” revisé el celular “la administración de monstruos y mutantes antisociales número cincuenta mil”, el policía mutante me vio en silencio con cara espeluznante e inexpresiva, yo lo veía fijamente, con su fealdad poniéndome en trance, con creciente horror ocupando mi mente. Así pasaron tantos segundos que empecé a pensar que a lo mejor había pasado algo con los electrodos o que tal vez el lenguaje que usaban los humanos era diferente al de los monstruos y mutantes o que quizás nuestras diferencias iban más allá del idioma y era algo conceptual, estaba usando las palabras equivocadas, las ideas que intentaba comunicar no existían en la cabeza del aquel esperpento; traté de recordar eso que decían sobre que, aunque compartiéramos el mismo idioma, las personas no podrían entablar dialogo con un león por lo diferente de nuestros mundos y luego, recargado en la recepción frente al mutante, traté de recordar mis no muy bien aprendidas lecciones en Wittgenstein. El mutante, quien sabe cuánto tiempo después, dijo con acento extraño “piso 4”, me tardé en entender y al acabar le dije “gracias”, le regalé un guiño y me fui con cara de disgusto viendo las elecciones en diseño de quien, si alguien, había diseñado el edificio, parecía se había esforzado en escoger los peores materiales y las opciones menos estéticamente placenteras, se me antojaba que el responsable se empeñó en molestar la sensibilidad estética de quien visitara. “Qué raro” dije al picar el botón pegajoso del elevador, esperando entre criaturas espantosas, incapaz de no asustarme al voltear y encontrar.

Con paso inseguro entré a la oficina con el letrero que decía “ADMINISTRACIÓN DE MONTRUOS Y MUTANTES NÚMERO CINCUENTA MIL”. Ahí, fui con una mutante detrás de un escritorio, me volvió a pasar lo del policía, hablaba y ella me veía con sus ojos ausentes, con cara que no comunicaba nada en absoluto, “ugh” le hice, cansado de esperar, suponiendo que eran un montón de lentos, “qué más da” dije en el fuero interno, resignado a lidiar con la lentitud. Por fin, ella señaló una silla donde esperé horas. Durante la espera vi a los monstruos y mutantes que serían mis compañeros de trabajo, ninguno me prestaba especial atención, de repente uno me miraba con pasajera curiosidad y luego seguía con lo suyo. También descubrí, cosa interesante en verdad, que no todos las mujeres monstruos y mutantes eran completos adefesios, había unas que de lejos no se veían tan mal, hasta producían tantita lujuria, pero si te acercaban lo suficiente se podía reconocer su mutación que era confirmada al oírlas hablar. Estas mutantes, sabiéndose no violaciones a la pupila, se comportaban con altanería y me ignoraban. Lo que sea. Tal vez sea un humano, pero no uno particularmente galante, cosa que atribuía a mi despreocupación por la arreglada y, también, mi perpetua juventud no comunica esa sensación de seguridad que las mujeres, mutantes o no, buscan en sus hombres. Pensaba lo anterior, indiferente, había tenido una vida para aprender esos hechos de la vida y suficientes años para aceptarlos, contemplando agradablemente sorprendido a una mutante no tan fea, cuando la monstruo secretaria me dijo que podía pasar con un tal señor Pogorrtuc. “Bien” le dije aceptándolo todo, acostumbrado a que todo fuera tan raro y  hasta ansioso, totalmente contrario a mi naturaleza, por más sorpresas.

Entre a la oficina llena de arte como el de la casa del sobrino. Detrás del escritorio normal, frente a una ventana que daba a la desolación del mundo, me recibió el respaldo de una silla. “hola” dije preparando a la vieja bomba de sangre para el susto que siempre me daba ver a alguien nuevo. La silla giró y frente a mí, no lo podía creer, un humano. La sorpresa me mareó un poco y me acerqué para comprobar si mis ojos no me engañaban. Él movió las cejas de arriba abajo, vivía por esas sorpresas y reía encantado, aplaudiendo, “pensabas era un mutante, eh, ¿no es cierto?” me dijo riendo y luego, cuando dejó de divertirle todo ese asunto, me dijo que me sentara. El señor Pogorrtuc era de esos humanos inadaptados, anormales, irregulares, excéntricos, que no son soportados y no soportan el mundo de los humanos y, por su personalidad, terminan llevándose mejor con los monstruos y mutantes. Había ido a la escuela con mi sobrino, de quien era buen amigo, y como amante de la historia, no podía pasar la oportunidad de tener a alguien del pasado ahí en su oficina. “como una reliquia de otro tiempo, como un artefacto de la antigüedad” dijo emocionado “muy bien” le dije sintiéndome un objeto, pero libre de indignación al reconocer que probablemente tenía el trabajo asegurado sólo por mi calidad de curiosidad. “ahora qué, qué sigue” le pregunté listo para poner en marcha la rutina, ya de vuelta en mi modo normal. “bien” me dijo y llamó a su secretaria mutante. “señora Gargog” le dijo con pesadez, “asígnenle un escritorio y una computadora” dijo señalándola amenazadoramente, “sí, señor” dijo ella muy derechita, yo contemplé lo anterior con gracia, malditos monstruos y mutantes, tienen lo que merecen. Me paré, le di las gracias y la mano al señor Pogorrtic y salí siguiendo a la señora Gargog. “qué chistosos nombres tienen” pensé mientras a travesábamos las kilométricas filas de los cubículos hechos de materiales notoriamente baratos, ocupados por mutantes atareados. Llegamos hasta un cubículo desocupado. “siéntate” me dijo la vieja mutante, “ok” respondí y ahí me quedé, explorando el internet del futuro hasta que dieron las 3, era hora de salir.

Llegué al pequeño departamento amueblado, con sólo un cuarto, un baño, sala y cocina, lleno de cosas que no sabía que eran. Toda esa tarde me la pasé picando botones accionando que el estéreo y que la tele, quemándome con lo que descubrí era la estufa y electrocutándome con lo que descubrí eran los enchufes. El lugar le recordaría a uno lo que en los 60’s pensaban iba a ser el futuro. Encontré la computadora y, algo nervioso, pero obligando por el aburrimiento, traté de conseguir un poco de droga. Unos minutos de googleo futurista y casi me tiro por la ventana al descubrir que habían legalizado las drogas hace siglos días después de que salí de la tierra, de haber esperado una semana me hubiera quedado y para entonces ya me habría muerto. Se me antojo hacer un poco de berrinche pero antes, la emoción de lo que era legal me detuvo, baile el baile de la felicidad, me puse pantalones y corrí al mini súper de la esquina. “¡denme, quiero!” grité ansioso, colorado y sudado, con los dientes apretados y los ojos muy abiertos, al mutante al que no podría importarle menos el mundo y señaló un pasillo. “no jodas” repetía, acariciando las cajas de las diferentes marcas, “ay mamá” dije al llenar una canasta con diferentes tipos, anticipando despreocupado sobredosis. Pagué y regresé al departamento. Cerré las cortinas, puse música, cargué la pipa y la coloqué a unos centímetros de mi cara, admirándola, saludándola como se saluda a una vieja amante que siempre supo cómo quererte bien, que nunca te rompió el corazón, le di lumbre e inhale bailando, celebrando, listo para vivir así el resto de mi vida. “oh el futuro” decía con humo saliendo de mi nariz y boca y de repente, la droga hizo efecto. Traicionado por la brutal cantidad de THC, el pequeño departamento desapareció y fue remplazado por un espectáculo de colores que duró lo que pareció varias vidas. Después, tirado en el suelo, convulsionándome, con el pecho hacia arriba en una posición imposible, con los ojos hacia atrás completamente blancos y considerable cantidad de espuma saliendo de mi boca, como un beso bien colocado de sensual muchacha, llegó un tonel de placer. Los estragos en mi mente fueron arreglados y substituidos por despreocupación e inmóvil, viendo fijamente la nada, con todas las venas en mi cabeza marcadas ofreciendo incómodo y escandaloso espectáculo y, al final, con el cerebro trabado, se terminó de limpiar mi espíritu y mente. “mierda” anuncié como mi opinión sobre mi condición actual, antes de desmayarme con sangre saliendo de todos los orificios de mi cabeza.

Pasó el tiempo. Iba al trabajo, regresaba a la casa, me drogaba, iba al trabajo, regresaba a la casa, me drogaba. En la oficina, día tras día, me asomaba al cubículo de lado y miraba morboso a la mutante gorda y fea. Ella me miraba de regreso con sus ojos negros que delataban la ausencia de alma, los dientes chuecos, la piel asquerosa, ella me veía inexpresiva, como te mira un animal, haciendo ruido, contándome sobre cosas que no puedo recordar, me platicaba cada mañana mierda que no me importaba en lo absoluto y yo, por reflejo, porque es mi política número uno, era lindo y la hacía reír diciendo la primera tontería que me venía a la cabeza, a ella y al resto de los mutantes a mi alrededor yo les parecía inofensivo y chistoso. “buag buag buag” hacia la vieja mutante y un escalofrió me recorría el cuerpo. Así todos los días, así durante meses y en ese tiempo, en repetición, en la rutina implacable, entre los mutantes y los monstruos y sus modos y manera simple y a la vez desoladora de vivir, carente de historia, de contexto, de estándares, lo mínimo en todo siempre, distraídos con quien sabe qué, no importará cuanto les preguntara y cuanto me contestarán, nunca pude aprender nada de ellos, nunca logré que me importara y lo digo con cero azote, lo reconozco indiferente, sin creerme mejor ni peor, sólo diferente, como uno juzga a otra especie, como si de repente algún otro animal generara tantita consciencia y deseo y los poderosos ojetes del mundo la pusiera a ganar dinero para gastarlo, así, ya total y absolutamente separado de la humanidad, un día, permitiéndome un poco de filosofía, cosa nada aconsejable, noté como la llama la consciencia se apagaba, me di cuenta que mi código desaparecía y era reemplazado por la fealdad no sólo física, sino también espiritual constante a mi alrededor y di el primer paso hacia la perdición cuando, en lugar de ponerme a trabajar, de conservar mi antigua manera de ser, me distraje con alguna tontería y se perdió para siempre la posibilidad de rescatarme. Así, seguí sobre la ola del quehacer fácil mecánico y automático, surfeándola torpe pero. quien sabe cómo, exitosamente, hasta que un día, distraído, yendo a comer con algunos monstruos jóvenes del trabajo, encontrándome súbitamente popular, volteé y vi un mutante a la distancia que me espantó como de costumbre, pero algo en él me hizo detenerme. Al principio no podría decir qué era, conocía a ese monstruo de algún lado, pero no podría decir dónde. Poco a poco, como ya se habrán imaginado, como un chango que se reconoce en el reflejo, me di cuenta que ese monstruo familiar era yo, maldita la vida, había mutado. Me acerqué al reflejo en la ventana y vi, con algo no bueno pasando en mi cabeza, con una mueca de horror formándose en mi ahora feo rostro, lo que me había pasado y, antes de aventarme al tráfico, consideré las cosas un segundo. Tal vez nunca pertenecería a ese tiempo, a lo mejor siempre sería raro y nunca me sentiría cómodo otra vez, pero qué más ser humano o mutante, qué más da el pasado, como si alguna vez hubiera sido parte de algo y el presente es lo que es, no es como si tuviera alternativa, no es como pudiera estar haciendo otra cosa, mi modo de ser no me lo permitía. “ni modo” dijo el monstruo en la ventana, hizo gesto de resignación, alcanzó afeminadamente al grupo del trabajo y fue a comer fritanga asquerosa. Aquel mutante fue y vivió el resto de su mediocre miserable vida, ganando rindiéndose, entre monstruos y mutantes.

Thursday, December 01, 2016

Pantistlán

70

Margarita “Bombón” Gutiérrez tenía una tienda de ropa interior femenina en el metro Pantitlán. Iba todos los días, hacinada, en la micro, descendiendo a paso hipnótico de la verticalidad, rebotando hacia el laberinto que es el metro, adentrándose en las entrañas de la ciudad, llevándose el rutinario fuerte codazo a la barriga o cara, preguntándose el sentido de todo entre caras inexpresivas de resignación absoluta, experimentando no examinada angustia existencial por desperdicio de vida, hasta llegar por fin, impregnada de mil olores, algo masacrada, exhausta a pesar de que acababa de empezar el día, a su tienda no chica ni grande que le había dejado su tía quien murió aplastada al final de una particularmente intensa clase de tap durante el terremoto del ‘85. Bombón, además de vender pantis, se dedicaba, en parte por las risas, en parte por el reto, más que nada el aburrimiento, a practicar ginecología sin licencia. En la trastienda, donde sólo cabían una silla y un banco, hacía procedimientos ginecológicos. Había aprendido todo lo que necesitaba de un viejo libro de texto que un doctor frustrado dejó en una de esas librerías que hay en algunas estaciones. Al principio nunca le pasó por la cabeza poner en práctica lo aprendido, pero un día, al terminar de leer el súper práctico manual en males de la vagina de cubierta a cubierta, luchando contra y venciendo la amenaza de hipocondría, levantando la vista de la contraportada, sintiendo confianza en ella misma, con ganas juguetonas de ponerse a prueba y acabar final y tristemente cayendo en cuenta y lamentándose de que lo más seguro era que nadie se prestaría para dejarla practicar, una señora, bendita la suerte, fue a derrumbarse fuera de su tienda. Bombón, al ver que la multitud la ignoraba y temiendo que tener a una ahí tumbada, tapando la entrada, fuera malo para los negocios, acudió en su auxilio de mala gana. La señora estaba empapada en sudor y temblaba debido a peligrosa fiebre. Se lamentaba, señalando sus genitales, “me duele, me arde” chillaba. A Bombón se le fueron abriendo lentamente los ojos y una mueca de emoción fue apareciendo en su boca, al darse cuenta de la oportunidad dorada, ¡era hora de la ginecología!. Arrastró, revisando que nadie la viera, innecesario en verdad porque aunque la viera el mundo entero sería difícil encontrar a alguien que le importara, hacia la trastienda, donde dejó a la señora tirada en la oscuridad agitándose como teléfono con la vibración a todo. Corrió con su vecina, que vendía artículos para la minería, pidió prestado una lámpara de esas que van en la cabeza, fue con mucha prisa a objetos perdidos donde juntó los instrumentos que creyó necesarios y, luchando contra los nervios, dominando la emoción, regresó a “Pantistlán”, a internarse, lista para todo, en la oscuridad de la trastienda.

Con mucho esfuerzo, sentó a la mujer en una silla, le bajó los pantalones a la pobre que alucinaba un escándalo hablando en lenguas y Bombón se sentó en el banco, prendió la luz en su frente, se frotó las manos y echó un vistazo sólo para ser golpeada directo en la nariz por el brutal asco producido por el olor a pescadería abandonada desbordándose de podredumbre. Escapó al frente de la tienda, vomitando sobre una caja de pantis nuevas. Terribles noticias y pensó en qué hacer; a pesar de haber trabajado toda su vida en la ciudad de México, nunca había encontrado semejante olor. Fue de aquí a allá unos segundos hasta que se le ocurrió la respuesta y regresó a la improvisada sala de operaciones con un apestoso puro quemándose en su boca, inhibiendo así el sentido del olfato. Volvió a sentarse ahora seria, con actitud profesional, y se puso manos a la obra.  De inmediato, con dos dedos en el mentón, asintiendo, diagnosticó apocalíptica infección vaginal y con un cuchillo de carnicero, un tenedor de plástico, masking tape, agua oxigenada y todo un kit de diferentes pomadas, empezó a trabajar arduamente. Trabajó en la infección, cortando aquí, untando allá, picando arriba y abajo, y mientras operaba se dio cuenta de que la crisis existencial desaparecía, que el temor al desperdicio de vida había sido remediado, animándose más y más, despidiéndose de la depresión y cansancio espiritual, hasta que, renovada, terminó, reconociendo que no había más qué hacer. “Sólo queda esperar” dijo algo nerviosa, pero con esperanza, viendo a la mujer desmayada, alumbrada por un débil foco viejo, y Bombón apagó la luz para dejarla descansar y fue a esperar, sentada viendo fijamente uno de los estantes con linda ropa interior de mucho estilo, tratando de mantenerse optimista. Pasaron las horas y, cerca de cerrar, fue a revisar a la paciente. Segura de que la operación había sido un éxito, con ánimo y buen humor, prendió la luz. La mujer estaba inmóvil con los ojos abiertos, en posición engarrotada de sufrimiento, viendo con un gesto de horror el otro mundo. “Ay mamá” dijo Bombón, persignándose tanto que se dejó un moretón en la frente, uno en la boca del estómago y uno en cada hombro. La señora estaba muerta y ahora hacía cola para entrar al infierno. Decepcionada, lamentando su fracaso, lentamente, la dejó ahí y, desganada, cerró la tienda y emprendió el largo trayecto a su casa. “No puede ser” decía ahí apretada entre la gente, viendo a un niño lamer un tubo del metro. “Maldita vida, maldita suerte” dijo con antojo de sentir lástima de ella misma, pero antes, porque tenía carácter, Bombón decidió no desanimarse, con las fuerzas de regreso, aprovechó el camino para repasar lo que había hecho, buscar errores y se dijo, ya en un ángulo de 85°, cerca de su casa, que seguiría practicando para un día ser la mejor ginecóloga de toda la estación Pantitlán. Así, Margarita “Bombón” Gutiérrez continúo y continua practicando ginecología en la trastienda de su expendio de pantis.