Saturday, May 14, 2016

Ombligo

61

a marcelino desde chiquito lo conocían como ombligo porque era un bueno para nada. se la pasaba en su casa, tirado en un sillón, viendo el techo. "un filosofo" dirán los que se han echado, pero no, éste no era el caso. ombligo no más ahí estaba, menos que un animal, con el proceso mental totalmente suspendido. un desperdicio de vida, un despilfarro de c.h.o.n.p.z. eso era ombligo.

un día, su madre lo llevó con un psiquiatra, el doctor en psiquiatría escalante. el doctor lo vio confundido "pero..." dijo al tener los resultados de los exámenes frente a él, todo estaba fisiológicamente bien. pasaba sus ojos de los papeles arrugados en sus manos a ombligo quien con gesto ausente sólo dejaba el tiempo correr, ahí sentando, viendo la nada, iluminado por la luz de las tres de la tarde, un martes, en la ciudad de méxico. el doctor era un pensador original y se le ocurrió, por qué no? que hay que perder? experimentar con ombligo. le dio la espalda a la señora cansada de todo y al joven desperdicio, necesitaba un segundo. el doctor hacía el cálculo del peligro, la recompensa y la posibilidad de impunidad. "bien" dijo, al concluir que saldría libre de cualquier responsabilidad. se dio la vuelta, emocionado, vio a la madre e hijo, le pegó a la mesa "vengan conmigo..." y, una vez de pie, los vio con desprecio "claro, si la amabilidad les alcanza" el doctor era un pesado, pero lo hacía bien y tenía la cara y el modo para salirse con la suya.

el doctor escalante, graduado de la universidad autónoma de méxico, no creía en echarse para atrás, creía que una vez tomada la decisión tenía que llevarse hasta la última consecuencia. un segundo. ¿por qué es importante que era graduado de la unam? nadie sabe, tal vez sea importante más adelante. como sea, sigamos por el respecto que les tengo. el doctor escalante, mientras amarraba a ombligo a una maquina que él mismo había construido, se vio mentalmente trasladado al pasado, cuando era un estudiante de medicina en ciudad universitaria. estaba sentando en un área verde, dejándose acariciar por el sol, con una cerveza en una mano y un porro impecablemente rolado en la otra, en la facultad de filosofía y letras, donde iba a drogarse todos los viernes. la vida no se podía poner mejor o eso creía y con esa creencia, el sol de la alegría fue eclipsado por una idea; no importará qué, todo acabaría, el tiempo, la entropia, segundo a segundo y, lo peor, la burla infinita de tener siempre ahí, a la vista, la salida de emergencia llamada resignación, salida inaceptable, que se resignen los cobardes. arturo escalante levantó la frente, apretó los labios, listo para la lucha absurda contra el enemigo número uno de la humanidad desde que ese primer chango se vio en un charco de agua, dijo con una mueca de orgullo intelectual "oye..." y, luego, cuando las piezas cayeron en su lugar y el recuerdo y la noción del futuro pintaron la imagen completa, concluyó "ay mierda". así, el doctor en potencia escalante volteó hacia abajo, vio a sus pies ser tocados por el agua negra de la locura, vio el bote de su vida hacer agua, inundarse rápidamente del asqueroso liquido de desequilibrio mental. en nada le llegó a la cintura y antes de quedar totalmente sumergido, se levantó, con el reactor del cerebro amenazando seriamente con un cheronobyl mental y fue a refugiarse en los libros, "socorro, ciencia" repetía una y otra vez. sin descanso, se dedicó a inventar algo que detuviera la marcha funesta del tiempo, incauto de que tomaba la ruta lenta pero segura hacia la demencia total. ahora, de regreso en el presente, o el pasado inmediato, o lo que sea, amarraba a ombligo a esa maquina resultado, en parte, de ese día en la facultad de filosofía y letras.

ombligo estaba listo, el doctor prendió la maquina. se escuchó un ruido, algo como "piii! piii!! pii!! piiiiiii!". escalante y la madre lo veían de cerca. completo silencio y, de repente, se escuchó un pedo de cinco segundos, y antes de que alguien supiera que estaba pasando, el cerebro de ombligo explotó en mil pedazos. la madre permaneció inexpresiva, parpadeó una cuantas veces, luego tomó su bolso y salió del laboratorio. la idea de la muerte de su inútil hijo fue creciendo y terminó de formarse una vez en la calle. un sonrisa gigante se formó en el demacrado rostro, una rica sensación de libertad y frescura de renovación brotaron de su corazón y allá fue la señora, corriendo todo lo que sus piernas rechonchas llenas de varices le permitían, sin detenerse, sin mirar atrás, lista para volver a empezar. el doctor retrocedió unos pasos, con tics yendo y viniendo por su cara, llegó a y cayó en una silla, con las pupilas moviéndose fuera de control, limpió el sudor de su frente con un pañuelo que se había robado el otro día. trataba de entender y lo logró al voltear al basurero lleno de hamsters descerebrados, "oh... claro" y miró el cadáver de ombligo con los ojos abiertos y sangre saliendo de todos los orificios de su cabeza. "...por supuesto" susurró de regreso en la facultad. pero ahora la memoria era diferente, más completa, alguien estaba ahí con él, alguien que odiaba, pero provocaba en él seria lujuria. una muchacha le hablaba sin parar, salía de ella la voz más molesta posible, hablaba sobre sus problemas con los muchachos. el futuro doctor escalante, asombrado y en dolor, miraba detenidamente a la boca moviéndose muy rápido. se preguntaba como algo tan sensual era capaz de producir algo tan molesto. no podía más; se agarró la cabeza, se tapó las orejas y, con cara de horror, mirando el pasto café, gritando en los adentros "basta! basta por favor, que ya no puedo más!" se retorcía, maldiciéndolo todo. la mujer seguía sin detenerse ni para respirar "creo corté con mi novio hoy" decía, "por qué a mí nadie me quiere" chillaba. el joven escalante deseó que se acabara todo, que alguien desconectara el cable de este mundo y, con la cordura en ruinas, se fue a su bocho. una vez tras el volante de su viejo carro alemán, se dejó llevar por la amargura hasta estar cubierto por completo. dijo "ok" y aceptó que no había remedio, si no puedes contra ellos... y se fue a diseñar una maquina que se encargara de la cabeza porque la mente era la culpable de todo y, porque hay que saber contra quien se lucha, la psiquiatría era en lo que se especializaría. de regreso en el presente o lo más cerca que se puede estar a él, el doctor, con las memorias reprimidas de su descenso a la locura de vuelta, río un rato, quitó a ombligo sin cuidado alguno de su maquina, la prendió, suspiró, se subió en ella, piiii's, se tronó un pedo y, antes de que el celebro le explotara en mil pedazos, lo entendió todo, se supo enfermo, se diagnosticó el mal, supo que medicina tomar y se acordó de lo que había hecho. tuvo oportunidad de arrepentirse antes que su cabeza se llenara de papilla cerebral.

A LA CARLY RAE Y A LA JAVIERA

Wednesday, March 30, 2016

120 días de pompdoma (parte 3)

60

un buen día, hace muchos años, pompitas alonzo, futuro escritor de cuentos cortos y actual coleccionista incansable de efímero porno gonzo, veía sus nalguitas apretadas en unos jeans, se las veía con una mezcla de terror y tristeza explotando en su bello juvenil rostro. no podía apartar sus enormes ojos castaños de su trasero ahí en el espejo de cuerpo completo, en el cuarto sin ventanas en el sótano de su abuela. la noche anterior, la maniática anciana se escabulló al cuarto de pompitas; no iba a permitir que la avergonzara con los atuendos, según ella, indecentes del pudoroso adolescente. fue como ninja especialmente sigiloso hasta la maleta del jovenzuelo, la tomó con trabajo, maldiciendo como gitana imprudente, y la llevó al jardín de buen tamaño, cubierta por el telón de la oscuridad, bajo el manto estelar. bañó la maleta en gasolina, chiflando una tonada de su niñez, dejándose llevar por completo, montada en el delirio y, sin pensarlo dos veces siquiera porque así era ella, le prendió fuego, destruyendo la colección de primavera y otoño de su pobre nieto que no sabía en que se había metido. las llamas se elevaron, reflejadas en las pupilas de la vieja desquiciada. a la mañana siguiente, pompitas descubrió el crimen de su abuela. "pero... por qué" buscó un poco de sentido, llorando amargamente. su abuelita se burló de él, con un cigarrillo entre los dientes falsos de marfil, con el diario de ultra derecha arrugado en las manos, "marica" le dijo y señaló el monte de ceniza sobre el verde muy cuidado pasto. una lágrima salió volando y le pegó a ruperto el perro justo en su peluda frente "dios te bendiga, a. m." pensó el animal moviendo su cola y sacando la lengua. "y ahora que voy a ponerme?!" preguntó gritando el joven alonzo con moco saliendo por la primorosa y chata nariz. la abuela apuntó sus dos revólveres de odio hacia el hijo de su hijo, no acostumbrada a que le levanten la voz, y disparó sin misericordia "idiota bueno para nada" y "mira dentro del closet, retrasado gordo maricón" y así fue como pompitas llegó a ver detenidamente su culo en esos jeans pasados de moda varías tallas más chicos. "cristo jesús" susurró al recordar que tenía que ir a la escuela, temiendo la crueldad de los todavía desconocidos compañeros de preparatoria. "ahora qué será de mí?" se preguntó en el autobús de la ciudad, viendo al bosque poco a poco quedarse atrás, revelando el brillante mar, esa mañana fresca de verano.

"me llamó ante merídiem alonzo pedroza" dijo pompitas frente al salón lleno de muchachas guapas y jóvenes simpáticos, colorado por el temor de ser objeto de burla, pero, para su sorpresa, nadie le ponía atención, a nadie le importaba. todos sus compañeros eran unos marihuanos y estaban distraídos por los efectos de la hierba. de repente se oían risas o salía uno hacia la enfermería por eso del mal viaje, pero fuera de eso, los jovencitos se dedicaban a esperar y estar callados, ocupados con lo suyo. "lo que sea, vete a sentar" dijo la sensual maestra cansada de todo, "ahora, muchachos, saquen sus libros" dijo la bella profesora, sentada detrás de su escritorio, viendo por la ventana, ansiando un porro. en la escuela de ese pueblo, los maestros que no eran de arte o deportes, sólo mantenían el orden, los alumnos se ponían a leer y en sus casas hacían reportes. si los reportes estaban bien pasaban al siguiente año, si estaban mal reprobaban y a repetir el curso. así era. el libro en turno era el hombre que sólo cruzaba las calles corriendo y nuestro amigo y fuente confiable de increíble ficción, pompitas alonzo, no podría estar más feliz. al enterarse de como funcionaban las cosas iba a hacer berrinche, pero rápido se dio cuenta que ese era mucho mejor sistema que el de donde venía. así, el futuro autor aprendió a amar la lectura. si no hubiera sido por ese semestre en el pueblo en el bosque junto al mar, pompitas seguro sería algo estúpido como doctor o ingeniero, qué suerte la suya. en fin. pompitas leyó contento el resto de la clase, con sus nalguitas ya olvidadas. sonó el agudo timbre, era la hora del lunch. pompitas comió solo. como no era marihuano no tenía amigos y así siguió esos primeros meses, sintiendo el duro azote de la soledad. de vez en cuando le ofrecían un poco de porro, pero a.m. cerraba los ojos, movía de un lado a otro la palma de su rechoncha intacta mano y decía, escondiendo su miedo a lo desconocido, que él era sano y que le chocaba alterar la conciencia aunque a sus 15 años sólo la había alterado con azúcar. así, pompitas, vestido con su ropa incómoda apretada, iba por ahí sin un amigo en este mundo. se dedicaba, todos los días después de la escuela, a encerrarse en su cuarto sin ventanas a masturbarse, leer y perder el tiempo en la computadora. se hacia de noche y se hacía de día y la cordura amenazaba con irse porque, como la ecuación dicta: si uno no se expresa con confianza de vez en cuando + brutal aburrimiento = la locura aparece y empieza a joder con la cabeza. pompitas estaba en problemas. por suerte, el un-día-nada-reconocido-escritor no se iba a quedar con los brazos cruzados mientras se le echaba a perder la mente, no, no. una noche, sobre la cresta del aburrimiento, tirado en la cama, viendo el techo, con la incontrolable necesidad de exteriorizar la basura interna acumulada, resolvió por lo menos uno de sus problemas; pompitas alonzo, acabando con su aburrimiento, escribió su primer cuento corto.

de regreso en el presente, pompitas, cansado y con ganas de cerveza, iba a toda velocidad hacia rehabilitación. lupita lo había inscrito en un famoso programa donde psicólogos muy capaces le arrancarían las ganas de morir. ahora que era un éxito no podía autodestruirse a gusto, tenía que resolver su mierda o todo se iría a la basura.

CONTINUARÁ...

Friday, January 29, 2016

Polvo De Papita

59

román, todas las noches, soñaba que bailaba con su esposa muerta. bailaban en un salón bajo un candelabro, bailaban flotando y las risas y el brillo lo penetraban como a virgen enamorada. román soñaba que paseaba por Viena, agarrado de la mano con la mujer que hacía a su corazón saltarse un latido; su sonrisa, su modos, su manera de comer, de dormir, ¡ay!, y la felicidad se esparcía  hasta el último sótano, hasta la azotea entre nubes del edificio que era el espíritu de román. despertaba por los sonidos de la calle y, acostumbrado a que era imposible acostumbrarse a la diaria ruptura de corazón, suspiraba, acariciaba el lado vacío y se levantaba porque qué más daba.

iba y despertaba a su hijo ñoño. el hijo se ponía sus lentes y, viendo el reflejo de la parte de arriba de su cabeza, parado frente al lavabo, sintiendo la frialdad del mosaico, se cepillaba los dientes y el cabello. llegaba a sentarse a la mesa de desayuno silenciosa y por siempre fúnebre, y comía sus huevos con jamón, tomaba su jugo de naranja viendo a su padre roto. se preguntaba, viéndolo con curiosidad, sobre las decisiones, el pasado, del señor con el que vivía contemplando la nada con su perpetuo gesto de absoluta tristeza. se iba a la escuela a esperar quieto y callado. iba a práctica de lucha grecorromana donde era lanzado de aquí a allá, azotando el suelo, hasta acabar tendido, sintiendo cada molécula torturada, transfiriendo el dolor de adentro al de afuera. el azote del alma es peor que el azote del cuerpo. se paraba, cojeaba hacia el equipo congregado, juntaba la mano con las del resto de sus compañeros y gritaba "viva la lucha!". regresaba a su casa a comer en silencio, a ver la tele sin poner atención e irse a su dormir para repetir el día siguiente la aparentemente eterna rutina.

román gutierrez era ingeniero en alimentos y creó el polvo de papita más exitoso de la historia. los gorditos del mundo nunca se cansaban de su sabor y, en nada, remplazó a la sal como la opción obvia. la compañía de papitas le dio dos cheques pegados con yurex para cubrir la cantidad de 0's y, como a román nunca le gustó hacer nada más que estar con su mujer, dejó de ir a trabajar. unos meses de estar moviéndose como madero en una marea de sabanas, fuera del oscuro túnel de depresión paralizante, se paró a distraerse. paseando por la calle, encontró el lugar del canto. entró atraído por la voces y desde entonces ahí se quedó, llenando sus días cantando, llorando, queriendo morir, con el alma irreparablemente desgarrada. cantaba entre desconocidos todos los días, especialmente los martes de miseria, hasta que cerraban. al principio iba solo, pero al tropezarse con la mochila de su hijo y abrirse la cabeza, se le ocurrió invitarlo, justo lo que el niño necesitaba.

el lugar del canto empezó, hace mucho, cuando uno muy emprendedor compró una iglesia, echó todo lo religioso a la basura, puso buen sistema de sonido, contrató a varios aptos dj's y, conocedor de la relación pública y la publicidad, volvió a su negocio la actividad favorita de todo con dinero unos buenos 4 años hasta que pasó de moda y se empezó a llenar de puro raro. la gente que iba, por 5 pesos, se sentaba a cantar el rato que quisiera, en viejas bancas de madera y, con ayuda, si era necesario, de un cuadernillo con las letras, cantaba su corazón contento o hasta lo que la garganta diera. ahí, román y su hijo picaban su mal como llaga en paladar, como par de drogadictos en edificio abandonado, llegaban sabiendo todas las canciones en rotación y así pasaban su vida exprimiendo el barro tenaz de la tristeza con los dedos del canto.

pasó el tiempo y román, ya viejo, después de muchos años, solo, con el hijo quien sabe donde, sentando, mirando hacia el frente, esperaba a que empezara la siguiente canción. solemne, llegó el dj cargando una caja enorme con discos. román se acomodó, aclaró la garganta, unos segundos de silencio absoluto y empezó una canción que no estaba en el programa, una canción que román reconoció de inmediato. no la había escuchado desde ese viaje a europa y ahora provenía de todos lados. la sorpresa, lentamente, lo fue poniendo de pie y se le hizo un nudo en la garganta, se le llenaron los ojos de lágrimas, puso el puño en la boca trémula cuando, de las excelentes bocinas, salió una voz dorada y veintisiete ángeles del más allá. román, tambaleándose, abandonado unos segundos por el equilibrio, se tardó dos palabras en alcanzar y unirse al canto. cantaba y su voz aumentaba de volumen, con cada nota la mente se le iba llenando de recuerdos de ella. acercándose al final, se acordó de esa su parte favorita y, antes de que empezara otro pensamiento, la escuchó como si estuviera cantando junto a él. sintió su mano agarra la suya, sintió su calor cubrirlo todo. como uno en la primera regadera después de estar perdido en el desierto, se sintió román y el espíritu apareció como recién llegando de la lavandería espiritual. cantaron juntos ese día y el siguiente y así hasta que el cuerpo se detuvo.

OBVIO INSPIRADO POR TAKE THIS WALTZ DE LEONARD COHEN

Monday, January 11, 2016

10! años de locura y emoción!

Hola,

10 años...

cristo jesús, no sé que decir. cuantos años, cuantos cuentos.

una década de m.u.n... madre.

un súper beso y abrazo a todos los que leen o han leído y por qué no a los que leerán en el futuro.

seguiré escribiendo hasta que mis dedos de anciano enfermo no puedan y mi cerebro infectado por senilidad y una vida de abuso no me permita darle click en publicar.

espero cosas grandes próximamente, tal vez ahora sí publicar en el mundo real, tal vez no, qué importa. muerdemeunanalga es para siempre.

sigan leyendo, pasándola bien y perdonando el ocasional typo.

otro beso y otro abrazo,

atte.

A.M. "pompitas" Alonzo

Tuesday, December 08, 2015

Paella y Paranoia

58

I

Josefina, tierna y linda, se subió a su motocicleta y se fue a toda velocidad con lágrimas saliendo disparadas hacia atrás, hacia el pasado, hacia la nada.

era cocinera y le quedaba una paella, pero divina. como talentosa que era, no le costó encontrar trabajo en la cocina de un restaurante en una playa perdida en algún lado. playa que permanecía dormida hasta que era despertada por el ruido de las caravanas infinitas de turistas. mientras tanto, en los meses de silencio, en las mañanas de inspiración, josefina salía de su diminuto cuarto, se desperezaba y caminaba a la frontera entre la sombra y el sol, cerraba sus ojitos primorosos castaños y escuchaba las olas chocar, dejando entrar la brisa, invadida por el sentimiento. se quedaba ahí unos segundos hasta que abría los ojos ahora libres de sueño ahora llenos de determinación, tenía trabajo que hacer.

se ponía sus delantal, juntaba sus instrumentos e ingredientes, y se dedicaba enajenada a perfeccionar su receta para la mejor paella de la historia. cocinaba con mucho ahínco, con movimientos ágiles y expertos, con los dientes apretados, los ojos muy abiertos y la mente completa ocupada con la tarea. se corría la voz por los aldeanos de los fuegos artificiales de arroz, mariscos, vegetales, pollo y especias que ocurrían en la cocina y la gente se congregaba para verla trabajar; la maestra de la primaria llevaba a los niños cuando tocaba la lección sobre esfuerzo, técnica y sacrificio. después de unos minutos de arduo guiso, la genio en paella salía a fumar a la terraza la mejor marijuana de toda la región, era su manera de recordar los sueños.

josefina no se detenía ni dormida. en las noches, desparramada en su sorprendentemente cómodo catre, trabajaba en desenterrar un secreto más hacia la paella perfecta. pero el avance se quedaba en los sueños, desapareciendo al alba; el gallo gritaba y el progreso era perdido. por eso fumaba para recordar, fumaba hasta que, convertida en pequeña dulce chinita, brotaba de su inconsciente el descubrimiento onírico de la noche anterior. con toque tras toque esa nueva idea brotaba, anunciada con una sonrisa sutil de pasajero triunfo. escupía el porro que cachaba con la boca samuel, un muchacho que cantaba muy bonito acompañado por su sintetizador en el comedor del restaurante, y allá iba, de regreso a la cocina, empujando a los niños, a la maestra y a todo quien se pusiera en su camino.

II

la dueña del restaurante se llamaba martha; una señora grande, gorda, con cabello esponjado chino, que disfrutaba más de la cuenta del buen whiskey. la mayoría de los días uno la podía encontrar sentada en la quietud del comedor vacío de su restaurante, con un vaso en la mano, la vista húmeda clavada en el horizonte y la mente apuntada hacia afríca, había perdido a su marido francés en la revolución de Algeria, se había quedado atorada en el pasado y, para aguantar el dolor, se pasaba las tardes tomando. a doña martha normalmente le importaba poco su negocio; si no fuera por josefina y un montón de sudamericanos, el restaurante se hubiera venido abajo hace mucho.

había estos otros inusuales días en los que a doña martha se le ocurría revisar sus asuntos. éstos se anunciaban con el estruendo de vaso explotando contra pared y seguían con la ruidosa marcha borracha hacia la cocina. josefina y los sudamericanos lo llamaban la marea martha y, preparados, ejecutaban una coreografía muy ensañada. la llevaban, fingiendo un tour, paso a paso fuera de la cocina, de regreso al bar donde la dejaban distraída con la tele y el whiskey. la marea acababa con gritos en francés, señal para poner un colchón detrás de ella, y con el derrumbe final se marcaba como completa la pesadilla. un sudamericano tomaba el colchón y la arrastraba hacia una bodega donde ahí era dejada, entre latas de salsa y vegetales frescos, a dormir la borrachera. el equipo del restaurante suspiraba de alivio y seguían con su rutina ganadora, trabajando en sintonía envidiable hacia un futuro deslumbrante.

el tiempo galopaba furioso, ciego y raudo, perdido en la vorágine, con destino sin remedio hacia la infinita negrura del fin de todo. josefina estaba cada vez más cerca de la ambicionada perfección. había pasado casi toda una temporada baja desde que llegó al restaurante de doña martha y una tarde, cerca de periodo vacacional, daba los últimos toques a una paella muy parecida a lo que dictaban los sueños. acabó y la gente se congregó alrededor del caldero, todos con platos en mano, listos, ya llorando por la ricura, intercambiando ruidos de alegría. se repartió la paella, comieron, felicitando a josefina, quien ruborizada, hacia reverencias y daba las gracias con las palmas pegadas. y uno pensaría con el corazón hinchado de sólo los mejores sentimientos, que los tiempos de verbena durarían para siempre, pero no, el festín fue interrumpido por el sonido de un vaso haciéndose pedazos. todos en la cocina, con cara de espanto, voltearon hacia el comedor. una marea martha estaba por empezar, todos a sus puestos. llegó la señora martha, le enseñaron el bote de basura, le enseñaron la colección de estampitas de mauricio, le propusieron revisar el bar y, ansiosos por regresar al angelical platillo, se apuraron a dejar a la patrona en la barra. lo lograron en tiempo récord, se dieron cinco, entonado la canción de la victoria, y, sonrientes, regresaron a la cocina, sin darse cuenta de que, ahora con resistencia sobrehumana al alcohol, doña martha ponía atención a lo que pasaba en la tele; un maratón del programa sobre restaurantes al borde de la quiebra rescatados por un chef rudo, pero con corazón de oro.

horas de las lagrimas y gritos de tanto triste perdedor implantaron una idea en la cabeza trastornada de doña martha. enferma en paranoia, se dijo, mientras se servía y se tomaba de un trago su último whiskey, que no iba a permitir que la arruinaran, iba a hacer todo lo que estaba en su poder para salvar de la catástrofe imaginaria a la única cosa que le había dejado su finado marido. la idea paranoica brilló entre las tinieblas de la bebida y tomó control de la descontrolada mujer. doña martha, viniéndose abajo, desesperada, decidida a no olvidar, se le ocurrió mandar un mensaje a la mañana después. revolcándose en el colchón, rompió el vaso y, con un pedazo de vidrio, siendo arrastrada hacia la bodega, cortó una vena, un chorro de sangre voló por el aire y "no a la ruina" fue escrito con rojo carmesí en el bonito, pero ya viejo, vestido parisino. el sudamericano encargado del arrastre lo presenció todo sin saber qué hacer, absolutamente desconcertado, finalmente atribuyéndole el extraño acto a los misterios de la borrachera. la llevó a la bodega, la vendó y, sin darle mayor importancia a lo que acababa de pasar, se fue a jugar fútbol con sus compañeros sin patria. doña martha se quedó echada en la oscuridad húmeda de la bodega, cantando ruidosamente "naaaaaadaaaa maaaaaaas esoooooo sooooomooooos naaaaaaadaaaa maaaaaas" hasta que se quedó dormida.


III

doña martha desapareció y regresó de rehabilitación un mes después. un grupo de psicólogos muy capaces arrancaron de su alma las ganas de morir. llegó en forma, con dureza en el rostro y obsesionada enfermizamente con una idea. tiró sus maletas y fue directo a la cocina. el alcoholismo estaba curado, pero la paranoia corría desenfrenada por su mente. "oye tú" le dijo a Josefina quien agregaba un poco de azafrán para terminar su obra maestra. la ricura salió por la ventana, fue amplificada por la brisa y el aroma de aquella paella volvió locos a los perros y la gente de la aldea se quedó inmóvil con los ojos cerrados y la nariz hacia el cielo, oliendo, pero duro, pareciera que el lugar había caído bajo un hechizo. en la cocina, josefina, sonriente, se enderezó y volteó a ver a doña martha apenas reconociéndola, el viento movió cabello y vestidos, unos segundos en pausa. poco a poco, a josefina, al ver la antipatía en forma de su jefa, el gesto le fue cambiando hasta que su linda cara la declaraba absolutamente horrorizada. algo no andaba bien.

llegó el mes de junio y la aldea, como monstruo marítimo enfurecido en busca de venganza playera, despertó abruptamente con un escándalo ensordecedor del bajo potente del éxito del verano y los claxóns y los gritos de desesperados ansiosos de deleite, emocionados vacacionistas listos para pasarla bien. las calles y los hoteles reventaban, la playa y restaurantes se desbordaban. el ruido llegó hasta josefina y doña martha quienes seguían paradas, inmóviles, una como quien reconoce la eventual tragedia y vive un último segundo sin ella y la otra como boxeador un tanto lento que manda la orden al puño de un poco de knock out. doña martha, cegada en paranoia, efectuaba justicia, señalando a josefina como única responsable de su ruina. josefina, ya maldiciendo su suerte, sabía que los ratos de alegría habían encontrado su fin. la señora se acercó a la estufa, mirando con pequeñas calaveras en las pupilas, pasando su lengua por sus todavía sensuales labios y se quedó parada en silencio, viendo con mirada asesina a la inocente josefina.

"yo sé lo que estás haciendo" dijo doña marta con los dientes apretados, con ojos de demente, viendo como quien está a punto de culminar ansiada venganza, a la joven sin culpa alguna, víctima de desequilibrio mental ajeno. " uhh... cómo?" fue todo lo que pudo responder la muchacha genio de la paella antes de ser cacheteada sonoramente con "estás despedida, te quiero fuera... ahora!". doña martha acababa de firmar su sentencia de muerte, emprendía a toda velocidad el viaje hacia la desgracia, era su fin, la ruina que tanto quería evitar había sido puesta en movimiento por ella misma, metió la cabeza a la guillotina, la accionó sin pensar dos veces y ahora la navaja bajaba sin misericordia. "despedida?" repitió para entender la joven chef y el significado cayó como pared de ladrillos, enterrándola toda. "pero..." trató de argumentar josefina, pero ahí no había lugar para la razón. "fuera! mierda!" gritó doña martha agitándose locuazmente, señalando la salida. un torrente de ideas azotaron la mente de la artesana culinaria y, al final, sólo quedo la resignación. josefina, en el límite de la tristeza, salió de la cocina arrastrando los pies, con la vista clavada en el suelo, "hasta nunca" le dijo a su taller de magia y salió del restaurante chocando contra hambrientos de un poco de paella, incautos de lo que único que recibirían ahí es pura paranoia.

Josefina, tierna y linda, se subió a su motocicleta.

Thursday, October 15, 2015

No Hay Escape Del Planeta De Las Súper Perras

57

en un día gris, húmedo y frío, el capitán Gabrosh, al borde de la muerte, iba a toda velocidad a la capital, en un vagón casi vacío del tren proveniente de la plataforma espacial. el capitán regresaba de una misión especialmente difícil, una que casi le cuesta la vida, pero más que nada, la cordura. regresó a su planeta en piloto automático, lo sacaron de su nave y lo metieron al tren, "buena suerte, gabrosh" le dijeron y allá iba, rebotando, mirando, con la mente trastornada, con flashes de senos, culos y caras, con la consciencia yendo y viniendo, su antebrazo vendado a través de un agujero en la manga de su abrigo negro, sucio y gastado. Gabrosh sufría, sentía la angustia y la presión que querían hacer a su cráneo estallar. nadie sabe cómo, pero aguantaba un poco, sólo un poco más. el tren llegó por fin. el capitán se levantó, se tambaleó hacia la salida y cayó con la mente colapsando.

en un salón gigantesco con mil maquinas regenerativas que parecían ataúdes plateados ovalados, se prendieron las luces y entraron un hombre y una mujer en batas de científicos, tan parecidos que podían ser gemelos. caminaron entre los ataúdes futuristas hasta uno con una luz parpadeando y masking tape pegado con "GAVROSHE" escrito. la mujer picó unos botones y la maquina se abrió. adentro, desnudo y como nuevo, estaba el capitán Piotr Gabrosh, flotando en un liquido transparente, pacíficamente dormido. abrió poco a poco los ojos. "bienvenido de regreso, capitán" dijo el hombre sosteniendo una trusa y una toalla. Gabrosh se despabiló a su tiempo y después, con pereza, vio atontado a las personas paradas junto a él. "con que sigo vivo, eh" balbuceó, preguntándose de pasada cuando acabaría esta tortura, sentado dentro de la maquina, frotando su cara. "así es, capitán, más vivo que nunca" Gabrosh azotó con la mirada, carente de sentido del humor, a la mujer y arrebató la toalla y la trusa. un minuto después y "bueno, ¿ahora qué?" preguntó seco y semi desnudo, siguiendo hacia la salida al par. la mujer y el hombre voltearon, se miraron y, carcajeándose, vieron a Gabrosh que empezaba a recordar el programa, cayendo en cuenta que venía algo horrible.

Gabrosh, bien peinado, vestido con su uniforme, esperaba sentado en la oficina del general McAndrews. el general entró sin hacer ruido y se quedó observando con curiosidad la parte de atrás de la cabeza del capitán en pleno trance. cubierto de sudor, con la vista fija en la nada, Gabrosh sufría por los trastornos de su mente afectada; tetas y culos y caras hermosas, cuerpos inimaginablemente en forma, piel tersa, cabello brillante y sedoso, juventud y belleza infinita explotaban en todos los niveles de la mente, como minas durante paseo casual, traumas que brotaban como pus, que reventaban como en llagas, fisuras en la memoria, recuerdos como ampollas, secretando desesperada lujuria y deseos imposibles de satisfacer y así, una y otra vez, empezaba en automático, como en computadora infectada sin remedio, la lucha violenta e interminable contra el simio dentro, simio que quería salir a violar entre explosiones catastróficas de lo más elemental, la desagradable erupción de la ansia sexual y la maldita rebelión de la biología. todo como consecuencia de la última misión que no había salido nada bien. "GABROSH!" gritó el travieso general McAndrews, asustando al capitán, una prueba más a su entrenado esfínter de astronauta. Gabrosh volteó al borde del infarto y, en lugar de maldecir hasta el cansancio, se gobernó y se paró a saludar. "hola, señor!" gritó Gabrosh en posición de firmes, "hola, Piotr" dijo con una mueca el general ya sentándose detrás de su escritorio. "siéntate, mierda" dijo McAndrews cansando de todo. los dos hombres se vieron un segundo. habían pasado meses desde que regresó el explorador del cosmos, en su planeta hacia muy buen tiempo y a través de la ventana detrás del general, se sentía el agradable clima del verano. "Gabrosh" dijo el general, mordiendo una pluma, echado en su silla, viendo fijamente al experimentado oficial, "eres el primero en regresar del planeta de las súper perras", una mueca y "no fue fácil, señor", el general soltó una risa, "ya lo creo que no", se echó para delante, jugando con la pluma y se hizo un silencio denso aparentemente eterno. el hombre al mando, súbitamente solemne, se puso de pie, le dio la espalda a su subordinado y porque podía, se tomó su tiempo y paseó la mirada por los jardines de la ciudad del futuro que se extendía hasta el horizonte. el silencio se prolongó y, después de segundos de tensión destructora de alma, dijo "estás listo para la siguiente misión?".

el planeta de Gabrosh y McAndrews se dedicaba a conquistar planetas para imponer impuestos. algunos planetas les costaban mucho trabajo, pero ninguno como el planeta de las súper perras. habían pasado generaciones de invasores, miles de guerreros que encontraron sólo tragedia. ninguno había regresado, llevados a la locura por las nativas del planeta. no hay otro lugar en el universo con población más bella, millones de mujeres una más guapa que la siguiente, indiferentes a los visitantes, absolutamente inaccesibles. esto, naturalmente, era insoportable hasta para el más asexual conquistador. ponían un pie en el planeta y todos sin remedio se dejaban golpear y arrastrar por el deseo como quien hace suicidio por tsunami, con la perdición como último destino. incontables habían intentando de inimaginables maneras, todas súper ingeniosas, todas súper creativas y todas con el fracaso como único resultado y, a pesar de lo pasado, los esfuerzos maniáticos no estaban ni cerca de acabarse. el planeta de Gabrosh y McAndrews no se iba a rendir, no podía renunciar a conquistar, tenían que seguir intentándolo no importara a cuantos perdieran y los que eran asignados a ese planeta, no tenían de otra más que resignarse a su fin. pero ahora Gabrosh podía testificar lo que había visto esos años, sabía de primera mano contra lo que se enfrentaban y podía planear, prepararse y regresar a intentarlo una vez más. era una apuesta razonable. como sea, el pobre desgraciado estaba física y mental arruinado, si lo perdían qué más daba. Gabrosh, por su parte, aceptaba sin reproche la misión, listo para regresar porque, después de verse fuera, era lo que más quería. extrañaba con locura el planeta de las súper perras, extrañaba estar rodeado de tanta belleza y más que nada, lo mejor de todo, extrañaba ese momento cuando creía ya haber visto a la más bella y descubrir a una superior de repente y maldita sea, a arder hasta consumirse y volverse ceniza. Gabrosh quería... tenía que ir a morir ahí, como adicto miserable que era, necesitaba que su adicción a las súper perras fuera su verdugo y mientras antes mejor.

"estás listo, capitán Gabrosh?" repitió el general McAndrews con tono severo. Gabrosh bajó la cabeza con flashes de ojos, de labios, de pecas, de cabello, de narices y orejas, vio unos segundos sus manos llenas de callos, levantó la cara, riendo llorando y, lleno de sentimiento, dijo "estoy listo, general, siempre lo he estado".    

Thursday, September 03, 2015

Besito Con Baba

56

estábamos nerviosos, hiperactivos, ansiosos, tomando preocupantes cantidades de café, diciendo cosas horribles, sentados en una mesa en una plaza vacía, era lunes o miércoles a las 11 de la mañana, la gente decente ya en sus oficinas, con el sol arriba brillando, pleno, y nosotros temblábamos, haciendo ruido, llevados por la cafeína y el desperfecto mental, Irma y yo, sin nada amable que decir, pero no callándonos ni un segundo, con ese clima que en cualquier otro inspiraría alegría, pero en nosotros no, en nuestras cabezas un mal que no nos permitía disfrutar y menos aún mirar al rededor y decir "¡pero qué feliz soy! ¡qué suerte tengo!", no,  nosotros sólo nos quejábamos de todo, yo menos que ella, yo más por seguir la corriente que en realidad sí experimentando seria amargura, yo sólo era el coro, era el acompañamiento, la segunda voz, la queja rítmica, ella era la principal, la líder en el disgusto, ella, la hija de hombre rico, educada por sirvientas, desconcertada por la brutal cantidad de opciones, no sabiendo lo que quería, perdida en terrible confusión y después de casi 30 años de no tener ni la menor dirección o trascendente interés, se dejaba caer hacia la nada y yo ahí jugando al psicólogo sabiendo que no estaba ni cerca del diagnosis verdadero, ¿la tocaron de chica? ¿vio algo horrible? o nada más era el producto de sádico experimento en malcriadez, quien sabe, me faltaban años de educación para empezar a imaginar la razón atrás de maldecir al ganar, yo, entretenido con mis teorías sobre la patología de lo que supongo uno podría llamar mi novia, me limitaba a verla sentada frente a mí, con cara de total amargura, con un cigarrillo en la mano, naturalmente guapa, sana como sólo la que es alimentada por alguien más es, elegante y casualmente vestida, una de un millón, extraordinariamente rara, pero no por sus ideas o sus modos o lo que sea, peculiar al extremo por ser peor que yo, por ser menos aguantada, la única persona más insoportable y yo lo disfrutaba todo, masoquista un tanto, morboso otro, sabiendo que un día ella maduraría y me dejaría, la fecha de caducidad me reconforta, y entre nosotros no había nada serio, cosa que me recordaba en cada encuentro, tarde o temprano se cansaría de hacer repelar a su madre y ser iría con un hombre de su clase, su familia ya había arreglado el matrimonio desde que se enteró que era mujer y así, en esa tarde, acariciado por el calor agradable y el viento amigable, ese tipo de pensamientos desfilaban a toda velocidad por mi mente alterada por café tras café patrocinado por el padre porque yo nunca pagaba nada y eso, como maldito infeliz que soy, era mi parte favorita del trato, desde hace mucho había dejado de intentar pagar, después de cierto número de batallas perdidas con miradas, me había rendido, y al llegar la cuenta sonreía desvergonzado, viendo a mi alrededor, contento, nervioso, hiperactivo, al borde del brote psicótico por el abuso de la cafeína y ahora siento que debo decir en mi defensa que no era como si yo fuera un abusivo pobretón pordiosero, no, yo era despreocupadamente clase media, libre desde la adolescencia de los males de mi clase, y para ese punto de mi vida hasta había alcanzado cierto éxito, nada más estaba contento por no pagar o no pagar con dinero, por lo menos, porque era generoso con el tiempo y con el alma, Irma disponía de mí como yo de ella, sonaba el teléfono y tenía que saltar de la cama a bañarme e ir con ella al mismo café, a sentarnos a fumar, tomar y quejarnos hasta que nuestros cerebros no podían más y después a mi casa a tener sexo flojo, sin sentimiento, como uno va al baño, así cada vez que el antojo le llegaba, así durante casi 10 años de conocernos, esperando la noticia de su matrimonio, como hombres de negocio que tienen que tratar el uno con el otro porque no tienen de otra, esperando lo inevitable, esperando ese último beso de despedida, encariñados en secreto por el tiempo en común y, a la vez, ya nos extrañábamos porque sabíamos con absoluta certeza que una vez que nos dejáramos, o más bien que me dejara, era el regreso a las arenas movedizas de la soledad y la oscuridad de tener que lidiar sin ayuda con nosotros mismos otra vez.

UNA DISCULPA POR LA TARDANZA