Tuesday, August 15, 2017

120 días de pompdoma (parte 4)

80

Pompitas Alonzo, el escritor de cuentos cortos y apto gimnasta, estaba echado en un camastro, escuchaba un audiolibro sobre como el trigo esclavizó a la humanidad; teníamos mucha promesa como especie, pudimos haber llegado lejos, pero casi desde el principio nos atamos al pan y construimos nuestras sociedades alrededor del trigo que terminó convirtiéndose en todo lo malo que le pasa a todo el mundo. Pompitas escuchaba con gesto indiferente, viendo el cielo, con los ojos cubiertos por lentes oscuros y el cuerpo por pijama y chamarra con lana de cordero en el cuello. Hacia frio, había viento. La zona de la alberca estaba vacía y, frente a Alonzo, pasando la propiedad, se extendía el campo café claro, uno que otro nopal, el cielo azul oscuro y la ruralidad en toda su gloria. Pompitas, inmóvil, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo, mataba el tiempo, esperaba a que lo rehabilitaran y a que se le quitaran las ganas de morir, no podía salir a triunfar y exponerse a la tentación con el espíritu en modo de autodestrucción. Tenía que crecer y ser mejor persona.

Llegó a paso rápido la dramaturga Gertrudis Perkins, Ger para la gente en general, y se sentó en el camastro de alado, viendo alterada a Pompitas Alonzo. Tenía un montón de papeles en una mano que estrujaba compulsivamente. Algo decía pero el maleducado autor no se enteró, seguía escuchando como la agricultura nos hizo a todos unas perras. Ger, también en pijama, pero en lugar de chamarra, tenía una bata de baño desgastada casi color rosa y un cigarrillo fino colgando de los labios. Estaba en sus 40’s pero la vida bohemia la hacía ver más vieja. “Entonces, mi pompi, ¿qué opinas?, eh, ¿te gusta?” escuchó apenas Pompitas y continuó contemplando el cielo, siguiendo a las nubes que pasaban a uno por hora, y pensó en su modales, listo para activar la educación, pero luego se acordó que estaba en rehabilitación y ahí no importa nada así que no escondió su descontento al quitarse por fin los audífonos, haciendo un ruido de disgusto y, después de dos segundos para entender de lo que le hablaba,  sin voltear, “mmm… me gusta” dijo sinceramente. La obra de teatro de Ger se llamaba LAS GUARRAS y trataba sobre un grupo de baile conformado por mujeres no precisamente finas que participaban en un concurso para pagar la despedida de soltera en Acapulco de una de ellas. “me gusta de verdad” dijo pompitas sentándose en el camastro, quitándose los lentes, revelando sus preciosos ojos color agua puerca, viendo inexpresivo a la ganadora del premio a la dramaturgia “Benito Cardoza”; “en serio, pompi, ¿en serio te gusta?” dijo trémula Ger en necesidad maniática de reconocimiento, nerviosa, desalineada, “qué sí… es buena”. Ella se ruborizó, separó los ojos de los de Alonzo y se sumergió en sí misma. “Seguro en su cabeza explotan miles de males” pensó el psicólogo aficionado Pompitas Alonzo e hizo media sonrisa menos de un segundo y como por resorte, producto de la medicina, su boca regresó a la completa neutralidad. De repente, con las inseguridades por el momento superadas, Ger tomó con sus dos manos una de Pompitas y viéndolo con anticipación descontrolada, le preguntó si quería participar. “OK, está bien” respondió Alonzo motivado por el consejo de sus doctores de ocuparse y no perderse en morbosa autoobsesión. “Bien” dijo después el escritor de este y otros muchos cuentos, se pegó en los muslos con las palmas, se paró y fue a la cafetería a comer un montón de alitas. “yum”.

Pompitas, en vestido, tacones, peluca y mal maquillado, estaba sentando a unos pasos del resto del reparto de las Guarras. No quería pero escuchaba su conversación que lo irritaba terriblemente, le daban ganas de ir a gritarles que se callaran, los comentarios no particularmente molestos jodían con el espíritu del escritor, provocaban furia, creaban una tormenta de ira, nubes de odio se formaban amenazando un huracán de violencia; los oía reír y la risa le provocaba asco, pero antes de que hiciera una tontería, el sentimiento rumbo a lo insoportable provocó una reempezada de mente en forma de introspección y pompi notó “he cambiado… que amargado me he vuelto” e iba agitar el brazo para ahuyentar los bichos que picaban confiados el ánimo del cada vez más intolerante Pompitas Alonzo, pero antes “muy bien!” gritó Ger ahí de repente como por efecto arcaico de cine, “¡hora de trabajar!”. Cuando estaba en su papel de directora, la dramaturga cambiaba drásticamente, sus modos normalmente reservados y tímidos, se volvían seguros y asertivos, uno no podía darle mierda, porque ella simplemente no la tomaba. Ger aplaudió ruidosamente, “a sus lugares, señores, ¡por favorrrr!” y hacia un sinfín de ademanes y Pompitas Alonzo y el resto de los improvisados actores fueron a pararse en medio de escenario del muy bonito auditorio, iban y se formaban como pinos esperando bola, parados derechos, serios, concentrados, repasado en sus cabezas la ya muy ensayada coreografía, unos segundos de neutral suspenso, y empezaba el bajo duro y las percusiones pesadas de la canción que haría pasar a las finales del concurso de baile a las Guarras y ¡pum! Brazos arriba, giro y salto y brazos, salto, giro, brazos a los lados, cabeza girando en posición de guerrero samoano, para allá, giro, salto, patada, para acá, sudor volando, salto, giro, salto, pies contra duela y el gran final: un gordo chaparro (Vicente Buendía, el escritor de recetas sin sentido) con vestido entallado y peluca muy negra exageradamente larga, voló por el cielo, dio una vuelta en el aire y cayó como costal lleno de tripas y huesos, libre de toda gracia, su carne le pegó duro y ruidosamente al suelo, frente el resto del grupo quienes tenían la cara hacia arriba y gritaban “¡¡aaaaaaa!!”, sudando, respirando duro. Acabó la canción y los ojos, poco a poco, iban hacia Ger, esperando notas. Ella estaba sentada en una butaca en la tercera fila, pensativa, con el dedo gordo y su vecino en el mentón, veía la nada, asintiendo. “OK” decía de pronto, “se cancela la obra” y hacia un coraje y destruía todo lo destruible. “pero Ger” le decía la ex cocainómana escritora de libros para niños, Maricela, la única otra mujer en el lugar, asistente de dirección y se llevaba a un lado a la genio del teatro, quien maldecía como niño que acababa de descubrir las groserías. Intercambian unas palabras y después de un minuto o dos, regresaban al escenario y Ger, viendo intensamente a los que no tenían por qué estar ahí, decía “venga, de nuevo, desde arriba”. Los pinos hombres vestidos muy mal como mujeres tomaban su lugar y volvía a empezar, así hasta que estuviera perfecto.

Ger, en su cuarto limpio lleno de luz natural entrando por la ventana, con sólo una cama, escritorio, silla y computadora, reescribia un pedazo de su obra. Convertida en una changa mecanógrafa, le pegaba a las teclas, escribía con sólo dos dedos que subían a una altura innecesaria y caían rápida y pesadamente. La mujer escribía jorobada, murmurando, fumando cigarrillo tras cigarrillo, viendo detenidamente el monitor, con los ojos clavados en las letras apareciendo, las veía como uno ve a alguien que le apunta con toda la intención de matar. Ger no podría decir cuánto tiempo llevaba escribiendo, podía escribir por horas, editar, volver a escribir, así poseía el récord de la obra de teatro más larga de la historia con un libreto de más de mil páginas. Escribía y hacia sonar por los pasillos prístinos del centro de rehabilitación la violencia en las teclas, se escuchaban los golpes al pobre teclado en tortura. ¡Tap! ¡Tap!  ¡Tap! ¡Tap! ¡Tap! ¡Tap!  ¡Tap! ¡Tap!. El ruido podía volver a uno loco y era justo lo que hacía. Dos cuartos a la derecha, estaba el cuarto de Marcelino Artiaga, poeta una vez galardonado, ahora, después de una vida llena de mezcal, totalmente en el olvido. Marcelino era de esos que se aguantaba el enojo hasta que explotaba y cuando lo hacía, cosas horribles pasaban. Llevaba desde la mañana echado solo en su cama, rojo del coraje, viendo a una mosca volar, detenerse y volver a volar describiendo una especie de cuadrado, así durante horas ese día callado en el centro de rehabilitación en medio de la nada. La combinación del vuelo aparentemente absurdo y el tap tap tap del tecleo changuezco, hicieron a Marcelino, trastornado por tanto escuchar y ver, perder la paciencia. El autor de poemas como Marometa en altamar y Es Miércoles, mis amigos se levantó de su cama y salió del cuarto con los ojos fuera de sus cuencas, los dientes apretados y las venas en la sien jodiendo con lo aerodinámico del diseño natural de la cabeza, y fue al de Gertudis Perkins. Se quedó parado en el umbral, viendo unos segundos a la dramaturga escribir por milésima vez el tercer acto, dándole la espalda a la puerta y, tras una ola de tics en la cara de Marcelino y el abandono definitivo a la cordura, éste se lanzó sobre la mujer, la tacleó y, antes de que se terminara de computar lo que estaba pasando, un puño ya iba a toda velocidad hacia la cara de la incauta mujer. Marcelino le propinó salvaje golpiza y la dejó casi muerta y la hubiera matado de no ser por Carmelo Ribeiro, periodista de chismes con ambición obsesiva de novelista, que pasaba por ahí por pura casualidad, vio a lo que acontecía y corrió por ayuda. A Marcelino lo metieron a la cárcel, a Gertrudis la internaron en una bodega para locos porque quedó gravemente herida, física, pero más que nada mentalmente. La crueldad del mundo de la que tanto se quejaba por fin la alcanzó y simplemente no pudo lidiar. El ataque la dejó catatónica para siempre. “Se cancela la obra” anunció Maricela con ojos hinchados y nariz llena de moco al reparto de la Guarras, al salir de hablar con el doctor. Pompitas, alejado del grupo que se abrazaba y lloraba, aceptó de inmediato las noticias con sentimientos encontrados, veía promesa en el trabajo, pero su misantropía lo hubiera hecho tarde o temprano hacer un Marcelino. Pompi, así, regresó a su cuarto, a sentarse junto a la ventana con el codo en el marco y el mentón en la palma, a suspirar de vez en cuando, a ver el campo, a curar sus males en silencio y en privado y a esperar lo que hiciera falta para salir a triunfar.

Un buen día, hace muchos años, Pompitas Alonzo, reciente escritor de cuentos cortos y ahora marihuano, contemplaba el mar, sentado en un tronco en una playa de rocas, con un porro en la boca y el bosque detrás extendiéndose magnifico, fresco y verde, acobijando con ternura a nuestro héroe. Hacía frío, pero pompi no lo sentía, la emoción ponía a su sangre correr tanto que el cuerpo generaba su propio calor. Pompitas Alonzo puso la yema de los dedos sobre su corazón y lo sintió latir, le emocionaba las posibilidades de la creación literaria y, más que nada, la independencia de dios, que se joda su abuela que, la muy traviesa, escondió en el cuarto del joven escritor, bocinas que tocaban pesados mensajes religiosos mientras éste dormía, lavándole el cerebro, volviéndolo cada vez más creyente; a la abuela, que era cínica y férrea atea, ésto le daba mucha risa. Así, Pompi, al descubrir y practicar la escritura de cuentos, rompió las cadenas que lo confinaban al infierno intelectual y a una vida ordinaria, explotaba su visión particular y ahora, sentando en ese tronco, con sus sedosos cabellos bailando en el viento de otoño, viendo con sentimiento las olas romper contra la playa describiendo su espíritu, pacheco como jamaiquino en día festivo, reconocía y babeaba por las posibilidades. 120 días de Sodoma del Marqués de Sade, todo arrugado y rayando, siempre en el buró junto a la cama de Alonzo, había influenciado tanto al autor que éste babeaba al soñar con superarlo, “quiero escribir algo más punk” le decía al océano. Pompitas se entretenía con estos pensamientos cuando las ramas y hojas detrás de él se empezaron a mover, alguien o algo venía. Una muchacha apareció de repente como presagio funesto. Atraída por el dulce aroma de la marihuana, llegó y se sentó junto a pompitas. La muchacha era una particularmente sexy, con sus nalgas gordas y sus tetas protuberantes, firme, joven, guapa, pero se veía en su mirada algo anormal; pompitas, con ojos de chino y seguramente influenciado por su hierba de presumible calidad, se sintió en presencia de algo más fuerte que él, algo súper natural, la naturaleza se había personificado en esa mujer hermosa con labios brillosos y con ojos en desbordante antojo por el rico beso del porro y cuando por fin, a poco de provocar un infarto en el todavía sano, fuerte y joven corazón del lujurioso muchacho, sus ojos se encontraron, le dijeron que estaba dispuesta a todo para obtener uno o dos turnos al porro. “regálame unas fumas y te enseño mis chichis” dijo pegándose contra Pompitas. El futuro maestro en el cuento corto, adolescente lleno de hormonas, normalmente marioneta de la biología, estaba todavía alterado por la pasión provocada por el tren de pensamiento ahora desastrosamente interrumpido y la molestia por la súbita aparición de aquél demonio del ansia eclipsaba las obvias oportunidades eróticas. “no, no tengo nada que darte” le dijo decidido el próximamente arrepentido pompitas. La mujer hizo cara de confusión, su primer rechazo, preguntó con la mirada si estaba seguro, Pompitas respondió con un gesto de indignación, alejando su cara y haciendo un ruido de disgusto, la sensual muchacha hizo un gesto de “ok, lo que sea” y se fue. Pompitas reconoció de la que se había salvado y contento de estar de regreso en la soledad, listo para volver al espectáculo de los fuegos artificiales producidos por la fantasía, con el porro babeado sólo por él, quemándose a buen paso por lo bien rolado, se dijo que no podía esperar para una vida dura de incertidumbre, rareza y empuje artístico, excéntrico, anormal. “adelante, arriba, para siempre, Pompitas Alonzo, de aquí al infinito, de aquí a la eternidad, Pompitas Alonzo”.

Monday, June 12, 2017

Clima de Retraso

79

Beto se miraba las palmas de las manos, temblando, en pleno ataque de ansiedad. Pasó una mano por la frente, la otra por la nuca, se limpió el sudor en los pantalones y miró hacia adelante, tragando saliva, juntando valor. La vida es dura decía el tatuaje en el antebrazo izquierdo que le recordaba la naturaleza de las cosas. “oh no, oh jesús” repetía ante la muralla de responsabilidad y las inseguridades gritaban, le decían “basura, vas a fracasar” y Beto, con la vieja computadora en su cráneo a punto de ser superada, las espantaba al mismo tiempo que revisaba la no muy grande lista de cosas que necesitaba para triunfar. Corría enloquecido de acá a allá sin realmente ir a ningún lugar. Se obsesionaba con tonterías, renunciaba, volvía a empezar. En ese punto en su vida, estaba en una encrucijada de la cual no podía escapar. “Es hora de la acción, ahora o nunca, se acaba el tiempo y los frutos del árbol de la vida se pudren con cada segundo de indecisión”

 “Cómete un pan” decía la abuela demente, “cómete un pan, Betito” y la abuela bailaba con el dedo hacia el techo, con una mano en la cadera, moviendo trasero, vestida siempre en pijama, siempre en bata, siempre en pantuflas. Beto se tomaba leche con chocolate y miraba, en un plato con patos en los bordes, frente a él, la concha vieja llena de moho que había salido de la basura de los vecinos, los Artiaga o los Archundia quizás. En un parpadeo, la octogenaria corrió hacia la mesa, la golpeó con las palmas y acercó mucho su cara a la de Beto. “Cómete un pan” le repitió la anciana desconectada, “cómete un pan” y rechinaron los dientes un escándalo. Beto, que era más bien un cobarde, cedió y comió la concha echada a perder. La acabó y miró hacia el futuro, “hay verdaderamente un clima de retraso” dijo, reflexionando, empezando a descender en el efecto de los hongos, internándose en la alucinación de las cosas. “¡bip bip!” sonó a la distancia, era Guzmán, el compañero de trabajo de Beto, hora de ir a trabajar. Beto, por reflejo, con el cerebro afectado, viendo las cosas deshacerse, se paró y fue. La abuela “verdaderamente hay…” dijo asomada por las cortinas “… un clima de retraso”.

Desde el cielo sonaban tambores rápidos y duros, anunciando el inicio de la aventura. Beto, recargado contra la puerta del viejo carro que parecía deshacerse con cada vuelta de las ruedas, miraba hacia arriba y, como miles antes de él, imaginaba a un dios cruel que lo miraba con desprecio y que le decía con la mirada fría y penetrante que era un incompetente. “Verdaderamente” dijo Beto intimidado, acomodándose en el asiento justo a tiempo para que le vibrara el teléfono. Era su novia Margarita. Margarita como siempre lo regañó por algo. Le decía que lo iba a dejar, que no tenía suficiente ambición, que le echara más ganas a la vida y Beto iba a defenderse, pero además de ser cobarde, era un calenturiento y justo cuando le iba a decir que lo dejara tranquilo, el enorme trasero de Margarita apareció en la pantalla mental, el olor de su culo, las nalgas en su cara, oh el animal adentro, amplificado por los cultivos en el pan, vuelto loco por la lujuria, abortó cualquier intento de defensa a la dignidad y Beto, derrotado, se quedó callado, tomando el incesante reclamo, sabía no había oportunidad de triunfo, nadie iba a ganar nada y todos perderían si se atrevía, se acordó de la soledad, la volvió a sentir y “verdaderamente” le dijo a Margarita antes de colgar. Sin saber qué hacer o decir, en un barquito sobre las olas de la alucinación, miró la placa del carro de adelante que decía “MU3RT3 D35TRUCC10N” y esperó a que todo pasara, a que regresaran las cosas a la normalidad, a que por favor, por el amor de dios, parara la molestia.

La abuela, mientras Beto estaba en el trabajo partiéndose el lomo como un animal, exploraba el internet, se enteraba de los últimos sucesos, de la vanguardia en la moda, de las canciones que los jovencitos bailaban enloquecidos en su frenesí hormonal. Ponía su cara muy cerca al viejo monitor lleno a los lados de estampas de estrellas del básquet bol nacional, y llenaba su descompuesto cerebro de todo lo mejor y peor que tenía que ofrecer el ciberespacio. Ese día en particular, la abuela investigaba sobre organizamos que se meten al cerebro y lo hacen a uno hacer locuras, fáciles de encontrar en los jardines entre el ecuador y trópico de cáncer. De ahí, gracias a los misterios de la red, fue al chat de un grupo radical que decía que el mundo se había acabado y que nadie había avisado. “Verdaderamente” susurró la abuela impresionada, reconociendo la envergadura de esa ventana a todo el conocimiento de la humanidad, y en el fondo, rimas y ritmos invadían el silencio de la mañana, el hip hop coloreaba el instante con una gama de colores extraordinaria. La abuela fue radicalizada por el grupo y la reclutaron para que explotara con la estela de luz, un monumento a la corrupción gubernamental. La vieja demente volteó hacia el futuro y repitió lo que llevábamos diciendo todo este cochino tiempo “hay, hay, hay”. Después fue a su diminuto jardín con pala en mano en busca de esas microscópicas criaturas, estaba lista para cumplir con su destino, sólo necesitaba un empujón bacteriano. Recogió un montón de tierra al azar llena de, ella esperaba, las criaturas, se la comió sin pensar y fue a ponerse su vestido y suéter de viejita favoritos porque estaba lista, lista para empezar el fin.

“Sólo escucho música que salió este año” decía Guzmán viendo de reojo si Beto se impresionaba, pero éste no decía nada, sólo veía el tablero con tristeza, con el viaje de los hongos convertido en un desfile de responsabilidades y preocupaciones. Tenía que hacer esto, tenía que hacer lo otro y sentía en el centro de su alma el ardor de la mortificación. No hay libertad, no hay buenos ratos, no hay escape y se miraba las palmas, con el ataque de ansiedad intensificado. “Cómete un pan” retumbó en su cabeza y maldijo a su abuela. Sabía lo que tenía qué hacer, la respuesta llevaba mucho frente a él. “oh no, oh dios” repetía con la muralla de responsabilidad a un lado y el abismo de la absoluta incertidumbre al otro, sin escapatoria. Con el cerebro ya completamente trastornado, imaginó un rifle en sus manos, reconoció que la lucha absurda, la revolución contra todo y contra nada, no podía continuar, pero tampoco lo podía dejar caer, tenía que entregarse o echarse a lo desconocido. “Beto” dijo Guzmán, viéndolo espantado, cuando el tráfico le permitió verlo bien, “qué tienes, qué te pasa”. Beto giró la cabeza hacia Guzmán y, con las pupilas ocupado todo el globo ocular, dijo lo que todos ya sabemos, dijo lo que llevamos diciendo todo este cuento “¡HAY!” gritó Beto descompuesto y alarmado, a la cara derritiéndose frente a él, “clima… clima de retraso” acabó con un susurro, con la decisión tomada, sabía perfectamente cuál era su siguiente movimiento. Guzmán hizo cara de molestia, desacostumbrado a que la gente dijera cosas que no dice todo el mundo, “equis, Beto, equis” dijo Guzmán subiéndole a su música exclusivamente del año en curso.

La abuela salió de su complejo habitacional por primera vez en mucho tiempo, odiaba a la humanidad, pero más que nada le temía. Paró la micro que decía “estela de luz” y allá fue, a las profundidades de los intestinos del leviatán que es la ciudad de méxico. En el camino, la abuela de buen humor, miraba las calles con gente yendo y viniendo atareada, sentía el sol en la cara y al viento de la velocidad mover sus arrugas y grises cabellos; imaginó a esos en sus oficinas, ocupados, estresados, lidiando con cosas con las que ella nunca tuvo que lidiar, bendijo su suerte, pero inmediatamente después se le amargó el rato cuando se acordó el porqué de todo. Su difunto marido, el abuelo del Beto, un verdadero ojete, chapado a la antigua, total cavernícola, la mantuvo cuarenta años y durante ese tiempo, la abuela fue sometida a todo tipo de abuso. Para encontrarle sentido a la cosas, se metió a estudiar psicología por correo. Acabó con promedio de diez y, mientras era lanzada de un lado al otro del cuarto, supo qué pasaba por la cabeza de su marido. La abuela analizaba y detectaba los males que operaban en la trastornada mente de ese hombre que, después de meterle severa golpiza, se echaba en su regazo a ponerse a llorar, a reclamarle haberlo obligado a hacer lo que le hizo. “Verdaderamente” dijo por primera vez la abuela ensangrentada, con la cara hinchada, el labio roto, el ojo cerrado, hace años, con su diploma enmarcado en la pared. El martirio acabó una noche que el abuelo esperó a que Beto bajara por su usual aperitivo nocturno. Beto, con sólo 8 años, vio a su abuelo dispararse en la sien con arma de exagerado calibre, volteó hacia la ventana, vio el cielo, reviso el clima y reconoció. La abuela terminó de recordar justo a tiempo, el epitome de la corrupción aparecía a la distancia. “¡ESTELA DE LUZ!” gritó el chofer con el mejor mullet de la historia. La abuela saltó del transporte en movimiento y se preparó para darle significado a su vida.

Beto y Guzmán salieron del tráfico y fueron a esperar en la fila para entrar al estacionamiento del corporativo donde trabajaban. Mientras esperaban, el efecto de los hongos acabó y Beto se acordó de sus detalles personales. “oh no, oh señor” se dijo al terminar de checar su pasado, superando la cobardía, lleno de valor. No podía más, era hora de la acción, era hora de agarrarse los testículos y lanzar los dados, cruzar los dedos, creer en todos los dioses. Abrió la puerta y salió corriendo. Corrió por la calle hasta que sintió que sus pulmones estaban en fuego, escupió una flema del tamaño de perro chihuahua y se dio cuenta que había, ahí a lado, una estación de metro a la cual entró y, sin pensar dos veces, con el corazón enloquecido, se subió al tren que abrió sus puertas justo en el instante que llegó al límite de la plataforma. El destino. Y allá fue, sentando en el vagón casi vacío, con un pordiosero como único otro pasajero. El vagabundo veía directamente a Beto, oh la libertad del realmente libre, le hacía caras y ruidos, con sus ojos de desquiciado, seguramente bajo el efecto de alguna droga que le recordó a Beto la concha que se había comido esa mañana y se preguntó el cómo. Sabía por su adolescencia punk que el moho no producía los efectos típicos de los hongos mágicos y ya totalmente en sus cinco sentidos, desde las profundidades de su memoria, se escuchó “muuuu muuuuuu” y se acordó que a su abuela le daba por juntar la caca de la vaca de los Archundia y no pudo evitar sonreír tiernamente, “verdaderamente” le dijo al vago que se hacía pipí en sus jeans extrañamente limpios y nuevos, y se acordó de su leche con chocolate. Su abuela lo había drogado y no había tiempo de analizar eso más a detalle porque había llegado a su destino.

Unos jovencitos guapos y sensuales vestidos como los ricos se imaginan se visten los pobres, esperaban posando en la explanada de la estela de luz. Tenían una mochila llena de explosivos y un detonador que uno había robado de la compañía de su padre. Llegó la abuela acalorada, desacostumbrada a tanto movimiento. Se saludaron, intercambiaron fingidos comentarios amables y cuando ya no tuvieron más que decirse, para no prolongar la incomodidad, se pusieron manos a la obra. Repitieron su cansado discurso mamón sin sentido, uno habló sobre el sufrimiento de los pueblos indígenas, entregaron la mochila y se fueron sin más. La abuela, ya totalmente desinhibida por los horrores microscópicos, olvidó por completo a los jóvenes idiotas adinerados, se puso la mochila y se metió a la estela de luz que estaba llena de turistas. Desalineada, sudada, con mechones de pelo bailando al ritmo del aire acondicionado justo sobre ella, miró a su alrededor. Si algo odiaba en esta vida eran esos que visitaban su ciudad, oh todo ese tiempo que pasó quejándose de la gente que entorpecía el tráfico, que llenaban los lugares a los que ella jamás iría, que se expresaba molestamente con sus frases raras. “Es hora” susurraron las criaturas ya con desagüe y alumbrado en el cerebro de la anciana que lo único que quiso fue importar y babeaba por la idea de que sus sueños más añorados estaban a punto de hacerse realidad. “¡Está con madre!” gritó un niño gordo con demasiado producto para el cabello comiendo chicharrones, “clima de retraso” le dijo la abuela con desprecio y accionó la bomba. La estela de luz se vino abajo y cayó sobre una pipa de gasolina que explotó e hizo explotar a los cientos de carros a su alrededor, ocasionando una reacción en cadena que llegó hasta el zócalo, llevándose a miles en su camino. El fuego subió hasta la bandera que se quemó lentamente y las llamas de la abuela siguieron hasta consumir la ciudad entera.

En la oscuridad del descenso hacia la incertidumbre, Beto pasó y dejó atrás todas las razones para lanzarse. Caía, bajaba rápidamente, con su misantropía desapareciendo, abriéndole el paso a la paz, a la tranquilidad, a una nueva vida. ¿Qué pasará después? nadie sabe, la naturaleza de lo desconocido, de la aventura; empezaba la celebración, con el corazón a punto de explotar y una idea brilló ahí en la negrura, lo aprendido durante todos esos años de joda y lucha contra el mundo y sí mismo, se descubrió y Beto reconoció que eso realmente no era un escape, su ida no tenía nada que ver con las cosas que no podía evitar rechazar, su movimiento era algo positivo, la independencia del pasado era un medio, no el fin, la meta era buena y el alquitrán de la negatividad en su actitud fue desapareciendo hasta que quedó totalmente limpia, empezaba libre, listo para lo que sea. Viva la libertad, viva los sueños decía el tatuaje en el antebrazo derecho y terminó de caer. Levantó la cara y vio el cielo, sintió el acogedor calor de una nueva etapa, la luz refrescante de un otro clima. Inhaló ese nuevo aire, contemplando con sentimiento la oportunidad que se extendía ante él, y fue a luchar, a seguir adelante, a aprovechar su vida, a que valga la pena la muerte.

Thursday, May 18, 2017

El Horror de mi Cariño

78

La tía Juana me mandó un email. Me decía que era hora de que sentara cabeza y que me había organizado una cita con la hija de una de sus amigas. Vi el monitor confundido, suponiendo que se había equivocado de sobrino, pero hasta arriba decía mi nombre, “qué raro” pensé y “ok” respondí como brinquito hacia la caída libre en el abismo de la reflexión; por qué se le ocurriría a la tía Juana que era buena idea intentar emparejarme, por qué, por qué yo, y llamé a mi secretaria. En lo que esperaba, ahí sentando, cómodo, en la paz de la mañana, una idea empezó a salir como caca del ano de mi imaginación. Vi mi traje, vi mi oficina, vi por mi ventana a la ciudad extenderse y reconocí con una sonrisa formándose en mi cara, que estaba en la cumbre del éxito clase media. A lo largo de mi adultez, distraído, movido por la inercia, carente de ambición, sólo por ser quien era y pertenecer a la familia a la que pertenecía, había escalado o, mejor dicho, me habían cargado hacia posición importante y, como consecuencia, era presa preciada en el desierto social y los buitres volaban sobre mí. Para confirmar mis sospechas, le pregunté que qué opinaba a Muriel la secretaria, ella me miró acostumbrada a mi naturaleza despistada y contestó “codiciado soltero”, “aja” respondí, agitando mi mano en su cara para que se fuera. Al final, todo el asunto me dio risa y le dije “por qué no” a la vida.
Llegué maniáticamente puntual al restaurante elegante en colonia rica. Me senté en la sección de fumar y mientras fumaba, paseé la mirada por el lugar. Estaba lleno de parejas jóvenes con otras parejas, riendo, contentas, sanas y fuertes, algunas con bebés, todas celebrando el triunfo, todas participando, todas felicitándose, todas vueltas locas en emoción genuina. “Ugh” dije asqueado y llegó la mujer. No era muy guapa, más bien ordinaria, pero estaba en forma y tenía estilo. A primera vista se veía que era inteligente, disciplinada, bien educada. Me dio un beso en el cachete, se sentó y empezó a hablar para no callarse. Mientras hablaba tuve oportunidad de examinarla. En su modo había ese nerviosismo de los actores de teatro en la noche de estreno. Revelaba con un millón de palabras que quería casarse como sea, que ya no era jovencita y la sociedad le exigía, decía tácitamente que mientras yo estuviera dispuesto a casarme, ella estaba totalmente a mi merced y que, para hacer éste uno corto, me confesó con parloteo incesante que yo tenía todo el poder. “Oh no” susurré al enterarme, sintiendo pequeña pasajera lástima que fue eclipsada por furiosa erección. Evité cantar victoria prematuramente y decidí ponerle atención. Decía que estuvo con su novio pasado diez años, que ella le hizo un ultimátum de matrimonio y que el hombre había escapado. “Aja” dije con el monstruo que todos llevamos dentro, dormido durante años, ahora despertando, “muerte y destrucción, locura y maldiciones” susurró desde mi alma corroída. “Ok” le dije temblado de la emoción y fui al baño. Ahí, puse mis palmas en el lavabo, con la vista baja, renunciando el control, lentamente levantando la cara y me vi en el espejo. Tenía los dientes apretados, sacaba baba, con los ojos en blanco, respirando duro y rápido, convulsionándome por las miles horribles ocurrencias. El hombre del baño, espantado ante el tenebroso espectáculo, se metió al closet de escobas. Concluí en que le daría rienda suelta a mis instintos y que cedería las riendas a mi naturaleza. “Lo que será, será” le dije al mundo, “ay mamá” murmuró él.
Nos casamos un año después, en otoño, en una muy bonita y cara ceremonia. “Lo que sea” le dije al padre cuando preguntó si tomaba a esa mujer que le daba absolutamente igual quien estuviera en frente y que se moría de ansia, “ya” me decía su inquietud, “vamos, idiota” me decían sus movimientos nerviosos. Apenas podía con su emoción, perecía acababa de tirar el penal que la haría ganar el mundial y veía el balón dirigirse imparable hacia el fondo de la portería. Ahí parada, exteriormente perfecta, pero en sus ojos se revelaba que estaba muy acabada, exhausta, había sufrido desde ese día en el restaurante, desde esa tarde no paré de transferirle mi pesadumbre, mis inseguridades y mierda emocional en general; sin ningún tipo de recato, dejé caer sobre ella, sin censura, con confianza, durante todo nuestro noviazgo, mis incoherentes sospechas paranoicas, le decía sin titubear mis chistes idiotas nada graciosos o mis teorías sin fundamentos ni sentido sobre las cosas menos importantes y ella,  primero horrorizada, pero luego, con su corazón de hule recibiéndolo todo, totalmente acostumbrada. Para la boda, ya nos habíamos agarrado algo de cariño y “¿qué cosa?” preguntó el mafioso religioso, “que sí, mierda” respondí malhumorado, ella levantó los puños al cielo, “¡sí!” gritó llena de alivio, lo había logrado, ahora su mamá la dejaría tranquila, ahora podía participar en las conversaciones de sus amigas “que mi marido esto, que mi marido lo otro” y, como quien acaba un maratón que le costó, se echó a llorar de la felicidad, suponiendo, siempre optimista, la muy tontuela, que eventualmente las cosas mejorarían. La miré con ganas de reír, a la pobre mujer, que en otra cultura hubiera sido una campeona, obedeciendo ciegamente el muy bien programado comando, y se entregaba, se tiraba sin reclamo en el volcán lleno de la ardiente magna que era mi constante compañía. “En fin” le dije al destino, sentando solo, bebiendo en la borrachera nupcial, una botella completa de whisky.
Pasó el tiempo, caímos en la rutina y yo seguía molestándola con tonterías, con la locura intensificándose más y más. Para entonces el cariño sólo hacia las cosas peores, era una cadena que acababa en un escusado que nunca había sido lavado. La mierda, con cada aniversario, se ponía más densa. Todas las tardes, nos sentábamos en la sala/cuarto de tortura de nuestra típica cara semi lujosa casa, y durante horas, con sólo los sonidos de la tarde a nuestro alrededor, mientras me bebía vaso tras vaso de licor duro, le descargaba encima mi cochinero interno. Así todos los días, así durante años y ella lo tomaba, ella, que tenía la inteligencia para reconocer lo que le pasaba, vivía su vida en ese mundo de mierda y yo, un tanto sádico, curioso, indiferente ante su sufrimiento, veía los estragos que mi compañía hacía en su espíritu, veía que se ponía más nerviosa, con tics nuevos apareciendo de vez en cuando y yo no paraba de platicarle nuevas y horribles sospechas sobre la naturaleza de la vida, provocando pesadumbre que yo aguantaba despreocupado chiflando contento porque toda mi vida había sido molestado por constante obsesión morbosa, pero a ella le costaba, ella se preocupaba, tomaba las cosas en serio, se ponía a intentar resolver mis problemas imaginarios y, lo peor de todo, confundía mis discursos pesimistas con sentimiento genuino, decía que me importaba porque le compartía el producto de delirio enfermo e infinito y ella hacia lo que podía, aguantando el martirio emocional, y yo, la verdad, si la tía Juana no nos hubiera puesto en contacto, lo mismo me hubiera dado entregar mis funesto monólogos a un perro o algo. “Blah blah blah” todos los días, así muchos años, hasta que un día, cuando ya no pudo más, se tiró por la ventana. “Vaya, vaya” le dije, viendo por la ventana con el vidrio roto, contemplando a la exmujer ahí tirada, con sentimientos extraños circulando atolondradamente por mi alma, a la muerte.

Tuesday, May 09, 2017

Amenazas al Mundo

77

Le escribí una carta de amor a una culoncita. En un pequeño papel perfumado, con letra manuscrita, le escribí “siéntate en mi cara”. Ella no volvió a dirigirme la palabra ni verme a los ojos. “Lo que sea” le dije al suelo, colorado, sintiendo el rechazo. Es dura la vida.
“Qué puedes hacer más que quejarte, amargarte, que se te envenene el corazón” les decía a las amenazas al mundo que caían sobre mí como avalanchas de metal. Las miraba, impotente, con tristeza e indignación y trataba de seguir adelante, pero no podía, una ira expansiva explotaba en mi centro y me hacia enloquecer. “¡Civismo!” les gritaba golpeando mi volante. Pasaba y otra vez casi me pegaban sólo para escapar por un milímetro. “Amenazas al mundo” les decía en rabia, continuando la algo tortuosa rutina “van a ser el fin de mí”.
Y ahí estaba sentando, incrustado en el tráfico, viendo, con la mente contaminada por tanto internet, la procesión de los no muertos, tratando, ya sin éxito, de sentirme superior, pero no, ellos y yo somos lo mismo, no hay remedio. Se escuchaba el mismo pop de siempre, sonaba en el fondo de mi esfuerzo colosal para no recordar cómo llegué ahí, yo con tanta promesa, y espantaba esos pensamientos pero sin falta se escabullían, hace cuánto de eso, oh no, hace cuantos años de eso otro, ay mamá, no hay escape, ahí en el tráfico, con el cachete recargado en la palma, sacando lastimeros patéticos suspiros, viendo aburrido por la ventana. Miraba el tráfico y otra vez, otra vez casi me llevaba una amenaza al mundo, otra vez casi me sacaba del camino, el monstruo infernal, moviéndose irresponsablemente por la calle, maldito sea.
“Qué envidia me da la gente adaptada” pensaba ahí en el tráfico, superando el coraje “qué envidia me da la paz que muestran. A lo mejor sufren tanto como yo, igual y apenas soportan su vida, pero no, no creo, nadie puede actuar tanto tan también, casi tengo la certeza de que no fantasean con escapar a otra cárcel y que tienen buena actitud, que están tranquilos, que son felices, con sus cositas y sus relaciones y la dinámica, no hay duda de que se la pasan bien”. Sentía envidia entre esos miles de ataúdes con ruedas, tratando de acostumbrarme, untando pomada sobre las yagas del capricho, ansiosamente repitiendo que todo estaba bien y que no pasaba nada, pero cuando la acidez en el espíritu empezaba a retroceder, cuando se avecinaban el alivio, llegaban las amenazas al mundo a recordarme donde estoy y cuándo y por qué.  “¡Amenazas!” gritaba enloquecido “van a ser mi fin” y maniobraba, frenaba y aceleraba y explotaba más envidia, pero ahora hacia los que no tenían que lidiar con esa mierda, había gente en el mundo que manejaba sin ser acosada, había gente que iba tranquila de aquí a allá sin monstruos poniendo en peligro la integridad del carro, qué envida me daban.
Pasaba el rato y se me olvidaba, ya en la oficina, con una señora horrenda sentada junto mí, viéndome detenidamente mientras trataba de ignorarla. Ahí sentando, sacaba pequeños débiles suspiros y reconocía, lo que empeoraba todo, que merecía todo lo que me pasaba, que no importaba cuánto berrinche hiciera, estaba donde pertenecía, pero eso no significaba que no iba a intentar escapar, oh no, la esperanza no dejaba de arder y me preparaba para lograrlo esa vez. A la mierda la señora, a la mierda la rutina, a la mierda las amenazas al mundo. Pensaba lo anterior viendo alejarse a la culoncita, expresando seria lujuria, mordiendo mi labio inferior, haciendo ruido y entrecerrado mis ojos. Luego “no hay remedio” me decía, levantando los hombros, resignado, y apagaba las luces de la conciencia y me metía en ese lugar en mi cabeza, listo para recorrer de bajada el resto del día.

Monday, April 10, 2017

Pandilla En Bicicleta

76

Mi primo Carmelo y yo, tomando caguamas, fumando marihuana, escuchando rock n roll, en la casa de nuestra abuela inválida, nos dijimos que la vida debía ser más que eso y decidimos formar una pandilla, una pandilla en bicicleta.

Congregamos a los muchachos de la colonia, les dijimos “amigos, es hora de echar desmadre, pero del duro, del antisocial, ¿ven?”. Fermín, Pascual, Vicente, Arturo, Mariano y Samuel estuvieron de acuerdo. Nos encontramos un lunes en la mañana y allá fuimos.

Íbamos por la calle en nuestras bicicletas hechas por nosotros mismos atacando gente de saco con cara de sueño, los hacíamos sentir el verdadero significado del lunes. Llegábamos a toda velocidad, saltábamos sobre ellos y les propinábamos cruel golpiza.

Un lunes, a Carmelo lo agarró la policía. Le dijeron “ahora sí, lesiones agravadas, crimen organizado,  etc, te vas a la cárcel”. De inmediato, corrimos a la colonia, por Cristino el abogado, quien, no más por joder al sistema que despreciaba, ayudaba a los muchachos en problemas.

Cristino sacó a Carmelo. Lo agarraron a las 10 am y para la hora de la comida ya estábamos de regreso en la casa de la abuela diciéndonos que mejor nos dedicáramos a un desmadre más inocente. Modificamos la pandilla, ahora sólo bicicletas, no más actos antisociales.

Al principio no me di cuenta, pero Carmelo había cambiado. En el ministerio público conoció a una secretaria y fue tocado por el amor. La secretaria se llamaba Wendy y era una mujer seria que buscaba compromiso. Carmelo se dio cuenta que no podía ser miembro de la pandilla.

Carmelo me golpeó con las noticias. “No puedo estar más en la pandilla” anunció con los ojos como bazucas de sentimiento. Nos sentamos tristes y en silencio en el sillón azul, viejo y desgastado de la abuela, era el fin de una era. No me dijo, pero yo sabía porque nos dejaba.

En una borrachera, se me ocurrió prenderle fuego a la casa de Wendy (quien también vivía en el complejo habitacional) y así liberar a Carmelo. Ya regresaba muy decidido de la gasolinera, cuando algo me hizo cambiar de opinión; por la ventana vi a Wendy y Carmelo abrazarse tiernamente.

Los muchachos y yo seguimos pasándola bien, resignados, en el verano infinito de una vida despreocupada. La única tristeza era cuando pasábamos frente al edificio de Wendy y veíamos a Carmelo en la ventana. Nos saludaba con una mueca triste y luego desaparecía.

Mucho tiempo después, el día de mi cumpleaños, con unas nenas y galones de cerveza, la fiesta corría fuera de control, cantábamos las canciones de la adolescencia, eran las cinco de la tarde y ya reinaba la nostalgia. De repente, sonó el timbre. Era Carmelo, Wendy lo había dejado.

Sacamos la cerveza fina para celebrar el regreso de Carmelo. Nos contó el porqué de la ruptura; Wendy se daba cuenta que Carmelo pertenecía a la calle y que se moría si no podía estar con su pandilla. Tomamos en honor a Wendy, dándole besos de vez en cuando a Carmelo.

Salimos a andar en bicicleta, sólo Carmelo y yo. Reíamos al acordarnos de todo lo pasado.  De regreso al departamento de la abuela, pasamos frente al edificio de Wendy. Me detuve un segundo, vi la ventana vacía e incliné la cabeza mostrando respeto.

Monday, March 27, 2017

Días de Mercado

75

Me veían y sabían que era un farsante. Yo sólo sonreía y los miraba a los ojos, diciéndoles con mi modo que de mí no iban a sacar nada, que, si buscaban acabarme, no iban a recibir ayuda de mí, los veía con los cachetes brillantes, masticando contento un taco desbordándose de carnitas y verdura. Frente a mí, sobre mi escritorio, donde debería estar el teclado, había dos tacos sobre un plato de unicel rodeado de lo que parecía una explosión de verdura; originalmente tres, uno de surtido, el resto de maciza, y la gente que pasaba por mi lugar me miraba, me decía “hijo de perra” y yo, contento, tomaba un trago largo y ruidoso de mi coca cola light de 600 mililitros y le daba otra mordida salvaje a mi taco llenándome aún más de grasa. Apestaba a mi alrededor, el hedor de la gordura y el cinismo y yo contestaba sus miradas con una mueca, con la cara, aquí y allá, cubierta por un poco de cilantro y cebolla, con los dedos oliendo el resto del día a limón, les decía que entendía y que todos éramos víctimas y les sonreía advirtiéndoles que no lo intentaran, prometiendo que mi fin no sería fácil, oh no, había llegado para quedarme y a lo mejor no me importaba un carajo lo que hacíamos, su razón de vida, su pasión, el centro de su universo para mí no era más que dinero en la cuenta, una silla y una computadora con internet, a lo mejor me estaba suicidando súper lento, pero no había razón para el azote, o por lo menos no ese momento, porque la esperanza no estaba ni cerca de dejar de arder,  y yo estaba ahí ganando tiempo, lamiendo mis heridas, alistándome para salir de la trinchera a ganar la guerra de la vida, pero eso no significaba que no pudiéramos ser amigos y nos lleváramos bien ya que no podían hacer nada al respecto, les decía con mi sonrisa, con mis ojos amigables, les recomendaba que se rindieran ante la naturaleza de las cosas, pero, como sea, perdonaran la farsa o no, tenían que disculparme porque se habían acabado mis tacos, ya no había coca cola light y sonaban las primeras notas de la sinfonía asquerosa del fallo intestinal. Alejaba mi cara de la suya, recibía la señal del IBS, corría al baño a destruir porcelana y regresaba sintiéndome un millón de veces mejor. El resto del día me echaba en la silla como en un dona inflable sobre río artificial con corriente en parque acuático y ponía mis manos en mi panza, clavaba la mirada en la nada, superando el inicial shock al sistema, sentía el placer del otra vez armonioso y sutil funcionamiento de las tripas, pasando mi lengua por mis labios, recordando con cariño mis tacos, oliendo de vez en cuando mis dedos, ansioso por los siguientes días de mercado.

Friday, March 17, 2017

María Luisa

74

María Luisa agarró de un lado de su cama, de la alfombra morada, una botella de vodka y se tomó la mitad, su manera de saludar al mundo que odiaba y que la odiaba. Después del trago se echó otro rato a sentir el vodka hacer lo suyo y al duro sol del mediodía escabullirse entre las cortinas mal cerradas a quemar su piel todavía tersa por una vida de despreocupación y dormir mucho. Dolores Trinidad, la sirvienta, entró en silencio para ayudar a parar, llevar al baño y encuerar a su patrona de uno cincuenta de altura, ni gorda ni flaca, con cachetitos primorosos, ojos grandes castaños, corte de pelo caro que aparecía de repente de vez en cuando. Dolores Trinidad ponía bajo el agua tibia a María Luisa quien seguía dando tragos un poco más decentes a su botella, con los ojos cerrados no del todo despierta y Dolores Trinidad, con enjundia y dedicación, tallaba el cuerpo todavía firme de su señora. Acababa el baño y María Luisa era vestida con increíble ropa interior y llevada frente a su tocador, a ser untada de mil pomadas y cremas y ser maquillada ya con sólo un cuarto de la botella restante. Dolores Trinidad se alejaba para apreciar su trabajo, orgullosa, “bien hecho, Dolores Trinidad” se decía viendo a María Luisa quien termina el vodka con un último gran trago, éste terminaba de despertarla, lista para empezar su día.

Tambaleándose, con botella de vodka fino en bolsa de diseñador, con lentes oscuros en la cara y ropa elegante en el cuerpo, María Luisa subió al carro sin darle los buenos días a Joaquín, el chofer. Joaquín puso el coche en marcha y dieron vueltas por la ciudad, a María Luisa le gustaba tomar en movimiento, recorriendo las calles sin rumbo, escuchando pop de vanguardia curado por Joaquín quien ocupaba su tiempo investigando rigurosamente el género. De repente, a María Luisa se le ocurrió ir a tomar afuera de la oficina de su marido. Sin realmente saber por qué, libre de celos o cualquier otro tipo de inseguridad, la daba algo de risa y curiosidad la idea de espiar al hombre por quien nunca sintió nada. Allá fue y ahí se quedó, bajo el sol brillando, en la calle casi vacía, rodeada del silencio de martes a la una, sentada en el carro, bebiendo, con Joaquín entretenido en su teléfono. De repente, apareció el esposo, quien fue abordado por una nalgona. María Luisa los vio inexpresiva reconociendo el amorío y una mueca de desprecio fue gradualmente apareciendo en su cara al verlos besándose y manoseándose ahí en medio de la calle. María Luisa, invadida por la incomodidad de la infidelidad, pero más todavía, por el asco absoluto que le provocaban las muestras de afecto públicas, no supo qué hacer. Un segundo y por instinto le dio un manazo en el hombro a Joaquín, señal para moverse.

Dio vueltas, viendo por la ventana, bebiendo, reflexionando sin querer sobre todas las relaciones de su vida, la chispa del amorío de su marido había prendido la mecha de una tonelada de repaso; nadie la aguantaba y ella no aguantaba a nadie tampoco, así desde bebé, nunca había pertenecido, todo siempre le pareció una molestia, esto reflexionaba con creciente comezón existencial esparciéndose por su alma. Se le ocurrió cambiar, pero qué pereza, la humillación de todas esas veces que lo intentó regresó como un puñetazo a su orgullo; no sólo la gente, la vida en general la tenía cansada, no valía la pena y concluyó que lo mejor era decirle con permiso a la existencia. Manos a la obra y siguió bebiendo, pero ahora con furia, como corre un prófugo que nunca estuvo del todo a gusto en la cárcel, pasándome en mi camino al trabajo, parando sólo por gasolina, más vodka y pastillas subidoras para Joaquín. Así toda la semana, sin tregua, sin pausa, hasta que un día, durante una hora mágica, de pronto, por fin, todos sus órganos votaron unánimemente por fallar. María Luisa lo sintió todo, contemplando en movimiento la luz del sol filtrada entre las ramas de los árboles y las casas enormes y lujosas, sin dolor, sin miedo ni angustia, hasta cómoda, experimentó como se moría. Joaquín, en trance por no dormir 7 días y la mejor compilación de pop que haya existido jamás, se dio cuenta horas después, cuando por instinto, llegó a la casa de su patrona. Ahí encontró a María Luisa muerta, abrazando su botella, con una sonrisa tierna y conmovedora expresión, libre al fin de este cochino mundo.