Monday, February 13, 2017

Gordo Pajero

72

Irvin se miraba en el espejo del baño del cuarto de servicio en la azotea de la casa de su madre. Con un brazo un millón de veces más grueso que el otro, pasaba sus manos afeminadas y rechonchas por su barriga cubierta aquí y allá por un poco de pelusa. Sentía la ruina que eran sus genitales y el dolor desde el hombro hasta la muñeca de su brazo derecho. Se veía con gesto de dolor y “no más” le dijo a los ojos tristes llenos de desesperación, de ansia y de deseo de su reflejo. “No más” le dijo a su gordura, con voz quebrada. Esa noche era la última del año y el próximo iba a cambiar, iba a dejar de ser un gordo pajero.

La casa de la mamá de Irvin estaba junto a un colegio de señoritas. A las 12 del día, todos los martes y jueves, los sueños de Irvin terminan con pujidos femeninos tiernos juveniles de esfuerzo; “¡ahí está el pan!” gritaba una, enloquecida, volando el balón. El gordo pajero abría los ojos de par en par y, antes, el año que acababa, se paraba desnudo de su maloliente cama y se pegaba a la ventana que daba justo al patio del colegio de señoritas. Se pegaba de la cintura para arriba, no por decencia, así era la ventana, y en su cachete, sus senos de hombre y su barriga sentía el calor del mediodía, imaginaba que provenía de las jovencitas abajo, vestidas con, oh, sus ajustadas playeras blancas, ay, escondiendo sus senos no terminados moviéndose allá atrás de la tela y, uff, con sus short shorts azules cubriendo, dios mío, sus nalguitas primorosas, jugando intensamente al voleibol. “oh cristo!” gritaba Irvin con el deseo tomando control y se masturbaba cincuenta veces, se masturbaba tanto que el pene terminaba morado eyaculando aire, sacando un triste chillido. Irvin torturaba al aparato buscando desesperado aunque sea un poco de placer, pero ya no sentía nada, su miembro parecía ya no pertenecerle, le exigía a un globo desinflado, “vamos” le decía “quiero sentir” y se masturbaba cincuenta veces más, “¡vamos!” le gritaba a las ruinas entre sus piernas. “Nada, nada nunca más” pensaba Irvin y se echaba, maloliente, con creciente dolor en el brazo y el pene, en su cama rodeada de bolsas grasientas de carls jr, a llorar entre los ruidos de las niñas burlándose de él.

10… 9… 8… 7… 6… 5… 4… 3… 2… 1… ¡feliz año nuevo! No más pajas y gordura para Irvin, no más. Ese año iba a ser diferente, ese año le iba a echar ganas e iba a corregir el rumbo, se decía decidido, echándose porras, juntando toda la fuerza y esperanza y empezó el año, primero de enero y esperó no caer y perdonarse sí lo hacía y levantarse “es segura la recaída, quien sabe la levantada” se tatuó en el brazo; estaba emocionado y aterrado al mismo tiempo, plenamente consciente de su naturaleza, pero no importaba nada, no había escusa, era hora de la responsabilidad. “Lo voy a lograr, por dios, que lo voy a lograr” decía en la oscuridad del cuarto de servicio, moviéndose ansioso, alumbrado intermitentemente por los fuegos artificiales a la distancia, escuchando los gritos de felicidad de los vecinos, esperando a que pasaran los 12 meses.

Tuesday, January 31, 2017

11 años de Locura y Emoción

Hola,

Estoy de fiesta porque Cuentos Cortos Para Chicos Grandes cumple 11 años.

Madre de dios.

¿Quién lo hubiera pensado? Yo no, se los aseguro.

Casi llega a la adolescencia este blog. Supongo que eso es algo.

Bien. En fin.

Por favor, si tienen la costumbre de leer, sigan leyendo.

Si es la primera vez que entran, haga el favor de acostumbrarse a leer Cuentos Cortos Para Chicos Grandes.

Y si les gusta, díganles a sus amigos.

Por lo pronto no hay planes de parar.

Sigo con 120 días de pompdoma, ya va más de la mitad. Hoy en día puedo decir con seguridad y confianza que llegaré al cuento 120.

Prometo  escribir cada vez mejor. Es mi propósito de año nuevo leer más en el 2017 lo que mejorará mi obra, lo que está bien. Hasta ahora, el primer mes del año, lo he cumplido así que tengo esperanza.

Ummm. Creo eso es todo.

Y ahora... Un cuento gigantesco.

Un beso y abrazo,

A.M. "pompitas" Alonzo.



Entre Monstruos y Mutantes

71

Iba en una nave espacial, flotando por ahí, perdido en la negrura infinita del espacio. Con tubos conectados a mis brazos y un visor tapándome los ojos, estaba totalmente alienado de la realidad. Abusaba de la súper medicina que detenía el envejecimiento, manteniéndome por siempre joven en detrimento de mis órganos. Abusaba del entretenimiento sólo para momentos de ocio, conectado a la maquina destinada a pequeños ratos muertos entre la dura tarea de buscar vida en otros planetas, misión desde hace mucho completamente abandonada. No sabía cuánto llevaba así ni me interesaba saber. un día, súbitamente, en lugar de videos de gente cayéndose y animales haciendo tonterías, hubo sólo negro. Pensé me había quedado ciego, pero luego recordé el visor en mi cara. Lo quité y me vi en un mundo borroso de dolor. Con mucho trabajo, por tener el cuerpo hormigueando salvajemente desde el dedo chiquito del pie hasta el último gallo del pelo, tomé una pastilla que puso a mis musculosos inservibles a trabajar. Los anchos tubos conectados a las venas de mis brazos fueron desconectados y fui a ver qué pasaba. El mundo me dio con desprecio la bienvenida de regreso, “hola, basura” dijo cuándo terminé de enfocar y todos mis sentidos se vieron superados por el estímulo. La cabeza estaba a punto de explotar cuando llegué a un cajón, tomé una jeringa llena de calmante, la levanté en el aire y la clavé justo en mi cuello. La calma regresó de un segundo a otro y estaba listo para lidiar con la interrupción. La alarma del doctor computadora chillaba y, con la cabeza dándome vueltas, con hoyos sangrantes en los antebrazos, recorrí la nave, viéndola con curiosidad como cuando se regresa después de mucho tiempo al hogar de la infancia. Se abrieron automáticamente las puertas al cuarto de controles casi en completa oscuridad. Ahí me recargué en el panel de control y, alumbrado sólo por la luz azul del monitor, me enteré de la tragedia. Mi mente estaba al borde del completo colapso y mi cuerpo era una ruina. “Locura y maldiciones, muerte y destrucción” era la diagnosis. “Oh no” susurré y se me presentaron las opciones: o empezar trabajar sin más medicina ni entretenimiento o regresar a la tierra. Lo iba a pensar, pero antes piqué el botón rojo en forma de hongo en un extremo del tablero y fui de regreso.

Mi nave se estrelló estrepitosamente. El violento regreso al mundo que me vio convertirme en un idiota inadaptado, resultó muy apropiado para mantener mi segunda entrada a este planeta fiel a la primera que, según me contaba mi madre borracha llena de amargura, fue particularmente desagradable, “no puede ser de ninguna otra manera”, dije pensando en la pobre señora, con un pasajero brote de nostalgia asomado travieso desde mi alma. Tomé mi cartera, mis llaves y mi teléfono y me dirigí a la salida, a travesando el cuarto de entretenimiento donde me detuve un minuto para ver con sentimiento, la silla, los tubos y el visor, reconocí que las cosas nunca serían iguales y que una colosal incertidumbre me esperaba. Me zapeó la pesadumbre y anticipando mi mala actitud, supe que había que tomar precauciones para evitar la renuncia inmediata así que corrí afeminadamente al cajón de hace rato, saqué otra jeringa, la levanté al cielo y me inyecté una mezcla de antidepresivo y otras drogas que me levantaron. Fui a esperar a que terminara de hacer efecto frente a la salida donde me vi en un espejo en la compuerta. De repente me cambió el gesto, y salió disparada la puerta dejando entrar una luz como con un filtro ocre que me cegó un segundo y al siguiente, con la vista de regresó, me vi envenado por un veneno en el aire que lo llenó todo. La contaminación casi me mata, los ojos explotaron en lágrimas y de la nariz salió disparada una tonelada de moco, “el apocalipsis” grité con los ojos entrecerrados, tosiendo, y caí al suelo retorciéndome. Unos minutos de escándalo, y, al reconocer que no moría, un poco recuperado, saqué la cabeza de la nave para echar un vistazo; ante mí, el fin del mundo. Edificios grises en ruinas se extendían hasta donde alcazaba la vista, en las calles más hoyos que pavimento, perros sarnosos en los huesos morían miserables por doquier y no había ni el menor rastro de naturaleza. Di unos pasos fuera, conteniendo el azote, “ushale, sáquese” le decía a las ganas de rendirme y contemplé la calamidad a mi alrededor. A unos metros de la nave, ya acostumbrado al impacto, miré extrañado el cielo gris, “qué demonios” susurré con un muy mal presentimiento haciendo estragos en mi espíritu y, como gran final de aquella primera impresión infernal, al bajar la vista, apareció justo frente a mí, una criatura gorda horrenda con dientes saliendo en forma libre por las encías negras en su boca maloliente, con nariz ancha llena de granos, ojos chiquititos desbordándose de malicia y piel arruinada, el hijo de perra fue casi exitoso liberador de desperdicio digestivo. Grité horrorizado, cayendo sobre una montaña de basura, estirando la mano hacia la criatura, preparado para lo peor. El monstruo se afeo un poco más, balbuceó algo y desapareció. Con el corazón acelerado, la mente superada, me paré con la desesperanza alistándose para sitiar mi alma, “pero… ¿qué pasó aquí?” dije ya de pie, con el trasero lleno de porquería, con las manos en la cintura, preparado para la acción por hacer tantos ejercicios de creatividad consistentes en qué haría si un día me encontraba en la twilight zone y por eso no perdí el tiempo y comencé a recolectar información, automáticamente aprendiendo las nuevas reglas para utilizarlas a mi favor. Con cara de molestia y pereza, me quité el traje espacial, lo eché sobre otro monte de asquerosidad, me dije a mí mismo que qué se le podía hacer y me alejé de la nave confirmando, pasando miles de espectáculos de horror en dos patas, que este mundo ya no era lo que era y que se había llenado de monstruos y mutantes.

“ohhh… ok” dije entre feos, enterándome, frente a un monitor sucio y apestoso, en un café internet cayéndose en pedazos, perdido en una colonia que parecía bombardeada por alguien especialmente sádico, de la situación del mundo. Al parecer, estuve siglos flotando en el espacio, semi inmortal por la ya contada medicina; la gente había mutado, con la evolución optando por el shock, y los humanos que quedaban, que, por cierto, no eran para nada mejor interna y culturalmente hablando, se habían amurallado. “humanos” susurré con desprecio recordando la razón por la que me lancé al espacio en primer lugar, el desfile de fatídicos recuerdos empezó, derrota y fracaso, una y otra vez, y, antes de perderme por completo en la desesperación y la autocompasión, recobré el control de mí mismo para presuroso alejar esos pensamientos y escapar del infierno del pasado hacia el del presente. “Qué será de mí” decía una opción en la sección de humanos en la cual di click. Me recomendaba rendirme o encontrar a un familiar. Por suerte, el buscador de las redes sociales del futuro era muy efectivo y rápidamente encontré a un sobrino que parecía estar bien colocado en el mundo de los humanos. Miré mi pene y me sorprendí de que el adn heredado de alguno de mis hermanos no hubiera mutado. “En fin” dije cansado de todo, ansioso por aunque sea un poco de comodidad. Imprimí la dirección y allá fui, hacia una de las murallas.

Una imponente muralla de miles de metros de altura separaba a los humanos de los mutantes. Me acerqué impresionado y algo intimidado. Toqué el timbre y me espantó un mutante al sacar la cabeza por una ventana en la muralla. “qué quiere” supuse dijo, yo le expliqué lo mejor que pude, pero, a juzgar por su cara inexpresiva y gesto ausente, pareció no entenderme. Le enseñé una identificación y, al ver mi apellido, hizo un ruido incomprensible y se abrió la pesada gigantesca puerta. Me hizo señas para que lo siguiera y entré nervioso, contemplando el barrio privado humano; jardines lindos y casas lujosas, calles bien pavimentas, y al alejarnos de la muralla, el veneno en el aire se fue quedando atrás, las lágrimas y el moco se detuvieron por primera vez desde que llegué al futuro y pude volver a respirar, pero no por mucho, era asfixiado, pero ahora por ansiedad, me atacaron los recuerdos y tuve que volver a jugar defensa contra el dolor que brotaba de la memoria. El mutante se paró de repente, señaló una casa linda y grande, estiró la mano, señal atemporal de deseo de propina, contesté con su gesto inseparable de que no tenía, me maldijo en su extraño idioma y se fue. Lo vi irse, tratando sin éxito de empezar a aceptar mis circunstancias, no me gustaba tanta irregularidad, sorpresa e incomodidad, quería que las cosas fueran normales otra vez, y bajé tristemente la cabeza y cerré los ojos, permitiéndome sobrecarga de sentimiento. Faltaba mucho para acostumbrarme, y ahí me quedé parado un rato, con una miserable inútil lagrima vomitada de mi ojo bajando por mi pómulo hacia mi mejilla para caer en su mi sucia sudada playera negra que llevé una eternidad debajo de mi traje de astronauta. La brisa fría olorosa me despertó de mi ensueño y volteé hacia la casa de mi sobrino, tragando con dificultad el instante, juntando fuerzas, haciendo las paces con que la aventura apenas empezaba.

“ding dong” hay cosas que nunca cambian, reconocí asintiendo, ya de mejor humor. Una mutante me abrió, hizo ruido, enseñé mi documento de identificación del pasado, esto intensificó el ruido ahora alegre y me hizo señas para que la siguiera. Cruzamos la casa obviamente futuristamente decorada, por todos lados había tecnología que no reconocía y en cada pared una pequeña pantalla con fotos de la familia, pasando una tras otra. Me detuve un segundo para ver a mi sobrino, muy parecido a mí pero en forma y extrañamente elegante, su señora muy guapa y sus hijos sonrientes, sanos y fuertes; los vi de vacaciones en otros planetas, en playas hermosas, abrazados, explotando en alegría; hice una mueca pensando en mis hermanos “quien lo hubiera pensado”, y volteé hacia mi pistola de genes, entablando excéntrica amistad con mi miembro. La mutante me empujó bruscamente, le di una cara de indignación que la espantó, la diferencia de clases del futuro se había ensanchado años luz, “bien” pensé, dejándome llevar por mis vicios de burgués primitivo. La vieja monstruo bajó la cabeza arrepentida, yo la tomé del hombro al avergonzarme automáticamente por mis prejuicios, ella me miró con ojos húmedos y yo le regalé unos de empatía, le decía, aunque tal vez ya no fuéramos de la misma especie, flexionando el musculo de mi rango de expresiones, que venía de un tiempo donde todavía existía el sueño de igualdad. La mutante, por instinto, se calmó y, exhausta por tanta emoción, acostumbrada a vivir siempre bajo el guion de la costumbre, señaló un asombroso sillón en la sala llena de arte que ponía a mi cerebro a trabajar marcha forzada. Después, la vieja me miró suplicando que la dejara ir, que no podía más, “está bien” le dije con una sonrisa que ella asociaba con preámbulo a inmediata crueldad y se fue corriendo. Un segundo más tarde no le di importancia al episodio que acababa de ocurrir y me fui a sentar, listo para lo que sea.

Estaba echado, con las manos en la barriga, contemplando cómodamente al cielo y sus nubes, por el ventanal gigantesco que ocupaba toda una pared de la sala, reflexionando tonterías que no valen la pena contar. Una sensación de placidez me llenaba cuando apareció el sobrino quien vino y se sentó en el sillón frente a mí sin decir palabra. Se hizo para delante, recargó los hombros en los muslos, miraba la nada, me miraba a mí, miraba la nada y a mí, así unas cuantas veces. Yo no supe qué hacer y sólo lo veía incómodo con mi cara de niño viejo, con mis ojos rebelando mi verdadera naturaleza, la de infinito infante, de idiota que no ha participado, de ese que no sabe nada sobre nada y de quien nunca ha protagonizado una conversación seria. Ahí estábamos los dos sin decir palabra, tanto tiempo que empecé a imaginar que todos los encuentros empezaban así, la gente del futuro, en lugar de un hola o un apretón de manos, se saludaba con prolongados lapsos de silencio. Ya me alejaba en reflexión cuando aplaudió sensiblemente y me hizo señales para que lo siguiera. “ok” dije contento de que por fin pasaba algo. Recorrimos su casa, entramos en un estudio con las paredes llenas de más impresionante arte y, dándole la espalda a una ventana que daba a increíble jardín, un escritorio pesado con relieves asombrosos que contaban la historia de nuestra familia. Hizo ruido, lo vi sin entender, señaló con la cabeza la silla que se veía la más cómoda del mundo, “oh” hice y me senté hipnotizado por el talentoso trabajo en la madera la cual acaricié dejándome llevar y, sin verlo venir, me agarró bruscamente de la cabeza con un brazo y con el otro me disparó algo justo en el cerebelo y otro en el área de broca. Sentí como si me hubieran dado un batazo, mis oídos zumbaron y el mundo, sin previo aviso y bruscamente, aceleró el movimiento de rotación un millón de revoluciones. La horrible sensación duró un segundo y al siguiente se detuvo y todo estaba en paz; se escuchaba el canto de los pájaros, un aspersor a la distancia y niños jugando. Me toqué donde me disparó y sentí unos círculos. “Que mierda…” dije en idioma que nunca he hablado, levanté la cara y vi a mi sobrino sonriendo. “Vamos” dijo y salimos a su jardín, a meternos en su jacuzzi a tomar margaritas.

El súper jacuzzi masajeaba no sólo mi cuerpo, sino también mi espíritu. “ay que rico” decía por adentro, ya en el nuevo idioma que me tardé menos de un segundo en aprender y en ese mismo idioma le conté al entretenido sobrino mi trágica historia. Me veía como yo vería a alguien de la antigüedad, le daban risa mis arcaicos modeles y mis gestos y yo, mientras tanto, al hablar, me maravillaba del futuro, de su jardín enorme que se extendía hasta el bosque, su huerto, del pequeño lago, una casa de árbol mejor que mi casa del pasado y, por mi tendencia a no dejarme disfrutar nada, empecé a preguntarme sobre la repartición de la riqueza, qué habrá sido de ella y comenzó en mi consciencia un poco de esa comezón juvenil de antaño, una vez tan fuerte y que para cuando había salido de la tierra todavía un tanto presente. No tuve oportunidad de que me pusieran al corriente con el conflicto de clases porque tuve que poner atención. “este es el plan” me dijo ahora serio viéndome con intensidad directo a los ojos, con la noche cayendo y luciérnagas volando a nuestro alrededor. “no te puedes quedar acá, la mayoría de los humanos no te aceptarían jamás por tus extrañas maneras y por lo estrictas de las convenciones., pero…” yo lo miraba nervioso con el corazón haciéndose chiquito, todo indicaba malas noticias, cerré los ojos “no puede ser de…” iba a decir, pero él me tomó del hombro, abrí los ojos y encontré una cara amigable “no temas, con mi influencia te colocaré en buen puesto en la administración de monstruos y mutantes”, “esas no son particularmente buenas noticias” pensé siempre perezoso conteniendo con todas mis fuerzas una mueca de decepción, “¡ok!” dije al fin e hice una cara que esperé fuera interpretada como sonrisa, fingiendo gratitud. Entramos y comimos con su familia a la que entretuve con cuentos de horror de mi tiempo, que el calentamiento global, que el racismo, que la corrupción, que la mentalidad de muchedumbre, que etc, etc, etc, ellos reían, encantados, no creyéndome del todo. Nos fuimos a dormir y a la mañana siguiente, desperté por primera vez en un mucho tiempo sin pesadumbre. El sobrino, después de darme de desayunar los mejores huevos con jamón que he comido, me dio trajes, camisas, corbatas, zapatos y un teléfono con dos direcciones, la de la oficina y la de un apartamento cerca del trabajo que no usaba. La familia me vio irme desde la entrada, imitándome, muertos de la risa, agitando el brazo el aire. Tuve el presentimiento de que nunca los volvería a ver, “mejor así” dije tratando sin éxito de congelar mi corazón con nudo en la garganta.

El edificio de administración de monstruos y mutantes era un cubo rectangular que se elevaba hasta más allá de las nubes,  era color entre gris y mamey, daba la impresión de irremediable suciedad y descuido, “qué rara arquitectura” pensé ahí en la mañana fría y nublada, con la brisa apestosa moviendo mi ropa futurista, “en fin” dije e hice gesto de resignación despreocupada. Entré al edificio, vigilando de cerca mi espíritu y actitud, me había dicho que era indispensable repelar cualquier indicio de autosabotaje. “hola” le dije amigable al mutante con uniforme de policía, “vengo a…” revisé el celular “la administración de monstruos y mutantes antisociales número cincuenta mil”, el policía mutante me vio en silencio con cara espeluznante e inexpresiva, yo lo veía fijamente, con su fealdad poniéndome en trance, con creciente horror ocupando mi mente. Así pasaron tantos segundos que empecé a pensar que a lo mejor había pasado algo con los electrodos o que tal vez el lenguaje que usaban los humanos era diferente al de los monstruos y mutantes o que quizás nuestras diferencias iban más allá del idioma y era algo conceptual, estaba usando las palabras equivocadas, las ideas que intentaba comunicar no existían en la cabeza del aquel esperpento; traté de recordar eso que decían sobre que, aunque compartiéramos el mismo idioma, las personas no podrían entablar dialogo con un león por lo diferente de nuestros mundos y luego, recargado en la recepción frente al mutante, traté de recordar mis no muy bien aprendidas lecciones en Wittgenstein. El mutante, quien sabe cuánto tiempo después, dijo con acento extraño “piso 4”, me tardé en entender y al acabar le dije “gracias”, le regalé un guiño y me fui con cara de disgusto viendo las elecciones en diseño de quien, si alguien, había diseñado el edificio, parecía se había esforzado en escoger los peores materiales y las opciones menos estéticamente placenteras, se me antojaba que el responsable se empeñó en molestar la sensibilidad estética de quien visitara. “Qué raro” dije al picar el botón pegajoso del elevador, esperando entre criaturas espantosas, incapaz de no asustarme al voltear y encontrar.

Con paso inseguro entré a la oficina con el letrero que decía “ADMINISTRACIÓN DE MONTRUOS Y MUTANTES NÚMERO CINCUENTA MIL”. Ahí, fui con una mutante detrás de un escritorio, me volvió a pasar lo del policía, hablaba y ella me veía con sus ojos ausentes, con cara que no comunicaba nada en absoluto, “ugh” le hice, cansado de esperar, suponiendo que eran un montón de lentos, “qué más da” dije en el fuero interno, resignado a lidiar con la lentitud. Por fin, ella señaló una silla donde esperé horas. Durante la espera vi a los monstruos y mutantes que serían mis compañeros de trabajo, ninguno me prestaba especial atención, de repente uno me miraba con pasajera curiosidad y luego seguía con lo suyo. También descubrí, cosa interesante en verdad, que no todos las mujeres monstruos y mutantes eran completos adefesios, había unas que de lejos no se veían tan mal, hasta producían tantita lujuria, pero si te acercaban lo suficiente se podía reconocer su mutación que era confirmada al oírlas hablar. Estas mutantes, sabiéndose no violaciones a la pupila, se comportaban con altanería y me ignoraban. Lo que sea. Tal vez sea un humano, pero no uno particularmente galante, cosa que atribuía a mi despreocupación por la arreglada y, también, mi perpetua juventud no comunica esa sensación de seguridad que las mujeres, mutantes o no, buscan en sus hombres. Pensaba lo anterior, indiferente, había tenido una vida para aprender esos hechos de la vida y suficientes años para aceptarlos, contemplando agradablemente sorprendido a una mutante no tan fea, cuando la monstruo secretaria me dijo que podía pasar con un tal señor Pogorrtuc. “Bien” le dije aceptándolo todo, acostumbrado a que todo fuera tan raro y  hasta ansioso, totalmente contrario a mi naturaleza, por más sorpresas.

Entre a la oficina llena de arte como el de la casa del sobrino. Detrás del escritorio normal, frente a una ventana que daba a la desolación del mundo, me recibió el respaldo de una silla. “hola” dije preparando a la vieja bomba de sangre para el susto que siempre me daba ver a alguien nuevo. La silla giró y frente a mí, no lo podía creer, un humano. La sorpresa me mareó un poco y me acerqué para comprobar si mis ojos no me engañaban. Él movió las cejas de arriba abajo, vivía por esas sorpresas y reía encantado, aplaudiendo, “pensabas era un mutante, eh, ¿no es cierto?” me dijo riendo y luego, cuando dejó de divertirle todo ese asunto, me dijo que me sentara. El señor Pogorrtuc era de esos humanos inadaptados, anormales, irregulares, excéntricos, que no son soportados y no soportan el mundo de los humanos y, por su personalidad, terminan llevándose mejor con los monstruos y mutantes. Había ido a la escuela con mi sobrino, de quien era buen amigo, y como amante de la historia, no podía pasar la oportunidad de tener a alguien del pasado ahí en su oficina. “como una reliquia de otro tiempo, como un artefacto de la antigüedad” dijo emocionado “muy bien” le dije sintiéndome un objeto, pero libre de indignación al reconocer que probablemente tenía el trabajo asegurado sólo por mi calidad de curiosidad. “ahora qué, qué sigue” le pregunté listo para poner en marcha la rutina, ya de vuelta en mi modo normal. “bien” me dijo y llamó a su secretaria mutante. “señora Gargog” le dijo con pesadez, “asígnenle un escritorio y una computadora” dijo señalándola amenazadoramente, “sí, señor” dijo ella muy derechita, yo contemplé lo anterior con gracia, malditos monstruos y mutantes, tienen lo que merecen. Me paré, le di las gracias y la mano al señor Pogorrtic y salí siguiendo a la señora Gargog. “qué chistosos nombres tienen” pensé mientras a travesábamos las kilométricas filas de los cubículos hechos de materiales notoriamente baratos, ocupados por mutantes atareados. Llegamos hasta un cubículo desocupado. “siéntate” me dijo la vieja mutante, “ok” respondí y ahí me quedé, explorando el internet del futuro hasta que dieron las 3, era hora de salir.

Llegué al pequeño departamento amueblado, con sólo un cuarto, un baño, sala y cocina, lleno de cosas que no sabía que eran. Toda esa tarde me la pasé picando botones accionando que el estéreo y que la tele, quemándome con lo que descubrí era la estufa y electrocutándome con lo que descubrí eran los enchufes. El lugar le recordaría a uno lo que en los 60’s pensaban iba a ser el futuro. Encontré la computadora y, algo nervioso, pero obligando por el aburrimiento, traté de conseguir un poco de droga. Unos minutos de googleo futurista y casi me tiro por la ventana al descubrir que habían legalizado las drogas hace siglos días después de que salí de la tierra, de haber esperado una semana me hubiera quedado y para entonces ya me habría muerto. Se me antojo hacer un poco de berrinche pero antes, la emoción de lo que era legal me detuvo, baile el baile de la felicidad, me puse pantalones y corrí al mini súper de la esquina. “¡denme, quiero!” grité ansioso, colorado y sudado, con los dientes apretados y los ojos muy abiertos, al mutante al que no podría importarle menos el mundo y señaló un pasillo. “no jodas” repetía, acariciando las cajas de las diferentes marcas, “ay mamá” dije al llenar una canasta con diferentes tipos, anticipando despreocupado sobredosis. Pagué y regresé al departamento. Cerré las cortinas, puse música, cargué la pipa y la coloqué a unos centímetros de mi cara, admirándola, saludándola como se saluda a una vieja amante que siempre supo cómo quererte bien, que nunca te rompió el corazón, le di lumbre e inhale bailando, celebrando, listo para vivir así el resto de mi vida. “oh el futuro” decía con humo saliendo de mi nariz y boca y de repente, la droga hizo efecto. Traicionado por la brutal cantidad de THC, el pequeño departamento desapareció y fue remplazado por un espectáculo de colores que duró lo que pareció varias vidas. Después, tirado en el suelo, convulsionándome, con el pecho hacia arriba en una posición imposible, con los ojos hacia atrás completamente blancos y considerable cantidad de espuma saliendo de mi boca, como un beso bien colocado de sensual muchacha, llegó un tonel de placer. Los estragos en mi mente fueron arreglados y substituidos por despreocupación e inmóvil, viendo fijamente la nada, con todas las venas en mi cabeza marcadas ofreciendo incómodo y escandaloso espectáculo y, al final, con el cerebro trabado, se terminó de limpiar mi espíritu y mente. “mierda” anuncié como mi opinión sobre mi condición actual, antes de desmayarme con sangre saliendo de todos los orificios de mi cabeza.

Pasó el tiempo. Iba al trabajo, regresaba a la casa, me drogaba, iba al trabajo, regresaba a la casa, me drogaba. En la oficina, día tras día, me asomaba al cubículo de lado y miraba morboso a la mutante gorda y fea. Ella me miraba de regreso con sus ojos negros que delataban la ausencia de alma, los dientes chuecos, la piel asquerosa, ella me veía inexpresiva, como te mira un animal, haciendo ruido, contándome sobre cosas que no puedo recordar, me platicaba cada mañana mierda que no me importaba en lo absoluto y yo, por reflejo, porque es mi política número uno, era lindo y la hacía reír diciendo la primera tontería que me venía a la cabeza, a ella y al resto de los mutantes a mi alrededor yo les parecía inofensivo y chistoso. “buag buag buag” hacia la vieja mutante y un escalofrió me recorría el cuerpo. Así todos los días, así durante meses y en ese tiempo, en repetición, en la rutina implacable, entre los mutantes y los monstruos y sus modos y manera simple y a la vez desoladora de vivir, carente de historia, de contexto, de estándares, lo mínimo en todo siempre, distraídos con quien sabe qué, no importará cuanto les preguntara y cuanto me contestarán, nunca pude aprender nada de ellos, nunca logré que me importara y lo digo con cero azote, lo reconozco indiferente, sin creerme mejor ni peor, sólo diferente, como uno juzga a otra especie, como si de repente algún otro animal generara tantita consciencia y deseo y los poderosos ojetes del mundo la pusiera a ganar dinero para gastarlo, así, ya total y absolutamente separado de la humanidad, un día, permitiéndome un poco de filosofía, cosa nada aconsejable, noté como la llama la consciencia se apagaba, me di cuenta que mi código desaparecía y era reemplazado por la fealdad no sólo física, sino también espiritual constante a mi alrededor y di el primer paso hacia la perdición cuando, en lugar de ponerme a trabajar, de conservar mi antigua manera de ser, me distraje con alguna tontería y se perdió para siempre la posibilidad de rescatarme. Así, seguí sobre la ola del quehacer fácil mecánico y automático, surfeándola torpe pero. quien sabe cómo, exitosamente, hasta que un día, distraído, yendo a comer con algunos monstruos jóvenes del trabajo, encontrándome súbitamente popular, volteé y vi un mutante a la distancia que me espantó como de costumbre, pero algo en él me hizo detenerme. Al principio no podría decir qué era, conocía a ese monstruo de algún lado, pero no podría decir dónde. Poco a poco, como ya se habrán imaginado, como un chango que se reconoce en el reflejo, me di cuenta que ese monstruo familiar era yo, maldita la vida, había mutado. Me acerqué al reflejo en la ventana y vi, con algo no bueno pasando en mi cabeza, con una mueca de horror formándose en mi ahora feo rostro, lo que me había pasado y, antes de aventarme al tráfico, consideré las cosas un segundo. Tal vez nunca pertenecería a ese tiempo, a lo mejor siempre sería raro y nunca me sentiría cómodo otra vez, pero qué más ser humano o mutante, qué más da el pasado, como si alguna vez hubiera sido parte de algo y el presente es lo que es, no es como si tuviera alternativa, no es como pudiera estar haciendo otra cosa, mi modo de ser no me lo permitía. “ni modo” dijo el monstruo en la ventana, hizo gesto de resignación, alcanzó afeminadamente al grupo del trabajo y fue a comer fritanga asquerosa. Aquel mutante fue y vivió el resto de su mediocre miserable vida, ganando rindiéndose, entre monstruos y mutantes.

Thursday, December 01, 2016

Pantistlán

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Margarita “Bombón” Gutiérrez tenía una tienda de ropa interior femenina en el metro Pantitlán. Iba todos los días, hacinada, en la micro, descendiendo a paso hipnótico de la verticalidad, rebotando hacia el laberinto que es el metro, adentrándose en las entrañas de la ciudad, llevándose el rutinario fuerte codazo a la barriga o cara, preguntándose el sentido de todo entre caras inexpresivas de resignación absoluta, experimentando no examinada angustia existencial por desperdicio de vida, hasta llegar por fin, impregnada de mil olores, algo masacrada, exhausta a pesar de que acababa de empezar el día, a su tienda no chica ni grande que le había dejado su tía quien murió aplastada al final de una particularmente intensa clase de tap durante el terremoto del ‘85. Bombón, además de vender pantis, se dedicaba, en parte por las risas, en parte por el reto, más que nada el aburrimiento, a practicar ginecología sin licencia. En la trastienda, donde sólo cabían una silla y un banco, hacía procedimientos ginecológicos. Había aprendido todo lo que necesitaba de un viejo libro de texto que un doctor frustrado dejó en una de esas librerías que hay en algunas estaciones. Al principio nunca le pasó por la cabeza poner en práctica lo aprendido, pero un día, al terminar de leer el súper práctico manual en males de la vagina de cubierta a cubierta, luchando contra y venciendo la amenaza de hipocondría, levantando la vista de la contraportada, sintiendo confianza en ella misma, con ganas juguetonas de ponerse a prueba y acabar final y tristemente cayendo en cuenta y lamentándose de que lo más seguro era que nadie se prestaría para dejarla practicar, una señora, bendita la suerte, fue a derrumbarse fuera de su tienda. Bombón, al ver que la multitud la ignoraba y temiendo que tener a una ahí tumbada, tapando la entrada, fuera malo para los negocios, acudió en su auxilio de mala gana. La señora estaba empapada en sudor y temblaba debido a peligrosa fiebre. Se lamentaba, señalando sus genitales, “me duele, me arde” chillaba. A Bombón se le fueron abriendo lentamente los ojos y una mueca de emoción fue apareciendo en su boca, al darse cuenta de la oportunidad dorada, ¡era hora de la ginecología!. Arrastró, revisando que nadie la viera, innecesario en verdad porque aunque la viera el mundo entero sería difícil encontrar a alguien que le importara, hacia la trastienda, donde dejó a la señora tirada en la oscuridad agitándose como teléfono con la vibración a todo. Corrió con su vecina, que vendía artículos para la minería, pidió prestado una lámpara de esas que van en la cabeza, fue con mucha prisa a objetos perdidos donde juntó los instrumentos que creyó necesarios y, luchando contra los nervios, dominando la emoción, regresó a “Pantistlán”, a internarse, lista para todo, en la oscuridad de la trastienda.

Con mucho esfuerzo, sentó a la mujer en una silla, le bajó los pantalones a la pobre que alucinaba un escándalo hablando en lenguas y Bombón se sentó en el banco, prendió la luz en su frente, se frotó las manos y echó un vistazo sólo para ser golpeada directo en la nariz por el brutal asco producido por el olor a pescadería abandonada desbordándose de podredumbre. Escapó al frente de la tienda, vomitando sobre una caja de pantis nuevas. Terribles noticias y pensó en qué hacer; a pesar de haber trabajado toda su vida en la ciudad de México, nunca había encontrado semejante olor. Fue de aquí a allá unos segundos hasta que se le ocurrió la respuesta y regresó a la improvisada sala de operaciones con un apestoso puro quemándose en su boca, inhibiendo así el sentido del olfato. Volvió a sentarse ahora seria, con actitud profesional, y se puso manos a la obra.  De inmediato, con dos dedos en el mentón, asintiendo, diagnosticó apocalíptica infección vaginal y con un cuchillo de carnicero, un tenedor de plástico, masking tape, agua oxigenada y todo un kit de diferentes pomadas, empezó a trabajar arduamente. Trabajó en la infección, cortando aquí, untando allá, picando arriba y abajo, y mientras operaba se dio cuenta de que la crisis existencial desaparecía, que el temor al desperdicio de vida había sido remediado, animándose más y más, despidiéndose de la depresión y cansancio espiritual, hasta que, renovada, terminó, reconociendo que no había más qué hacer. “Sólo queda esperar” dijo algo nerviosa, pero con esperanza, viendo a la mujer desmayada, alumbrada por un débil foco viejo, y Bombón apagó la luz para dejarla descansar y fue a esperar, sentada viendo fijamente uno de los estantes con linda ropa interior de mucho estilo, tratando de mantenerse optimista. Pasaron las horas y, cerca de cerrar, fue a revisar a la paciente. Segura de que la operación había sido un éxito, con ánimo y buen humor, prendió la luz. La mujer estaba inmóvil con los ojos abiertos, en posición engarrotada de sufrimiento, viendo con un gesto de horror el otro mundo. “Ay mamá” dijo Bombón, persignándose tanto que se dejó un moretón en la frente, uno en la boca del estómago y uno en cada hombro. La señora estaba muerta y ahora hacía cola para entrar al infierno. Decepcionada, lamentando su fracaso, lentamente, la dejó ahí y, desganada, cerró la tienda y emprendió el largo trayecto a su casa. “No puede ser” decía ahí apretada entre la gente, viendo a un niño lamer un tubo del metro. “Maldita vida, maldita suerte” dijo con antojo de sentir lástima de ella misma, pero antes, porque tenía carácter, Bombón decidió no desanimarse, con las fuerzas de regreso, aprovechó el camino para repasar lo que había hecho, buscar errores y se dijo, ya en un ángulo de 85°, cerca de su casa, que seguiría practicando para un día ser la mejor ginecóloga de toda la estación Pantitlán. Así, Margarita “Bombón” Gutiérrez continúo y continua practicando ginecología en la trastienda de su expendio de pantis.

Thursday, November 24, 2016

El Yerno

69

Una mañana como cualquier otra, un martes o jueves o qué más da, entró el patrón a la oficina. Todos nos paramos y gritamos muy fuerte “¡buenos días, patrón!”, él nos vio con molestia, lo que sea para joderlo aunque sea un poco, y nos sentamos. Venía con su hija, una verdadera pendeja, y un tipo nuevo. Lo sentaron junto a mí. La hija fue, lo agarró de los cachetes, le taladró los ojos con los suyos y susurró “que se jodan los sueños”. El tipo bajó la cabeza y asintió con notorias ganas de llorar “está bien, mi amor”. El patrón y su hija fueron a la puerta, voltearon para azotar al nuevo con una mirada severa antes de salir y se fueron hablando de lo que sea hablan los ricos. Yo me le quedé viendo, había algo en él que me resultaba familiar; tenía el gesto de criminal recién atrapado, su postura delataba que corrió, pero lo alcanzaron, había caído y ahora intentaba hacer las paces con su nueva realidad, intentaba calmar su corazón y dejar de guerrear. Había visto ese gesto un millón de veces, hace mucho, en el espejo. Me le quedé viendo hasta que nuestros ojos se encontraron y, como un rayo directo a la cabeza, una memoria me pegó casi tirándome de la silla. Más que el recuerdo de mí mismo, había visto a ese hombre en algún lado, ya conocía al yerno. “Pero… ¿Dónde?” me pregunté con empatía, queriéndole decir que uno se acostumbra a todo, que el corazón se endurece y que el callo de la costumbre ya ha empezado a formarse, pero al final decidí que mejor no y sólo me quedé callado y alejé mis enormes, envidiables y primorosos ojos castaños de los suyos inundados por el reclamo absurdo, por el berrinche incomprendido. Continué mirando mi monitor con cara de idiota el resto del día.

De regreso en mi pequeño departamento, todavía con la mente infectada por todo lo anterior, me senté a pensar. “Pues claro” dije recordando en la oscuridad horas después. Me paré con trabajo del asombrosamente cómodo reclinable y fui al librero. Busqué hasta que encontré, como un científico encuentra la cura para la enfermedad que azota a alguien que le cae bien, Las súper tetas de Rodriguita Ramírez. Hace años que no lo tocaba y el polvo se había acumulado sobre los increíbles senos en la portada. Pretendiendo ceremonia, limpié el viejo libro, y embobado, me le quedé viendo un rato. Tenía muy buenos recuerdos de esta pequeña novela. Hace diez años, Las súper tetas fue publicada, no pegó ni con los ñoños ni con los normales y fue rápidamente olvidada. Yo me enteré de ella una vez matando el tiempo, al entrar por capricho a una conferencia casi vacía. El ahora yerno, entonces talentoso autor, hablaba de la inspiración de su libro; tres horas no dejó de hablar de las tetas de alguna tonta que llegó para joder, que él lo había intentado para encontrar sólo rechazo, pero bendita la inspiración, toda la lujuria provocada por el antojo de tener entre sus manos semejantes bultos de placer, fue expulsada sobre el teclado y la alfombra, y ahora, lo que tenía en las manos, Las súper tetas de Rodriguita Ramírez, ingeniosa y divertida literatura, fue el resultado. Esa tarde lluviosa independiente de la fecha por lo natural de la vida bohemia, lo miraba impresionado, en ese auditorio apestoso sin nadie. “¡Viva la lucha, viva los sueños!” acabó gritando, yo grité también, gritó un viejo orate y al día siguiente lo olvidé todo, nunca volví a saber de él y ahora recuerdo esa conferencia y esa emoción con insignificante pena, libre de azote, anestesiado por el tiempo. Acabé Las súper tetas y lo cerré, impresionado, emocionado y pensativo. “Madre” susurré, con una sonrisa en la cara y una erección incontrolable en los pantalones y, como un puñetazo sorpresivo, fui golpeado no muy fuerte por un poco de tristeza. El yerno fue un maestro de la literatura y ahora se sentaba junto a mí, en algún corporativo, trabajando para su suegro, alistándose para el olvido, qué cruel el destino. “ay pero que horror” dije con una mueca de disgusto y fui al piano a tocar y cantar los sentimientos afuera el resto de la noche.

Al día siguiente, llegué al trabajo. Ahí estaba ya el yerno viendo el escritorio, miserable. Me senté en mi lugar, recargué el cachete en la mano y pensé en cómo empezar; habíamos cometido el mismo crimen, nos habíamos atrevido a soñar y sabía por lo que pasaba, me imaginaba era mi responsabilidad aminorar la transición a donde los sueños van a morir, darle la bienvenida como es debido al panteón de la fantasía. Corrieron las horas y, cerca de la salida, viéndolo ahí con ganas de morirse, solté mis riendas porque siempre me funciona y salieron disparados los caballos de la emoción. Me paré con violencia mandando a volar la silla, lo señalé, me empecé a mover al ritmo en mi cabeza y canté un canción no original “túuuuu, que decidiste que tu vida no valíaaa, que te inclinaste por sentirte siempre maaal, que anticipabas un futuro catastrófico, hoy pronosticas la perdición intelectual, túuuuu, que decidiste que tu amor ya no servíaaa, que preferiste maquillar tu identidaaad, hoy te preparas para el golpe más fatídico porque hoy empieza la putrefacción cerebraaaaaaal! ¡Túuuuuu! nan nana na na na na nana na naaa na nara na nana naaa… ¡hoy empieza putrefacción cerebraaaaaaaaal!”. Me callé de repente, dejé de bailar, sudado y respirando duro, y vi a mi alrededor, la gente del trabajo se me quedó viendo un segundo y regresó a lo suyo. El yerno me miró, sufriendo, con la máscara transparente de estoicismo deshaciéndose y, de repente, rompió en ruidoso llanto. Me di cuenta de lo que acababa de cantar, no era mi intención, pero era lo que había dentro de mí y fue lo que salió. Fui y lo abrecé como a un hermano, le sobé con cariño la cabeza, él lloró, llenándome de moco. Dije que no servía de nada las lágrimas, que hay cosas peores, me miró a los ojos recobrando la compostura, “los sueños nunca mueren” le mentí sonriendo con ternura, se necesita muchísima voluntad, pero sobre todo una locura muy especial para abandonar la comodidad del conformismo y regresar a la incertidumbre de intentar vivir de la fantasía, y fuimos a beber el resto de la semana porque al final de cuentas era el yerno del patrón.

LA LETRA DE LA CANCIÓN ME LA ROBÉ DE "LA REVOLUCIÓN SEXUAL" DE LA CASA AZUL.


Tuesday, November 22, 2016

Cotorreo Sin Fin

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Don Chuy estaba echado en su silla, agarrando su barriga, contemplando el infinito, haciendo digestión, se acababa de comer cuatro gorditas especiales. De pronto, sonó su celular anunciando la llegada de un mensaje. Abrió la aplicación y vio un video donde su tierna medio ancha hija estaba amarrada a una silla y era torturada, le cortaban los dedos. “cristo” susurró don chuy mientras chorros de sangre salían de la que chillaba como cerdo. La cámara del teléfono dio un giro violento de 180° y apareció un tipo con un pasamontañas. “don chuy” decía con voz distorsionada “tenemos a su hija y la vamos a matar” y acabó el video. El mundo pareció liberarse de la gravedad que lo mantiene en su sitio y cayó fuera de control por el cosmos; todo se iba al infierno en la mente del usualmente ecuánime y calmado hombre. “madre de dios” susurró don chuy tratando de calmarse, ahí en la bodega en el sótano de donde trabajaba. Pasaron duros segundos y, haciendo un esfuerzo colosal, logró recobrar algo de compostura y pensar. Se acordó de que luego es puro teatro para sacarle dinero a uno. “se parecía mucho a ella y saben mi nombre…” dudó un segundo, llenándose de miedo, pero como sea tenía que cerciorarse de si en realidad era su hija a quien torturaban. Le habló. Sonó un pip, dos pips, tres pips, el suspenso desgarraba, y de repente contestaron. “¡¿bueno!?” gritó don chuy sudado y agitado, no pudiendo con el estrés, “bueno, Yolanda, ¿estás bien?” silencio y se escuchó “don chuy, tenemos a Yolanda y la vamos a matar” y colgaron. Casi le explota el corazón al pobre, sintió como si le dieran escopetazo directo al pecho. Don chuy quería mucho a su hija Yolanda quien estudiaba medicina y un día, se suponía, los iba a sacar de pobres, era el sueño de Don Chuy y ahora, ella, la más educada y linda de sus hijas, estaba quedándose sin dedos. Don Chuy perdió la cabeza y destruyó la bodega. Exhausto y lastimado por darle puñetazos a los archiveros y estantes, tirado en el suelo,  trató de pensar en qué hacer. “la policía” dijo, se levantó, sacó su teléfono de sus entallados pantalones y marcó con dificultad, se había roto uno o dos dedos de cada mano. Le contestó una señorita que no fue de mucha ayuda y quien lo invitó a resignarse “esto es México, don Chuy” le dijo “ni modo” y colgó. No podía ser, eso no podía estar pasando. De la desesperación, salió corriendo a todo lo que pésima condición le permitía, pero se detuvo en el umbral, no tenía a donde ir, no había nada qué hacer. Don Chuy se tiró en su silla tapando su cara gorda y arrugada con sus manos raposas y gruesas. “mierda” dijo cayendo en una profunda desesperanza e impotencia. Lloró amargamente un rato hasta que le llegó otro video. Tomó el celular con sus manos destruidas y, temiendo lo peor, le puso play. Su hija Yolanda y otros dos hombres hacían la seña de amor y paz muy sonrientes viendo la cámara. Yolanda al parecer tenía todos sus dedos. “don chuy, Yolanda está bien. Es sólo una broma para el Cotorreo Sin Fin, lo estamos grabando, mande un saludo” Yolanda, muerta de la risa, mandó un beso a la cámara, se oyó el tema del cotorreo sin fin y acabó el video. Don chuy, todavía con mil químicos explotando en su cerebro y olas de tics yendo y viniendo por su cara, miró a su alrededor y vio en el rincón una cámara y en la esquina del techo otra. “no puede ser” dijo experimentando sentimientos que nunca había sentido, dejándose caer en su silla, viendo el suelo, haciendo las paces con la que le acababa pasar y pasando sorprendentemente rápido de sentir mucha confusión e ira a llenarse de buen humor, “no puede ser” volvió a decir, pero esta vez con una risa que fue convirtiéndose en carcajada. “Méndigos” dijo saludando con la mano ensangrentada a una de las cámaras “se pasan”. Don chuy, otra víctima más del programa de internet Cotorreo Sin Fin, ya pensando todo el asunto muy chistoso, fue al hospital a que le arreglaran las manos.

Wednesday, November 16, 2016

La Santa Comunión de los No Muertos

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Estoy sentado en el trabajo sin hacer nada, esperando la siguiente quincena. Tengo ganas, pero no lo hago, de caer de rodillas bruscamente haciéndome daño, de pegar las palmas con violencia provocando un estruendo y de bajar la cara con los ojos tan cerrados que el parpado superior llegue al pómulo y así darles las gracias a los dioses de lo feliz que soy, de la suerte que tengo, de que no tengo problema alguno a pesar de haber vivido improvisadamente. Espero con disimuladas ansias locas la comunión de los no muertos en el rito principal de la religión #1. La vida no importa, la muerte es lo de menos, no vivo ni muero en un limbo existencial al cual llegué a través del sacrificio de los quince días. Les ofrezco mi no vida y mi no muerte y ellos la toman y son generosos a cambio. Recibo y, después de la cada vez más pequeña explosión en mi centro, balbuceo hacia la nada, con las pupilas tenues, con el corazón y la cabeza ni prendidos ni apagados. Me pongo a rezar, venga a mí lo que merezco, por lo que me he sentado y esperando, por lo que he participado en la única religión que tiene sentido; les rezo a los dioses arriba, los que hacen algo por mi ansiedad, hacen tanto que ha desaparecido y en su lugar no hay nada. El deseo crece y al día catorce ya me muevo como sucio miserable drogadicto que tiene la resistencia muy arriba, sólo quiero y digo “vamos, necesito mi dosis, vamos, estiren su mano, dioses de los no muertos, y tóquenme, a mí y a mis hermanos” y así llega súbitamente, parpadea la noción de su llegada, se celebra un segundo. “hola, comunión de los no muertos” le digo con cara de alivio a la pantalla del cajero y llega otra vez. Regreso a mi silla, a esperar en silencio, a no llamar la atención, a no vivir ni morir, cualquier cosa para no espantar a los dioses, hay que portarse bien y ser serios, no puedes ser un idiota o eso asumo, quien sabe que pase si de repente hiciera idioteces, lo más seguro es que se me despidan, que las cosas dejen de hacer sentido. Como sea, cualquier antojo u ocurrencia desaparece al empezar otra vez el sacrificio, al reanudar la muerte lenta en la vida larga. Hay que andarse con cuidado para apenas ver la pseudo existencia, es peligroso aplicar filosofía, hay que concentrarse en el sacrificio y estar listo para dentro de quince días volver a abrir la mente y todos los sentidos a esa idea que permanece un instante diminuto, que cae como llovizna de un segundo, que baña rico, pero se seca rápido. Enséñales a los dioses tu boca abierta y deja que calmen una milésima la sed incurable. Ven a esperar, ven a sentarte, ven a callarte y recibe la santa comunión de los no muertos.

Thursday, November 03, 2016

Lo Chungo

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chungo, ga
adj. col. Difícil o enrevesado.
Dentro de una casa de fachada de ladrillo en una calle empedrada a las afueras de un pueblo del futuro, Manolito, sentado a la mesa de un elegante antecomedor en penumbra, frente a un pastel lindamente decorado, celebraba su cumpleaños número 29. Cantaba solo, con mucho sentimiento, la canción de la sobrevivencia anual que resonaba por los pasillos de la oscura casa aparentemente vacía. La tía de Manolito, la dueña de la casa, padecía de agorafobia y vivía encerrada en el piso de arriba, Manolito era el encargado de darle de comer, pero a veces se le olvidaba y no podía decir con certeza si la vieja seguía viva. Acabó la canción y se oyó en la puerta gruesa de madera dos fuertes golpes. “¡Abre, Manolito, sabemos que estás ahí!”. Manolito, con la pesadumbre prometiendo bebida temprana, volteó con tristeza hacia la entrada, sopló las velas en forma de 2 y 9 y, tomándose su tiempo, fue a abrirles a los representantes de la comunidad. “Manolito, eres un basura, tienes una última chance o estás fuera, ¿oyes? fuera” le dijeron picándole el pecho con la mano en forma de pistola y empujándolo. Manolito tomó el folleto que le dieron, cerró la puerta y, cabizbajo, fue a la sala oscura, la tía había prohibido abrir las cortinas. Se sentó con la cara llena de preocupación, haciendo bola el folleto que se sabía de memoria, y se puso a pensar en sus opciones. Para ser un adulto y seguir participando en la sociedad y disfrutando de sus muchos increíbles beneficios, se tenía hasta los 30 para pasar la prueba de embarazar a alguna, matar un león, construir una casa o escalar una montaña. Manolito había intentado y fracasado en todas las pruebas menos la montaña, llevaba años postergándolo y ese era su último cumpleaños antes de que lo expulsaran al bosque a vivir sin las comodidades futuristas que ofrecía su pueblo. “mierda” dijo Manolito preocupado y siguió pensando en qué hacer. Estaba mucho más allá de sus capacidades embazar o construir y el recuerdo del trágico resultado de esa vez que intentó la cacería activó su estrés postraumático, no tenía de otra más que escalar la montaña, dura tarea en verdad. “ok” se dijo, tomada la decisión, ya sobreestimándose como de costumbre y atravesó el jardín lleno de plantas, enredaderas e increíble belleza, hasta la casa de visitas que era su cuarto. Ahí prendió la computadora del vestidor convertido en estudio de grabación, picó rec, le puso play a la caja de ritmos y a la secuencia programada, se paró frente al micrófono y cantó “oh nena baby, baby baby nena, qué será de miiiii i i i i/yo sólo soy un chaparrito, lindo tierno chaparrito, ¡no estoy listoooo, baby, no, no, no estoy listooo para mori iii ii ii rrr!”
La montaña Chunga, como era conocida, se encontraba a unos 40 kilómetros del pueblo y fue llamada así por lo difícil que era llegar a ella y escalarla y porque es divertido decir “chunga”. Todos los años, una decena de jovencitos y uno que otro despistado se congregaban a las afueras del poblado, durante el festival de verano, listos para cumplir con la prueba exigida para llegar a la adultez. Muchos fracasaban, algunos hasta morían, de todas las pruebas era la más peligrosa ya que no era sólo escalar un montaña de considerable tamaño, se tenía que atravesar el denso bosque con cuidado de no ser asesinado por los expulsados quienes odiaban a la gente del pueblo o no perderse o no renunciar por lo molesta que era la acampada o por la mala administración de la energía,  comida y agua, también se tenía que soportar el mucho calor que hacía durante esa época del año y bueno, para hacer el cuento corto, era duro en verdad, pero, si se contaba con juventud, inteligencia, fuerza y entrenamiento, no imposible. Decían los que hablaban por hablar que matar al león era peor, pero esos en el fondo sabían que el avance en armas facilitaba la misión; el animal, aunque fiero e intimidante, no era competencia para una bazuca o una metralleta, sólo los muy idiotas, impacientes o cobardes fracasaban frente al león. La prueba de embarazar a alguna únicamente era difícil para esos, como era el caso de Manolito, que eran unos ineptos sociales sin habilidad de conquista romántica; las mujeres en el pueblo, la gran mayoría muy bien educadas y en forma, no se impresionan fácilmente y menos aún si, como otra vez era el caso de Manolito, se tenía mala reputación. Ni se diga construir una casa, la prueba más complicada y menos popular por todo lo que implica construir una maldita casa, que arquitectura, que plomería, que electricidad, que etc y sólo los más ambiciosos o muy estudiosos la escogían. Los buenos para nada desechables como Manolito escogía la montaña Chunga sin falta porque no tenían de otra. De 20 que lo intentaban cada año, en promedio 6 lo lograban, 12 fracasaban y 2 morían. Manolito estaba en serios problemas. Llevaban desde la preparatoria sin hacer ejercicio, no había empezado a estudiar el camino, no tenía idea de como orientarse ni tácticas de sobrevivencia, era propenso al despilfarro y a la queja, era irremediablemente comodino, esa era su última oportunidad de intento y sólo tenía 6 meses para cambiar, entrenar y estudiar todo lo obligatorio para empezar a tener una chance de éxito. Sabía que solo no iba a poder, necesitaba ayuda y rápido o fracasaría y tendría que renunciar a todo. 
Manolito se puso a pensar en quien podría ayudarlo. Pensó por días, viendo con fastidio y pereza el mapa del trayecto hacia y por la montaña. Repasó a sus conocidos, dándose cuenta que sólo era una larga lista de puentes quemados, hasta gente que apenas lo conocía tenía mala opinión de él. Estaba a punto de empezar a hacer las paces con la idea de vivir sucio y a la intemperie cuando se acordó de una que no lo odiaba y, bendita su suerte, había escalado la montaña, hace 12 años, claro, pero eso era mejor que nada. “Ingrid” susurró Manolito después de dar vueltas por la sala oscura, jalándose el cabello, no podía pedir su ayuda si no se acordaba de su nombre. “Ingrid, Ingrid, Ingrid” repitió con una sonrisa dibujándose lentamente entre sus cachetes y un brillo que llevaba mucho sin aparecer, llegando a sus ojos. Se dio cinco a él mismo y salió corriendo, sin rastro alguno de gracia, hacia el pueblo, en búsqueda desesperada de la posible solución a todos sus problemas. Ingrid y Manolito se conocieron en un concurso de canto, quedando en último y penúltimo lugar respectivamente. Intercambiaron risas y buenos ratos durante esa tarde de abril y lloraron juntos al enterarse del resultado. Eso fue hace diez años y quien sabe si la mujer sin oído para la música se acordaba del atolondrado hombre, sólo había una manera de averiguarlo y no había tiempo que perder. Manolito llegó sin aliento a la cancha de basquetbol en el centro recreativo rodeado de bosque, en el que le dijeron, después de mucho rogar, podía encontrar a Ingrid encestando una y otra vez como la maniática que era. “¡¡Ingrid!!” le gritó Manolito esa tarde ventosa y silenciosa, haciendo a la mujer fallar. “Hijo de perra” susurró ella y volteó a ver, con creciente enojo, al responsable. “Oh Manolito, cuanto tiempo” dijo, olvidando la furia y haciendo sin querer a Manolito darse cuenta que llevaba meses sin hacer otra cosa más que estar encerrado en su casa e ir al comedor comunal. “Oh no, cuanto desperdicio de vida” se dijo a punto de experimentar grave crisis existencial, pero por suerte fue salvado por la brusca de Ingrid quien le dio un fuerte manazo al sentarse en las gradas junto a su frágil viejo amigo. “¿qué te trae por acá?” preguntó  emocionada de ponerle pausa a la constante soledad, nadie la soportaba tampoco. “quiero que me entrenes, Ingrid, quiero que me ayudes… a escalar la montaña Chunga, Ingrid”, Manolito cerró los ojos para recibir la carcajada habitual cada vez que relevaba que no era un adulto todavía, pero en lugar de burla, recibió ojos comprensivos y mano amigable al hombro. El hermano muy querido de Ingrid fue expulsado el año pasado y ella sabía lo mal que la pasaba. “De acuerdo, Manolito, empezamos de inmediato”. Intercambiaron sonrisas y fueron al parque a empezar por el principio. 
Todo mundo sabe que si no eres capaz de estar sujetado mucho tiempo, la gravedad te convierte en una víctima, para encontrar así sólo fracaso y perdición en la montaña Chunga. Ingrid, sabiendo lo anterior, toda negocios, señaló una rama y empezó “tienes que aferrarte a esa rama, Manolito, tienes que ser capaz de estar aferrado mucho tiempo y no dejarte caer, Manolito, sólo así, ¿me oyes? sólo…” Manolito ya se había distraído con unas muchachas jugando vóleibol. Ingrid le metió seria cachetada, así iba a ser el entrenamiento “concéntrate, mierda, que este discurso no lo digo por mi bien, concéntrate y aférrate o no tienes una chance, no hay futuro para ti, Manolito, sólo el bosque y la miseria, porque esta es la única manera, no tienes de otra, no hay escape ¿me oyes?”, “¡Hmm!” respondió Manolito con la silueta roja de una mano en el cachete, serio, en posición de firmes. Era medio distraído y no muy agraciado, más sensible de lo recomendado, pero no era tan tonto como para no darse cuenta de la seriedad del asunto, tenía que aplicarse por primera vez en su vida o morir en el intento. “¡Estoy listo, Ingrid!” gritó preparado para todo. Ingrid se paseó frente a él, con las manos en la espalda, viéndolo con severidad, buscando hasta el más diminuto rastro de duda, no había tiempo para la vacilación. Por fin satisfecha con el compromiso de su discípulo, sonrió “muy bien, pues empecemos”. Ingrid volvió a señalar la rama y gritó “¡AFERRATE!” y Manolito fue y se colgó de la rama dos segundos, luego cayó patéticamente al suelo soltando un lastimero ruidito. “¡De nuevo!” gritó Ingrid y allá fue Manolito, a colgarse de la rama, así toda esa tarde y la siguiente. Entrenando duro pasaron las semanas. Manolito fue volviéndose más fuerte, sujetándose cada vez más hasta que llegó a aburrirse primero antes de caerse. Había avance y las chances mejoraban, Ingrid estaba muy orgullosa de él y la gente del pueblo reconocía el esfuerzo y echaba porras, pero lo que nadie sabía era que, después de fracasar al intentar resignarse a trabajar duro y echarle ganas, la naturaleza de Manolito, rebelde e indomable, lo obligó a tramar algo. Mientras estaba colgado, viendo hacia delante, con cara de esfuerzo, colorado, en su mente, desde casi el principio del entrenamiento,  pensaba en maneras de escapar de la responsabilidad, de evitarse la molestia e ideaba, suspendido sobre la hierba verde, acariciando por el viento, un plan B, en cómo salirse con la suya y quedarse en el pueblo sin escalar la montaña. A días de la prueba, colgado de la rama, encontró la respuesta y, con la idea terminando de formarse, soltó un grito largo y fuerte de alivio, como una válvula que se abre y deja salir muchísima presión, Manolito le anunció al mundo que había hallado la manera infalible o eso creía, para ahorrarse lo chungo.

CONTINUARÁ…